AMLO y la relación con Benito Juárez – Por Pedro Salmerón Sanginés, especial para NODAL

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Pedro Salmerón Sanginés*, especial para NODAL

Desde los inicios de su carrera política Andrés Manuel López Obrador se refiere a Juárez como su referente. Más allá del cliché sobre “el indígena que llegó a la presidencia”para entender ese norte del actual presidente conviene explicar quién fue y qué representa Juárez en la historia de México
Benito Juárez fue la primera figura política de México entre 1857 y 1872, periodo en el quetras medio siglo de ensayos, pudo constituirse el Estado y afianzarse la soberanía. La figura de Juárez es de tal consideración que ninguna historia de México, por breve y compendiada que sea, ha dejado de incluir su nombre, y muchos historiadores llaman a aquella época “la era de Juárez”.

Juárez fue el jefe y símbolo de una generación excepcional, en la que se incluían Vicente Riva Palacio e Ignacio Ramírez, poseedores de inteligencias prodigiosas; Mariano Otero y José María Iglesias, ideólogos de primer nivel; Ignacio Comonfort o Sebastián Lerdo de Tejada, políticos excepcionales; Jesús González Ortega, Ignacio Zaragoza, Mariano Escobedo y Porfirio Díaz, guerreros cargados de laureles; Manuel Doblado y Juan Antonio de la Fuente, diplomáticos sin par; Melchor Ocampo y Manuel Gutiérrez Zamora, gobernantes notables; Manuel Payno, Guillermo Prieto y Matías Romero, financistas escrupulosos; Francisco Zarco y Ponciano Arriaga, legisladores de cultura universal; Ignacio Manuel Altamirano y decenas de feroces periodistas. Todos, o casi todos, poseían plumas ágiles y poéticas. En realidad, es injusto encasillarlos como lo hemos hecho.

Fue una generación excepcional, porque acometió tareas excepcionales: llegaron a la vida pública henchidos de ira tras la derrota de la nación contra el poderoso vecino del Norte, y la pérdida de los inmensos territorios de Texas, Nuevo México y California. Se cernía la amenaza real de que se perdieran aún más territorios. Enfrentaron el riesgo inmediato de la desaparición de una patria empobrecida y poco poblada, agonizante. Pero era su patria. Y la constituyeron.

A esa generación se le debe la organización política moderna de México, plasmada en la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma (1859), que hacen de México (al menos en términos jurídicos) una república democrática, representativa, popular y federal. Desde 1867 nadie en este país ha discutido ni se ha opuesto públicamente a ese modelo, al que aspiramos. También se suprimieron los fueros eclesiásticos y militares y se separó de manera definitiva la Iglesia del Estado.

Dejaron ejemplos de honestidad y probidad en el manejo de los negocios públicos, lo que en el periodo 1867-1872 permitió romper el estancamiento económico de México, que llevaba más de medio siglo, e iniciar un sostenido periodo de crecimiento, aunque dependiente y subordinado. Hace décadas escribió el brillante intelectualDaniel Cosío Villegas: “Admiro a Juárez… por una última razón, que en su tiempo poco o nada significaba, pero que en los nuestros parece asombrosa, de hecho increíble: una honestidad personal tan natural, tan congénita, que en su época no fue siquiera tema de conversación, mucho menos de alabanza”.
Pero lo más importante es la consolidación de la soberanía. Lo que ellos llamaron “segunda independencia” que en realidad es la verdadera. Juárez fue el símbolo de la resistencia nacional frente al intento del Imperio francés por hacer de México un protectorado con un monarca títere. La resistencia duró cinco años y galvanizó a buena parte del pueblo mexicano, dando paso a un sentimiento de nación antes casi inexistente. Del papel de Juárez en la hazaña de México en defensa de su libertad escribió su contemporáneo José María Vigil:

“Necesitábase durante aquella prueba, en extremo peligrosa, de un hombre de extraordinario temple, que a la conciencia del altísimo papel que representaba reuniese acrisolado patriotismo y carácter inflexible para no desviarse un solo punto de la senda que le trazaba su deber. Ese hombre fue Juárez. Depositario de la ley y de los derechos sacratísimos de la nación, no mostró en su conducta nada que indicase vacilación o desconfianza, nada que de algún modo menoscabara esos derechos.”

El triunfo de la República, en 1867, trajo variaciones inmediatas a la vida de México. La primera en percibirse fue la transformación radical de nuestras relaciones con las potencias extranjeras: a los abusos de la diplomacia imperialista(europea y estadunidense), sucedió el respeto que se debe a los Estados soberanos organizados conforme a derecho. El propio Juárez lo señaló en un brindis, en diciembre de 1866:

“Vemos a los franceses partir de nuestro territorio, pero hay otras naciones que hablan de intervenir en los asuntos de México. Nada de esto queremos, ni de Francia, ni de España, ni de Inglaterra ni de los Estados Unidos. Nos creemos capaces de gobernarnos por nosotros mismos si se nos deja en libertad de hacerlo. Preciso es que nuestro territorio permanezca intacto y que restablezcamos en él las Leyes de Reforma porque luchamos de tiempo atrás… Señores, brindo por la libertad y la reforma, por la paz y la nacionalidad.”

¿Cometió errores? Algunos graves. ¿Tenía defectos? Algunos muy señalados. ¿Su figura fue utilizada por mercenarios políticos? Sin duda. Pero le debemos, a él y a su generación, una patria.

(*) Historiador y Director General del Instiuto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México https://www.inehrm.gob.mx/twitter: @HistoriaPedro


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