México: migrantes africanos denuncian abandono en Chiapas

Migrantes africanos que son refugiados en nuestro país bloquearon el acceso a la estación migratoria Siglo XXI en Tapachula, Chiapas. Acusan que las autoridades del Instituto Nacional de Migración (INM) los han abandonado y no les permiten continuar su viaje hacia Estados Unidos.

Los migrantes denunciaron que el personal del INM no les ha dado los papeles y documentos necesarios para continuar su camino hacia el Canadá o Estados Unidos y que tampoco han querido entablar una conversación pacífica con ellos.

Desde una manifestación pacífica y en busca de diálogo, los migrantes bloquearon el acceso de la estación migratoria desde las seis de la mañana de este lunes. Los elementos de la Policía Federal y la Guardia Nacional son los únicos a los que le han permitido el acceso. A los empleados del INM les gritan “mafia” y les niegan el paso a la dependencia.

Según los migrantes, decidieron protestar porque desde hace dos meses no les entregan el ‘salvoconducto’ oficio que establecía que cuentan con 20 días para abandonar México, lo que les permitiría llegar hasta la frontera norte y pasar a Estados Unidos o Canadá.

Ahora, según acusan, se les quiere dar el mismo documento pero con la puntualización de que la única salida que tendrán en México será por la frontera sur.

De acuerdo con información de Animal Político, agregaron a su denuncia que el Instituto de Migración ha rechazo tener un diálogo con ellos. Algunos migrantes acusaron que el personal del INM ni siquiera les han traducido los documentos que les dieron en la estación migratoria.

Los policías federales y algunos elementos de la Guardia Nacional intentaron abrir un camino para que los empleados del INM ingresaran a las instalaciones pero su vía fue bloqueada por los migrantes de manera pacífica.

Recordemos que la situación migratoria de estos refugiados se endureció luego de que el Gobierno mexicano decidiera aceptar las condiciones de frenar ‘la invasión de migrantes a Estados Unidos’ a través de nuestro territorio a cambio de no aumentar los aranceles.

Luego del endurecimiento de las políticas migratorias en nuestro país, también se denunciaron casos en los que elementos de la Guardia Nacional o la Policía Federal cometieron presuntas agresiones contra los migrantes.

Ninguna de las denuncias que han hecho los migrantes refugiados en nuestro país han sido atendidas. Las autoridades han recibido muy bien las felicitaciones que dirige Trump hacia México pero el gobierno no ha dicho cuál será su proceder con los migrantes. Por el contrario, el silencio ha sido su ‘diálogo’ más contundente.

Ante el panorama, habría que preguntarse si habrá una solución igual de pacífica que las protestas de los migrantes en Tapachula, Chiapas. Después de todo, sus derechos humanos valen aquí y en cualquier lugar del mundo.

Finalmente, los migrantes de origen africano han dicho que su protesta seguirá hasta que no se de solución a sus demandas.

Plumas Atómicas


‘Estamos atrapados’: migrantes africanos se rebelan contra el INM para obtener papeles de salida

Un funcionario del Instituto Nacional de Migración (INM) intenta acceder a su puesto en la estación Siglo XXI de Tapachula, Chiapas. Camisa blanca impoluta en pantalones beige, panza que asoma, gafas de sol, pelo peinado a raya, mochila al hombro y paso decidido. Son las 8:58 am del lunes, 26 de agosto. Como cada día, el oficial se dirige a cumplir con su trabajo en el centro de detención de extranjeros más grande de América Latina.

Hoy, sin embargo, es diferente.

Hoy no va a poder cruzar la puerta.

Hoy se han rebelado los africanos que llevan nueve días protestando porque el INM no les proporciona oficios de salida que les permitan continuar su camino hacia Estados Unidos o Canadá.

Desde las seis de la mañana, los descontentos cortan los accesos a Siglo XXI. Permiten que entren policías y agentes de la Guardia Nacional. Con ellos no hay problema. Los que tienen vetado el pase son los funcionarios de migración, como el tipo que ahora mismo intenta cruzar. No hay precedentes de una protesta de estas características: migrantes que estuvieron encerrados impiden entrar a trabajar a aquellos que los mantuvieron cautivos. De alguna manera, los siguen manteniendo encerrados. Es el INM quien les entrega los oficios con una disyuntiva que no aceptan: incierta regularización o abandonar México por la frontera sur.

Para ellos, Tapachula es su nueva cárcel.

Antes de acercarse a la garita de acceso, el hombre sabe que no pasará. Puede ver perfectamente al grupo de africanos que va a cortarle el paso. Él, sin embargo, lo intenta. Como un reto. Como si quisiese decirles, a ellos y a los que vendrán detrás, que con él no valen tonterías.

Al fin y al cabo, detrás de esos muros ahora inalcanzables, él es la autoridad.

Él es quien ordena guardar fila, quien da las órdenes, quien manda callar.

Él es quien debe impedir insubordinaciones como la que tiene delante de sus narices.

No dice nada, pero trata de pasar.

Lo intenta primero por el flanco derecho. Es imposible. “¡Mafia!” le gritan en su cara, mientras hombres y mujeres impiden su avance con las manos en alto. “¡Mafia!”, siguen gritando, mientras el funcionario se revuelve.

El hombre se mantiene parado, contrariado. Observa la puerta por encima de la barrera de cuerpos que se le atraviesan. Pasan los segundos. “¡Mafia!” escucha, a escasos centímetros de sus oídos.

Nada que hacer por aquí.

Se da la vuelta y avanza a través de algunas de las tiendas de campaña que se han levantado en el improvisado campamento africano frente a Siglo XXI.

Prueba por el otro costado, el izquierdo, el del acceso principal para vehículos, donde se ubica un dispositivo de la Policía Federal y la Guardia Nacional. Tampoco puede llegar hasta ellos. Una muralla humana se abre y se cierra como un acordeón. En medio está el oficial, rodeado. Desiste. Retrocede. Comienza a hablar por teléfono, con una sonrisa incómoda. Se le ve pequeño, pequeñito, menguante, ante los hombres y mujeres que le persiguen extendiendo los brazos hacia el cielo. “Mafia, mafia, mafia”, repiten. Son hombres y mujeres que han trepado montañas, que han atravesado selvas, que cruzaron mares para llegar hasta aquí. Algunos vieron morir a sus seres queridos, en sus países de origen o durante el trayecto. Son hombres y mujeres frustrados, que no desisten de su objetivo.

El funcionario, consciente de que hoy no trabajará, desanda sus pasos. Camina hacia sus compañeros, que esperan en el parking que separa la estación migratoria y el hospital Cofat. Tras él, un séquito de migrantes que corea el lema “mafia, mafia, mafia” mientras hace sonar silbatos, tambores improvisados con cubos de pintura y una especie de maracas fabricadas con botellas de plástico y piedras. “Mafia, mafia, mafia”.

De repente, el oficial eleva su celular. Lo levanta. Se hace una selfie. Por detrás, decenas de seres humanos agotados, desesperados, exhaustos, suplicantes.

Un momento de catarsis
Un funcionario acaba de hacerse una selfie con los migrantes como atrezzo. Es un gesto frívolo pero impotente. Tras él, decenas de congoleños, cameruneses, angoleños o mozambiqueños protestan, airados.

Su preocupación principal es que ya no se expide el mal llamado “salvoconducto”, el documento que obligaba a salir de México en 20 días y que era utilizado como visado para alcanzar el norte. Pero no es la única. Hay muchas frustraciones. “¡Nos han dado un papel falso!”, dice uno. “¡Nunca nos hablan, nos tratan como si fuéramos idiotas!”, se queja otro. “¡Dicen que somos apátridas, pero tenemos nacionalidad, exijo que en este papel diga que soy camerunés!”, dice un tercero, sin saber que es precisamente la imposibilidad de ubicarle en su país lo que le garantiza que no va a ser deportado.

Entramos en un momento de catarsis. Es la rebelión contra lo que consideran un engaño, pero también contra el sistema migratorio en sí mismo.

“¡Mujeres, niños, hombres, teléfono allá! ¡Fila! ¡Fila! ¡Fila!” gritan, al unísono, una decena de migrantes. No saben español, pero saben perfectamente qué significa “hacer fila”. Es lo que llevan haciendo desde que llegaron a México. Y les invitan a hacer lo mismo a los funcionarios del INM, que les observan desde la lejanía.

Definitivamente, hoy no se trabaja en la estación migratoria Siglo XXI. La protesta se originó porque México les ha cerrado la puerta hacia el norte pero, de repente, emergen otras reivindicaciones. Tienen que ver con sus condiciones de vida, con la forma en la que perciben que se les trata, con la humanidad de personas vulnerables que sienten engañadas, ignoradas, convertidas en mercancía.

Como Ignatius, un camerunés que, en los primeros minutos de la protesta, denuncia haber sufrido un asalto a manos de policías municipales. Según relata, tres agentes lo llevaron a una zona de árboles cuando salía del área donde se ubica la Siglo XXI y le robaron 4 mil pesos. “Me cachearon, me golpearon, me quitaron el dinero y el celular”, dice. En sus manos, un papel con un mapa escrito a mano donde ubicar el lugar en el que fue asaltado y la matrícula del vehículo policial. También, arrugado, su oficio de salida. Dice que fueron los policías los que hicieron una bola con él y lo tiraron al suelo. A pesar de todo, no ha puesto denuncia. “¿Voy a acudir a la policía para denunciar a policías que me robaron?”, se pregunta, frustrado.

Animal Político quiso conocer la posición oficial del INM, pero, al cierre de la nota, no había recibido respuesta. También preguntó a los funcionarios que no pudieron acudir a su puesto de trabajo, pero ninguno quiso hablar y remitieron a la oficina de comunicación social de la institución.

Las razones de los descontentos
“Somos de Camerún, Congo, Mauritania, Nigeria, Gambia. Necesitamos que nos den un pase. No nos podemos mover. Nos dicen que pidamos asilo en México. No me quiero quedar en México. Ese no es mi destino. Quiero ir a Estados Unidos o Canadá. No es fácil. Llevamos manifestándonos nueve días. Por favor, somos más de 1,500 africanos en Tapachula que no nos podemos mover. La gente está durmiendo en tiendas de campaña. Por favor”, explica Julius Tamutan, camerunés de 36 años. Faltan dos minutos para que sean las 7 de la mañana y un grupo de africanos ya permanece sentado en la carretera de acceso a siglo XXI.

El colectivo está muy enfadado. Quienes les precedieron lograron alcanzar la frontera norte. Las reglas cambiaron cuando ellos estaban en tránsito. Y ahora se sienten estafados.

El acuerdo entre México y Estados Unidos para incrementar la persecución de los migrantes se firmó el 7 de junio. La orden que modificó los oficios de salida de Siglo XXI y que obliga a abandonar el país por la frontera sur es del 10 de julio, aunque las trabas para africanos, asiáticos y caribeños comenzaron en abril. En ese tiempo, Julius se encontraba con la mochila al hombro. Creía que llegaba a una ruta segura. Ni se le pasaba por la cabeza que se quedaría atrapado en un municipio llamado Tapachula. v

“Tenemos muchos problemas. Yo, por ejemplo, dejé mi país por la discriminación, el racismo y la esclavitud. Pasamos por diez países de América Latina. Todos nos dejaron cruzar”, dice el mauritano Diop Abou, de 33 años. Señala a Siglo XXI. “Esto no es un campo para migrantes. Esto es una prisión. Pasé una semana y salí con un documento con el que yo pensaba que podría seguir mi camino a la frontera. Por desgracia, no fue así. Estamos cansados. Dormimos en la calle. No sabemos cuándo vamos a salir. No nos dan comida ni bebida”, se queja.

La protesta pilló por sorpresa a los funcionarios. Por eso desde la mañana hubo algunos intentos de acceder. Cada incursión tenía algo de papeles invertidos. Por un lado, los funcionarios, las autoridades, sin la ventaja del uniforme dentro de un centro de detención. Por otro, los africanos. Su estrategia es de desobediencia civil no violenta. Cierran el paso, pero siempre con los brazos en alto, para que no haya lugar a equivocaciones. Se tiran al suelo. Gritan. Cantan. Empujan. Bailan. Nadie dio un solo golpe.

“No violencia, no violencia”
“No violencia, no violencia”, es una de las consignas que utilizan. Saben que presentarse como personas agresivas sería contraproducente. Por eso tratan de confraternizar con la policía. Puede verse cada vez que un vehículo policial se acerca a los dos retenes improvisados con sus propios cuerpos por los migrantes. También, en la tiendita ubicada a unos metros de la estación Siglo XXI, una especie de oasis de paz en la que migrantes y policías debaten sobre las protestas, mientras compran aguas con las que combatir el sofocante calor chiapaneco.

Los accesos permanecieron cerrados durante casi toda la jornada. Únicamente se registró un intento serio de quebrar la barrera. Ocurrió a las 11:30. En ese momento, agentes de la Policía Militar, ahora con brazaletes de la Guardia Nacional, trataron de establecer un cordón por el que atravesasen los funcionarios del INM. Pero para llegar allí, los agentes de Migración debían pasar por delante del campamento. Imposible. Era poner un pie cerca y ya tenían a mujeres, hombres y niños persiguiéndoles con la súplica: “liberen a África”. Tras media hora de intento, casi un juego del gato y el ratón en el que los funcionarios jamás tuvieron opciones de entrar a su puesto de trabajo, cada grupo recuperó sus posiciones.

“No hay que taponear las vialidades. Están trabajando con esto. Pronto les van a dar una respuesta”, dice el mando a cargo.

“El martes nos dijeron lo mismo”, responde un migrante, uno de los pocos que habla español.

“Ellos están trabajando para darles una respuesta”.

“¿Cuándo?”

“Yo no me comprometo a nada”, responde el oficial.

Conversación terminada.

En realidad, no existe interlocución alguna entre migrantes y autoridades. Nadie, absolutamente nadie, se ha dirigido a ellos, más allá de los policías que hablan en términos de orden público. Por eso es previsible que las protestas se repitan.

En conversaciones informales, tanto funcionarios del INM como de la Secretaría de Relaciones Exteriores reconocen que existe un cambio de criterio. Oficialmente, no hay una posición. Los migrantes tampoco han recibido comunicación alguna más allá de las recomendaciones de ir a la oficina de Regularización Migratoria o a la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar). Esto, además, no solo afecta a los africanos, que son los que están protestando, sino a cientos de cubanos, haitianos y asiáticos. Los miembros de las dos primeras colectividades tienen el riesgo de ser deportados, así que no se dejan ver por la manifestación. Los de la tercera tienen su propio recorrido y, salvo en algunos puntos del centro de Tapachula, no se dejan ver, a secas.

En medio de la confusión, el activista Luis Villagrán presentó el lunes un amparo con más de 800 firmas. Asegura que la prohibición de continuar hacia el norte es ilegal. Un juez federal deberá decidir en 72 horas. Mientras tanto, los migrantes mantienen las reivindicaciones.

Cada vez hay más tiendas de campaña en el exterior de Siglo XXI. Los accesos siguen bloqueados. Los migrantes continúan atrapados, cada vez más cansados, cada vez con menos expectativas.

Animal Político