Novedades 2019: Brasil y México; mujeres e indios – Por Juan Guahán

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El 2019 trae dos tipos de novedades: las inmediatas, por ejemplo las que se están viendo con los recientes cambios de gobierno en Brasil y México; y las de más largo plazo, como se está manifestando en la cuestión de género y respecto de los indios.

Los cambios en Brasil y México

Esta semana asumió un nuevo gobierno en Brasil, hace apenas un mes había ocurrido lo mismo en México. La característica principal, de ambos gobiernos, es que ellos no son continuidad de quienes los precedieron en las últimas décadas.

La importancia de estos hechos se agiganta si tenemos en cuenta que se trata de los dos países más grandes de la región. En ellos habitan más del 53% de los 650 millones del total de la población de la región. Brasil con sus 210 millones encabeza esa lista seguido de México con 130 millones.

Una primera y elemental consideración es que la orientación de estos cambios evidencia la profundidad de la crisis que recorre la región. No quedan dudas que la opción por este tipo de políticas, que han estado fuera del poder en los últimos tiempos, evidencia un hartazgo y frustración generalizada de los pueblos y un castigo a las políticas y políticos tradicionales.

Otro dato significativo, aunque paradójico, es que las iglesias evangélicas tuvieron un rol muy importante en Brasil y México a pesar de las diferencias que guardan los presidentes electos a los que apoyaron.

Los próximos años indicarán si algunas de las características de estos gobiernos se expande por el resto de la geografía latinoamericana o si estas experiencias –tan disímiles entre sí- solo son una circunstancia temporaria y vuelven los sistemas tradicionales o si ellos son la punta del iceberg de una crisis cuya evolución nos puede conducir por caminos hoy difíciles de imaginar.

El Brasil de Bolsonaro

Del nuevo presidente brasileño Jair Messias Bolsonaro se dicen muchas cosas, aunque pocas de ellas atienden a la realidad que hizo que sus ideas pudieran tener sustento mayoritario. Así la caracterización de ultraderechista, xenófobo, misógino y ultramontano -con las que suelen identificarlo- hizo posible que José “Pepe” Mujica, el expresidente uruguayo, le cargue el título de nazi. Por cierto que no faltan razones y actitudes que le dan cierta credibilidad a esa denominación.

No se ouede ocultar la responsabilidad que han tenido los gobiernos precedentes para que esta oleada conservadora avance en nuestra región. Sin necesidad de abundar en detalles repetitivos es bueno recordar el modo que los gobiernos autodefinidos como populares abrieron estas posibilidades. No haber ido a fondo en las medidas contra el tradicional poder económico, ni construido el necesario poder del pueblo organizado, crearon las condiciones para que ahora aparezca un gobierno como el de Bolsonaro.

Los antecedentes personales de dicho presidente, su campaña electoral, la composición de su gabinete, su discurso inaugural, las primeras reuniones y decisiones oficiales dan cuenta del carácter de la nueva administración del país hermano.

Su abierta defensa del golpe militar de 1964, su oposición a los nuevos derechos de diferentes minorías, va a contramano de lo que venía ocurriendo en la región. Su proclamado nacionalismo reaccionario está más cerca de gobiernos semejantes de Europa (Austria, Hungría, Polonia) que de los nacionalismos populares conocidos en la región, como el peronismo argentino o los gobiernos de Getulio Vargas, Leonel Brizola o Joao Goulart, en el propio Brasil.

Bolsonaro, ratificando su línea de acción, designó a siete militares en su gabinete de 22 ministros. Además su Vicepresidente es militar. La desvalorización de las mujeres se ratifica en el hecho que, en ese gabinete, hay solo dosmujeres.

Todos los aspectos económicos, centralizados en un solo ministerio, estarán a cargo de Paulo Guedes, un liberal que forma parte de los “Chicago Boys”. De este modo el pensamiento monetarista y privatizador que, desde Augusto Pinochet se ha instalado en Chile, ahora se extendió al poderoso Brasil.

Transita por un carril parecido su propuesta educativa, conducida por un filósofo de la derecha que aspira a una Ley Educativa, entre cuyas normas figuraría la posibilidad que los estudiantes graben a sus profesores, para que sus familias sepan lo que están enseñando y eviten la “propaganda comunista”. El nuevo Canciller es un admirador de Donald Trump y ya adelantó su relación privilegiada con EEUU e Israel.

Así pinta el gobierno sostenido por terratenientes y militares. Sus principales problemas los tendrá con los trabajadores organizados en la CUT, los campesinos del Movimiento Sin Tierra, las mujeres, las minorías cuyos nuevos derechos van siendo avasallados, los pobres de las grandes ciudades y los estudiantes. No hay que olvidar que un tercio de los gobernadores, provienen de fuerzas de izquierda..

Difícil tarea para López Obrador en México

Lejos del pensamiento de Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) hace un mes asumió como Presidente de México. Luego que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) renegara de las banderas de la Revolución Mexicana de inicios del siglo XX y que la derecha fracasara en su intento de construir un México del gusto de sus vecinos del Norte, triunfó un candidato progresista. Lo hizo a contramano de la tendencia predominante en la región, pero también trajo un aire fresco al denso clima que se vive en ese país.

El gobierno de AMLO quiere retomar algunas de las grandes líneas de aquella Revolución. A los tradicionales problemas que debe enfrentar esta región se le agrega la violencia del narcotráfico que desangra a esa sociedad. En estas breves reflexiones interesa conocer las principales orientaciones del actual gobierno mejicano y su diferencia con lo que propone el de Brasil.

Detalles de la asunción de López Obrador lo colocan en una dirección opuesta a la de Bolsonaro. Exactamente, la mitad de su gabinete está integrado por mujeres. En el ritual por el cual asumió la presidencia se arrodilló frente a un médico indígena, como un reconocimiento a la dignidad de su historia y valor de su conocimiento.

Todo lo cual contradice al pensamiento de Bolsonaro quien sostuvo que los indígenas de su país “no viven en el Brasil de verdad”, reavivando la idea colonizadora de “integrarlos” a una cultura que no es la propia. No obstante lo dicho, el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) de raigambre indígena, criticó al poder del nuevo gobierno mejicano como “loco” y “mañoso”.

El otro aspecto notoriamente diferenciador tiene que ver con el petróleo. En Brasil se debate acerca de los alcances de la privatización de Petrobras. Mientras tanto, en México el gobierno coloca uno de los ejes del futuro en la recuperación de la petrolera Pemex. Su producción, que era –en el 2004- de 3,3 millones de barriles diarios, hoy está en 1,7 millones de barriles y una deuda financiera de 105 miles de millones de dólares. No obstante ello, el gobierno aspira revitalizar esa actividad, llevándola a 2,6 millones en el 2024.

Por lo pronto quiere poner fin a la corrupción reinante en el sector donde funciona una especie de “Pemex Paralela”. El Presidente se niega a denunciar a los directivos de Pemex hasta que no se haya resuelto en “Consulta Popular” si se puede investigar por corrupción a los Jefes de Estado. Piensa que la dimensión de lo eventualmente robado no se pudo realizar sin la aprobación presidencial y que no tiene sentido acusar solamente a quienes son los chivos expiatorios.

Los cambios culturales respecto a mujeres e indígenas

El patriarcado imperante y el pensamiento eurocéntrico, que predomina en las instituciones vigentes, han creado las condiciones para que mujeres e indios no tengan el lugar que les corresponde.

Esas tendencias habían comenzado a ser revisadas. Aspectos del feminismo y un mayor respeto por los pueblos indígenas está tomando cuerpo en las sociedades de nuestra América, haciendo más visible los siglos de sometimiento y exclusión.

Cuando esos avances se cruzaron con la profundización de crisis económicas, un malestar colectivo se arraigó en nuestras sociedades, apareciendo un intento de “vuelta al pasado”. Resultó más fácil echarle la culpa a algunas “novedades culturales” que al agotado y vigente modelo económico. Los grandes medios de prensa encontraron allí una “explicación” evitando cuestionar al sistema.

En lugar de pensar en la responsabilidad del viejo y tradicional poder económico y en nuevas e innovadoras ideas, aparecieron liderazgos de tipo mesiánico ofreciendo soluciones rápidas que terminaran con esos “nuevos derechos”. Lo que viene planteando Bolsonaro en Brasil es el caso más evidente y notorio.

Los próximos años serán escenario de una profunda disputa, entre la consolidación de las tendencias que habían comenzado a desarrollarse a favor de un nuevo lugar para las mujeres y los pueblos indígenas, en una sociedad distinta; o un largo enterramiento de aquellas reivindicaciones bajo el peso del poder económico y las fuerzas represivas.

¿Y Argentina…?

En Argentina, el movimiento por la emancipación de las mujeres ha tomado alto vuelo en algunos aspectos (campañas del “Ni una menos” o contra el abuso sexual) pero aun no se ha manifestado plenamente en las cuestiones de poder efectivo que siguen siendo fieles al patriarcado.

En el tema indígena, el gobierno está desplegando, particularmente respecto a los mapuches, algo parecido a lo hecho por el general Julio A. Roca en su nefasta “Campaña al Desierto”. Con ello actualiza un conflicto que nunca desapareció y que –diariamente- va creciendo.

En cuanto a las perspectivas del sistema de poder, el macrismo, como una tendencia nueva de tipo reaccionario, está “haciendo agua” por los cuatro costados. Por ahora no asoma en el horizonte político una corriente nueva que alumbre un futuro que traiga grandes novedades.

La principal alternativa al macrismo es el kirchnerismo que recientemente dejara el gobierno, luego de 12 años de controlarlo, promoviendo mejores condiciones para los sectores populares pero sin haber producido los cambios estructurales que permitieran consolidarlos.

La otra alternativa está constituida por fuerzas más afines al tradicional “pejotismo” o justicialismo, cercanas al pensamiento y prácticas del tradicional peronismo ortodoxo. La unidad de estas corrientes peronistas asegurará el fin de las actuales iniquidades del macrismo, pero sin una perspectiva clara sobre un futuro que –seguramente- será “menos malo” que esta dolorosa realidad.

(*) Analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

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