El agronegocio en la amazonía

La revolución verde de los años 1970 convirtió al monocultivo agrícola en un motor, no solamente de la producción de alimentos, sino también del neoextractivismo aplicado a la agricultura intensiva. Desarrolló la industria de agrotóxicos de la cual el propio Brasil es un de sus mayores consumidores. El resultado que tenemos hoy es devastador sobre todo con relación a la contaminación de tierras y cursos de agua y los impactos en la salud de las personas. Ese avance del monocultivo, en la producción de granos (soja, mijo, trigo), de oleaginosas (palma africana), de plantaciones de eucalipto, significa una extracción intensa y continua de recursos, de nutrientes del suelo al agua y a las capas freáticas.

La extracción de madera se intensificó en la región conforme se construían carreteras y crecían ciudades en sus márgenes de forma desordenada. En 1960, la Amazonía representaba 3% de la producción nacional de madera y en 1990, ese porcentaje llegó a 27%.

En los últimos 15 años, podemos observar tres frentes en la reproducción capitalista del agronegocio. El primero, la implementación de tecnologías producidas por las transnacionales, llevando la revolución verde a niveles extraordinarios, teniendo como eje fundamental las semillas transgénicas. Ideológicamente, los organismos genéticamente modificados se venden como avance civilizatorio, una modernización que supuestamente dejaría atrás los problemas agrarios brasileros y además disminuiría la deforestación.

El segundo frente es justamente el avance de la frontera agrícola. Aunque los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) hayan combatido la deforestación en la Amazonía, construyendo sistemas que articulaban políticas públicas sociales, ambientales y de seguridad con sistemas avanzados de monitoreo, el agronegocio avanzó de forma voraz sobre los cerrados brasileros, la mayor sabana del mundo y el segundo mayor bioma de Brasil. Se estima que aproximadamente 50.000 km² del Cerrado fueron deforestados en los últimos diez años. El símbolo máximo de este proceso es la constitución de MATOPIBA, la mayor frontera agrícola del mundo actualmente, incorporando 10 millones de hectáreas de cerrado entre los estados de Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahía, donde viven y producen cerca de 800.000 familias campesinas.

Así, el Estado brasilero estructuró una serie de acciones que posibilitaron la expansión del agronegocio en la Amazonía, principalmente cercando la selva amazónica con un cinturón que atraviesa los estados de Maranhão, Pará, Tocantins, Mato Grosso, Amazonas, Rondônia y Acre. La producción de soja iniciada en la región Centro Oeste del país avanzó hacia la selva amazónica, con grandes inversiones y tecnología de punta. En 2011 la parte de tierra agrícola ocupada en la Amazonía era de 9,5 millones de hectáreas, siendo que, de estas, el 68% estaban destinadas al cultivo de soja.

El tercer y último frente, el más “sofisticado” en su forma de actuar, es el del capitalismo verde, que busca subordinar los territorios conquistados y la resistencia de los pueblos indígenas, quilombolas y diversas expresiones campesinas, donde se conservó la naturaleza por medio de prácticas productivas con alta relación metabólica ser humano-naturaleza. Esa subordinación se estructura por medio de mecanismos como crédito de carbono, REDD (Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación) y Pago de Servicios Ambientales, mecanismos siempre ligados a una lógica de financiarización de la naturaleza.

Profundizando la dinámica de lo que llamamos primer frente, hay una fuerte concentración de la agropecuaria en transnacionales del agronegocio. Las diez mayores empresas en Brasil, según sus resultados de facturación neta son: JBS (Brasil), Raízen (Inglaterra /Holanda/ Brasil), COSAN (Brasil/Inglaterra), Bunge (HO), Cargil (EE.UU.), BRF (Brasil), Copersucar (Brasil), Mafrig (Brasil), Amaggi (Brasil) y Louis Dreyfus Company (HO). Las grandes transnacionales monopolizadoras de granos en el mundo se encuentran en este territorio amazónico con proyectos que refuerzan la logística de comercialización de la soja. Cargill, Bunge, ADM, entre otras son los grandes monopolios presentes en ese sector volcados a la exportación. Este control por pocas empresas convierte a la región una gran importadora de alimentos, ya que toda producción de soja y pecuaria se envía fuera.

La soja es el tercer producto más importante en las exportaciones de la región Norte, por detrás del hierro y el cobre. En la región que concentra las mayores plantaciones de soja, el estado de Mato Grosso, el 43% de todas las exportaciones corresponde a esa commodity, seguido por 15,2% de maíz. La multinacional Bunge concentró el 20,8% de las exportaciones en ese estado en 2011, seguida por la ADM, Louis Dreyfus, Cargill, Amaggi, Sadia y JBS. El gráfico arriba muestra como el foco del agronegocio, tanto en área de producción como en logística está en la región amazónica.

La producción bovina también avanza sobre la región de la misma forma predatoria, ampliando la deforestación y la ocupación de las tierras. En 2016 había más de 85 millones de cabezas de ganado vacuno, o sea, tres cabezas de ganado vacuno por habitante de la Amazonía brasilera. Ese crecimiento contó con gran ayuda del Estado brasilero a través de inversiones públicas, siendo la JBS Friboi un ejemplo de los grandes frigoríficos brasileros.

No estamos hablando de cuestiones marginales. Actualmente tenemos en Brasil un área total de establecimientos agrícolas que llega a 350 millones de hectáreas. Los cultivos ocupan 64 millones de hectáreas, mientras la pecuaria 159 millones, de los cuales casi 50 millones son pastos degradados, o sea, altamente improductivos. Por otro lado, tenemos algo así como 100 millones de hectáreas protegidas en unidades de conservación, 110 millones de hectáreas demarcadas o en proceso de identificación como territorios indígenas. Se trata entonces de una disputa de proporciones continentales.


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