Clase media venezolana: relato de una frustración política – Por Damian Alifa-Hinterlaces

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Damian Alifa-Hinterlaces *

Escribo estas líneas sobre los estratos medios venezolanos en lo que tal vez pueda ser considerado el peor momento político de la oposición. El 2019 se agota dejando un trago amargo para la oposición venezolana, después de haber generado enormes expectativas de cambio político en el mes de enero termina dejando una estela de frustración y desencanto en sus seguidores.

La conformación de la llamada presidencia interina, el ingreso de la ayuda humanitaria, el tragicómico episodio del 30 de abril y las polémicas denuncias de corrupción son recuerdos agrios para un importante sector del país que adversa al gobierno. Aunado a esto, ya carga sobre si el pesado lastre de casi veinte años de lucha política sin que se cristalice en éxitos políticos.

Ahora bien, en este punto se pregunta el lector, ¿Por qué asociar mecánicamente a la clase media con el fracaso político de la oposición? La primera objeción que nos podría presentar es que dentro de la oposición se aglutinan diversos sectores sociales, lo cual es totalmente cierto, como cualquier coalición política, en la oposición hay una base social heterogénea. Sin embargo, la narrativa, el relato, los símbolos, los rituales, las propuestas políticas, los discursos, gravitan en torno al imaginario de la clase media.

Por otro lado, se nos podría increpar el error de vincular el fracaso político con los estratos medios de la población. Sin duda, la clase media es un factor fundamental para la sociedad, ella es la que concentra el mayor capital simbólico al ser fuente de profesionales, intelectuales y formadores de opinión. Sin desmeritar esto, consideramos que hay un claro signo de tensión entre las ideas políticas predominantes en la clase media, el autoretrato de nacional y la venezolanidad.

Hablaba Augusto Mijares, en su famoso ensayo titulado lo Afirmativo Venezolano, sobre la “herencia de la desesperación”, ese hábito de considerar a Venezuela como “decadente, ultimada, fracasada” o construir una visión del “pueblo” como “ingratos o corrompidos o frívolos”. Novelistas, escritores, políticos, artistas, periodistas y prohombres de los estratos medios han construido esta “tradición pesimista”, destilando cierto desdén en su visión sobre los sectores populares.

Es probable que el consumo cultural de estos sectores haya contribuido a la importación de modelos, esquemas, políticas y utopías extranjeras que no siempre se amoldan a las dinámicas internas. El choque de visiones, de un segmento de la sociedad que consume modelos exteriores y que no encuentra correspondencia practica en su entorno inmediato, pudiera ser la base central de este malestar.

Pareciera que en nuestra tradición intelectual predominara cierta apatía por enfoques más comprensivos de nuestras dinámicas sociales, culturales y políticas y, por el contrario, se impusieran visiones más doctrinarias y dogmáticas. Pudiéramos colocar el dedo en la llaga y rastrear esta herencia de inconformidad entre los mismos próceres de la Patria. Fue Francisco de Miranda, recibido con indiferencia por los pobladores de Coro, incomprendido por las élites mantuanas y al final traicionado el que exclama amargamente: “Bochinche, bochinche, esta gente no es capaz sino de bochinche”.

El mismo Bolívar, después de haber sido ferozmente hostigado por las tropas de Boves (compuestas de negros, mulatos, indios, zambos) construiría una imagen del pueblo en el Discurso de Angostura poco halagüeña expresando que “por el engaño nos han dominado más que por que por la fuerza; y por el vicio más que por la superstición”, de esta manera describía a un pueblo ignorante, vicioso y carente de virtudes democráticas.

Pero tal vez estamos rastreando demasiado atrás y la complejidad de la guerra independencia no nos brinde mayor valor heurístico para analizar estas frases sueldas de los próceres. Aproximémonos mejor a la fundación de la particular “modernidad” venezolana durante el periodo gomecista. Tal vez sea laGeneración del 28, movimiento político, de clase media por excelencia, el mejor ejemplo de este malestar en los estratos medios.

A pesar de los encarnizados batalla política, la visión de “pueblo” y de la venezolanidad del pensamiento oficial de Uslar Pietri o Vallenilla Lanz coincidía (en el carácter peyorativo hacia los sectores populares) con acérrimos opositores como Rómulo Gallegos, Rafael Pocaterra o Miguel Otero Silva.

Mientras que el progomecismo decía que las leyes y el carácter democrático no se correspondían con la “Constitución Efectiva” de la sociedad venezolana, mulata, ignorante, atrasada, la Generación del 28 planteaba ideas similares desde un relato político diferente. La novelística de Gallegos ficcionalizaba su visión de la sociedad venezolana en la ignorante “Marisela” que requería de Santos Luzardo (el retrato de la clase media) para domesticarla y educarla, a la vez protegerla del salvajismo de Doña Barbara.

También pudiéramos hablar del personaje “Sebastián” en Casas Muertas, la novela de Miguel Otero Silva, que en algún pasaje exclamaría indignado “No es posible soportar más (…) se necesita no ser hombre, estar castrado para quedarse callado, resignado y conforme” sin duda esta frase vehiculizaría la indignación y perplejidad del mismo Miguel Otero Silva frente a la indiferencia que sostuvieron las mayorías nacionales al ver la agitación política de los estudiantes de clase media.

No quedaría atrás Rafael Pocaterra en sus “Memorias de un venezolano de la decadencia” en la que en varios pasajes describiría su mirada despectiva frente a la realidad nacional.

Fue sin duda el pensamiento más maduro de Gallegos y Betancourt el que logró encontrar puntos de conexión con la identidad popular y cosechar algunos éxitos políticos. Pero pudiéramos trasladarnos abruptamente de contexto e ir hacia otro punto del espectro político. La lucha armada de la izquierda en los años 60 también compartiría, a su manera, esta visión de la venezolanidad y de los sectores populares.

Después de haber romantizado al pueblo y a la “clase obrera” embebidos de la literatura revolucionaria de la época, el fracaso de la lucha armada llevaba a este sector a una gran frustración política. La chispa revolucionaria no habría logrado “encender la pradera” y no fue la política contrainsurgente de Betancourt, ni el asesoramiento de la Escuela de las Américas lo que conllevó al fracaso de esta estrategia, lo cierto es que el “pueblo no apoyó”.

El mismo Petkoff, tal vez sea el más autocritico de este proceso, diría con visos de resentimiento “el campesinado difícilmente podía entender que había que apoyar un proceso revolucionario” y Domingo Alberto Rangel, que escribió la novela “Los héroes no han caído” lo relataba así: “pero detrás de la indignación volaba, como veta gris en una hoja asoleada, otro silencio, el de la decepción.

El fracaso de los guerrilleros en la búsqueda de apoyo abría horizontes de reflexión” y seria uno de los exmiembros de la lucha armada, quien recientemente diría que los comerciantes informales eran “lumpenproletarios” y que la revolución necesitaba de una “vanguardia esclarecida”.

En “Del buen salvaje al buen revolucionario”, Carlos Rangel, tal vez el más prominentes pensadores de la derecha venezolana y de los más agudos críticos de la izquierda latinoamericana, deconstruía la idea del “buen revolucionario” como redentor, liberador, frente a los enemigos externos. Para entonces, la izquierda ya vivía el desencanto del “repliegue estratégico” y comenzaría un proceso autocritico que no necesariamente llegó a sus últimas consecuencias.

Asimismo, sostiene la hipótesis de que “la explicación profunda de nuestras frustraciones es el contraste entre lo que nosotros percibimos como el éxito norteamericano y nuestro propio resultado”, es decir, la formación de nuestro autoretrato nacional, tiene que ver con nuestra mirada comparada con los Estados Unidos.

Los estudios de psicología social de la profesora Maritza Montero durante los años 80 arrojaban la existencia de una identidad altercentrada, lo cual implicaría una definición negativa de lo propio y una caracterización positiva de lo externo.

Desde entonces estos sectores perfilaban una “identificación nacional exterior”, es decir, que el conflicto con el autoretrato nacional en el imaginario social de las clases medias, hace que estas se inclinen a sentir mayor identificación con lo extranjero frente a lo propio.

En este sentido, el famoso presentador y hombre de medios Renny Ottolina se convertiría rápidamente en el nuevo signo político de la inconformidad de los estratos medios, ahora escorados a estribor. Si bien Ottolina tenía un discurso “nacionalista” no dejaba de expresar inconformidad con la sociedad venezolana y traslucir prejuicios hacia los sectores populares. El discurso antipartido, antideológico, fue vehiculizado eficientemente por el gran comunicador que fue Renny Ottolina.

Asimismo, Ottolina permanentemente establecía la comparación negativa con los EEUU. Renny Ottolina es el prohombre de la clase media venezolana postmoderna. Su ideas e influencias siguen presentes y atraviesan transversalmente el imaginario contemporáneo de los estratos medios.

A finales de los años 80 este imaginario negativo hacia los sectores populares y de identificación con el extranjero se afianzaría con la irrupción del Caracazo. El estallido social, los saqueos y la violencia desatada siguen siendo una imagen muy viva en los estratos medios venezolanos.

Como diría Pedro José Sánchez se instalaría una “semántica del miedo” y un “magma de la inseguridad”, al mismo tiempo que se levantaban muros, se construían urbanizaciones cerradas, adquirían armas y hacían vigilancia las asociaciones vecinales de los barrios de clase media. La socióloga Verónica Zubillaga explicaría la conformación de una “ciudadanía del miedo” en estos guettos de clase media y la construcción de representaciones sociales negativas sobre el “Otro” popular.

Serian esta “ciudadanía del miedo” la que acompañó en el 98 a Hugo Chávez esperando del caudillo militar la concreción de sus aspiraciones de “orden” y “seguridad”. Posteriormente, al identificar a Chávez como un caudillo popular comienza una ruptura y se retorna rápidamente al estado de malestar.

En los discursos sociales de la gestación de la primera oposición estuvieron presentes representaciones sociales negativas sobre la identidad popular que identificaban con el adversario político. “Tierruos”, “rancho en la cabeza”, “marginales” eran frases muy presentes en el enjambre social de las clases medias. Asimismo, estratos medios vinculados a la izquierda radical, que acompañaron al chavismo, también mostraron tensiones y contradicciones con la figura del caudillo.

Veinte años después, una oposición frustrada, derrotada políticamente, le reclama a la población, en medio de la mayor crisis económica, que “reciba los perniles” del gobierno, las cajas Clap o los bonos del “carnet de la patria. Esta misma oposición le reclama a la gente el no sublevarse contra el gobierno, el no “salir a la calle”, le increpa por su aparente “indiferencia” o “conformismo”. La oposición es parte de una tradición de pensamiento que concibe a la clase media como un actor central de cambio, incomprendido por los sectores populares, atrasados, ignorantes, retrógrados, clientelizables.

Estos prejuicios siguen marcando un gran muro entre los sectores populares y la oposición. Mientras que el rechazo al gobierno crece las movilizaciones de la oposición menguan.

Lo ocurrido este año invita a repensar la oposición y la política en Venezuela, solo una mirada penetrante sobre la cultura popular y su identidad, un enfoque comprensivo y una nueva práctica política que no intente imponer utopías (antes la del socialismo y ahora la de la democracia liberal) sino de elaborar nuestras propias utopías desde las aspiraciones, deseos y necesidades de la mayoría.

Un proyecto político que no logre enraizarse entre las mayorías, sin romantizarlas pero tampoco estigmatizándolas, denigrándolas, subestimándolas, no podrá acceder al poder. No solo se trata de recambios de liderazgos, se trata de un cambio de paradigma político.

No se trata de sustituir, invisibilidad, obviar a la clase media, se trata de edificar una alteridad solidaria entre los estratos medios y los sectores populares, como clave para un nuevo consenso país y desactivar los dispositivos polarizantes.


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