Brasil: Desde la derrota, pero sin derrotismo – Por Camila Matrero

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Camila Matrero *

El domingo 7 de octubre Thaís Cosattini, estudiante de sociología, entraba a Brasil en un micro de larga distancia que la llevó de Buenos Aires a Río de Janeiro, a donde se estaba mudando. De sur a centro, recorrió mirando por la ventana al país que votó masivamente a Bolsonaro.

Ella, no podía comprender cómo se votaba por la dictadura, cómo semejante monstruo podía recoger tantas voluntades. “Acá no hay -por lo menos por ahora- un golpe de Estado, acá hay una clara decisión ciudadana mayoritaria, que se expresó democráticamente”, reflexionó. En el marco de una democracia restringida, sí, pero enraizada en el juego jurídico-institucional y electoral. Y desde Argentina, retomando lecturas clásicas para desentrañar el fenómeno, surgen estas reflexiones.

No existe acción humana desprovista de racionalidad. La cuestión pasa por comprender qué tipo de racionalidad motiva a los sujetos. El plan económico de Bolsonaro le es funcional y redituable a los grandes bancos, los agroexportadores, conglomerados y corporaciones transnacionales y, aunque con ciertas inquietudes, a la gran industria nacional (“los paulistas”). Según Weber, hay allí una acción racional-económica con arreglo a fines económicos.

Para otras y otros, resulta más imprescindible desterrar del mapa político al Partido de los Trabajadores (PT), porque consideran que es un populismo desmedido, que corre riesgo de convertirse en Venezuela, Cuba, o un castrochavismo recargado. Estamos hablando, en el frente interno, del sector militar, el resto de las fuerzas represivas del Estado y cierto espectro del arco político opositor al PT. Desde el frente externo, la doctrina Trump desde EEUU y las derechas xenófobas europeas y latinoamericanas. Acción racional-legal, con arreglo a fines políticos.

Aquellas voluntades que actuaron motivadas por las cualidades del personaje Bolsonaro y todo el reality show emprendido después de esa fatídica cuchillada que generó el acto espectacular, mítico y “milagroso” de dejarlo con vida y sin mancharle la camisa; ejercen un tipo de racionalidad emotiva, con la que se conjuga y entrelaza otra: la valorativa.

Bolsonaro y todo aquello que lo rodea, expresa públicamente el esquema de valores de la familia tradicional, heteronormativa, burguesa y blanca. Thaís, en su tránsito por Brasil, cuenta que durante las semanas finales de campaña se encontró con un trabajador de la construcción, afrodescendiente, que justificaba su voto a favor de Bolsonaro por estar en contra del programa de educación sexual, que el PT impondría en las escuelas.
Una ama de casa, le dijo que el comunismo de Manuela (la vice de Haddad) es opuesto a la fe en dios. Y ella, es creyente.

La máscara de Bolsonaro sonriente y con lentes de sol que usaron sus adeptos durante la campaña, les permite esconderse, no ser ellos, o al menos estar amparados en un nuevo sentido común imperante, que habilita cualquier tipo de racismo y odio sobre el otro-otra, y la voluntad de suprimir al oponente del espectro político y público. Racionalidad con arreglo a valores.

Construir hegemonía

Expuestos los tipos de racionalidades que pueden motivar a las inmensas mayorías (sectores populares, clases medias) a votar en pos de un proyecto neoliberal que los afecta directamente como clase, es necesario pasar de Weber a Gramsci y su valioso aporte: el problema de la hegemonía.

Gramsci escribe los Cuadernos de la cárcel, desde la derrota de la Revolución en Italia, pero no es derrotista. Intenta descifrar sus causas, comprender el proceso histórico por el cual estando dadas las condiciones objetivas para la revolución (léase: la necesaria estructura de clases), se pierde. Va preso. Gana el fascismo. Siguiendo a Gramsci nos hacemos la misma pregunta. ¿Por qué gana el fascismo?

Para ello es necesario avanzar más allá de los planteos clásicos: la injerencia del imperialismo; los epocales: el poder judicial y mediático (el establishment televisivo y periodístico jugó de manera indirecta o tímida en favor de Bolsonaro); lo coyuntural (en las anteriores elecciones dieron su apoyo a Dilma) y al mismo tiempo particular de la sociedad brasileña: el fenómeno social -en tanto masivo y en ascenso- que constituye la doctrina evangélica.

Todos estos elementos, si bien pueden constituirse en factores explicativos importantes, en otras coyunturas electorales no terminaron por mover la balanza hacia la derecha, y menos, hacia la derecha fascista. De lo que se trata, para el campo de las izquierdas, es de dejar de echar culpas hacia afuera y mirar las falencias propias, que, al fin de cuentas, son las únicas sobre las que se puede operar de cara al futuro.

Si hay un territorio específico de acumulación de poder para la izquierda, el progresismo, lo nacional popular, es en las entrañas de la bestia, en la conciencia y voluntad de los sujetos postergados, oprimidos, hambrientos. Antes de perder la elección, el PT perdió a su sujeto. Sólo eso. Nada menos y nada más que eso, tiene que suceder para que las fuerzas de derecha, el partido militar, los CEOs, ganaderos, sojeros y de ciertos evangélicos lleguen al poder por el instrumento del voto popular.

La conciencia de los pueblos es el lugar histórico de acumulación de la izquierda latinoamericana, y, desde la caída del Muro de Berlín, es su única arma. Esas armas en Brasil se perdieron hace rato. Por eso el juicio político a Dilma, el posterior golpe de Estado y su coronación: el encarcelamiento y proscripción del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (principal candidato de la elección) pasaron -aunque nos cueste aceptarlo- sin pena ni gloria.

Brasil no tuvo un estallido de trabajadores sublevados en busca de su líder como el 17 de octubre de 1945 en Argentina, o un Caracazo, o un Bogotazo. No sucedió en los momentos de auge de movilización popular en la región y tampoco sucedió cuando encarcelaron a Lula, líder popular por años en Brasil. El PT, no construyó un sistema de ideas hegemónico sólido y la batalla (por ahora) la ganaron sus adversarios.

Las mujeres a escena

Pero sí hubo un fenómeno que llamó la atención: la movilización de masas que generó el feminismo. El 29 de septiembre en 50 ciudades del país y otras 30 del resto del mundo, cientos de miles de mujeres se movilizaron con la consigna #elenão (Él No), en lo que fue una de las movilizaciones más multitudinarias y federales de la historia brasileña. Quizá se deba leer como el despertar de un nuevo sujeto latinoamericano: La actriz que sale a escena, pero está flaca: debe engordar, ejercitar, sacar músculo si quiere volverse el cuerpo que encarne la transformación.

En este plano se entrelazan varios factores: por un lado, reconocer que -en su inmensa mayoría- las mujeres de carne y cuerpo que adquieren voz pública son mujeres blancas, universitarias de profesiones liberales, artistas. El feminismo en Brasil no es plebeyo, no parte de las necesidades, sufrimientos y esperanzas de las mujeres de la Patria profunda. No las interpela.

Exceptuando a las mujeres del nordeste brasileño, al resto de ellas las convocó Bolsonaro. El feminismo se les presenta como la otredad, como el intento desmedido de la izquierda progresista por imponer los valores de las minorías (simbólicas) sobre la construcción identitaria tradicional. Sobre las “buenas costumbres” y los valores de la “gente de bien”.

El movimiento de mujeres aparece, sin embargo, en un arco de solidaridades populares donde destacan los frentes “Brasil sin miedo” y “Brasil Popular”, integrados por diversas organizaciones sociales. Se para también sobre una tradición de acumulaciones políticas que habían perdido espacios de identificación.

Al feminismo le tocará volverse plebeyo, popular, insertarse en los espacios de trabajo, en el sindicalismo, en los movimientos sociales y las organizaciones de la sociedad civil. Tiene algo único y transversal que puede juntar las voluntades de, como mínimo, el 50% de la sociedad.

Es tiempo de profundizar la combinación de todas las causas y todos los frentes. Será hora, que sobre esta base se pueda elaborar un análisis conjunto de la situación, forjar un programa político con objetivos compartidos, trazar una estrategia común, y recuperar el poder para el pueblo.

* Licenciada en Sociologia (UBA), redactora-investigadora argentina del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) e integrante del Observatorio Electoral de América Latina (OBLAT).


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