El Salvador: contundente revés para la vieja política – Prensa Libre, Guatemala

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La partidocracia en El Salvador parecía un andamiaje sólido, en el que los dos partidos mayoritarios se habían alternado en el poder por casi tres décadas. Esta historia tuvo un final abrupto el pasado domingo, cuando el empresario Nayib Bukele arrasó en las urnas y obtuvo más votos que todos sus adversarios juntos.

Es una historia pocas veces vista en Latinoamérica, donde en la mayoría de las democracias la presidencia se dirime históricamente en una segunda vuelta. Es inevitable señalar como responsables de esa debacle a los políticos tradicionales, encarnados en este caso por el derechista Arena y el izquierdista FMLN, al cual los votantes relegaron a una tercera posición, con la menor cantidad de votos obtenidos en su historia.

Esa victoria indiscutible del candidato opositor debe ser vista también como el producto de la decepción de los votantes a causa del manoseo politiquero y también como un llamado a cambiar el rumbo del país, que mantiene indicadores de desarrollo insuficientes y una violencia encabezada por las pandillas, una de las causas de una migración irregular incontenible.

Otro factor que contribuyó a la histórica victoria de Bukele lo constituyó su fuerte discurso contra la corrupción, que en El Salvador ha sido tan inconmensurable como en Guatemala, al extremo de existir procesos abiertos contra los últimos tres presidentes salvadoreños, uno de ellos fallecido en plenas diligencias judiciales, otro condenado a diez años de prisión y el tercero que se encuentra prófugo y ha logrado refugio en la Nicaragua orteguista.

Bukele se presentó a lo largo de su campaña como un político opuesto al envilecimiento de la política. Su carrera relativamente corta como alcalde de dos municipios, uno de ellos la capital de El Salvador, lo convierte en casi un independiente de la política y lo acerca a los políticos emergentes que hicieron del combate de la corrupción el eje de su camino hacia la presidencia.

Ciertamente, la corrupción, la violencia y el deterioro económico han marcado el destino de varios países latinoamericanos y la principal responsabilidad recae sobre la vieja política, cuyos máximos caciques han convertido los más importantes cargos de poder en plataformas para un enriquecimiento intolerable, un generalizado abuso de poder y el desborde del tráfico de influencias. A este respecto no se pueden citar diferencias entre los modelos de gestión del FMLN o de Arena, que prolongaron un vergonzoso pago de sobresueldos a toda clase de burócratas, sobre todo de alto nivel.

Está por verse si Bukele logra romper con la tragedia, casi una maldición, de los políticos/empresarios que incursionan en la política para sacar a los viejos politiqueros del poder, o se convierte en un nuevo fiasco para los salvadoreños, como también ha ocurrido en demasiados casos en la región. Guatemala es quizá el mejor ejemplo de la frustración de elegir a un foráneo de la política que muy rápidamente se convirtió en cómplice de la marrullería y en un sólido obstáculo para el combate de la corrupción y la impunidad.

El éxito de Bukele debe verse como el resultado del fracaso de los políticos tradicionales, incapaces de cambiar de manera significativa la realidad socioeconómica. Ahora tiene un enorme reto: demostrar que un político no tradicional puede hacer la diferencia. Se trata de una tarea nada sencilla, que además enfrenta el escepticismo de varios sectores en El Salvador.

Prensa Libre