Itaipú: el desafío de los hijos de las dictaduras

Itaipú: el desafío de los hijos de las dictaduras

Por Mercedes Canese*

En el año 2020 se cumplen 150 años del fin de la Guerra de la Triple Alianza o Guerra del Paraguay (1865-1870). Con ella terminó un proyecto autónomo de desarrollo, la “primera revolución popular de América”, al decir del investigador norteamericano Richard Alan White.

Muchas cosas terminan y empiezan con esa guerra.

Termina el desarrollo sin deuda externa –único en América del Sur–; termina, debido al genocidio, el 90% de la población masculina adulta paraguaya; termina la fundición de hierro destruida por orden de las élites de Brasil y Argentina, financiados por Inglaterra; termina la tierra en manos de quién la trabaja; termina el telégrafo y termina el ferrocarril del Estado. La lista es larga.

Empieza el endeudamiento con la bolsa de Londres –terminaría de pagarse recién en 1960, noventa años después–; empieza la privatización de las tierras públicas; empieza el analfabetismo antes inexistente y empiezan –se fundan– los dos partidos tradicionales, que hasta hoy mantienen el bipartidismo en Paraguay.

Quizás para muchos habitantes de los países involucrados, esa guerra es un recuerdo vago de una clase de historia en la escuela. Para los paraguayos y paraguayas es una herida abierta, un tema de conversación cotidiano y un dolor profundo con diversas interpretaciones.

En ese punto de inflexión, se firma el Tratado de Límites con el Brasil (1872), estando aún el ejército brasileño ocupando el Paraguay. Esa ocupación duraría 7 años.

En el Tratado de Límites empieza Itaipú, aunque entonces seguramente ni Brasil ni Paraguay se imaginaban el valor que tendría el potencial hidroeléctrico del Salto del Guairá .
Y es probable que ese fuese el motivo por el cual, en el Tratado de Límites, ese fabuloso Salto es reconocido como límite del territorio paraguayo con el Brasil. Con la guerra, Paraguay perdió grandes extensiones de territorio a manos de Brasil y Argentina, aunque no el Salto del Guairá 2.

Recién a mediados del siglo XX se inician los estudios sobre el potencial hidroeléctrico del río Paraná. Técnicos brasileños, como Otávio Marcondes Ferraz, defienden la tesis de desviar el río Paraná en territorio brasileño, antes del Salto del Guairá, para su aprovechamiento hidroeléctrico. Brasil invade Puerto Renato (1965), desconociendo la soberanía paraguaya sobre el Salto del Guairá.

Este avasallamiento le costaría caro a la dictadura militar brasileña, pues aún bajo la dictadura stronista, el pueblo paraguayo se moviliza en defensa del Salto del Guairá, resolviéndose el conflicto diplomático con el Acta de Foz de Yguazú (1966), que reconoce la soberanía paraguaya.

Desde esa Acta hasta el presente pasaron muchas cosas.

Se negoció y firmó a espaldas del pueblo el Tratado de Itaipú (1973), se construyó la central hidroeléctrica que empezó a operar en 1984 –ahora es la mayor productora de energía hidroeléctrica del mundo– y luego de varios retrocesos se alcanzó un claro avance con el Acuerdo Lugo-Lula el 25 de julio de 2009.

En apenas en 4 años, se cumplirán 50 años de la firma del tratado (2023) y, de acuerdo a su Anexo C, ambos países deberán renegociar los términos económicos y energéticos del citado anexo.

La renegociación tiene un oscuro panorama regional. En Brasil, su presidente reivindica al dictador paraguayo Alfredo Stroessner, quien entregó la soberanía hidroeléctrica paraguaya haciendo que nuestro país se empobrezca para subsidiar el desarrollo industrial y social del Brasil. Peor aún, en Paraguay su actual presidente también lo reevindica.

Pero la historia nos enseña una lección que vale oro (o que vale una hidroeléctrica): cuando el pueblo toma conciencia y defiende sus recursos naturales, no existe dictadura ni gobierno democrático que lo detenga. El siguiente ejemplo es clarísimo: el Acta de Foz de Yguazú fue forjada gracias a amplias movilizaciones ciudadanas y reconoce que la energía se divide en partes iguales, que Brasil tiene apenas “preferencia” y no exclusividad de adquisición de nuestra energía, además a “justo precio”, versus el Tratado de Itaipú, suscrito entre 4 paredes, que busca desconocer la soberanía hidroeléctrica y el “justo precio”.

También lo hemos experimentado en las negociaciones con Brasil sobre Itaipú que llevaron a cabo Fernando Lugo y Luiz Inacio Lula Da Silva. El Paraguay avanzó hacia un trato justo, mediante una lucha constante de décadas, que fue ganando el apoyo de sectores sociales muy importantes del Brasil, de toda la región y del mundo.

Porque un trato justo es cuando todos podemos ganar, y no sólo los grandes consumidores de energía del Brasil, muchas veces trasnacionales.

Los pueblos de Brasil y Paraguay se merecen que ganemos todos, y podemos hacerlo. En el 2023, o antes.

2 Los generadores trifásicos serían inventados recién a fines de la década de 1880.

* Ingeniera Industrial, docente universitaria, ex Viceministra de Minas y Energía, asesora parlamentaria, consultora en temas de energía e industria.

 


VOLVER