El movimiento asociativo de la grande emigrazione italiana en el contexto de la nacionalización de las masas y la cuestión colonial (1871-1914)

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Por Patricio Alberto Cócaro, Facultad de Filosofía y Letras (UBA) / Facultad de Ciencias Sociales (UBA) 

La “gran emigración” en el contexto de la unificación italiana

La tardía unidad nacional

Durante la primera mitad del siglo XIX asistimos a los intentos de unificación política de la península itálica, dividida entonces en numerosos estados con distintos niveles de desarrollo y en general bajo la influencia de potencias extranjeras. El estado más poderoso, el Reino de Cerdeña (constituido por dicha isla y Piamonte, el verdadero centro económico y político), se encontraba gobernado por la casa de Saboya y lideró el proceso de unidad italiana. Ante la debilidad de la causa nacional dentro de la península, la monarquía saboyana recurrió a una serie de acuerdos diplomáticos y militares con grandes potencias europeas como Francia para poder llevar a cabo la unificación a expensas del Imperio Austríaco, principal potencia extranjera dominante en la península. Luego de una serie de conflictos bélicos en la década en 1848-49 y 1859-60, el Reino de Italia se constituyó en 1861, aunque con este hecho, la unidad de todos los territorios de la península aún no había finalizado. En efecto, la región de Venecia seguía en ese momento controlada por Austria y los Estados Pontificios aún se encontraban bajo la égida papal. Nuevas alianzas diplomáticas y una coyuntura internacional favorable permitieron que el joven reino pudiera anexarse Venecia en 1866 y los estados papales en 1870. Finalmente en 1871, la recién adquirida ciudad de Roma se convirtió en la capital del Reino de Italia, finalizando la etapa de unificación territorial italiana.

A pesar del éxito de la unificación, las características que esta revistió dejaron marcas profundas en el naciente estado, que por décadas signarían la historia de Italia.

En principio, el proceso de unificación se realizó “por lo alto”, sin la participación de las masas. Luego de 1861, el cuerpo electoral italiano estaba constituido por porcentajes ínfimos de la población total. Así, la escasa participación política de la mayoría de la población durante las primeras décadas del Reino determinó una débil integración de las masas a la vida de la nueva nación.

Por otra parte, el impulso para la unidad peninsular partió desde el norte y se realizó a expensas del sur, imponiendo la primera región la estructura estatal a todo el resto del país. Este hecho provocó que las notables diferencias económicas y sociales que separaban a las distintas regiones de la península no se atenuaran con la unidad. La “cuestión meridional” ocupó un espacio muy importante entre los problemas del nuevo estado.

A nivel ideológico, a partir de la década de 1860, las clases dirigentes debieron, entonces, emprender la tarea de construir una identidad simbólica común a todos los habitantes de la península, ausente en las clases populares hasta ese momento. Se emprendió de esta manera el proceso de nacionalización de las masas en un país donde apenas un 2,5% de los habitantes hablaba la lengua nacional en 1860.

Para lograr la legitimación del nuevo estado ante las masas, las elites peninsulares recurrieron a instituciones tales como la escuela y el ejército, como vías para transmitir los valores nacionales. Se inició además el culto a la monarquía como artífice de la unidad (Brice, 2010). Numerosos monumentos y edificios fueron erigidos para rendir homenaje a los “héroes” de la unificación de la nación. En tal sentido, comenzaron a conmemorarse eventos relacionados al proceso de unidad, como el 20 de setiembre, día de la toma de Roma en 1870 por parte de las tropas italianas. Esta sumatoria de elementos, constituían el nuevo “culto a la nación” con el cual se pretendía educar a la población peninsular.

La gran emigración 

Paralelamente a la constitución del estado y la nacionalización de las masas en Italia, se desarrolló en este país un notable proceso emigratorio vinculado a las grandes transformaciones económicas, sociales y políticas que afectaron a la península en el período junto con las demandas de mano de obra generadas en el mundo en una nueva fase del desarrollo capitalista. Si bien el fenómeno es anterior al año 1861, después de esa fecha se alcanzó proporciones más importantes. El crecimiento de la emigración se aceleró con el inicio del siglo XX, alcanzando la cota más alta en 1913, en vísperas de la Gran Guerra.

Entre los países receptores de la emigración italiana se destacaron los Estados Unidos, Argentina y Brasil en América; en Europa, Francia, Suiza y Alemania se encontraban entre los destinos preferidos de los italianos. Europa representó el destino principal de los emigrantes italianos hasta mediados de la década de 1880, superada luego por América. En vísperas de la Primera Guerra Mundial la población italiana all’estero ascendía a 5.800.000 de personas. Resulta importante tener en cuenta para valorar la cifra anterior que, para el censo de 1911, el estado peninsular contaba con 34.671.400 habitantes.

Los debates en torno a la emigración

A nivel político, las discusiones en torno a la emigración se iniciaron a fines de la década de 1860. Algunos sectores expresaban sus quejas por la pérdida de brazos necesarios para la producción y por el aumento del precio de la mano de obra. Otros, justificaban la emigración, según su visión, porque permitía la partida de masas inertes e improductivas que, en el exterior, podrían contribuir a abrir mercados a los productos nacionales. Entre estos estaba el grupo de armadores y negociantes genoveses ligados al comercio y al transporte marítimo junto con los intelectuales dedicados a la problemática del meridionalismo que consideraban a la emigración como una de las soluciones para desarrollar el sur de Italia.

Durante las décadas de 1860 y 1870, a instancias del grupo genovés mencionado, comenzaron a esbozarse los primeros proyectos que ligaban el tema de la emigración con el de las colonias. Acordes a la hegemonía del liberalismo de la época, estas propuestas eran favorables a la libertad de emigración puesto que los emigrantes podrían así establecerse en otros países estableciendo prósperas colonias ligadas a Italia no por costosos lazos políticos o militares sino por relaciones de tipo comercial. En este tipo de propuestas, las tierras bañadas por el Río de la Plata se convirtieron en una de las regiones preferidas para el establecimiento de este tipo de colonias. Surgió así el mito de la “più grande Italia al Plata”.

A partir de la década de 1880, con el inicio de las políticas proteccionistas en los países europeos y el consiguiente deterioro de librecambio, sumado al inicio de la carrera imperialista de las grandes potencias, las propuestas de las “colonias libres” comenzaron a ser cuestionadas por los partidarios de una política colonialista al estilo del resto de los países europeos. Así surgieron las propuestas de expansión colonial en África, donde debían ser dirigidos los emigrantes italianos, puesto que la pérdida de ciudadanos por la emigración hacia otros países comenzó a ser considerada un síntoma de debilidad.

Si bien se logró en las últimas décadas del siglo XIX un consenso bastante amplio en torno a la necesidad de una expansión imperialista, la idea de las colonias libres nunca fue refutada completamente. Debido a la debilidad del imperialismo italiano y a los vaivenes de su política colonial, las propuestas de colonias “con bandera” y colonias “libres” coexistieron y nunca se excluyeron mutuamente.

Finalmente, sin embargo, debido a las circunstancias políticas y económicas locales y mundiales, las posturas imperialistas lograron imponerse. Mientras la emigración alcanzaba las cotas más altas en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, el discurso imperialista intentó justificar la expansión italiana en África como una necesidad para poder encauzar el “excedente” demográfico peninsular hacia tierras bajo control italiano con el fin de detener la pérdida de población.

Como hemos podido comprobar, desde el punto de vista ideológico, la emigración en Italia guardó una importante relación con las teorías nacionalistas y expansionistas del joven estado peninsular.

Esas discusiones a nivel ideológico tuvieron su correlato en la legislación del reino relativa a la emigración.

En el período estudiado, se aprobaron dos leyes en torno a la emigración. La primera de ellas data de 1888, durante el ministerio Crispi. Dicha ley se inspiraba en principios liberales y se basó en las leyes sobre inmigración de otros países europeos como Francia y Gran Bretaña. En sus artículos se abstenía de incidir en las causas, dimensiones y destinos de la emigración. Consideraba a la emigración como un fenómeno privado, en el cual el estado sólo intervenía para reprimir los abusos cometidos por las compañías navieras en relación al transporte transoceánico de los emigrantes.

Una nueva ley fue sancionada en 1901. Esta representa un avance, aunque modesto, de la intervención estatal en torno al fenómeno emigratorio que adquiría en ese momento dimensiones ingentes.

La nueva ley conservó esencialmente la concepción de la emigración como fenómeno privado. La reglamentación que de ella emanaba sólo involucraba la emigración transoceánica. Una importante innovación consistió en la creación del Commissariato Generale dell’emigrazione, ente estatal encargado de la vigilancia y protección de los emigrantes desde la partida de estos desde sus respectivas comunas de origen hasta la llegada al puerto de destino. Entre otros, sus objetivos incluían la asistencia a los emigrantes en los puertos, en viaje y en el exterior, junto con la tutela de mujeres y niños emigrantes, así como también la recolección y difusión de noticias útiles a los emigrantes.

Una mayor intervención del estado se verificó desde inicios del nuevo siglo con el período giolittiano. Por un lado, durante el período aumentó la tendencia estatal a tutelar las relaciones laborales. Por otro lado, se acentuó la acción nacionalista por parte del estado, intentando asegurar la perduración de las relaciones del emigrado con la madre patria, hasta el punto de intentar, sin ninguna base económica, dirigir el flujo migratorio a territorios bajo soberanía italiana.

El colectivo emigratorio como “problema” y a la vez actor en las tensiones políticas internacionales

Retomamos esta idea de los trabajos de Pierre Milza en donde el historiador francés, partiendo desde su óptica de estudioso de las relaciones internacionales, ubicó a la comunidad italiana en un doble rol en lo concerniente a la los conflictos diplomáticos entre Francia e Italia. De esta manera, los inmigrantes italianos se convirtieron en un objeto de tensiones políticas entre las “hermanas latinas”. Un aspecto de este conflicto, relevante, para nuestro estudio, se encuentra en las tensiones provocadas entre los dos países respecto a los mecanismos de naturalización de los extranjeros establecidos por la ley de 1889 en Francia, hecho que jugaba evidentemente en contra de los intereses del estado italiano, deseoso de “retener” a sus ciudadanos en el exterior y a sus descendientes. Tensiones del mismo tenor pueden percibirse en la relación entre Italia y Argentina a propósito de los planes de este último país sobre el otorgamiento de la nacionalidad a los a los extranjeros residentes en el país (Bertoni, 2001).

En el caso de los inmigrantes italianos y de las asociaciones que éstos conformaron podemos esbozar el siguiente juego de fuerzas que se abordarán. Tomando en general a la masa de inmigrantes peninsulares, sobre ellos se observa la presión de las siguientes fuerzas:

  1. Los estados receptores que deseaban integrar a los inmigrantes y/o a sus descendientes a la nacionalidad en proceso de construcción.
  2. las elites de inmigrantes en busca de controlar y subordinar a las masas recién arribadas. Estas elites, que en algunos casos se valían para ello de las asociaciones entraban en conflicto, se subordinaban o aliaban al
  3. estado italiano, que a través de sus representantes en los países de inmigración pretendían mantener dentro de su control al conjunto de inmigrados, proyecto para el cual intentaban valerse del movimiento asociativo italiano, extendiendo al exterior el intento de nacionalización de las masas peninsulares.
  4. la acción de las organizaciones de clase (como los socialistas y anarquistas) que buscaban reducir la influencia de los actores anteriormente mencionados y “construir” una clase obrera ideológicamente homogénea.
  5. No podemos dejar de incluir en este entramado de fuerzas las identidades “primarias”, “campanilistas” (regionales, provinciales o comunales) de los propios inmigrados.

En suma, y coincidiendo con los investigadores ligados a la corriente del pluralismo cultural, observamos en las sociedades y el período estudiado una multiplicidad de identidades coexistentes, una “oferta identitaria”, múltiple, que actuaba sobre la masa inmigratoria conformando un complejo panorama de tensiones (Míguez, 1992).

En el sistema de tensiones enunciado, incluiremos también el rol de la identidad, la cultura, el “equipaje de partida” del inmigrante, muchas veces vinculado más a su comuna o a su región de origen que a la entidad nacional, que constituyen un conjunto de elementos que interactuaron con las otras fuerzas mencionadas.

Panorama general del asociacionismo italiano en el mundo

El movimiento asociativo italiano fuera de la península alcanzó un notable desarrollo en las últimas décadas del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, acompañando a la gran emigración. Las sociedades italianas se convirtieron en una parte central de la estructura institucional étnica, ejerciendo una influencia en diversos grados sobre las comunidades locales. Así, el impacto sobre la colonia italiana en cada país receptor resultó desigual. Diversos factores incidieron en la creación y desarrollo de las sociedades italianas en las diferentes naciones receptoras. El estado italiano, por su parte, mantuvo siempre un gran interés por sus “colonias” de emigrados. En ese contexto, las sociedades italianas eran consideradas como espacios institucionales adecuados para organizar dichas colonias. Los diversos gobiernos italianos que se sucedieron intentaron, en mayor o menor medida, influir sobre los destinos del movimiento asociativo en el exterior. Las acciones llevadas a cabo en tal sentido eran producto de las oscilaciones que la política exterior italiana sufrió en el período. Estos vaivenes constituían el resultado de, por un lado, los debates que tuvieron lugar en la península en torno al fenómeno emigratorio y por otro lado, de las discusiones internas en torno al modelo de expansión política y económica italiana en el mundo. Los límites que la coyuntura internacional imponía a una potencia de segundo orden como el reino peninsular constituyeron, además, un condicionante imposible de soslayar.

Pero más allá de los cambios que se produjeron en el accionar de los gobiernos peninsulares, podemos hallar denominadores comunes que signaron la política del estado italiano hacia el asociacionismo en el exterior. En primer término, como hemos mencionado, las asociaciones constituían -o se pretendía que constituyeran- un medio para organizar las diversas colonias surgidas durante la gran emigración. Estas instituciones deberían ocuparse de la protección de los emigrantes así como también de erigirse en focos de “italianidad” en el mundo. Así, bajo la égida de la estructura consular italiana y de una clase dirigente surgida de los sectores más acomodados de las colonias, la masa emigrada sería “retenida” por el país de origen; la identidad italiana entre los emigrados sería mantenida (¿desarrollada?) y la atracción ejercida sobre aquélla por parte del anarquismo y socialismo lograría ser contrarrestada. La conexión material y cultural entre Italia y sus colonias de emigrados, cohesionadas y prósperas, redundaría finalmente en beneficios económicos y políticos para la madre patria.

El interés que los gobiernos italianos mostraron por estas sociedades los llevó a realizar censos con el objeto de recopilar información sobre la estructura asociativa peninsular en el exterior. Entre éstos se destacan aquellos cuyos resultados fueron publicados en 1898 y 1908.

Los censos de 1898 y 1908

Según los datos del censo de 1898, existían para la época en el mundo 1159 sociedades italianas con un total de 199.626 inscriptos y un patrimonio total de 18.716.092,88 liras italianas. Hacia el final de la primera década del siglo XX, las sociedades de los emigrantes italianos ascendían a 2158, con 268.503 socios y un patrimonio global de 39.792.613,45 liras italianas. Las cifras de sociedades, socios y patrimonio, exhiben, globalmente, un aumento entre los dos censos (86%, 35% y 113% respectivamente).

El continente americano, en ambos censos, concentra la mayor cantidad de sociedades, socios y patrimonio, destacándose el peso de la Argentina y los Estados Unidos. Suiza y Francia, por otro lado, concentran el mayor número de instituciones y socios en Europa, aunque su peso relativo en estos rubros, en el total general, se encuentra muy por debajo de los países americanos mencionados.

En cuanto a la incidencia a nivel cuantitativo de las asociaciones italianas sobre la totalidad de los ciudadanos italianos residentes en los países de inmigración, comprobamos que en Argentina y Uruguay se registran las tasas más altas de afiliación respecto al total de la población italiana a inicios del siglo XX (más del 12%). Este índice resulta ser mucho menor en el resto de los países estudiados.

La desigual evolución de las variables analizadas en los distintos países plantea interrogantes sobre el porqué de las notables diferencias apreciadas en el desarrollo del movimiento asociativo italiano. Y esto nos lleva a la necesidad de seleccionar las variables explicativas que deberíamos utilizar para poder explicar las diferencias apreciadas.

Una primera selección de variables explicativas debería incluir:

  1. Los niveles alcanzados por el flujo migratorio italiano en el período estudiado.
  2. Las características demográficas y ocupacionales de la colonia italiana en las regiones estudiadas.
  3. El origen regional de los inmigrantes con el objeto de poner en consideración la experiencia asociativa previa de éstos (el “equipaje de partida” al que nos referimos en el punto 2.4).
  4. El papel de las elites italianas en las diversas colonias, haciendo hincapié en sus mecanismos de inserción en la sociedad receptora, sus relaciones con el país de origen y su participación en el movimiento asociativo.
  5. El papel de la representación diplomática italiana en cada país: su incidencia en la organización de la colonia, teniendo en cuenta especialmente sus vinculaciones con las asociaciones creadas por los inmigrantes.
  6. El desarrollo asociativo en los países receptores, en especial, el desarrollo de asociaciones de extranjeros.
  7. Las relaciones entre los inmigrantes italianos y las poblaciones receptoras.
  8. Para el caso de las sociedades de socorros mutuos, es necesario indagar en cada país qué entidades locales (estatales o no) podían ofrecer servicios equivalentes a éstas. Así, las instituciones locales podían entrar en competencia con las italianas en la captación de afiliados o simplemente hacían innecesaria su creación.
  9. Finalmente, resulta de suma importancia evaluar el grado de desarrollo de las distintas expresiones del movimiento obrero (como anarquistas y socialistas) que buscaban atraer a las masas inmigrantes, entrando en competencia con las instituciones de carácter “nacional”.

Aproximación al problema a través de las diferentes perspectivas de las fuentes primarias

Los diferentes actores políticos y sociales involucrados en la problemática del proceso migratorio dejaron un numeroso repertorio de fuentes de las cuales nos podemos servir para analizar el fenómeno en el contexto de fines del siglo XIX e inicios del XX. Por un lado, hemos utilizado en un trabajo anterior fuentes de la Prefectura de Policía de París en las cuales se advertía el minucioso seguimiento que las autoridades francesas hacían de los asociaciones conformadas por residentes italianos, ya sea en su calidad de súbditos de una nación enemiga, o de portavoces de ideologías (anarquista y socialista) consideradas un peligro para el orden social (Cócaro, 2018).

Utilizaremos, en esta ocasión, fuentes relacionadas con miembros de la clase dirigente italiana, ya sea intelectuales o diplomáticos que se analizaron con sumo interés el fenómeno migratorio desde una perspectiva liberal, pero a la vez, nacional.

Versión adaptada especialmente para el suplemento UNPAZ-NODAL


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