Evo arrincona al olañetista Mesa – Cambio, Bolivia

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El presidente Evo Morales le ha otorgado al candidato presidencial del neoliberal FRI, Carlos Mesa, un plazo de 24 horas (que fenece hoy) para que presente pruebas de que (el líder indígena) está involucrado en el caso Lava Jato, cuyo informe de la investigación hecha por la Asamblea Legislativa Plurinacional será conocido este miércoles.

La respuesta del Jefe de Estado ha sido dura, es verdad, pero perfectamente entendible cuando se recibe una ofensa de parte de un político que busca, con sus poses de letrado y con el respaldo de medios de comunicación claramente opositores, eludir su responsabilidad en la adjudicación irregular de los tramos carreteros Roboré-El Carmen y El Carmen-Arroyo Concepción, a favor de las empresas brasileñas Camargo Correa y Odebrechet, respectivamente.

La provocación de Mesa no tiene la más mínima justificación. En primer lugar, porque la indagación del caso ha sido llevada adelante por la Asamblea Legislativa Plurinacional y no por el Órgano Ejecutivo. En segundo lugar, reflejando un aparente desconocimiento de las leyes y reglamentos, el exmandatario ha pedido intervenir en la sesión de la ALP que tratará el informe. Es decir, la provocación a Morales forma parte de ese estilo altoperuano, bastante arraigado en Mesa, de sacarle tajada a la maniobra corta. La reacción del expresidente ha sido, de nuevo, con la doble moral que lo ha acompañado, como clase, en la historia del capitalismo colonial boliviano.

Pero, cuando se ve la historia desde las clases y pueblos indígenas excluidos por su color de piel y naturaleza del apellido, los dichos y acciones adquieren otro sentido. Ahí, la indignación se coloca del lado del primer presidente indígena de América Latina. La historia está del lado de la lucha de los pueblos del que Evo es su síntesis. Está del lado de los que no temen recuperar la patria para todos y no para unos cuantos. Morales encarna el retorno de Túpac Katari, Zárate Willka, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Ernesto Che Guevara y de tantos hombres y mujeres que ofrendaron su vida para abrir la condición de posibilidad de conquistar la independencia económica y la soberanía política frente a cualquier tipo de imperialismo y colonialismo (antes español, ahora norteamericano).

Mesa, junto a los que representa, no puede decir lo mismo. Como Judas o como Pedro ante Jesucristo, o como Olañeta en nuestra historia, ha negado su responsabilidad en las masacres de febrero y octubre de 2003, cuando el neoliberalismo se caía a pedazos. Y si se quedó como presidente fue por voluntad de los movimientos sociales, que no deseaban dar ningún pretexto a EEUU para intervenir el país. A pesar de eso, prefirió renunciar —no sin antes convocar, con lágrimas, a marchas de los pañuelitos blancos—, antes que cumplir con el resultado de un referendo sobre el gas que mandaba al Estado a recuperar el control de los recursos naturales y abrogar la Ley de Hidrocarburos de su mentor político, Gonzalo Sánchez de Lozada.

Pero eso no es todo. Mesa es portador de los genes de sometimiento colonial, por ejemplo, cuando dirigió una carta al Congreso, a pedido de la Embajada de EEUU, para dar inmunidad a los soldados norteamericanos que operaban en el país. Todo, por algo de dinero para pagar sueldos. No menos cierta es también su apresurada decisión, antes de su renuncia, de emitir un decreto supremo que legalizaba la quema de la documentación que registraba el plus que recibían las autoridades de ese entonces de la partida de gastos reservados.

Ha llegado la hora de que Mesa deje sus poses coloniales y, por vez primera, dé la cara y pruebe sus acusaciones. Si el caso Odebrecht-Lava Jato pasa al Ministerio Público, tendrá una oportunidad para eso. Si no lo hace, habrá reafirmado una práctica olañetista que en Bolivia no la queremos.

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