Cooperativismo, sindicato y universidades. Una experiencia de articulación con la comunidad boliviana de ladrilleros en Traslasierra, Córdoba

Por Johanna Maldovan Bonelli*, Nicolás Dzembrowski** y Nora Goren***

La cooperativa Traslasierra está compuesta por aproximadamente cincuenta familias de origen boliviano provenientes en su gran mayoría del municipio de Camargo, una pequeña localidad del Departamento de Chuquisaca, situada entre las ciudades de Potosí y Tarija. Las primeras familias que llegaron a Villa Dolores lo hicieron a principios de los años ´90, algunas de ellas, luego de haber transitado distintas experiencias laborales por otras provincias del país, principalmente en las cosechas de papa y vid. Este proceso migratorio se corresponde con uno de carácter más estructural en el cual, ante el contexto argentino de flexibilización de la producción y el trabajo, emergieron nuevos mercados de trabajo que fueron favorecidos por la disponibilidad de mano de obra barata proveniente principalmente de Perú, Bolivia, Paraguay y algunos países asiáticos. En el caso de Córdoba, Cynthia Pizarro (2008) explica cómo dicha migración se fortaleció a partir de la información transmitida en las redes migratorias, que identificó nuevas posibilidades laborales en el periurbano de la ciudad para quienes previamente habían estado trabajando en las cosechas de otras provincias del país, como Jujuy, Salta y Mendoza. Aurelio fue uno de los primeros trabajadores en instalarse en Villa Dolores para producir ladrillos. Su historia permite ejemplificar este proceso, que luego repitieron otros integrantes de su pueblo, muchos de ellos integrantes de su familia:

Yo llegué en el ´94 y trabajé acá en los ladrillos por mi cuenta. En el ´84 vine por el tema de la papa, andaba en Mar del Plata yo y ahí llegué y tuve unos amigos que conocían acá y unos amigos que me invitaron a la papa y en la papa hay una época que se termina, no hay otra cosa más que hacer y me decidí y busqué trabajo para poder continuar trabajando. Es medio imposible para llegar a este lugar, me invitaron, trabajé en la papa, se terminó la papa no había otra forma de trabajo y aprendí a trabajar en el horno, a cortar, y bueno me gustó…

¿Quién te enseñó?

Otros más antiguos, otros horneros bolivianos, ahí llegamos y nos prestó[el patrón] una piecita prefabricada, ahí vivíamos y así hemos ido trabajando y de ahí me gustó porque estás al lado de la pieza, tenés agua fría, comida caliente, no vas a los campos a trabajar, siempre estás con comidas… ahora comés caliente. Porque vos te vas al campo y comés comidas frías todo… y bueno por eso me gustó quedarme en esto y me quedé… y ya son veintitrés años (Aurelio, 54 años, socio fundador de la Cooperativa).

Estos fragmentos permiten dilucidar algunas cuestiones acerca de la particular transformación en términos socio-productivos que tuvo la zona de Villa Dolores a partir de la llegada de la inmigración boliviana y cómo ello impacto en la actividad del ladrillo. Asimismo, cómo ello se entrecruza con la particular situación socio-laboral de una población signada por la vulnerabilidad de derechos y ligado a ello, la precariedad de sus condiciones laborales y de vida.

En relación al primer punto, algunos de nuestros entrevistados señalaron que la actividad del ladrillo en la zona de Villa Dolores y localidades aledañas tenía ya varias décadas de existencia, aunque antaño la producción se realizaba principalmente en emprendimientos fabriles medianas y grandes en los cuales trabajaban principalmente criollos o migrantes de provincias cercanas. El crecimiento de la industria de la construcción durante los años ´90 (de la cual el ladrillo artesanal depende directamente por ser uno de sus principales insumos) abrió nuevas posibilidades laborales para los migrantes en el trabajo del ladrillo artesanal. Cabe mencionar que el corte –actividad central del proceso de trabajo- resulta una tarea sumamente penosa, en tanto que requiere de agacharse cientos de veces por día y trabajar a la intemperie. A su vez, las propias condiciones de la actividad en este período –prácticamente desregulada hasta hace pocos años y con casi nula presencia sindical- favorecían las situaciones de abuso y explotación laboral. En este sentido, la actividad ladrillera se constituyó como un nicho de inserción laboral de los inmigrantes laborales bolivianos, sometidos a procesos de mayor explotación laboral dada la precariedadsu situación legal y la vigencia de prácticas discriminatorias –muchas veces abusivas- por parte de los empleadores locales, llevando así a una paulatina de “bolivianización de los cortaderos de ladrillos” en la zona(Pizarro, Fabbro y Ferreiro, 2009).

En relación a las condiciones de trabajo en los cortaderos, en el año 2006 la Secretaría de Trabajo del Gobierno de la Provincia de Córdoba realizó un relevamiento a partir del cual estimó que, tanto en éstos como en las quintas hortícolas de la periferia de la ciudadcapital, el 96% de los trabajadores eran informales y un 65% de éstos indocumentados. Dentro de esta población un 62% pertenecía a la comunidad boliviana. Si bien estos datos fueron relevados alrededor de doce años después a la inserción de los trabajadores que componen la cooperativa en dichas fábricas, permiten brindar un panorama general de la situación en los cortaderos. Los relatos de nuestros entrevistados complementan dicha información y permiten –si bien no con números exactos- corroborar lo penoso de sus condiciones. Muchos de estos trabajadores, así como sucede en la producción hortícola, también vivían en los establecimientos en “casitas” o “piecitas prefabricadas” en las que muchas veces se duerme “arriba del piso con un plástico y una frazada”. Los primeros trabajadores en llegar, sin redes previas que pudieran ofrecer una ayuda para instalarse fueron los que más “sufrieron” estas condiciones. Al respecto, Paulino(uno de los primeros migrantes de la zona en insertarse en el ladrillo) menciona que

…de ahí se empieza cuando vos llegás… no tenés nada, es una experiencia que a lo mejor nunca han pasado, bueno los que han venido de allá todos han pasado, más bien ahora que los que vienen ahora ya por lo menos estamos nosotros o vecinos, por lo menos un colchón le podés prestar, pero… así es la cosa, difícil es empezar, hay que sufrir para tener lo que uno desea tener o lo que desea obtener(Paulino, 48 años, socio fundador de la Cooperativa).

A pesar de lo arduo de las condiciones de trabajo y de vida, la inserción en la producción del ladrillo es visto como un salto positivo por nuestros entrevistados, fundamentalmente cuando se lo compara con el trabajo realizado previamente en las cosechas. Dos elementos vinculados aparecen como centrales en esta valoración: la estabilidad de la producción y el acceso a la vivienda –por más precaria que ésta sea- en el mismo espacio de trabajo (o bien en una zona cercana). Tal como referenciaba Aurelio, en esta actividad “estás al lado de la pieza, tenés agua fría, comida caliente, no vas a los campos a trabajar”. Asimismo, Paulino menciona: “el trabajo que había acá era el año redondo y eso es lo que nos ha hecho quedar… vos trabajás en la papa y es temporal, trabajás un tiempito y ya después tenés que ir a buscar a Mendoza o cualquier lado, es temporal…”. En tal sentido, la decisión de insertarse en la actividad se vincula a un conjunto de dimensiones que van más allá del salario recibido. En estos casos, la posibilidad de tener un plato de comida caliente y una vivienda estable cercana al trabajo operan como factores decisorios en tanto que no solo mejoran la calidad de vida, sino también abren la posibilidad a “traer” a las familias a vivir con los trabajadores.

Así, la migración a Villa Dolores y la inserción laboral en la producción de ladrillos fue el puntapié para este grupo de inmigrantes para que “traigan” a sus familias nucleares (generalmente mujer e hijos) y, paulatinamente a otros familiares que comenzaron a trabajar en la actividad (hermanos, primos, etc.). Este proceso se vio también fortalecido a partir de los cambios en las formas de producir que llevaron a cabo varios de estos trabajadores, pasando de trabajar de manera asalariada a alquilar –y en algunos casos comprar- sus propias tierras, para trabajar de manera independiente. Estos relatos así lo ejemplifican:

Yo vine en el año 2006, trabajé con Aurelio los primeros años y ahí empecé a trabajar solo. Yo vine de Bolivia, de Sucre, Camargo. Medio cerca vivíamos. Ganaba bien ahí, primero vine solo y después de cuatro años vino mi pareja, ella se quedó allá y después vino (Juan Rodríguez, 38 años, asociado a la Cooperativa)

La gente por ahí viene y le das trabajo y ven que estás progresando y ahí nomás ponen ellos nomás otro horno, y por ahí el otro horno tiene parientes, por ejemplo yo tengo hermanos… todos mis hermanos están acá, como cuatro o cinco hermanos, cuatro están acá, se han venido… Bueno vienen así y se ponen su propio horno y así sucesivamente, por ahí viene uno de otro lado que también puso un horno y bueno llamó a sus parientes para que les ayude a hacer el ladrillo, porque uno solo no puede hacer el ladrillo, siempre es para gente(Paulino, 48 años, socio fundador de la Cooperativa).

En este sentido, el proceso de “bolivianización” de la actividad del ladrillo artesanal en Villa Dolores cobró una impronta particular, dada por el desarrollo de unidades de producción autónomas de base familiar, en las cuales se combina el trabajo de los distintos integrantes de la unidad doméstica, con una mínima presencia de relaciones asalariadas. La carga de trabajo que implica la producción del ladrillo hace que ésta siempre sea “para gente”, es algo que “uno solo no puede hacer”, en tanto que el tiempo que demandaría producir de manera individual implicaría un costo demasiado elevado (en términos de tiempo e inversión) que no resulta redituable. Asimismo, el desarrollo de la actividad en la zona estuvo ligado al crecimiento de estos primeros trabajadores que, además de producir en sus tierras, arriendan otras parcelas a nuevos migrantes (muchas veces familiares) que en ocasiones también logran independizarse. Las distintas formas de propiedad de la tierra delimitarán, a su vez, condiciones distintas de trabajo y de ingresos, así como de desarrollo de las viviendas. Sin embargo, cómo veremos a continuación, más allá de las diferenciaciones dentro del grupo de productores, la posibilidad de lograr una mejora colectiva en sus ingresos estuvo dada principalmente por la organización cooperativa, en la cual el sindicato tuvo un rol central a partir de fortalecer el proceso de trabajo colectivo y de vinculación con otras instituciones del sector público y la sociedad civil.

* Dra. Johanna Maldovan Bonelli – CITRA (CONICET-UMET)/UNAJ [email protected]
** Dr. Nicolás Dzembrowski –IESCODE-UNPAZ/UNAJ [email protected]
*** Dra. Nora Goren IESCODE/UNPAZ/UNAJ [email protected]

versión adaptada especialmente para el suplemento UNPAZ-NODAL


VOLVER