La Colombia de la cacerola – Por Laura Ardila Arrieta

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Laura Ardila Arrieta *

El vandalismo, los toques de queda en Bogotá y Cali, la represión, incluyendo a manifestaciones tranquilas, como la del viernes último en la capital, todo en medio de una oleada de miedo cuyos provocadores aún no son claros, son los episodios importantes, graves y lamentables que centran hoy la atención del paro nacional que arrancó este 21 de noviembre.

Pero más allá de ese árbol, hay todo un bosque por mirar y entender en el gesto colectivo espontáneo, solidario e histórico, sin precedentes, que se está viendo en Colombia, precisamente a pesar de la violencia y el miedo.

Es el país que el 21 llenó calles como nunca (el antecedente comparable son las marchas contra las Farc en 2008, con la diferencia que aquellas se hicieron con la venia y convocatoria del Gobierno, mientras que a estas el Gobierno les hizo propaganda en contra). El país que en general marchó de manera tranquila y rechazó los actos violentos para proteger la legitimidad de sus pasos.

El de los jóvenes que en Popayán les gritaban “¡fuera!, ¡fuera!” a otros que comenzaron a tirar piedras a la sede de la Alcaldía. El del señor que en Santa Marta cada vez que alguien intentaba taparse la cara para armar desorden le decía: “Aquí no”.

El de los manifestantes que en la Plaza de Bolívar de Bogotá hicieron barrera de protección a los policías, mientras agitaban las manos y pedían en coro “sin violencia, sin violencia”.El de los estudiantes de la Universidad de Antioquia que, el día antes, impidieron que unos encapuchados se llevaran cilindros del laboratorio con frases como “ustedes no nos representan”.

El país que no se resignó a que el cierre de esa jornada tan especial fueran las imágenes de los encapuchados en los medios, sino que, como cereza en su pastel por la no violencia, dejó para la historia aquella noche el sonido del primer cacerolazo que se ha hecho en Colombia.

Un cacerolazo cuya idea, al parecer, nació en Cali, en rechazo al toque de queda impuesto por el alcalde Maurice Armitage tras varios hechos de violencia y vandalismo, como detalló Linterna Verde, un proyecto que analiza las conversaciones digitales.

En algún momento que no pudimos establecer, y que no es fácil de establecer, alguien le pegó por primera vez a una cacerola, otros tantos lo siguieron, se empezó a difundir por redes, llovieron los videos, corrió por barrios y algunas ciudades, y de repente llevó a mucha gente en Bogotá a regresar a la calle cuando ya estaba oscuro.

La Colombia de la cacerola.

La Colombia solidaria.

La de la señora en Barranquilla que no marchó, pero desde su balcón en un edificio de estrato alto tiró botellas de agua fría para aliviar la sed de los estudiantes que marcharon frente a su calle. La del muchacho uribista que hace unos años repartía manillas del entonces presidente y el jueves salió a marchar en Bogotá porque quiere que se implementen los Acuerdos de Paz, como se lo dijo a una periodista de La Silla.

La de la mujer en el barrio capitalino de Cedritos a la que se le oyó golpear sola su cacerola durante unos cinco minutos seguidos. Por supuesto, la Colombia descontenta. Por mil razones, como se evidenció ese día. Una que intentó y logró gran parte del día hacerse oír en calma.

¿De dónde salió esa fuerza? ¿Qué movió el corazón colectivo de esa parte de la sociedad que de manera espontánea se acompañó y cuidó en la misma ruta? ¿Cambiará eso al país? ¿al Gobierno? ¿la forma de hacer política?

Es un hecho que, con intensidades distintas, las protestas sociales están sacudiendo en varias partes del mundo, y que hace pocas semanas tuvieron éxito en Chile y Bolivia, con lo cual la de Colombia entra a ser parte de un momento histórico que se vive en todo el mundo. Aunque estas marchas en el país son particulares por nuestros antecedentes.

La colombiana ha sido una sociedad considerada indiferente -al menos la de la historia reciente-, en parte porque en el conflicto armado se estigmatizó la movilización social, como asunto de guerrilleros o de la izquierda.

En 2016, el plebiscito de los Acuerdos de Paz con las Farc del Gobierno de Juan Manuel Santos instó a esa sociedad, que ya estaba dividida en sus opiniones frente al mecanismo de salida al conflicto armado, a asumir su posición al respecto.

En esa ocasión no sólo quedó claro que la división es prácticamente en partes iguales, sino que de cierta forma el propio poder oficial activó el disenso (así no haya sido necesariamente esa la intención de Santos, quien estaba convencido de que el apoyo a los Acuerdos ganaría), un asunto al que se fueron acomodando otras circunstancias como en un rompecabezas.

Por ejemplo, la circunstancia que son las nuevas generaciones. Los llamados millennials y la generación z -que empezó a cumplir su mayoría de edad entre 2012 y 2013-, que cada vez creen menos en políticos y más en causas, y que permanentemente están poniendo en duda a la autoridad.

Están siendo ellos los protagonistas del paro nacional, de los plantones, de los cacerolazos; el 21N por todo el país se vieron pancartas, trapos y hasta sencillas hojas de cuaderno levantadas por jóvenes orgullosos exponiendo lo que defienden: la paz, el agua, los tiburones, el Páramo de Santurbán, la diversidad sexual, la vida de los líderes sociales.

Ellos marchan porque quieren, porque desean ser parte de su momento histórico, inspirados en algunos casos en el sueño de cambio que se vive en otros países, y con el celular y las redes como arma para organizarse, para eventualmente defenderse frente la autoridad y para difundir aún más la protesta.

Lo hacen acompañados, por supuesto, por otras generaciones que también se han visto por montones estos días.

Colombianos mayores que marchan porque pueden, porque paradójicamente la derecha uribista que está en el poder ayudó a legitimar la protesta en Colombia como algo no exclusivo de la izquierda cuando decidió hace unos años hacer marchas contra el presidente Santos que la traicionó (uno de los asuntos que más le han echado en cara estos días al presidente Iván Duque es haber sido un gran promotor de marchas contra Santos).

Gente que se manifiesta por reivindicaciones históricas (un señor en Popayán nos dijo que marchaba por la universidad pública para todos) y por asuntos más recientes (“básicamente, contra el pésimo Gobierno de Duque”, contó una señora pensionada de Cartagena).

Varios, de unas generaciones o de otras, marchantes por primera vez que se sumaron a la convocatoria tradicional de las centrales obreras.

Eso ayuda a entender la variedad de causas que tanto le han criticado el Gobierno y sus aliados al paro y que hace la manifestación colorida pero, a la vez, difícil de administrar porque no tiene un solo dueño ni líder que pueda tramitar todos los motivos del descontento ante el Presidente, que este sábado anunció que comenzará una “conversación nacional” hoy domingo con los alcaldes y gobernadores recientemente electos.

Es él, Duque, la última circunstancia que se acomodó al rompecabezas de esta inédita movilización colombiana, de esta Colombia de la cacerola.

Las semanas previas al paro, su Gobierno parecía en campaña a favor del mismo con movidas que aujmentaron la molestia de muchas personas y la sensación de una desconexión presidencial, además de que le dieron más relevancia a la manifestación.

Como, por ejemplo, el homenaje que le rindió al exministro de Defensa Guillermo Botero, luego de que éste renunciara por presión del Congreso en medio del escandaloso bombardeo del Ejército a un campamento de la disidencia de las Farc que mató al menos a ocho menores de edad.

Y el “¿de que me hablas, viejo?” que quedará para la historia, que el Presidente le contestó a un periodista que le preguntó por ese bombardeo (Palacio dijo luego que Duque no había oído bien la pregunta).

Y la contratación como asesor para comunicaciones oficiales de la Presidencia de Juan Pablo Bieri, quien había salido de la dirección del sistema de medios públicos Rtvc por censurar el programa ‘Los puros criollos’, luego de que su presentador, Santiago Rivas, criticara la Ley TIC que por entonces promovía el Gobierno.

Y la estrategia gubernamental de hablar con frecuencia del paro, pero siempre creando una sombra de miedo advirtiendo que se podrían presentar grandes actos de violencia, cuando no existían indicios puntuales de ello.

Como país estamos apenas comenzando a ver las líneas gruesas del significado de lo que está pasando, a través del humo de los gases del escuadrón antidisturbios Esmad, que obtiene -y con razón- toda la atención mediática y la inquietud ciudadana.

Cuando el humo baje, se verá con más claridad esta sociedad que parece en transición, en la que de todas formas son muchos los que no se están manifestando. Una buena fuente son desde ya los chats familiares en los que se expresan unos y otros.

Eso será más allá de las eventuales negociaciones que puedan hacer los líderes que le salgan al paro con un Presidente que enfrenta todo un dilema frente a su electorado y la clase empresarial que representa, y que tiene una concepción tradicional de la política; o de lo que suceda políticamente después, porque el cambio de piel es evidente.

Podría decirse, de hecho, que el país ya cambió: cambió la protesta y la forma como se percibe.

Y se oye. Con cacerolas.

* Editora de La Silla Vacía, experiodista de El Universal, El Tiempo, Caracol TV, Semana, El Espectador, las revistas Latin Trade, Ecos de España y SoHo. Ha sido tallerista y relatora en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano FNPI. Coautora de los libros: ‘Súper poderosos, los protagonistas de 2014’, ‘De vidas se hizo el conflicto’ y ‘El Dulce poder’.


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