Guatemala | Elecciones: ¿más de lo mismo? – Por Marcelo Colussi

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Marcelo Colussi

Sammy Morales, hermano del presidente Jimmy Morales y con cargos pendientes con la justicia, intenta presentarse para estas elecciones a un cargo de diputado por el partido FCN-Nación. Eso ya lo dice todo: no ha habido ningún cambio en la esfera política. Seguimos con la misma conducta corrupta, mafiosa, politiquera de siempre. En otros términos: más de lo mismo.

Desde el retorno a esto que llamamos democracia, en 1986, quizá el elemento más importante en la historia política del país fue la firma de la paz en 1996. Ambas circunstancias abrieron esperanzas, sanas expectativas: sin caer en ingenuidades ni triunfalismos, se esperaban algunos cambios. Los Acuerdos de Paz parecían indicar una novedosa hoja de ruta que auguraba transformaciones.

Más de 20 años transcurridos desde aquel histórico 29 de diciembre de 1996 no significaron casi nada. Quizá el mayor cambio constatable –importante, sin dudas– fue el mejoramiento del papel político de los pueblos originarios. Se dejó de menospreciar su cultura y se les permitió sentirse parte de la sociedad (aunque su situación socioeconómica real no varió en lo fundamental). Otros cambios concretos no pueden mencionarse. Todo lo que fijaban los famosos Acuerdos, quedó en el olvido. Con los años, los grupos de poder tradicionales no perdieron ni un milímetro de sus privilegios, y las nuevas fuerzas económico-políticas crecidas a la sombra del Estado contrainsurgente de décadas pasadas allí siguieron invariables. La situación de la gran masa trabajadora también siguió igual, es decir: mal pagada y excluida.

Para el 2015 volvieron a encenderse esperanzas. De buenas a primeras el país pareció entrar en una cruzada anticorrupción. Llamativo despertar, por cierto, pues daba qué pensar una muchedumbre reunida cada sábado por la tarde solo a cantar el himno nacional y a sonar vuvuzelas, sin ningún proyecto político alternativo.

Hoy, analizado ello a la distancia, puede constatarse que no era real ni genuino ese supuesto despertar ciudadano, sino una bien orquestada manipulación, donde la mano de Estados Unidos no estuvo ajena. Producto de esa movilización, renunció el por entonces binomio presidencial: Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. Como fuera, se abrieron expectativas de cambio político. La población esperaba sanamente superar la tradicional cultura de corrupción e impunidad que marca la historia del país. Pero había allí una ilusión: corrupción e impunidad son la materia prima de la que está hecha la historia nacional. Como dijo el ahora presidente (seguramente sin ninguna intención crítica): eso aquí «es normal».

La salida a la crisis del 2015 fueron unas elecciones controladas por los verdaderos factores de poder: el Cacif y la embajada de Estados Unidos. De esa cuenta, con un discurso «anticorrupción» que pudo haber embelesado a muchos (ahora, con vergüenza, nadie reconoce haber votado por él), el actor cómico Jimmy Morales se alzó con el triunfo. Se esperaba un cambio, pero la historia mostró que no había sino más de lo mismo.

El partido político que lo postuló, así como el entorno con que se rodeó –y que es quien efectivamente estuvo gobernando estos años: exmilitares, en muchos casos con cuentas pendientes con la justicia– siguió exactamente los mismos moldes de la vieja politiquería: la mentira y la manipulación grosera siguieron siendo moneda corriente. Corrupción e impunidad siguieron tan «normales» como siempre. Cuando la Cicig y el Ministerio Público quisieron profundizar las investigaciones, todo ese entramado de poderes cerró filas, evitando cualquier avance. ¡Y expulsó a los investigadores!

Ese presunto despertar cívico anticorrupción sirvió para desarticular algunas bandas criminales; de esa cuenta, unos cuantos funcionarios públicos y exmilitares fueron a parar a prisión. Pero, curiosamente, nunca ningún empresario.

Las peores mañas politiqueras siguieron inamovibles. Las reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos no significaron ningún cambio sustancial real. Ese «más de lo mismo» parece haberse entronizado.

Ahora vamos una vez más hacia un nuevo proceso electoral, con esos sectores corruptos e impunes enseñoreados, victoriosos, sin haber cambiado en nada. Hay casi 30 partidos participantes. Fuerzas políticas, en realidad, que no son partidos en sentido estricto, sino inversiones para conseguir réditos económicos. La gran mayoría de ellos adversan visceralmente a la Cicig, y lo único que promueven es la continuidad de las prácticas corruptas e impunes.

Si alguien con cuentas pendientes con la ley, como Sammy Morales, puede saltarla y aspirar a una diputación, eso marca el espíritu general reinante: sigue la corrupción.

La izquierda, fragmentada, peleada entre sí, no representa una opción de peso para los votantes. De los seis partidos con un talante izquierdoso, solo .el Movimiento para la Liberación de los Pueblos tiene una real base popular, campesina, trabajada largamente en organizaciones comunitarias. Lo demás, también, no pasa de «más de lo mismo». Dar una pelea antisistema desde las entrañas del sistema está demostrado que es imposible.

Thelma Aldana, por otro lado, la exfiscal con un prestigio ganado en su papel de luchadora contra la corrupción, tiene en su haber esa historia, pero eso solo, no sirve para cambiar el curso de los acontecimientos socioeconómicos del país.

Todo augura, lamentablemente, que más allá que surja un nuevo rostro para asumir el próximo 14 a las 14, no habrá ningún cambio real. Pero… ¿puede haberlo con esta democracia?

(*) Psicólogo y Lic. en Filosofía. De origen argentino, hace más de 20 años que radica en Guatemala. Docente universitario, psicoanalista, analista político y escritor.

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