Bolivia y el vacío de poder – El Tiempo, Colombia

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Llega a su fin –al menos de momento– la era de Evo Morales, el primer presidente indígena de Bolivia. Una epopeya indigenista de casi 14 años de reivindicaciones sociales, políticas y económicas que le cambió en general positivamente la fisonomía al país, pero que terminó de la peor manera, con una renuncia anticipada, forzada por probadas irregularidades electorales, con una enorme tensión social, con un vacío de poder que hace recordar al país sus tiempos más oscuros, y con la concesión de asilo en México.

Bastaron apenas 10 horas, desde el momento en que la auditoría de la OEA recomendó la anulación de las elecciones del pasado 20 de octubre, para que Morales anunciara su dimisión, según él, para evitar un baño de sangre. En ese escenario, el retiro de apoyo de los militares no se puede calificar de ‘golpe de Estado’, pues ya los empresarios, los policías y otras fuerzas vivas del país lo habían hecho y en las calles la situación era insostenible. El llamado a repetir elecciones no calmó a nadie.

Luego vinieron las celebraciones, y de ahí al caos no hubo sino un paso, pues las casas de algunos ministros y funcionarios, incluso la del propio Presidente, fueron saqueadas o incendiadas. La línea de sucesión de funcionarios contemplada por la Constitución quedó desierta. Renunciaron.

Si una gran virtud tuvo Evo, desde sus épocas de sindicalista cocalero, fue la de escuchar genuinamente a los bolivianos e interpretar con gran acierto los ritmos políticos de su país. Así se hizo elegir en el 2005 y luego reelegir dos veces más con unos resultados aplastantes sobre sus rivales, que hacían pensar que las divisiones entre indígenas y el resto de la población eran cosa del pasado. La estabilidad económica, su sostenido alto crecimiento –de más de 4 por ciento durante varios años– y la reducción de la pobreza extrema del 38,5 al 15,2 por ciento son parte de su legado. Pero en el momento en que Morales interpretó mal a su pueblo se inició su declive.

En el referendo del 2016 la población rechazó su idea de reformar la Constitución, la misma que él promulgó, para permitir la reelección indefinida. Y como no lo logró por esta vía, forzó un fallo del Tribunal Constitucional para ser una vez más candidato. Seguir el ejemplo de sus pares del ‘socialismo del siglo XXI’ fue su perdición.
Desde entonces, su gobierno comenzó a caminar en el filo de la Constitución y de la Ley. Hasta que la auditoría de la OEA lo dejó sin piso para, siquiera, terminar en enero su mandato. El castigo a quienes pretenden minar la institucionalidad para satisfacer sus ambiciones personales de poder.

Las horas que vienen para Bolivia son críticas. Ninguna salida fuera de los cauces constitucionales podrá ser aceptada, ni tampoco algún devaneo militarista, ni un paso atrás en las vías democráticas con la excusa de superar el vacío de poder. Urgen liderazgos sensatos y con perspectiva histórica. Unas prontas elecciones, transparentes y abiertas, serán claves para dejar atrás esta etapa que abre, de nuevo, heridas muy profundas en el alma y la institucionalidad bolivianas.

El Tiempo