El canciller quiere borrar la historia de Brasil – Por Eliane Brum

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Eliane Brum *

Prestar atención a lo que dice el canciller Ernesto Araújo ha demostrado ser una tarea penosa, pero fundamental para entender cómo se está construyendo la ideología del gobierno de Bolsonaro. Al diplomático lo recomendó Olavo de Carvalho, considerado el “gurú de la nueva derecha” brasileña, desde su casa en Estados Unidos. Claramente, Araújo tiene la pretensión de ofrecer una base intelectual a lo que el bolsonarismo denomina “nueva era”. Aunque si los integrantes más preparados del gobierno están de acuerdo, hay dudas robustas para sospechar que no lo haga. Araújo, sin embargo, continúa firme en su propósito, publicando artículos donde consigue espacio.

En el discurso de investidura como nuevo ministro de Asuntos Exteriores falsificó la historia con el objetivo de justificar el presente y el futuro próximo. Para hacer parecer que la estructura se aguantaba, el canciller utilizó lo que sabía de griego, latín e incluso tupí, abusó del recurso del name-dropping (excelente expresión en inglés para los que desgranan nombres y citas para impresionar al interlocutor), de los clásicos a la cultura pop. Todos bien muertos, para que ninguno pudiera contestar la cita. Ninguna de sus elecciones fue por azar. Vale la pena detenerse en cada una de ellas, porque, como escribí en este espacio, los locos ahora zapatean en el escenario, y zapatean con poder de destrucción.

Ernesto Araújo es un personaje todavía obscuro para Brasil, aunque sea un diplomático de carrera del Ministerio de Asuntos Exteriores. En su discurso, se valió de figuras y acontecimientos históricos, así como de artistas contemporáneos, como si fueran muñecos de plástico mezclados en una estantería, para que cada uno los utilice como quiera y para su propósito. Arrancados de su contexto y vaciados de contenido, el canciller los manipuló para producir su falsificación. Cada frase tiene un objetivo.

Me detengo solo en una, que me llamó particularmente la atención y se reprodujo varias veces en la prensa y en las redes sociales, con la cual abro este artículo: “Vamos a leer menos el The New York Times y más a José de Alencar y Gonçalves Dias”. ¿Por qué?

No hace falta tener una inteligencia por encima de la media para darse cuenta de que no tiene sentido contraponer a uno de los periódicos más importantes del mundo, con edición diaria, a dos escritores del Romanticismo brasileño del siglo XIX. El objetivo es exacerbar un nacionalismo que se arrodilla ante Donald Trump, pero desprecia la independencia del The New York Times; idolatra el WhatsApp y el Facebook de Mark Zuckerberg, pero pone en solfa a la prensa brasileña.

El canciller quiere menos denuncias bien investigadas y comprobadas contra Bolsonaro y los abusos de su gobierno, documentados por el The New York Times y los principales periódicos del mundo donde la prensa tiene libertad. Menos prensa, convertida declaradamente en “enemiga pública” por Bolsonaro y sus loritos, porque quieren hablar directamente con sus seguidores sin que les molesten. De no ser así, tendrían que responder preguntas difíciles y explicar los ingresos de Fabrício Queiroz, el exchófer de su hijo, en la cuenta de la primera dama.

Para no tener que prestar cuentas de su gobierno al público, tienen que destruir la credibilidad de la prensa. Sí, porque un tuit o una transmisión en directo en Facebook no es prestar cuentas, es solo decir lo que se quiere, como hace la mayoría, sin correr el riesgo de ser contestado con hechos y pruebas. Lo que los bolsonaristas quieren que parezca democracia es solo autoritarismo y ya lo han utilizado antes gobiernos totalitarios, pero sin la enorme facilidad de las redes sociales de internet.

La prensa solo tiene sentido si vigila al gobierno, cualquier gobierno. La frase del senador americano Daniel Patrick Moynihan (1927-2003) ya se ha convertido en lugar común, pero es necesaria: “Todo el mundo tiene derecho a tener su propia opinión, pero no a sus propios hechos”. Los bolsonaristas luchan para inventar sus propios hechos, de modo que la realidad no importe ni moleste a su proyecto de poder.

Pero ¿por qué José de Alencar (1829-1877) y Gonçalves Dias (1823-1864), dos escritores del siglo XIX, que escribieron durante el Brasil imperial, en el reinado de Pedro II?

La elección es capciosa, como todas las demás. Y se refiere a una supuesta identidad nacional. Alencar y Dias son grandes exponentes del Romanticismo en la literatura brasileña, uno en prosa y otro en poesía. Vivieron y escribieron su obra en un momento muy particular de Brasil. El país se había independizado de Portugal, lo cual significaba que dejaba de ser una colonia de los portugueses.

Según la visión de los hombres de la época (y eran mayoritariamente hombres, porque las mujeres, excepto rarísimas excepciones, no tenían voz pública), era necesario crear una identidad nacional. Para ello, había que marcar esa identidad en el campo de la cultura. Brasil debería tener, a la vez, una literatura que lo pusiera al mismo nivel que Europa, que vivía la fase del Romanticismo, y ser un nuevo país que emergía tras siglos de dominio portugués. Gonçalves Dias y José de Alencar se entregaron a esa tarea. No fueron los únicos, pero se convirtieron en referentes del Romanticismo que inauguraba lo que se denominó literatura brasileña.

El canciller de Bolsonaro exalta un momento de la historia de Brasil en que las élites se empeñaron en crear una identidad nacional después de que el país hubiera sido una colonia de Portugal. Araújo parece creer —o quiere que creamos— que el gobierno de Bolsonaro está promoviendo “el renacimiento político y espiritual” de Brasil, como escribió en un artículo. O, como afirmó en su discurso de investidura: “Reconquistar Brasil y devolverlo a los brasileños”. Araújo quiere que creamos que todo lo que ocurrió entre la independencia de Brasil, la de 1822, y la nueva independencia de Brasil —la que cree que lidera su jefe, en 2019— no existió.

El nuevo ideólogo del Gobierno parece sugerir que ese hiato de dos siglos fue un tiempo en que Brasil se perdió de sí mismo. “El presidente Bolsonaro ha dicho que estamos viviendo el momento de una nueva Independencia. Es lo que los brasileños sentimos profundamente”, afirma Araújo, que cree también que sus cuerdas vocales liberan la voz del pueblo. Bolsonaro sería, entonces, una versión contemporánea de Pedro I, con su espada alzada para liberar Brasil. Pero ya no delante del riachuelo Ipiranga, sino ante el espejo de agua del Palacio del Planalto.

El canciller recuerda este episodio en dos momentos de su vida, como él mismo relata en el discurso de investidura: “Me acuerdo de la emoción que sentí la primera vez, cuando era Tercer Secretario (del Ministerio de Asuntos Exteriores), que subí las escaleras hacia el tercer piso y vi, después de subir la escalera, el cuadro de la Coronación de Pedro I y el cuadro del Grito del Ipiranga. Inmediatamente, yo, que tenía 22 años, me acordé de cuando tenía 5 y vi maravillado en el cine la película Independencia o muerte, protagonizada por Tarcísio Meira y Glória Menezes. Y pensé: ‘Entonces todo eso existe, ¿no? Todo eso existe… ¡y todo eso sucedió aquí!’”.

Pues sí. En otro punto, con la sutileza de dar algunos párrafos de intervalo, el admirador de Pedro I y de Tarcísio Meira utiliza un tuit para comparar a Bolsonaro con la reina Isabel II, de Inglaterra: “Voy a dar un ejemplo de lo que vamos a escuchar. Es el comentario de una persona que sigue mi cuenta en Twitter, que dice lo siguiente… lo leí ayer: ‘Antes no entendía el amor del pueblo de Inglaterra hacia la reina. Ahora lo entiendo. Cuando tenemos a alguien que ama a su país y a su pueblo y los defiende, recibe amor y respeto. No conocíamos eso antes de Bolsonaro’”.

En ningún momento se cita nominalmente a los indígenas en el discurso de investidura del ideólogo del gobierno de extrema derecha, lo que en sí ya dice bastante. Pero una de las lenguas indígenas, el tupí, se hace presente. Pero ¿de qué modo? En el Ave María en tupí del padre José de Anchieta, jesuita canonizado por la Iglesia Católica. La lengua del indígena utilizada para catequizarlo en una religión alienígena a sus creencias. La elección no es un detalle. Sin la experiencia de la cultura, que da carne a la lengua y contenido a las palabras, la lengua no es nada. Solo cáscara, como cáscara era el indígena del Romanticismo del siglo XIX.

El escritor José de Alencar es el máximo exponente de la prosa denominada “indianista” en la literatura brasileña. En tres libros —El guaraní (1857), Iracema (1865) y Ubirajara (1874)—, busca construir una identidad nacional fiel a los principios del Romanticismo. Al igual que el Romanticismo europeo está marcado por una idea heroica del caballero medieval, Alencar convierte al indígena en un caballero medieval ambientado en el exuberante paisaje tropical de Brasil.

El indígena, habitante nativo que vivía en la tierra antes del dominio europeo, sería el héroe genuinamente brasileño de la nación que se declara independiente de la metrópolis. Pero con todas las cualidades que se atribuyen a la caballería de la Edad Media trasplantadas a su cuerpo y alma. La valentía, la lealtad, la generosidad, desde un punto de vista que sería para mantener el sistema feudal, y el amor cortés. Para los escritores de la época de José de Alencar y Gonçalves Dias, que vivían el período posindependencia de Brasil, escribir era un acto de patriotismo. Tenían que decir con su obra qué es “ser brasileño”. Es esa referencia la que el ideólogo del Gobierno intenta rescatar y enaltecer.

Los negros, cuerpos esclavizados que movían la economía de Brasil y servían a las élites, no estaban presentes en la formación de una identidad nacional en estas novelas fundacionales. Los escritores buscaban una identidad nacional que estuviera forjada en la matriz europea. Cómo escribir en lengua portuguesa, la del colonizador, sin ser colonizado en el lenguaje, fue una cuestión crucial a la que Alencar y otros intentaron dar una respuesta en el siglo XIX. Pero este es un tema largo para otra conversación.

En un artículo en el periódico digital Nexo, Vinícius Rodrigues Vieira, profesor visitante del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de São Paulo, afirma: “Araújo —así como las alas más conservadoras del Gobierno— ambiciona el regreso a una identidad nacional anterior a las ideas que se asociaron a Gilberto Freyre (sociólogo y escritor brasileño). En suma, el ideal de sincretismo encarnado en la infeliz expresión “democracia racial”. No en vano el ministro citó en su discurso de investidura al novelista José de Alencar, cuyas obras claramente buscaban en el indígena armonizado con el colonizador las raíces de nuestra nacionalidad, sin considerar el legado africano”.

“¡Créeme, Álvaro, es un caballero portugués en el cuerpo de un salvaje!”. La frase la pronuncia don Antônio de Mariz, hidalgo portugués y uno de los fundadores de la ciudad de Río de Janeiro, en la obra de José de Alencar. Así se describe al personaje en El guaraní, la primera novela indianista del escritor, publicada en la época como folletín, con gran éxito: “Hombre de valor, experimentado en la guerra, activo, aficionado a combatir contra los indios, prestó grandes servicios en los descubrimientos y exploraciones del interior de Minas y Espírito Santo. Como recompensa por sus méritos, el gobernador Mem de Sá le había dado un terreno de una legua con fondo sobre el sertón, que, después de explotarlo, dejó desocupado durante mucho tiempo”.

El “caballero portugués en el cuerpo de un salvaje” es Peri, un indígena del pueblo goytacá, que desde que salvó de la muerte a Cecília, la hija del hidalgo, un “ángel rubio de ojos azules”, es adoptado por el clan de los Mariz. Peri pasa a vivir en una cabaña cerca de la casa familiar, una especie de castillo donde el escritor reproduce las relaciones de vasallaje del feudalismo que Brasil nunca tuvo, pero que parte de Europa sí.

Peri hace todo lo que la chica quiere, la sirve como un perrito. Dice Isabel, otro personaje: “Le pedirás a mi tío que te cace otro para domesticarlo, y se volverá más manso que tu Peri”.

Peri era manso, domesticado. Pero valiente. Cuando don Diego, hijo del hidalgo, mata por accidente a una aymoré, este pueblo indígena intenta vengarse matando a Cecília, pero Peri se lo impide. La tensión crece entre la familia portuguesa y el pueblo indígena. Entonces, Peri crea la estrategia de envenenarse para combatir a los aymoré. Como esa etnia mantiene el ritual caníbal y devora a los valientes vencidos, se lo comerán después de matarlo y así exterminará también al enemigo.

A petición de Cecília, Peri no hace su sacrificio heroico. Al final de la novela, don Antônio entrega a Cecília a Peri para que la salve. Pero solo se la entrega si Peri se convierte al cristianismo: “El indio cayó a los pies del viejo caballero, que le impuso las manos sobre la cabeza. —¡Sé cristiano! Te doy mi nombre. Peri besó la cruz de la espada que el hidalgo le presentó, y se irguió altivo y soberbio, listo para enfrentar todos los peligros para salvar a su señora”.

Peri y Cecília huyen en una canoa y los sorprende una tormenta. Después, los dos desaparecen en el horizonte. José de Alencar termina su obra con la idea de que la pareja formará la identidad del nuevo Brasil. “Horizonte”, la última palabra de la novela, es a la vez el futuro y el país que se descubre.

Este es el indígena que aparece en el discurso del canciller, al citar a José de Alencar. Una identidad nacional forjada por un “caballero portugués en el cuerpo de un salvaje”, que lucha contra un pueblo indígena diferente al suyo para salvar a su adorada señora blanca, hija del colonizador, y que se convierte al cristianismo para fundar con ella el futuro en los trópicos. Peri, el indígena, es el “buen salvaje” que ofrece su cuerpo para ser asimilado por la civilización.

Al crear a ese héroe romántico en el siglo XIX, supuestamente indígena, Alencar recibió críticas por despreciar la realidad. Pero el escritor tiene que entenderse en su contexto. Que Araújo lo haga en el siglo XXI, utilizando a José de Alencar y despreciando todos los debates culturales de esa y otras épocas, podría ser solo un ataque a la inteligencia. Pero el canciller del bolsonarismo también tiene que entenderse en el contexto del gobierno que intenta justificar no solo como un gobierno, sino como una “nueva era”.

El bolsonarismo es un proyecto de poder con diferentes fuerzas internas y posiblemente antagónicas, en algunos temas, como el futuro próximo debe de mostrar. Como todo proyecto de poder, está en disputa. En algún momento, quizá el propio Bolsonaro, que da nombre a la ideología en construcción, sea solo un adorno, o ni siquiera eso.

Sin embargo, hay un tema en que parecen coincidir los diversos grupos que forman el capitalismo mesiánico que gobierna el país, con la eventual salvedad de una parte de los militares, cuya posición no está totalmente clara. Este tema es el futuro de los indígenas. O, más específicamente, el futuro de las tierras indígenas.

La elección de este indígena con atributos morales europeos, representado por la alusión a José de Alencar, no es una casualidad. Este indígena, que en la obra del escritor mantuvo solo las características del cuerpo y el color de piel, se blanquea con la matriz europea de la rubia Cecília de ojos azules para fundar el Brasil posindependencia. Es amor cortés, pero también es una asimilación brutal. Sobre Peri, a quien no conocemos porque Alencar tampoco lo conocía, no sabemos nada.

Vale la pena recordar la declaración del actual vicepresidente, Hamilton Mourão. Al justificar que durante la campaña dijo que el país ha heredado la “indolencia” de los indígenas y la “pillería” de los negros, el general rescató su mestizaje y lo utilizó para borrar el racismo estructural de Brasil: “En momento alguno quise estigmatizar a ningún grupo, incluso porque somos una amalgama de razas. Solo hace falta mirarme a mí. Soy hijo de un amazonense, mi abuela es chola”.

Lo que el bolsonarismo anuncia que entiende como “mestizaje” es asimilación. Es lo que Bolsonaro afirmó de varias formas durante la campaña, con la brutalidad habitual: “Los indígenas son seres humanos como nosotros”. ¿Y quién se pensaba que los indígenas no eran humanos?

Es importante seguir preguntando. ¿Qué es, en este contexto, ser “seres humanos como nosotros”, Bolso? El populista explica que los indígenas “quieren tener el derecho de ‘ser emprendedores’ y ‘evolucionar’”, los indígenas quieren poder vender y arrendar su tierra. Pero avisa: “Los indígenas no quieren ser latifundistas”. Según el entendimiento del nuevo presidente, los indígenas no quieren ser humanos latifundistas.

Antes del bolsonarismo, la táctica de la derecha era decir que los indígenas ya no eran indígenas. Era dudar de su “autenticidad”. Como si el hecho de que un indígena utilice un móvil lo volviera menos indígena. Al dejar de ser considerados indígenas, los diferentes pueblos perderían el derecho a la tierra. Esta táctica todavía persiste. Pero la nueva derecha representada por Bolsonaro es más lista. No niega a los indígenas, sino que afirma una supuesta igualdad con los blancos. No para que los indígenas mantengan sus derechos constitucionales, sino para que los pierdan.

Después, tras las elecciones, Bolsonaro todavía afirmaría: “¿Y por qué en Brasil tenemos que mantenerlos recluidos en reservas como si fueran animales en un zoo? Los indígenas son seres humanos como nosotros y quieren lo que nosotros queremos, y no se puede utilizar su situación para demarcar esas enormidades de tierras que, en mi opinión, podrán ser, según la propia ONU, nuevos países en el futuro”. Solo para que conste: la ONU nunca ha dicho que las tierras indígenas serán países en un futuro.

¿Qué encubre el discurso de que son “seres humanos como nosotros”? Según la Constitución de 1988, las tierras indígenas son del dominio de la Federación. Los indígenas pueden usufructuar en exclusividad sus tierras ancestrales, pero siguen siendo públicas. Una de las principales misiones de Bolsonaro es justamente abrir esas tierras públicas a la explotación y beneficios privados.

Una parte significativa de las tierras indígenas se encuentran en la selva amazónica. Limitan con grandes plantaciones de soja y terrenos para la cría de ganado. Las presionan —e invaden— para cumplir el ciclo: deforestar la selva para comerciar madera de forma ilegal, poner cabezas de ganado para garantizar la posesión de la tierra, vender la tierra para plantar soja. En algún momento del proceso, el gobierno de turno legaliza la grilagem, dando amnistía a los ladrones de tierras públicas o a los que compraron las tierras públicas robadas.

Al convertir a los indígenas en seres humanos que quieren transformar la tierra en mercancía, el discurso ideológico tiene como objetivo hacer que la soja y el ganado avancen sobre la selva hoy protegida. ¿A quién beneficia eso? A mí y a ti, no. Pero sí a los grandes criadores de ganado y a los grandes productores de soja para la exportación.

El cambio que los bolsonaristas —incluida la agroindustria más atrasada del país— quieren hacer en la Constitución permitirá también la extracción minera. No por parte de cooperativas de buscadores de oro, siempre criminalizados, sino por grandes grupos transnacionales, presentados como emprendedores. ¿A quién beneficia eso? A mí y a ti, no.

Es fácil darse cuenta de que lo mejor para el conjunto de los brasileños es mantener las tierras ocupadas por los indígenas como tierras públicas y la selva en pie. Como muestra un estudio reciente del Instituto DataFolha, la mayoría ya lo ha entendido: seis de cada diez brasileños no están de acuerdo con la reducción de tierras indígenas.

El objetivo del bolsonarismo con relación a las tierras de los quilombolas (descendientes de esclavos rebeldes) es el mismo: abrirlas a la explotación por parte de grupos privados. Esa era la idea tras las ofensas del entonces candidato durante la campaña, que llegó a decir que los quilombolas no servían “ni para procrear”. Los descendientes ostentan el título de las tierras que ocuparon sus antepasados, pero su uso es colectivo.

Que los indígenas no tengan nombre propio en el discurso del canciller Ernesto Araújo es deliberado. Al aparecer asimilados en el nombre de José de Alencar, los indígenas ya no son. Se convierten en “seres humanos como nosotros”. Y sus tierras ancestrales son mercancías como las “nuestras”. El canciller de Bolsonaro sabe muy bien a quién sirve cuando intenta inventarse una identidad nacional para un Brasil que afirma que ha renacido en manos de su jefe. No cita a los indígenas, pero afirma enfáticamente en su discurso que trabajará para la agroindustria.

La selva amazónica es estratégica para evitar que el calentamiento global supere los 1,5 grados centígrados en los próximos años. Eso no es una opinión, es un estudio científico realizado por algunos de los mejores científicos del mundo, que trabajan desde hace décadas en la crisis climática. Para que el calentamiento global no avance, la selva tiene que mantenerse en pie. ¿Cómo mantener la selva en pie si el bolsonarismo se ha comprometido a abrir las tierras indígenas para que se exploten?

Hay que crear una ideología, como hace el bolsonarismo. En ella, los indígenas supuestamente tendrían como mayor aspiración en la vida convertirse en blancos “como nosotros” y empezar a tratar la tierra como mercancía, ansiosos por arrendarla a los grandes grupos exportadores de soja y carne o a las grandes empresas mineras transnacionales. También hay que afirmar que el cambio climático es un complot marxista, como el canciller de Bolsonaro ya ha escrito, para no encontrar resistencia al entregar la Amazonia en nombre del nacionalismo.

El canciller ha creado un departamento específico para la agroindustria en el Ministerio de Asuntos Exteriores y ha eliminado el departamento que cuidaba del clima y de las energías renovables. El mensaje es claro. El actual presidente de Brasil todavía ha hecho más. Ha transferido la Fundación Nacional del Indígena al Ministerio de Mujer, Familia y Derechos Humanos, comandado por Damares Alves, fundadora de una ONG acusada de incitar el odio contra los indígenas. Los evangélicos, grupo que la ministra representa, tienen todo el interés en ampliar la presencia de su religión entre los pueblos originarios. También les interesa que los indígenas sean “seres humanos como nosotros”, lo que en este caso significa ser evangélico neopentecostal.

Bolsonaro, como chico obediente a la agroindustria más truculenta, la que se confunde con la agrodelincuencia, ha seguido avanzando: ha entregado la responsabilidad de la demarcación de las tierras indígenas y quilombolas al Ministerio de Agricultura, comandado por la ganadera Tereza Cristina, conocida como la “musa del veneno”, por los servicios prestados como congresista a las industrias transnacionales de pesticidas. Como comentó un periodista extranjero: es lo mismo que entregar la dirección de un banco de sangre a los vampiros.

El problema para el bolsonarismo se llama “realidad”, ya que el planeta no va a parar de calentarse por las mentiras de Bolsonaro y su canciller. Pero cuando eso sea evidente para sus seguidores, la destrucción ya se habrá consumado y los grupos que componen el bolsonarismo ya habrán multiplicado sus beneficios. Si los beneficios son de pocos, los daños serán para todos. Para los más pobres y los más frágiles, el sufrimiento será mayor y llegará primero. Ya ha llegado. Basta leer la prensa seria para descubrirlo. O recordar quién sufrió más con la última crisis de agua en São Paulo.

El ideólogo del Gobierno afirma que hay que leer menos el The New York Times y más a José de Alencar también porque la prensa internacional ha señalado duramente el peligro que Bolsonaro representa para el planeta. La importancia de Brasil en el escenario internacional se la da principalmente la selva amazónica. Y no para explotar productos primarios como la soja, la carne y los minerales, sino siendo selva.

Convertir la selva en materia prima para la exportación puede beneficiar a la economía a corto plazo. Es algo que interesa a los ultraliberales del actual gobierno, como interesó también a los gobiernos del Partido de los Trabajadores, que fueron un desastre para la Amazonia. Pero es claramente el peor negocio de la historia para todos. Incluso para la agricultura, como sabe el sector con más luces de la agroindustria, que, desgraciadamente, es minoritario en Brasil.

Ni Bolsonaro ni su canciller saben quiénes son los indígenas, cómo viven ni qué hacen. Ni creen que necesiten saberlo. Si la mentira que han creado les sirve para sus intereses inmediatos, ¿de qué serviría la realidad?

Para los no indígenas que se interesan en conocer los indígenas, el primer hecho que hay que entender es que no existe un indígena, sino 240 pueblos con cultura propia. Vale recordar que la estimativa es que había mil pueblos antes de la invasión europea, en el siglo XVI. Hoy, los pueblos que sobrevivieron a las sucesivas matanzas y las epidemias transmitidas por los blancos son, a la vez, una enorme riqueza en su diversidad cultural y los mayores responsables de la protección de la biodiversidad de las tierras donde viven.

Algunos todavía consiguen vivir sin saber que existen los blancos, o sabiendo lo mínimo posible, y para todos es mejor que siga siendo así. Otros, que ya establecieron contacto con los blancos, encontraron su camino para generar renta sin destruir el ecosistema. Las tierras indígenas son, comprobadamente, los mayores obstáculos para la destrucción de la selva amazónica. En 2018, la deforestación en la Amazonia alcanzó el índice más alto de la década. Solo en el período electoral, la deforestación creció casi un 50%, comparada con el año anterior, de tan confiados que estaban los deforestadores de que ganaría Bolsonaro.

En el editorial de esta semana, el Instituto Socioambiental, que tiene la publicación más completa sobre los Pueblos Indígenas en Brasil, actualizada regularmente y disponible en internet, cuenta al Gobierno lo que al Gobierno no le interesa saber. La miel de los indígenas del río Xingú fue el primer producto de origen animal con certificado ecológico y registro en el Sistema de Inspección Federal. Ya se encuentra en el mercado del sudeste del país.

El aceite de pequi del pueblo kisêdjê representó a Brasil en una feria del movimiento Slow Food en Turín, Italia. La seta yanomami es reconocida internacionalmente en el mundo de la gastronomía. La guindilla baniwa tiene 78 variedades que se utilizan para fabricar chocolate, salsas y cervezas en Brasil y el mundo. Los indígenas wai wai, xikrin, kuruaya y xipaya comercializan cosechas de toneladas de castañas por medio de un fabricante de panes y productos derivados. El caucho de los xipaya lo utiliza una gran industria brasileña. Los kayapó y panará venden sarrapia a empresas internacionales que producen cosméticos de forma artesanal.

Lo que molesta a la economía de la selva no es la protección de la selva. Al contrario. Lo que molesta a la economía de la selva es la invasión de los grileiros (ladrones de tierras públicas) para explotar la madera, poner soja y pasto para los bueyes. Es la amnistía que les dieron a estos grileiros gobiernos como el de Lula y Michel Temer, que transformaron a criminales violadores de tierras públicas en representantes de la “agroindustria” y miembros del “sector productivo nacional”. Es la tardanza en la demarcación de los territorios ancestrales, hoy paralizada por Bolsonaro. Es la inestabilidad y la total falta de apoyo gubernamental, a pesar de que los productos que los indígenas comercializan pagan todos los impuestos. Es la ignorancia de los gobiernos y de sus economistas. Es un canciller que quiere reinventar a los indígenas de José de Alencar para inventarse a un indígena que no existe. Quien no existe no puede reivindicar la demarcación de sus tierras en la selva tan deseada por el sector atrasado de la agroindustria.

El discurso de investidura del canciller es el intento de presentar las bases ideológicas de lo que se llama bolsonarismo, que pretenden justificar tanto que se arme a la población como que se exploten de manera predatoria las tierras indígenas y quilombolas. Sería importante que los profesores de las universidades, instituciones tan atacadas por Bolsonaro y sus seguidores, utilizaran su conocimiento para desmenuzar ese discurso y ver lo que dice y lo que omite. Y que lo hicieran por internet, a la que todos tienen acceso.

Fue en internet donde los locos empezaron a bailar y uno de ellos se convirtió en presidente. El debate tiene que trabarse (principalmente) ahí, como ya han percibido unos pocos intelectuales. Nadie tiene el derecho de inhibirse de la tarea de rescatar la importancia de los hechos, la prevalencia de la realidad y la honestidad del debate. Especialmente quien cobra dinero público.

Termino con otro fragmento del discurso del ideólogo del bolsonarismo: “Solo el amor explica Brasil. El amor, el amor y la valentía que se desprende del amor, condujeron a nuestros ancestrales a formar esta nación inmensa y compleja. Nos pasamos años en la escuela, casi todos nosotros, creo, escuchando que fue la avaricia o el deseo de riqueza, o todavía peor, el azar, lo que formó Brasil. Pero no. Fue el amor, la valentía y la fe lo que trajo hasta aquí, a través del océano, de las selvas, a personas que nos fundaron”.

Ernesto de Araújo explicita que el “renacimiento” que propone el bolsonarismo es criminal. Su proyecto de poder no busca solo moldear el presente a partir de premisas falsas como la “ideología de género” o el “climatismo”, sino inventarse un pasado borrando el pasado que efectivamente existió. Antes será necesario explicar cómo “el amor” mató a millones de indígenas, extinguió a pueblos enteros, y trajo a Brasil a la fuerza a casi cinco millones de esclavos africanos durante más de tres siglos. Sus descendientes todavía hoy viven peor y mueren antes.

José de Alencar soñaba con construir una identidad nacional en el siglo XIX, en un país que acababa de independizarse de la metrópolis y necesitaba un rostro para legitimarse como nación. En su discurso inaugural, Ernesto Araújo violenta dos siglos de debates culturales y ofende hasta la memoria de Alencar. El canciller quiere, a principios del siglo XXI, borrar todo el pasado. Como si Brasil fuera una página en blanco que el bolsonarismo pasará a escribir a partir del punto cero de la independencia.

Ninguna novedad. La “nueva era” del bolsonarismo solo copia los peores ejemplos de los totalitarismos del siglo XX, que también quisieron crear su propio mito y su propia mitología para justificar las atrocidades que cometerían más adelante. Como los días mostraron, los cadáveres de aquellos que destruyeron se empeñan en vivir como memoria. No olvidaremos. Ni dejaremos olvidar.

* Escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes – o Avesso da Lenda, A Vida Que Ninguém vê, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos, y de la novela Uma Duas.


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