La derecha neoliberal frente al progresismo – Por Marco Enríquez-Ominami Gumucio

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Marco Enríquez-Ominami Gumucio

Lo que ocurre hoy en Argentina paradigmáticamente muestra los dos modelos ideológicos que están en tensión en Latinoamérica. Un modelo es el de Macri y de la derecha neoliberal que, cuando sus políticas no funcionan y el electorado los rechaza en las urnas, buscan echarle la culpa a la sociedad en su conjunto. El otro modelo es el de Alberto Fernández y el del progresismo que, por un lado, acepta la voluntad de la mayoría y, cuando pierde, hace democracia desde la oposición y, por otro lado, cuando gobierna, lo hace con una lógica pragmática, sin pelearse con el mercado ni dogmatizar el rol del Estado, sino que poniendo como norte la necesidad de mejorar las condiciones de vida de todas y todos.

En la mitología griega, Jasón -el que había viajado con los argonautas- deja a Medea para casarse con Glauce. Medea, en venganza, mata a Glauce y luego, para vengarse de Jasón, asesina a sus propios hijos. Al verlos muerto, les dice: “Oh niños, cómo habéis muerto por la locura de vuestro padre”. En Argentina, el presidente Mauricio Macri, ofuscado luego de los resultados electorales de las primarias, decidió detener cualquier intervención del Banco Central para frenar el precio del dólar, y para permitir de ese modo agudizar la crisis económica que sus propias políticas habían generado. Al hacerlo, envió en un solo día a cientos de miles de argentinos a la pobreza. Luego, igual que Medea, Macri declara ese mismo día lunes post elecciones: ¡Oh! argentinos, como sufrís por lo mal que habéis votado.

El modelo de Macri -que es también el de Piñera en Chile, el de Bolsonaro en Brasil y el que pretenden imponer en Uruguay los candidatos del Partido Nacional y del Partido Colorado- ve a los mercados y a la economía desde una simpleza negligente. Para ellos debe haber una relación entre la total libertad de los mercados (laissez faire) y la jibarización del Estado (laissez passer). Para ellos los problemas del mercado se solucionan solos (porque los mercados se auto-regulan). El Estado, que es hoy un estorbo, debiera convertirse en poco más que una Pyme. Macri dijo antes de asumir que “bajar la inflación era lo más fácil del mundo”, y terminó con su ministro de Economía, Nicolás Dujovne, declarando que este año la Argentina tendría un “crecimiento negativo”, la inflación disparada, el país endeudado como nunca antes en su historia, millones condenados de vuelta a la pobreza y, pese a todo, con una obstinación ideológica que, cuando le preguntan “qué cambiarías de tu gestión”, lo lleva al Presidente argentino a decir que, la velocidad, que “haría lo mismo, pero más rápido”

El modelo progresista es distinto. No es anti-mercado. Al revés, para el progresismo las sociedades contienen al Estado y al Mercado como herramientas constitutivas de su ordenamiento. Solo un Estado fuerte y protagonista podrá ofrecer al Mercado las certezas que necesita para funcionar de manera armónica. Para el modelo progresista la democracia es fundamental y por tanto las medidas económicas nunca serán simples. Porque la democracia no resiste medidas que pongan a sufrir a la gente para favorecer los indicadores financieros. Las medidas progresistas necesitan Mercado y Estado; inversión privada y extranjera, crecimiento, pero, también redistribución. Porque si la economía no tiene un componente moral, es mera matemática.

Para el progresismo, el principal problema no es que nuestros países sean pobres, aunque algunos claramente lo son, y Argentina es hoy más pobre que cuando Macri llegó al poder.  El problema es que nuestros países son desiguales. El Estado debe hacerse cargo de esa desigualdad para que los mercados puedan funcionar desde el consumo. La solidaridad no es altruismo, es economía. La prosperidad debe ser social, porque de otro modo, no hay consumo, crece la desigualdad y la democracia comienza a hacer aguas.

La derecha neoliberal, que dice creer en los mercados, culpa a los consumidores cuando los ciudadanos rechazan su producto en las urnas en vez de ponerse a pensar en una plataforma que sea más atractiva para la ciudadanía. El progresismo en cambio entiende mejor el mercado y, aprendiendo de las lecciones de derrotas pasadas, adopta posiciones más pragmáticas que combinen herramientas de mercado y papel activo del Estado para lograr el objetivo que la derecha parece no saber entender: que todos estemos mejor, pero que los que peor están sean los que más se beneficien del desarrollo.

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