Reflexión a los 65 años del nacimiento de Hugo Chávez – Por Aram Aharonian

Por Aram Aharonian(*)

A más de seis años de la muerte de Hugo Chávez, quien cumpliría este 28 de julio 65 años, Venezuela vive una agresión constante del gobierno estadounidense y de la derecha y ultraderecha regional y mundial, con el fin de terminar con el “virus bolivariano” de soberanía, empoderamiento popular, autodeterminación, unidad latinoamericana.

Hoy, en medio de una ofensiva ultraconservadora, se hace necesario recordar las ideas que como legados nos dejó, sus aportes en torno a las ideas del Socialismo del Siglo XXI, democrático y de participación popular, para evitar su secuestro por parte de élites, lo que bien dejó plasmado en su último consejo de ministro (octubre de 2012) cuando exigió un golpe de timón, para hacer posible la búsqueda constante, continua, de una alternativa al capitalismo, lejos del dogmatismo.

Muchos se empeñan hoy en encajonar sus aportes a la construcción permanente de un pensamiento, que debiera discutirse y debatirse para impedir la fosilización y dogmatización del impulso revolucionario que supo imprimirle.

Hugo Chávez, la locomotora que reimpulsó la construcción diaria de la Patria Grande, la de los pueblos, dejó una nación huérfana, una patria huérfana. Fueron 14 años que transformaron Venezuela pero también la región. Las grandes mayorías, los invisibilizados por las elites y los medios hegemónicos, dejaron de ser objeto para transformarse en sujetos de política. Vida digna para todos, empoderamiento de los pobres: acceso a la educación, alimentación, salud, educación.

Se atrevió a hacer lo que muchos consideraban (o creíamos) imposible, como enfrentarse al imperialismo, o romper con las buenas costumbres de la democracia formal y liberal, institucional y declamativa. Y eso, el imperio y sus aliados-cómplices no lo perdonan.

Chávez comprendió que había que pasar de la etapa de más de 500 años de resistencia a una etapa de construcción de naciones soberanas, de una verdadera democracia participativa, de construcción de poder popular, mediante una revolución por medios pacíficos, avanzando hacia integración y unidad de nuestros pueblos –y no de nuestro comercio-, mediante la complementación, la cooperación y la solidaridad, lejos de los dictados del Consenso de Washington.

A más de seis años de la muerte de Chávez, el principal vocero de la oposición, Juan Guaidó, sigue reclamando una intervención de EEUU, una posición fuera de los principios de patriotismo de cualquier nación, y en particular de las suramericanas, fundadas en la gesta independentista.

Hugo Chávez simbolizó la emergencia del pensamiento regional emancipatorio del cambio de época, con críticas anticapitalistas de cuño marxista, con una concepción humanista. Y rescató la “sepultada” idea de socialismo como horizonte utópico

Hoy la política imperial, caballo de Troya de los intereses económicos de las grandes corporaciones trasnacionales, sigue empeñada en desestabilizar no solo a Venezuela sino a países y continentes enteros. Quieren invadir Venezuela, apropiarse de sus riquezas (petróleo, oro, la Amazonia), pero sobre todo quieren aniquilar por todos los medios el hondo sentimiento chavista de su pueblo.

Hoy, las viejas formas democráticas y republicanas no son asediadas por revoluciones populares sino por “populismos derechistas” de corte ultraconservador y dependiente, que pone en riesgo todo el proyecto globalizador y las formas democráticas occidentales que parecían consolidar una “nueva lógica del capital” en este siglo.

En los sectores progresistas de la región se debate si estas experiencias de gobierno progresistas constituyeron una escueta ruptura de la estructura imperial. La discusión a plantearse debiera ser no solo en que el progresismo retome el gobierno sino que tome el poder, porque lo que sufrió no fueron solo derrotas electorales sino una derrota cultural, De nada sirve acceder al gobierno para aplicar las viejas recetas de medias tintas, sin cambios estructurales.

El planteo es para toda la región, pero bien le viene también a Venezuela: sin una evaluación consciente de lo realizado, si se ensayan nuevamente los mismos programas sin transformar las relaciones estructurales de dominación, la posterior derrota va a ser más contundente. Proceso político que no se profundiza, retrocede y destruye la subjetividad que la hizo posible.

Hoy vivimos la reconfiguración del mundo bipolar, que ya no se asienta en una dicotomía ideológica, sino geopolítica, dónde la dominación se sustenta en el caos sistémico

Todo lo que ha sucedido en estos 20 años certifica que no se puede construir una democracia sólida en Nuestra América sin la alfabetización política de la población ni la organización de las bases populares; sin reformas estructurales, constitucionales, que cambien la estructura electoral, que terminen con una justicia corrupta y al servicio de los poderes fácticos, y sin la democratización de la comunicación para que se acabe el monopolio de los medios, factor decisivo en la disputa político-ideológica.

Y tampoco se puede construir democracia, sin prestar la debida atención a un mundo que ha cambiado radicalmente, con una democracia formal en crisis, que parece dirigirse hacia plutocracias (refutación práctica del credo liberal), y donde la hegemonía del capital financiero quita los recursos que podrían dirigirse hacia la generación de bienes y de empleo, y hacia actividades productivas, para orientarlos, desviarlos hacia actividades especulativas.

Pensamiento, acción, creatividad

La crítica de Chávez al pasado fue constante y no como práctica denunciológica, sino como signo de ruptura de un pasado de exclusión, alimento para las expectativas de cambio y reivindicación social e histórica del pueblo. La rebeldía contra todo lo establecido (por las elites que destruyeron el país, la región) era alimento de su vida.

Chávez, representante del sincretismo cultural entre los pueblos originarios y los afrodescendientes, fue voz de las clases subalternas, las sometidas a la dominación colonial y de las elites. Hablaba como excluido, como socialmente segregado, tomando la voz de las grandes mayorías de los venezolanos, lo que hacía creíble su discurso y, de allí, la identificación con sus propuestas.

En un continente donde la fuerzas armadas siempre fueron el respaldo de las políticas de dominación colonial e imperial de la doctrina de Seguridad Nacional impuesta por EEUU con el argumento de contener la “amenaza comunista”, Chávez rompe con ese paradigma desde su sublevación –junto con otros cuadros castrenses- en 1992, mostrando que la presencia militar no siempre significa represión y persecución del pueblo y los movimientos sociales. Y con ello abre una nueva praxis, la de la cogestión militar en el poder político

Chávez reivindicó el valor del pensamiento de Simón Bolívar, y lo populariza, rescatándolo del secuestro simbólico y acartonado de las élites, convirtiéndolo en referencia permanente en sus mensajes revolucionarios, como continuidad de la lucha del pueblo. Al pensamiento bolivariano, Chávez suma, actualizándolo, el pensamiento anticapitalista, en su búsqueda de la raíces históricas de la lucha emancipadora no solo de Venezuela, sino de la región y del Sur global.

Y eso lleva al lanzamiento de una geopolítica del Sur, con base en la defensa de los recursos naturales, la independencia, la autodeterminación y la soberanía de los pueblos, la necesidad de la integración y la complementación política, económica y financiera latinoamericano-caribeña y del Sur global.

Hoy no queda dudas que Venezuela (y el mundo) extrañan el pensamiento, la acción, la creatividad de Chávez. La izquierda latinoamericana está a la defensiva: defiende la obra (sin las autocríticas necesarias) y no habla de cambio ni de futuro, de lo que viene y cómo abordarlo. La historia reciente pone en evidencia que la izquierda desdeña a las clases medias e ignora que cuando los pobres dejan de ser pobres actúan como clase media.

Hoy se hace necesario recrear una izquierda que no se base en la melancolía o la nostalgia. ¿Por qué la izquierda no llega a la juventud y no la seduce? Porque le habla sólo del desarrollo y no de la felicidad humana; le habla de las conquistas sociales pero no le da esperanza, sin darse cuenta incluso, que gracias a sus políticas inclusivas ha surgido un nuevo proletariado, de base universitaria.

No se puede repetir el mismo libreto de hace 40 años, porque así es imposible llegar a los jóvenes. No basta con justicia social, ¿y el futuro?

La izquierda sigue desunida mientras la derecha se contenta con seguir los libretos imperiales (como lo hace el “autoproclamdo” Juan Guaidó). La izquierda  perdió la comunicación y entonces no hay una lucha común contra el enemigo común. Con la “locomotora” de Hugo Chávez había una coordinación informal-formal al menos de los gobernantes: ahora cada cual está por la suya, muchos de ellos repitiendo las consignas de Washington… y otros en desbandada.

El mito

Su muerte significó mucho dolor, inmenso dolor de todo un pueblo desolado en las calles. ¿Quién, chavista o escuálido (antichavista) podía imaginarse hace siete años a Venezuela sin Chávez, a Latinoamérica sin él? Y sin Lula, sin Néstor Kirchner, promotores junto a él del “ALCa-rajo” que enterró la pretensión libre comercial estadounidense, al pensamiento bolivariano que da sustento a lo que denominó Socialismo del Siglo XXI.

Chávez comprendió la necesidad de crear un símbolo ideológico propio. Y Chávez lo pensó basado en un Estado eficaz, que regule, impulse, promueva, el proceso económico; la necesidad de un mercado, pero que sea sano y no monopolizado ni oligopolizado y, el hombre, el ser humano. En su propuesta de ruptura con el capitalismo hegemónico, apareció un modelo humanista con bases marxistas, en la necesidad de construcción de un modelo ideológico propio, de verse con ojos venezolanos y latinoamericanos.

“La democracia (formal) es como un mango, si estuviese verde hubiese madurado. Pero está podrida y lo que hay que hacer es tomarlo como semilla, que tiene el germen de la vida, sembrarla y entonces abonarla para que crezca una nueva planta y una nueva situación, en una Venezuela distinta”, solía decir. Y puso en marcha su revolución pacífica hacia el socialismo, camino que trazó desde Porto Alegre, en uno de los Foros Sociales en los que participó, junto a los movimientos sociales.

Sobrevivió al golpe de 2002, cuando el pueblo en la calle exigió el retorno de su presidente constitucional. Sobrevivió al sabotaje petrolero y paro patronal de 62 días. El cáncer –propio, inducido- terminó con su vida cuando iba a comenzar un nuevo mandato, y dio inicio al mito. El soñador, a veces ingenuo, perdonavidas, el guerrero, el que siempre quiso ser beisbolista, que sufrió también la soledad del poder, supo combinar el pensamiento político e ideológico con lo pragmático.

Tras su muerte y el comienzo del mito, la imagen de sus ‘ojos’ no deja de esparcirse por Venezuela y Latinoamérica. El ícono chavista ha sido borrado del edificio de la Asamblea Nacional por la dirigencia opositora, pero éste sigue apareciendo en cada barrio de todo el país, en el campo, en las camisetas de los jóvenes y los viejos, acompañando sus anhelos, sus esperanzas, su fe.

Recordando a Hugo Chávez, los venezolanos tratan de retomar el camino de la lucha, de la esperanza, de darle poder a los pobres, de la integración, de la unidad… de la esperanza y del futuro común, pese a los denodados intentos de Washington y sus cómplices, latinoamericanos y europeos, de impedirlo, y la ineficiencia e ineficacia de sus sucesores en solucionar la grave crisis económico-social, en parte producida por las sanciones, pirateo de fondos, embargos de EEUU y la Unión Europea.

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”, diría César Vallejo. Hace 65 años nacía en Sabaneta, en el estado llanero de Barinas, Hugo Chávez, el arañero de Sabaneta, Tribilín, el comandante. Chávez  ha muerto, pero el chavismo sigue aquí, en Venezuela, en Latinoamérica y el Caribe, en nuestro Sur global.

(*) Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)