De Unasur a Prosur, sin caer en los mismos errores – El Espectador, Colombia

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Suramérica necesita una organización que le sirva de punto de encuentro, ayude a coordinar políticas públicas, sea un garante eficiente de la democracia y no se deje llevar por la veleta ideológica de cada uno de los países miembros. Por eso, la propuesta del presidente Iván Duque de reemplazar Unasur con Prosur es interesante, aunque despierta algunas preguntas.

En entrevista con la emisora radial Oye Cali, el presidente Duque anunció que “hemos venido avanzando en conversaciones con varios presidentes de América Latina para que Unasur llegue a su final y se inicie, más bien, la construcción de una etapa mucho más ágil, menos burocrática y más coordinada de cooperación”. Al respecto, el mandatario explicó que busca crear Prosur como “mecanismo de coordinación suramericana de políticas públicas, en defensa de la democracia, la independencia de poderes, la economía de mercados, la agenda social, con sostenibilidad y con debida aplicación”. También contó que está liderando el proceso junto con el presidente chileno, Sebastián Piñera.

Estamos de acuerdo con el diagnóstico que el Gobierno colombiano y otros de la región han hecho de Unasur: se convirtió en un caos burocrático al servicio de la dictadura venezolana. Una entidad que busque la cooperación regional no puede abandonar su compromiso con la democracia.

El problema de Unasur es que, al ser idea de Hugo Chávez y de Lula da Silva, quienes financiaron el proyecto y lo usaron para consolidar la oleada de gobiernos de izquierda en la región, nació con un sesgo ideológico claro del que nunca pudo sacudirse.

Sin embargo, haría mal la región al olvidar que Unasur sí sirvió, en varios momentos críticos, como un organismo de reacción. Su rol en respuesta al golpe de Estado en Paraguay contra Fernando Lugo, al movimiento secesionista en Bolivia, su mediación entre Colombia y Ecuador cuando ocurrió la Operación Fénix, la creación de la biblioteca Gabriel García Márquez y la propuesta de integrar la defensa suramericana son lecciones que la región debe aprender.

Por eso cabría preguntar: ¿no hay forma, en vez de acabarla, de reformar estructuralmente Unasur, de tal manera que sea más útil para la región, pero no se pierda la experiencia que ya ha adquirido en sus años de existencia? De pronto una solución de ese estilo implicaría, también, menores costos.

Si, no obstante, los países de la región desean empezar de cero con Prosur, nos parece que es una excelente idea siempre y cuando no se cometan los mismos errores de Unasur. ¿Cómo garantizar, por ejemplo, que, en esta Suramérica llena de gobiernos de derecha, Prosur no se convierta en un brazo burocrático y político de esa ideología? Su éxito futuro dependerá de que se blinde a la organización contra una agenda política particular.

Colombia debe continuar con su liderazgo en este tema. Hace poco hablábamos de cómo los retos de este siglo requieren respuestas globales. Fortalecer Suramérica es un excelente paso para enfrentar los obstáculos comunes.

El Espectador


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