Reflexiones sobre la revolución de Emiliano zapata, 1911-1919 – Por Montserrat Arre

I. INTRODUCCIÓN

Es difícil no ser romántico cuando se quiere referir la historia de un hombre y el movimiento de resistencia popular que inspiró y dirigió, en pos de una  causa  tan noble como lo fue la restitución de las tierras y la dignidad de  los  tradicionales dueños y pobladores de las tierras morelenses. Fue en aquel pequeño  estado  del centro sur de México, donde operó durante 10 años la guerrilla zapatista que sería la encargada de ejercer la presión de las armas, cual marco para la generación de la ley agraria más completa y más efectiva de todas las generadas durante el proceso revolucionario mexicano.

La Revolución Mexicana y, asimismo, la “Revolución suriana”, se desencadenaron principalmente a causa de la miseria campesina. Los hombres del campo que finalmente la hicieron triunfar exigiendo las tierras, demandaron  el  derecho a la propiedad territorial, tanto por aquel sentido de respeto a la tradición y a  la justicia, como también por una conveniencia  política fundamental,  determinada más por la intuición que por el razonamiento, de asegurar la paz  social constantemente amenazada por las arremetidas de los poderosos.

La Revolución suriana y Emiliano Zapata son indivisibles, y cuando se quiere referir a lo primero, necesariamente hay que hablar del segundo.  D.  A.  Brading afirma que fueron los caudillos, principalmente de origen campesino, los  que  llevarían a México a la construcción de su estado moderno. Para este autor, “la fuerza social esencial que predominó en la Revolución fueron las bandas armadas y sus caudillos”.

Zapata, como uno de los principales de éstos dirigentes, fue el que  mayor  éxito logró en la obtención de los propósitos por los cuales inició su lucha. A fin de cuentas, las reformas instaladas en la legislación morelense por Zapata y su equipo de intelectuales y guerrilleros, siguen en vigencia, y la aspiración de devolver las tierras   a los campesinos y brindarles una vida digna se hizo realidad bajo la legislación zapatista.

II. MORELOS A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Los grandes terratenientes siempre tuvieron privilegios en México. No obstante la concentración de las tierras por parte de unas pocas familias se transformó en un método escandaloso del porfiriato para generar un aumento de la producción, a la par de mantener al dictador Porfirio Díaz resguardado por el grupo de “científicos” propietarios de la mayor parte de las tierras de México.

La introducción de tecnología, además, como el ferrocarril y maquinarias para las plantaciones azucareras en Morelos, en aquel entonces el principal productor de México para este mercado, fue un hecho trascendente y, siendo un elemento modernizante, estimuló la economía de plantación, a favor de los hacendados y en desmedro de los campesinos. John Womack, en su valiosa obra sobre  Emiliano  Zapata y su revolución, menciona que con la introducción del ferrocarril los hacendados promovieron la importación de maquinaria pesada y comenzaron a construir grandes ingenios azucareros para, de ese modo, abastecer a los grandes y nuevos mercados que se estaban abriendo. Aquello produjo el aumento de  la  demanda, siendo necesario cultivar mayor cantidad de tierras –por la vía de la expropiación a los campesinos– para, asimismo, tener acceso a mayor cantidad de fuentes de agua y mano de obra. En Morelos, dice Womack, “los hacendados (…) metieron el ferrocarril (…), importaron maquinaria nueva y comenzaron a hacer  planes para obtener nuevas tierras en las que cultivar más caña. Y a medida que su producción fue aumentando, ejercieron presión política para reducir impuestos municipales y estatales, para abolir los impuestos interestatales subsistentes y para mantener o elevar los aranceles nacionales que protegían la industria”.

Al tiempo que se realizaba este proceso expansionista de las haciendas, las comunidades y pueblos de indios tomaron conciencia  colectiva de la legitimidad de sus reclamos frente a la presión. Para formular la defensa de sus tierras y aguas, la población de Morelos se basó en la antigua documentación, así como en testimonios orales que confirmaban las aseveraciones emanadas de los documentos.

Emiliano Zapata fue elegido en 1909 como calpuleque (representante y máxima autoridad) de su pueblo Anenecuilco, en el Estado de Morelos. Los tiempos  se veían difíciles, y Zapata poseía una tradición familiar y una personalidad lo suficientemente fuerte y confiable para hacer frente a lo que habría de venir. El problema que se estaba suscitando era el  cambio de gobernador del estado –estado  que era uno de los más ricos y modernos del país–. El gobernador que ostentaba el cargo desde hacía largos años, tras su reelección había muerto. Éste, llamado Manuel Alarcón “había permanecido en el cargo durante tanto tiempo gracias, en parte, a que el pueblo de su estado lo respetaba. Para reemplazarlo querían, naturalmente, un hombre como él. Y cuando por un ridículo error de cálculo se les presentó un hombre de índole muy diferente, hicieron resistencia.”

Durante la misma época, comenzaba a circular la idea de la posibilidad que Porfirio Díaz llamase a elecciones democráticas, y aparece el nombre de Francisco Madero como la esperanza para México. Zapata, desde su tierra natal, y con sus propios asuntos que resolver, vio en este personaje  un posible aliado para  su causa. No obstante, tras la derrota del porfiriato, y durante el mandato de Madero, Zapata comprobaría como las promesas del presidente se “harían humo”. Decidido  a organizar su propia revolución con un objetivo claro y definido, se opondría terminantemente al hombre que luego se transformaría en lo que Zapata jamás perdonaba, en un traidor a razón del no cumplimiento de lo prometido.

En este sentido, Emiliano Zapata era un hombre  recto  y de una sola palabra. Su objetivo, desde que se le encargó la responsabilidad de representar a su pueblo, hasta su trágica y terrible muerte, fue devolverles la dignidad y los medios de subsistencia a los campesinos de Morelos, los verdaderos dueños de las tierras.

III. ZAPATA: MÁS QUE UN HOMBRE, UNA IDEA

El conductor y líder de la revolución agraria suriana, Emiliano Zapata Salazar, ha sido el más destacado campesino revolucionario de México. Nació en el poblado de Anenecuilco, en Morelos alrededor de 1880. François Chevalier nos dice que Zapata “estaba perfectamente identificado con su medio, el campesinado de los pueblos, aunque poco a poco este hombre sagaz haya logrado elevarse personalmente y de manera singular por encima de los campesinos que lo rodeaban. (…) De tipo mestizo bien marcado, tenía sin duda algo de sangre negra. Hablaba poco y sin inflexiones, a   la manera de los indígenas. No era un simple peón, sino que había sido caballerango  de una hacienda vecina a su aldea, lo que quiere decir que era un hombre ‘de a  caballo’ y que había tenido oportunidad de mandar.”7 Zapata siempre estuvo por la defensa de los derechos de su pueblo en relación a las tierras que tradicionalmente le pertenecían. Ante los reiterados abusos de la aristocracia terrateniente, se alzaría en armas, reclutando una partida de peones e indígenas de los pueblos y las haciendas de Morelos, bajo el grito de “Tierra y Libertad” y poco tiempo más tarde, como se ha dicho, en 1910 se uniría a la revolución liderada por Madero para derrocar el régimen de Porfirio Díaz.

La vida de Zapata se confunde con su hazaña, por tanto hablar de Zapata y de su vida, es hablar de su carrera como caudillo y defensor del pueblo, de su pueblo. Durante los gobiernos del dictador Victoriano Huerta (1913-1914) y del Primer Jefe Venustiano Carranza (1917), Zapata mantuvo sus acciones guerrilleras, y paralelamente continuaba recuperando tierras para sus legítimos propietarios. La culminación de su lucha fue la promulgación de la Ley Agraria, en la que el líder suriano daría forma a una nueva estructura social en Morelos, basada en los valores tradicionales de cooperación comunitaria. Junto a este tradicionalismo, Zapata creyó esencial instruir a los campesinos de modo de construir una sociedad igualitaria y desarrollada, basada en la generación de técnicas agrícolas más eficientes.

Zapata ha sido ensalzado por los campesinos  y por la gente del pueblo como  el verdadero héroe revolucionario y reformador de la Revolución Mexicana. Su vida  ha inspirado la cultura popular de México. Ha sido visto, hasta hoy, como una expresión esencial y vital en el proceso de constitución de la nación mexicana, al encarnar la situación social del campesinado, expresándose en sus planes y programas un sagrado respeto por la tradición. La veneración heroica del pueblo hacia Emiliano Zapata se debió, además, a su trágica muerte, llevada a cabo por una conspiración del gobierno de Venustiano Carranza quien, no pudiendo vencer a Zapata y sus “liebres blancas” mediante las acciones de guerra, permitió la elaboración de un sucio plan en 1919.

La guerrilla de Emiliano Zapata se orientó hacia la acción de reivindicación agraria. Esto muestra que esta revolución suriana era  eminentemente  campesina (como así eran los orígenes de su caudillo), y que aspiraba a que sus anhelos fueran concretados después de tanta lucha y sufrimiento. Enrique Krauze nos dice que “una cosa es clara: sin Zapata la Reforma Agraria es incomprensible. Pero sólo una parte ella, un momento de ella, fue en lo esencial zapatista. El resto fue más un fruto de la ciudad que del campo, del progreso que de la  autarquía, del poder de  la libertad, de las ‘banquetas’ más que de la tierra. Zapata hubiese simpatizado con Cárdenas pero no con todos los agraristas ni los agrónomos y menos aún con la tutela estatal sobre el ejido. Lo más seguro es que –anarquista natural– hubiese seguido haciendo su revolución”.

IV. PLAN DE AYALA Y LEY AGRARIA

Inicialmente el gobierno de Francisco Madero, que duró hasta febrero de 1913, fue acogido con entusiasmo por el pueblo. Instalado en la presidencia, Madero concedió   la primera audiencia a Zapata. El presidente le expuso varias peticiones al líder suriano, entre ellas el licenciamiento de las guerrillas. Habiendo llegado a un acuerdo sobre este punto, con la cesación de acciones de guerrillas por parte de los zapatistas,  el caudillo le recalcó que el interés primordial y el motor de la rebelión de los campesinos y peones morelenses era la restitución de las tierras a los pueblos. Demandó, de esta manera, primero que nada que se cumplieran las promesas que fueron hechas por él antes de derrocar a Díaz, en especial la aplicación del artículo 3º de su Plan de San Luis Potosí11. A medida que se fueron desenvolviendo los acontecimientos durante el gobierno de Madero, se hizo patente una lentitud para realizar los lineamientos que deseaban los distintos grupos revolucionarios. Por ello Madero se vio enfrentado al descontento generalizado de los campesinos y sus caudillos. Como Zapata era un hombre de muy fuertes convicciones, no pudo aceptar las reticencias de Madero para negarse al inmediato reparto de las tierras, pues en la idea del caudillo no había lugar para aceptar los trámites del aparato legal al cual el presidente se refería. Por ello en noviembre de 1911, Zapata se rebeló definitivamente contra Madero, interpretando como una verdadera traición la no restitución de las tierras a las comunidades indígenas que se había señalado en el Plan de San Luis.

El 25 de noviembre de ese año Zapata proclamó el Plan de Ayala. Este plan constaba de 15 artículos sustentados en tres principios: la expropiación de las tierras a los usurpadores de ellas, la confiscación de bienes a los enemigos del pueblo y de la Revolución y la restitución de los terrenos  a las comunidades  y familias  despojadas de sus predios.

Con la ayuda de Otilio Montaño, Zapata redactó el Plan de Ayala, el cual, además, exponía a Madero como persona incapaz de llevar a cabo los objetivos de la revolución, declarándolo  “traidor”. Quienes lo firmaron, renovaron las consignas de  la revolución y prometieron designar a un presidente provisional hasta que hubiese elecciones. Asimismo, se fijaron recuperar las tierras ejidales rescatando parte de los terrenos que las haciendas les habían arrebatado y repartiéndolas entre las comunidades. Aquellos hacendados que se rehusaran a aceptar el plan verían  sus tierras expropiadas sin compensación alguna.

El mismo Zapata declaró a su fiel secretario Serafín Robles, “Robledo”, las razones que lo llevaron a concebir el Plan de Ayala. “Como tú sabes, en nuestro Estado, existieron aquellos mentados ‘Plateados’, quienes no estuvieron conformes con el gobierno que se estableció en aquel entonces y se rebelaron  también,  pero como no tuvieron bandera donde expusieran los motivos o ideas por las cuales empuñaban de nuevo las armas, no tuvieron muchos adeptos ni apoyo de los vecinos de los pueblos, y se les combatió y persiguió hasta lograr su muerte y dispersión, dándoles el despectivo título de ‘bandidos’, el mismo que ya se me daba en compañía de mis soldados (…). Presentía que de seguir en esa actitud, se nos tomaría en lo sucesivo por tales bandidos, puesto que la prensa lo publicaba y propalaba, bajo cuya denominación ya el gobierno nos combatía (…). Mis antepasados y yo, dentro de la Ley, y en forma pacífica, pedimos a los gobiernos anteriores la  devolución  de nuestras tierras, pero nunca se nos hizo caso ni justicia; (…) por eso ahora las reclamamos por medio de las armas, ya  que de otra manera no las obtendremos, pues  a los gobiernos tiranos  nunca debe pedírseles justicia con el sombrero en la mano,  sino con el arma empuñada.”

Este Plan sería la base para la lucha que reanudaría el caudillo del sur, y sería  la piedra angular en la construcción de su revolución. Los objetivos, planteados de modo simple y claro, fueron los que llevaron al movimiento zapatista a “una guerra  sin cuartel ‘contra todo y contra todos’.”

Hacia el final del período de Madero (1913), los ataques contra los rebeldes del sur cesaron levemente, y en las ciudades principales se realizaron elecciones con una clara voluntad de darle legalidad y reforma a la sociedad morelense. De manera lenta se abrieron paso las ideas agrarias por la vía civil, justo en el momento en que el movimiento de Zapata tendía a replegarse por falta de armas. No obstante, en este escenario ocurre la desgracia. Madero es arrancado del poder por el  general  Victoriano Huerta.

A pesar de que Huerta llegó a la presidencia cumpliendo con todas las disposiciones constitucionales y legales, su gobierno se instauró bajo el poder de las armas cuando el 22 de febrero de 1913 Madero fue asesinado bajo sus órdenes. Este nuevo gobierno establecido en México asumió poderes dictatoriales. Contó con el apoyo de los sectores “científicos” más conservadores y la adhesión incondicional del Ejército (así como antes la tuvo Díaz). La oposición revolucionaria se rearticuló y pronto estalló una nueva insurrección en diferentes puntos de México. Las acciones  del general Huerta hacia el zapatismo significaron un aumento en la represión, persecuciones, ejecuciones de campesinos; hechos que, sin embargo, posiblemente ayudaron al ejército suriano a atizar su movimiento.

El gobierno de Huerta no fue reconocido por el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, quien en marzo de 1913 proclamó el Plan de Guadalupe. Carranza levantó las banderas del maderismo, organizando el Movimiento y Ejército Constitucionalista al que no tardaron en sumarse el Coronel Álvaro Obregón  en Sonora y Pancho Villa en el norte –ya  convertido  en  leyenda por  sus  acciones contra Díaz en la revolución maderista–. Con esto, Zapata volvía a dominar la situación en el sur y en el este del país. Tras la polémica con el presidente norteamericano Woodrow Wilson por la invasión de Veracruz y las Conferencias mediadoras del ABC en Niagara Falls, y luego del triunfo constitucionalista en Zacatecas en junio de ese mismo año, junto a la ocupación de Querétaro, Guanajuato   y Guadalajara, Huerta presentó la renuncia el 15 de julio siguiente y salió del país. En el Tratado de Teoloyucán se acordó el licenciamiento del Ejército Federal y la entrada de los constitucionalistas a la capital, producida el 15 de agosto de 1914.

Aunque los zapatistas habían contribuido decisivamente al derrocamiento de Huerta, desarrollaron su proyecto agrario manteniendo su aislamiento. Con ello se demostraba el carácter localista y tradicionalista que Emiliano Zapata le había dado a su movimiento. Zapata nunca pensó en una revolución a nivel nacional, aunque la influencia de su proceso en Morelos transcendiera sus fronteras y así diera energías y estrategias para aliviar la triste situación del campesinado mexicano en otras regiones. Al caer la dictadura del general Victoriano Huerta, las fuerzas revolucionarias que lo habían combatido se dividieron definitivamente, si bien nunca habían formado una coalición, habían tenido un objetivo común. Por un lado, quedaron las del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista Venustiano Carranza, por el otro, las de la División del Norte de Francisco Villa y finalmente las del Ejército Libertador del Sur de Emiliano Zapata.

Intentando llegar a un acuerdo, en la Convención de Aguascalientes realizada con este fin, intervinieron representantes carrancistas, zapatistas y villistas. No obstante, estos no tardaron en chocar entre sí. En la Convención se intentó conciliar  las facciones en lucha, pero resultó un rotundo fracaso. Los revolucionarios surianos designaron una comisión para que asistiera a la Convención en Aguascalientes, con instrucciones precisas de luchar hasta conseguir que la asamblea hiciera suyos los principios sostenidos por el Ejército Libertador del Sur y, finalmente, lograron que la Convención aprobara los postulados del Plan de Ayala en sus artículos 4, 6, 7, 8,9 (artículos que inspirarían a la ley Agraria de Zapata de 1915). No obstante, Carranza quería la presidencia según sus propios estatutos a toda costa, y no cesó en  su  ofensiva contra los rebeldes, principalmente contra Villa.

En diciembre de 1914 se reunieron por primera vez los generales Emiliano Zapata y Pancho Villa en Xochimilco, Distrito Federal, en una histórica conferencia. Eran dos representantes de las clases campesinas oprimidas, que habían sufrido las persecuciones de las autoridades. En esta reunión quedaría en evidencia las ideas de Zapata respecto al valor de la tierra para los campesinos, y a la necesidad de que  fueran entregadas a quienes las trabajaban para su sustento. Emiliano Zapata señaló que los hombres del pueblo “le tienen mucho amor a la tierra. Todavía no lo creen cuando se les dice: ‘Esta tierra es tuya’. Creen que es un sueño. Pero luego que hayan visto que otros están sacando productos de estas tierras dirán ellos también: ‘Voy a pedir mi tierra y voy a sembrar’. Sobre todo ése es el amor que le tiene el pueblo a la tierra. Por lo regular toda la gente de eso se mantiene. (…) El [pueblo] sabe si quieren que se las quiten las tierras. El sabe por sí solo que tiene  que  defenderse.  Pero primero lo matan que dejar la tierra.”

Zapata en toda su lucha, desde que tomara la dirección de los asuntos de su pueblo, hasta la traición que lo llevaría a la muerte, dio una importancia clave al problema agrario (más allá que la que le daría Villa y sobre todo Carranza), porque la restitución de las tierras era la base que impulsaba la revolución suriana llevándolo a radicalizar sus acciones cuando lo consideró necesario. Una vez que Zapata y Villa arreglaron los detalles de esta alianza, suscribieron un pacto por el cual se comprometieron a luchar juntos en contra de Carranza, y desfilaron por  las  principales calles de la capital, al frente del Ejército Libertador del Sur y de  la División del Norte, respectivamente. Pero no transcurriría mucho tiempo para que la alianza Villa-Zapata decayera y ya, a comienzos de 1916, Carranza estaba triunfando sobre la resistencia villista. Con esto, un respiro de paz permitió a los zapatistas desarrollar sus políticas anheladas.

La política realizada en la zona zapatista se expresó en leyes, manifiestos y planes, tanto agrarios como también de organización gubernamental, los cuales  fueron, entre otros, la  Ley Agraria del 28 de octubre de 1915, donde se reafirmó lo  que se había propuesto en el Plan de Ayala. Con lo anterior, podemos observar que toda la política que desarrolló Zapata desde los inicios de su movimiento siempre estuvo orientada a lo local y agrario, donde a través de diversas acciones y proyectos, apuntó a mantener las tradiciones y consolidar en ellas al campesinado morelense.

El Plan de Ayala se refería a tres maneras de adquisición de la tierra en sus cláusulas 6, 7 y 8, las cuales son: la reivindicación o devolución a los pueblos y ciudadanos de los terrenos que les fueron usurpados; la expropiación o el obligar a vender a los “científicos” las tierras indispensables para que los agricultores puedan trabajarlas y vivir de ellas como propietarios y no como peones y, por último, la confiscación, es decir, el apoderamiento por la fuerza de aquellas tierras que pertenecían a los enemigos de la Revolución o sea a los que se opusieron directa o solapadamente a ella.

Los territorios, a causa de las acciones de la guerrilla, habían sido desgastados, no obstante se habían estado haciendo los traspasos de propiedades, mediante los mecanismos antes enumerados. La  cúpula revolucionaria ideó  mecanismos de volver a levantar la rentabilidad y producción de las tierras de Morelos, ahora bajo la administración de los campesinos y comunidades. Pese a que cuando se inició el proceso de recuperación de tierras se hizo de manera desordenada, desde que se instauró la Convención y Manuel Palafox asumió la Secretaría de Agricultura del gobierno zapatista, se regularizó dicho proceso. Este agrarista tuvo importante influencia en la redacción de la Ley Agraria de Zapata, y fue él quien diseñó los criterios para definir los lindes de las tierras devueltas a los campesinos. Según nos dice Womack, “la ley fundamental zapatista de reforma agraria fue tan original como su Plan de Ayala. En los límites específicos fijados a las propiedades agrícolas individuales, en las estipulaciones para la expropiación directa de todas las tierras que excediesen estos límites (…), en la prohibición de formar sindicatos o compañías agrícolas (…), en el establecimiento de tribunales agrarios especiales y departamentos federales especiales también de riego, de crédito rural, de educación  y  de investigación agrícolas (…), la ley zapatista se apartó radicalmente de proyectos y leyes revolucionarios anteriores. Sobre todo, fue muy poco lo que tomó del decreto de Carranza del 5 de enero de 1915. De los diversos coautores probables de la ley, sin duda el más importante fue Palafox.”

Con la Ley Agraria del 28 de octubre de 1915, además de ampliar la originalidad contenida en el Plan de Ayala, se profundizó en la decisión programática de construir la democracia desde bases agrarias. A razón de la fuerte base social y las vivas convicciones de los zapatistas en relación a las políticas locales, hacia el año 1918 seguían representando una amenaza para los constitucionalistas. Los aliados de Carranza se apoderaron nuevamente del Estado de Morelos. Las actividades militares en forma de guerrillas se redoblaron y gracias a eso los carrancistas no pudieron expulsar al jefe de la revolución agraria, quien trasladó su cuartel general a las estribaciones del Popocatépetl. En ese año, el movimiento zapatista atravesó  por graves circunstancias, ya que no sólo tuvo que enfrentar a las tropas constitucionalistas, sino que el zapatismo, además, perdió terreno, posiciones y hombres.

En este escenario, el general carrancista Pablo González preparó una trampa. Ordenó a su subordinado Jesús Guajardo que simulara una ruptura con  el  oficialismo y le anunciara a Zapata su adscripción a la revolución agraria. Zapata recibió con desconfianza esta comunicación, no obstante, finalmente aceptaría acudir a una reunión con Guajardo. El caudillo sería asesinado salvajemente en el acto, el 10 de abril de 1919. El movimiento agrario morelense, sin embargo, no murió con Zapata, sino que se mantuvo, con la conducción de Gildardo Magaña y el Plan de Ayala reformado en Milpa Alta en 1919, el cual nos muestra las directrices por las cuales el movimiento suriano se regiría ya sin Zapata, no obstante bajo sus convicciones las cuales emanaban del motor de su revolución, la tierra y no por las directrices de la Constitución de 1917 de Carranza. Así, finalmente lograrían “torcerle la mano” al Primer Jefe.

V. LOGROS DEL MOVIMIENTO DE ZAPATA 

Womack nos dice que “en su estado, en 1920, los zapatistas ejercían un control casi absoluto. (…) Los funcionarios zapatistas llevaron rápidamente a la práctica de nuevo su revolución.”17 La ley agraria de Zapata fue aplicada en Morelos, y mediante ella  este estado se convirtió en un lugar en donde los campesinos dueños de tierras podían seguir siéndolo, habiéndoselos dotado de nuevas tierras para cultivar y leyes que los protegiesen. En otras palabras, la efectiva generación de un Estado agrario.

El gobierno de México finalmente respetó la ley que operaba en Morelos, y fueron progresivamente restituyendo las tierras y reorganizados los pueblos, a la vez que se reconstruía lo que la revolución había destruido. “Para corresponder, los morelenses del campo se mostraron firmemente leales al gobierno federal [de 1923]. En 1927 las estadísticas indicaron que Morelos había cambiado más, por causa de los programas agrarios, que cualquier otro estado. Sólo cuatro o cinco haciendas funcionaban todavía, pues las demás estaban paradas o se habían transformado en comunidades civiles. A su alrededor, trabajaban más de ciento veinte pueblos establecidos en sus ejidos.”

Tras la muerte de Zapata, pese a lo anterior, los problemas se suscitaron una y otra vez en el estado, no obstante la base legal y social era más fuerte que en ningún

otra región de México. Ya hacia los años ’40, la repartición de las tierras era aún un tema de disputas. Entre los años ’40 y ’60, México sufrió drásticos cambios demográficos. La población, en general, y sobre todo urbana creció enormemente. Morelos, por su parte, había experimentado cambios asimismo dramáticos. “La población se había duplicado, los cultivos por dinero en efectivo (caña de azúcar,  arroz y cacahuates) se habían más que duplicado”, y la población obrera y empresas industriales habían aumentado cuatro a cinco veces. También habían crecido los servicios médicos y educativos, y se aplicaba la normativa del crédito para las comunidades, lo que debía plantarse, cuándo, dónde y cómo.

El movimiento suriano, liderado por Zapata, desarrollado entre 1910-1919 fue un movimiento social que se articuló como un levantamiento armado, por no contar con otras vías para hacer valer sus aspiraciones y demandas, culminó con la idea de construir un proyecto político y sociocultural en defensa del pueblo, con un claro objetivo, la restitución de las tierras al pueblo que las trabajaba y hacía producir.

El movimiento zapatista a través de las leyes, proclamas y disposiciones agrarias que nacen de su lucha, llevó a cabo los procesos de restitución y dotación de tierras entre comunidades indígenas y campesinos. Emiliano Zapata articuló su lucha con un sólo fin, el recuperar las tierras. Claramente, el proceso revolucionario encabezado por Zapata fue la expresión del compromiso con las causas sociales en el ámbito agrario, y con esto se dio respuesta a la difícil situación económica y social de los campesinos. A través de leyendas populares y de la memoria colectiva, los habitantes de los pueblos han trasmitido su historia y su  visión del  mundo  que les tocó vivir. La política de autogobierno y autogestión desarrollada en los momentos de paz, tiene antecedentes en la tradición cultural de la región, en el deseo de recrear las vivencias de sus antepasados; la memoria era lo que comenzaba a florecer. La propuesta zapatista, creada a partir del levantamiento de 1910 y plasmada en el  Plan de Ayala, es parte de una larga historia que viene de muy atrás. El Estado de Morelos había sido ambicionado por los poderes centrales y económicos por sus excelentes tierras, la abundancia de agua y alto rendimiento productivo. Y siempre sus comunidades habían desarrollado resistencia a través de las armas y también de su memoria. No obstante, el movimiento zapatista, en base a los planes y leyes elaborados, fue mucho  más allá de la simple reivindicación por las tierras, aunque  para Zapata ese había sido el móvil esencial. Morelos llegaría a  consolidarse,  sin duda, como un Estado agrario.

Este movimiento que articuló sus demandas en función del reconocimiento de sus derechos territoriales y a la solución de estos, también se vio en la posibilidad de hacer cambios tanto en ámbitos laborales, educacionales y culturales, siempre dentro del marco trazado por la tradición. Su programa privilegiaba el problema de la tierra, de la participación democrática de todos en los destinos del movimiento y la defensa de la identidad cultural, esto quiere decir, de sus tradiciones y forma de organización ancestral.

Zapata hizo la revolución en los hechos concretos. No sólo empuñó las armas sino que procedió a la resistencia y transformación de las tendencias capitalistas en el campo morelense, luchando contra la proletarización de los campesinos y  la  expansión del latifundio.

VI. CONCLUSIÓN

El proceso de la Revolución Suriana se generó como respuesta a la situación de continuos atropellos llevados a cabo por las haciendas a través de dédcadas. El común de la gente vio, en un principio, con ojos incrédulos lo que se estaba desarrollando al sur de Ciudad de México, en aquel pequeño estado de Morelos. Con el correr de los años y las luchas, y principalmente a razón de la voluntad inquebrantable de Zapata, los campesinos comenzaron a creer que rescatar la tradición y recuperar las tierras podía ser posible.

El Plan de Ayala y la Ley Agraria son dos corpus documentales eje del movimiento zapatista, de los cuales los mexicanos de Morelos pueden  estar  orgullosos hasta hoy en día. La trascendencia de esta creación original, sustentada en  la tradición comunitaria de los pueblos de indios mexicanos, dio a Morelos estatutos legales que los mantuvieron no al margen de la modernidad, sino más bien protegidos frente a la irrupción violenta de ésta. Mientras en otras zonas de México  el  capitalismo devastador iría corrompiendo los fundamentos culturales campesinos de los mexicanos, Morelos, que ya se había iniciado en esta debacle hacia fines del siglo XIX, pudo hacerle frente y lograr, revolución mediante, la instalación de normativas que no tan sólo entregasen la soberanía de las tierras a sus tradicionales propietarios, sino también leyes que devolvieran la dignidad a los campesinos como lo que ellos realmente son, el sustento esencial de la vida, pues su labor es la labor que prosigue  del creador, hacer surgir de la tierra el alimento diario es el milagro de la naturaleza domesticada por el hombre.

La Revolución Suriana, dentro de la Revolución Mexicana, fue la que por su constancia generó un cambio radical en una pequeña porción de México. Este cambio significaba, verdaderamente, dar un paso atrás de lo que representaba el liberalismo y la modernidad en México, y específicamente en Morelos, volviendo a los valores comunitarios tradicionales, basados en la tierra y en la familia, que habían sido arrebatados por el saqueo desproporcionado de los grandes productores de azúcar, los cuales se jactaban de ser casi los primeros en la producción mundial, mientras la gran mayoría de la población estaba perdiendo el sustento de sus vidas y estaban siendo despojados de su pasado, su tradición y dignidad. La  tierra para los campesinos, y  para Zapata, era la base de la vida, era el pasado deseado  y el futuro por el cual  luchar. Sin embargo, no era cualquier tierra, sino  sus tierras, las de sus  antepasados. Y no porque fueran las que mejor produjesen caña para el mercado internacional, sino porque en ellas estaba el sustento para sus propias existencias, el mismo que habían gozado sus padres, abuelos, y antes de ellos, quienes las habitaban desde antes de la llegada de los españoles.

Esta lucha por permanecer tiene un significado profundo. Los grandes hacendados sentían esas tierras como propias porque les pertenecían, por compra o   por usurpación, y así como esas tierras, podían ser suyas otras en otros estados o países. Sin embargo, para los campesinos morelenses, y mexicanos en general que lucharon por sus tierras, éstas eran suyas porque ellos pertenecían a la tierra, eran  parte de esa tierra, sustento y sostén de sus existencias.

Por ello combatieron, pues no concibieron seguir viéndose despojados tan brutalmente de aquello que los contenía, aquello que los hacía, finalmente, seres humanos y sobre todo comunidad. Y sin importar las riquezas del mundo, o la  posición política a la cual pudieron optar sus dirigentes, esta revolución siguió su curso, con un objetivo esencial y logró, finalmente, devolver las tierras a sus tradicionales y legítimos dueños.

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