Chile: Análisis de la reforma educativa – Por Gonzalo Andrés García Fernández, especial para NODAL

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Chile: Análisis de la reforma educativa – ¿Es imprescindible la asignatura de Historia en las escuelas del siglo XXI?

Por Gonzalo Andrés García Fernández*, especial para NODAL

Como historiador me complica responder con un no rotundo a esta pregunta. Seguramente sea por nuestro gremialismo entre historiadores e historiadoras; por la defensa de nuestra disciplina a toda costa y a pesar de todo. En la actualidad es sin duda por una cuestión más laboral que gremial, pero lo vendemos como “gremial”, como si existiera un colectivo de historiadores/as que ejerciera un papel efectivo y colectivo en la sociedad actual.

La reciente reforma del MINEDUC (Ministerio de Educación de Chile) para 2020* que hemos conocido el pasado viernes 24 de mayo de 2019 acerca del cambio en el currículo escolar chileno ha hecho, por un lado, “temblar” aquel falso espíritu gremialista del historiador/a y, por otro, instalar un auténtico debate sobre la enseñanza de la Historia en las escuelas. Esta nueva reforma educativa afectará a la actual asignatura de “Historia, Geografía y Ciencias Sociales” en los cursos de Tercero y Cuarto año medio (los dos últimos cursos escolares). En ambos cursos esta asignatura desaparecerá para dar nacimiento a una vieja conocida: la asignatura de “Educación ciudadana”. Y lo decimos en estos términos ya que “Educación ciudadana” sería una asignatura que quedará a cargo de los y las profesores/as de Historia y, por lo tanto, no hablaríamos de una eliminación del rol del profesor/a de Historia y sí de un reemplazo de currículos.

Si hacemos una comparativa, los contenidos de la asignatura “Historia, Geografía y Ciencias Sociales” de 4º medio serán similares a los del currículo de la futura asignatura de “Educación ciudadana”. ¿La gran diferencia? Sin duda la veremos en el curso de 3º medio, ya que allí se pasará de ofrecer Historia nacional de Chile (siglo XX) a unos contenidos centrados en la enseñanza de los Derechos Humanos, la globalización, las nuevas formas de participación ciudadana y, en definitiva, a unos contenidos orientados hacia los preceptos estipulados por organismos internacionales como la OCDE, IEA (International Association for the Evaluation of Educational Achievement) o UNESCO para la configuración de una ciudadanía del siglo XXI.

A grandes rasgos podemos decir que estamos ante una reforma curricular que, a lo que la asignatura de Historia se refiere, profundizará en la formación ciudadana de los denominados “ciudadanos/as en formación” (como mínimo a dos años de su introducción en el mundo laboral/profesional-formativo/universitario) en detrimento de una enseñanza de la Historia obligatoria y más centrada en el acaecer de la nación y de las instituciones políticas (del Estado-nación chileno; Historia político-institucional).

Al ser una reforma no falto de polémica y de posturas confrontadas, podríamos señalar brevemente tres grandes posicionamientos al respecto.

En primer lugar, se sitúan los defensores de una Historia obligatoria en la escuela, los cuales parten de la idea inicial de que la Historia nacional es imprescindible para la formación de individuos conscientes “del pasado” del país. Los que se encuentran en este primer grupo perciben y entienden que la Historia tiene un rol fundamental en la enseñanza de “lo que ha sucedido” en la nación y que, por lo tanto, debe aprenderse para que los y las estudiantes tengan memoria de aquellos sucesos, fechas y personajes emblemáticos. La defensa de la Historia como una enseñanza eficaz y necesaria para combatir la ignorancia en la sociedad será su principal argumento.

En segundo lugar, existen los que no reciben tan mal la noticia y aprovechan el espacio dejado por esta reforma curricular para ofrecer nuevas enseñanzas sobre pensamiento histórico, ciudadanía y diversidad cultural en la nueva asignatura de “Educación ciudadana”. En este grupo se instalaría el profesorado de Historia que entiende esta reforma como una oportunidad educacional y no como una amenaza a la disciplina de Historia, ya que en un principio su puesto de trabajo no se vería en peligro. Los que defienden esta postura entenderán que el rol actual del historiador/a seguirá siendo importante de cara a la formación de ciudadanos y ciudadanas en la actualidad, a pesar de lo que pueda contemplar el futuro currículo.

Y, finalmente, existe un tercer grupo, más reducido y radical, que piensa que la Historia como disciplina y como asignatura escolar se ha quedado obsoleta y que, por esta razón, es necesario un gran debate epistemológico y deontológico en torno a la Historia en mayúsculas. Los que se sitúan en este grupo diagnostican que la enseñanza escolar de la Historia en el siglo XXI está más cercana al siglo XIX, es decir, más cerca del Estado, la nación, y de conceptos tan añejos como modernidad y progreso. Y debemos recordar que los conceptos de nación, modernidad o progreso son conceptos semantizados de la mano del liberalismo decimonónico, una ideología que tiene una forma determinada de entender el mundo (liberalismo político).

Siendo más específicos, el papel ejercido por la Historia en las escuelas, no solo en Chile sino también en términos más globales, ha sido siempre la justificación de la existencia de un relato nacional, es decir, de una narrativa histórica oficial adscrita a la nación. ¿La finalidad de dicho relato-narrativa histórica? Crear una ciudadanía fiel a la nación, o por lo menos este era el objetivo desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX en adelante. ¿Qué ocurre en el siglo XXI? La Historia ha optado por actualizarse en la forma pero no en el fondo, jugando un rol tan importante como lo es el establecer en los estudiantes un relato histórico y lógico acerca de un pasado común en una sociedad que es cada vez más diversa y plural; instaurar una relación concreta y monolítica con el tiempo histórico que impide a los y las estudiantes dialogar con el mismo; y, en definitiva, limitar nuestra imaginación histórica hacia el futuro, además de arrebatarnos nuestra capacidad de poder construir utopías.

Todo esto puede sonar un tanto extraño a ojos actuales, pero lo que sucede es que parte de estos preceptos serán los que cimentarán la profesionalización de la Historia a finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX. Y decimos en parte ya que la construcción de los relatos nacionales de aquellos historiadores profesionales formarán parte de diferentes planes político-nacionales caracterizados por ser vigorizantes, emotivos, homogéneos y siempre en vistas hacia un futuro que girase en torno al desarrollo de una sociedad nacional de modernidad y progreso. Estas ideas occidentalocéntricas gozaban de una utopía y, por lo tanto, de un proyecto de futuro. A día de hoy sabemos que las naciones (nacionalismos) son excluyentes y que una defensa de una Historia que justifique aquello en las aulas es un auténtico error.

En este tercer grupo nos veremos más identificados, sobre todo con el fin último de abrir un gran debate en torno al nocivo rol actual de la Historia en la escuelas chilenas, pero también en términos más generales (mundo). Históricamente hablando, la Historia como disciplina ha y sigue ayudando a justificar al Estado-nación alrededor de un relato lineal, compacto y axiomático. ¿Es necesario seguir defendiendo una enseñanza de la Historia ligada a la comprensión pasiva y unilineal de la nación? ¿Debemos seguir enseñando la Historia como un saber exacto, veraz y objetivo? ¿Es la Historia una asignatura de conocimientos estancos o puede ser algo más?

La gran pregunta es ¿Seguimos ofreciendo esta versión tradicional de la Historia hasta 2º medio? ¿Qué podemos hacer los/las historiadores/as profesionales al respecto? Sin duda lo primero que debemos hacer es escuchar a la comunidad educativa y no caer en el mismo error que cometen una y otra vez las instituciones educativas, es decir, la implantación de reformas curriculares sin conocer en absoluto lo que sucede en un aula escolar. La segunda recomendación irá orientada hacia el cuestionamiento de la Historia tradicional. ¿Por qué seguir atados a la nación en un mundo cada vez más plural y diverso? ¿Por qué seguir contando un relato caduco, androcentrista y elitista de próceres, determinados hitos y fechas señaladas?

Y nos preguntamos todo esto ya que entendemos que la Historia tiene la capacidad de dotarnos de herramientas para imaginar en libertad que sociedad queremos, teniendo en cuenta “los pasados”, ya que no existe solo uno (el nacional). El tiempo histórico también es plural y diverso, y no pertenece en exclusividad ni a la Historia del Estado, ni a la Historia de la nación. Tampoco a la versión positivista e historicista de la Historia, es decir, de aquella Historia “científica” de verdades universales y objetivismos. Dejemos de utilizar a la Historia como un instrumento más para limitar a nuestros estudiantes en rígidas ideas y percepciones de un pasado que les condiciona su presente y les frustra su futuro. Nuestra propuesta es repensar la Historia escolar como herramienta para empoderar a nuestros estudiantes como individuos y como sociedad. Pero sin duda la cultura neoliberal se aprovecha de muchas de estas premisas, tales como la libertad o el desarrollo del individuo en una sociedad donde impera la competencia descarnada y la supervivencia del más fuerte. Entendemos que la Historia puede ayudarnos a pensar críticamente en el mundo que queremos vivir, pero de forma ilusionante. No estamos aquí para (sobre) vivir atrapados en una coyuntura asfixiante. La escuela debería servir para ayudarnos a hacernos preguntas y no para llenarnos de respuestas que nuestra memoria no puede retener. Hablamos, pues, de generar capacidades para el desarrollo de pensamiento histórico, crítico y plural libre de los relatos nacionales y universales occidentalocéntricos.

Es un camino que no debemos recorrer solo desde la Historia, sino desde la interdisciplinaridad (Humanidades; Ciencias Sociales) para poder llegar a entender mejor las problemáticas que adolecen nuestros sistemas educativos y, más específicamente, la enseñanza ciudadana e histórica en nuestras escuelas. A la pregunta “¿qué sociedad queremos?” la deberíamos responder desde un gran consenso educativo que sea plural, diverso y que no necesariamente sea producto de un único modelo o alternativa. Pueden ser varios, ya que no somos todos y todas iguales. Somos diferentes, y en la diferencia nos tendremos que entender, y para ello debemos escuchar y escuchar aprendiendo. Solo el pensamiento crítico y que agrupe nuestras diferencias nos hará libres.

(*) Historiador e investigador del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT) de la Universidad de Alcalá, Reino de España.


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