Alimentos esenciales: porque lo importante no es solo el precio

El acceso a los alimentos inicia una discusión por el rol social de la dieta. El debate debe incluir también la calidad nutricional y la modernización de los canales de acceso. Estadísticas y balanzas muestran una realidad que se impone en Argentina: comemos mal. En el país que produce calorías para sostener a 400 millones de personas, el 60% de su población tiene exceso de peso, tal como recogen los primeros resultados de la Cuarta Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (2019). En este contexto, el programa oficial de “precios esenciales” se propone atender la cuestión del acceso a los alimentos sin tener en cuenta su calidad nutricional ni la característica que determina al hombre como especie: somos omnívoros.

Necesitamos una dieta variada, que incluya tanto productos vegetales como animales o sus derivados, capaces de transformar nuestros cuerpos y nuestras relaciones sociales. Muchos países se encuentran en un período de transición de sus cadenas agroalimentarias, es decir, aquellas que vinculan a productores con consumidores de alimentos.

El caso argentino es poco frecuente ya que, como sostiene la antropóloga Patricia Aguirre, tiene un patrón alimentario unificado (canastas de consumo similares) desde su origen como Estado-Nación hasta la década de 1990. Es decir que los habitantes del país -sin importar sus ingresos ni su clase social- tenían acceso a los alimentos que satisfacían sus necesidades nutricionales. El neoberalismo de fines del siglo XX modificó esta realidad y aquí promovió una transformación tan significativa que no pudo ser implementada ni siquiera por los gobiernos dictatoriales.

A nivel global, el maíz se consolidó como la forma más barata de producir energía y la soja, como el medio más económico de generar proteínas. Ambas lo consiguen en contextos de monocultivo donde la productividad se obtiene a expensas de la biodiversidad y de la sustentabilidad del ambiente. Es una industrialización de la agricultura que prioriza la rápida ganancia sin tener en cuenta la degradación de la dieta de la población ni cómo esto atenta contra su salud en el mediano plazo.

¿Cómo es posible advertirlo? Porque la salud pública comienza a afrontar cargas como las enfermedades crónicas no transmisibles. Esta es la contracara del monocultivo como modelo predominante, que incrementa el consumo de harinas refinadas y carbohidratos simples, al tiempo que reduce el ingreso económico.
Entonces, en la actualidad argentina conviven la desnutrición con la malnutrición. Sin embargo, los “precios esenciales” solo atacan un aspecto de este problema: el acceso económico a los alimentos. Por tanto, falta cuestionar el estado actual de los canales de distribución. Estos son responsables de la imposibilidad de garantizar el acceso a todos los habitantes de alimentos frescos y con calidad nutricional. Así, convierten al sistema agroalimentario en el principal obstáculo para su modernización.

Resolver esta situación es clave si se pretende que el antiguo granero del mundo (de la primera globalización de las cadenas agroalimentarias del finales del siglo XIX) se convierta en el supermercado global de principios del siglo XXI. El desafío consiste en dejar atrás una asimetría constitutiva del modelo productivo argentino: la separación mercado interno/demandas internacionales.

Una producción alimentaria omnívora accesible es clave para la reconstrucción de lo que perdimos en el camino: el patrón alimentario unificado. Esto es capaz de convertir al país en el faro que guíe a aquellas naciones vecinas que también se encuentran en transición alimentaria. Reconocer y afrontar esta realidad involucra a todos los actores: los productores, el Estado, los intermediarios, los empresarios y los consumidores. Hay que volver a insertar los alimentos en el entramado sociocultural. En este sentido, los “precios esenciales” deben trascender el debate público sobre los problemas que impiden el acceso a los alimentos para focalizarse en cómo promover estructuras productivas que incrementen su calidad nutricional. Si a finales del siglo XIX las demandas internacionales construyeron un modelo agroalimentario, en el siglo XXI y con la ayuda de las herramientas estadísticas que el Estado implementa (ENNyS, Factores de riesgo, etc.), el mercado interno -modernizado y fortalecido- está en condiciones de influir con solvencia en nuestra competitividad internacional.

Fuente- Universidad Nacional de Quilmes