Nayib Bukele consuma su revolución – Por Carlos Martínez

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Nayib Bukele es el presidente electo de El Salvador, luego de arrasar en las urnas con una cantidad de votos muy superior a los obtenidos por el resto de contendientes juntos. El hombre de 37 años que dice no tener ideología, cuyo partido -con el que no pudo competir- existe desde agosto de 2018, el hombre rodeado mayoritariamente de gente de su misma edad y escasa experiencia política, arrebató la Presidencia a los partidos que la ostentaban desde hacía 30 años.

El candidato del partido Gana ha roto con el predominio histórico de las dos fuerzas políticas que han ocupado el Ejecutivo desde 1989, tres años antes de que terminara la guerra civil salvadoreña.

El derechista Arena quedó en un distante segundo lugar, con poco más de la mitad de los votos obtenidos por Bukele. Pese a sumar las marcas de otros tres partidos con los que competía en coalición, obtuvo solo el 31% de los votos. Pero el gran perdedor de estos comicios fue el FMLN que, luego de una década en el poder, obtuvo la menor cantidad de respaldos de toda su historia como partido político: menos de un 14%.

Bukele no solo ganó, su triunfo fue una aplanadora incontestable: no hubo un solo departamento en el que perdiera; en ocho de los 14 departamentos del país ganó por más del 50%, y en el resto ganó por márgenes mayores al 40%.

Arena y el FMLN han sido los protagonistas de la vida política de El Salvador desde la guerra civil. Estos resultados electorales marcan un cambio profundo en la manera de entender la política salvadoreña, luego de hacer añicos a un sistema de partidos muy sólido y capaz de mantener vigencia por casi tres décadas.

Para alzarse con la victoria, el presidente electo hizo una campaña basada en un mensaje repetido hasta la saciedad: en resumen, todas las taras del país, dijo, se explican con el hecho de haber estado gobernados durante 27 años “por los mismos de siempre”. Bukele se valió del descontento generalizado hacia los dos partidos mayoritarios y lo exacerbó en una estrategia que usó las redes sociales como su principal plataforma.

Durante la contienda, Bukele prefirió no definirse a sí mismo a través de una ideología, y su identidad como político estuvo –está– más bien delimitada por presentarse como lo opuesto al sistema político tradicional. Durante la campaña presidencial se hizo rodear del más variopinto equipo de colaboradores, que formaba un conjunto de piezas en apariencia difíciles de combinar: su compañero de fórmula y actual vicepresidente electo es Félix Ulloa, abogado, ex miembro del FMLN; o Walter Araujo, que ocupó el máximo cargo de liderazgo en ARENA, partido en el que militó por 33 años y al que renunció en 2013; o Carlos Cañas, quien fuera firmante de los acuerdos de paz por el FMLN; o Federico Anliker, actual presidente del partido Nuevas Ideas, sin ningún pasado político rastreable.

Bukele, el político que derrotó al sistema tradicional de partidos, tiene apenas seis años de haber aparecido en la vida política del país, cuando ganó –como candidato del FMLN– la Alcaldía de Nuevo Cuscatlán, donde se las arregló para cobrar notoriedad pese a tratarse de un municipio sin mayor relevancia simbólica en el ejercicio público. Posteriormente fue promovido como candidato de la capital, en una contienda que ganó por menos de 6,000 votos. Mientras ocupaba el cargo de alcalde de San Salvador fue expulsado del FMLN debido a las constantes discrepancias públicas que sostuvo con su partido.

Casi de inmediato, anunció que aspiraría a la Presidencia de la República y se lanzó a la construcción de su propio partido, al que bautizó como Nuevas Ideas. Sin embargo, Nuevas Ideas llegó tarde al calendario electoral para las presidenciales y aunque logró convertirse en partido, los tiempos no le dieron para entrar a la contienda. Entonces Bukele anunció que competiría bajo la bandera de Cambio Democrático, un minúsculo partido de centro izquierda. Pero esa estrategia también sufrió un revés, cuando el TSE, controlado por magistrados propuestos por los principales partidos políticos, decidió cancelar a Cambio Democrático, argumentando que hacía dos elecciones había obtenido menos votos de lo que la ley establece para seguir inscrito. Entonces, al límite del plazo legal, Bukele hizo público que se inscribiría en Gana para aspirar a la presidencia.

Gana es un partido de derecha, conformado por disidentes de Arena y vinculado desde su formación al ex presidente Antonio Saca, que actualmente paga una condena de una década de cárcel por corrupción. De hecho, la única vez que Gana había presentado a un candidato a presidente fue en 2014, y su propuesta fue, precisamente, Saca, que buscaba volver a ocupar el cargo; y lo hizo en coalición con otros dos partidos de derecha: el PCN y el PDC, que en esta elección compitieron como aliados de Arena.

Desde un principio, Bukele dejó claro que Gana no le parecía un aliado al que valía la pena lucir, y lo escondió al punto de pedir que el nombre del partido no apareciera en la papeleta electoral. El presidente electo siempre ha creído que su nombre, como marca a posicionar, es más poderoso que el de los partidos que lo han acuerpado: cuando compitió por la Alcaldía de San Salvador apenas se dejó ver con los distintivos del FMLN. En el caso de Gana fue más radical. Convenció a su nuevo partido de cambiar su tradicional color naranja y su logo, para sustituirlos por el color cian y la golondrina que distinguen a Nuevas Ideas.

La votación más alta de Gana, cuando ha competido en solitario por diputados, es de menos de la quinta parte de la votación obtenida por Bukele en esta elección.

Una selfie presidencial

Este 3 de febrero, Bukele montó su base de monitoreo electoral en el hotel Sheraton Presidente.  Después de las cinco de la tarde, hora en que cerraron los centros de votación, se comenzó a congregar una festiva multitud, se detonaron fuegos artificiales, se bailó al ritmo de una batucada, se ondearon banderas con el logo de la golondrina y comenzaron a aparecer algunas de las figuras públicas que respaldaron a Bukele durante la campaña.

Apareció, por ejemplo, Giovanni Galeas, biógrafo del presidente electo y tertuliano frecuente en los espacios televisivos dedicados a alabar al entonces candidato; Mónica Taher y Silvio Aquino, fervientes seguidores de Bukele y sus puntas de lanza en el trabajo con los salvadoreños en el exterior. Llegó también Alejandro Muyshondt, aplaudidor del candidato en redes sociales, que cobró notoriedad el día en que decidió ir por su cuenta al Centro Histórico, en 2013, armado con un AK-47, una pistola 9 milímetros y una máscara de paintball, para intentar capturar a unos ladrones a los que no encontró; o también Bertha María Deleón, abogada del ahora presidente electo, reconocida por defender diversos casos que implican abusos contra la mujer; o Ernesto Sanabria, mejor conocido como Brozo –su alias en redes sociales–, un comunicador que se inició en política de la mano del ex presidente Saca. Cientos de simpatizantes y periodistas y guardaespaldas. Pero ningún dirigente de Gana, el partido más votado del país.

Unos minutos después de las nueve de la noche, frente a un salón colmado de cámaras de prensa y de seguidores entusiastas, Bukele apareció para proclamarse como el ganador de la contienda. Pero antes de decir una palabra, y ante la ovación de su público se sacó del bolsillo su teléfono y se tomó una selfie con la gente de fondo. Ese fue su primer acto como presidente electo de El Salvador.

Su discurso duró apenas seis minutos: dijo que había ganado; que había sacado muchos más votos que Arena y que todos sus contendientes juntos y que había superado a los demás partidos en todos los departamentos del país. Para dimensionar su triunfo, para conseguir explicar el contenido de su victoria, dijo que ese hecho le permitía al país “pasar la página de la posguerra”.

“Fuimos gobernados por los dos partidos de la posguerra, el de la derecha y al de la ex guerrilla. Este día el país ha pasado la página de la posguerra y ahora podemos comenzar a ver al futuro”, dijo y, para cerrar, invitó a sus seguidores a celebrar la victoria en la plaza Morazán, en el Centro Histórico. Y se despidió.

Entonces alguien le hizo notar, que había olvidado algunos detalles: por ejemplo, dedicarle unas palabras a su esposa, a la que subió de inmediato a la tarima y presentó como la futura “primera dama” de la República. También había olvidado otro detalle: permitirle subir a la tarima a su compañero de fórmula, Ulloa, a quien mencionó brevemente, pero no permitió usar el micrófono. Si los demás partidos colocaron la marca de sus fórmulas -Calleja y Carmen Aída, Hugo y Karina- Bukele ni lo intentó. Bukele y Ulloa no fue consigna en esta campaña.

Su partido, Gana, ni siquiera fue mencionado en el discurso, y ningún dirigente de ese partido estuvo presente en el salón.

Más tarde, en medio de unas 8,000 personas que abarrotaron cada rincón de la plaza Morazán, Bukele recordó al partido que le permitió competir por la presidencia y pidió un aplauso para Gana.

El presidente electo tendrá que gobernar el país durante sus primeros dos años con una Asamblea Legislativa llena de adversarios a los que ha etiquetado como “los mismos de siempre” y a los que ha acusado de todos los males del país. Las únicas referencias que Bukele hizo al resto de fuerzas políticas fue para recordarles cuán profundamente los había derrotado, para regodearse en el hecho de que ni todos sumados alcanzan su nivel de votación, y para lanzarles una advertencia: “A los mismos de siempre les digo que el dinero del pueblo se devuelve. No se perdona lo robado. Empiecen a ahorrar”.

Hoy por hoy, sus aliados son diez diputados de Gana, el partido con el que alcanzó la Presidencia, a los que no se les vio en su gran fiesta de celebración.

El Faro