Derechos Humanos – La Razón, Bolivia

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Un día como hoy, hace 71 años, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) aprobó uno de los más importantes documentos de los tiempos contemporáneos: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. A más de siete décadas de tan histórico momento, la humanidad sigue lejos de cumplir siquiera los mínimos acordados en la declaración, y el horizonte se ve sombrío.

Hoy, a 71 años de aquel momento en que, unidos en buena voluntad, las y los representantes de los Estados miembro de la ONU dieron el sí a la declaración, lo que se observa a simple vista es que las guerras como método de resolución de conflictos no han desaparecido, sino que se han multiplicado, al igual que el odio de unos hacia otros y, sobre todo, la capacidad bélica para provocar daños.

Preocupa, cuando no causa dolor, ver que principios como la igualdad en dignidad y derechos de todas las personas no significan nada para dirigentes y líderes. Cuando autoridades públicas, en su afán de prevalecer, desprecian y discriminan a las personas que son, se ven o piensan diferente; olvidando que la declaración debe aplicarse para todas y todos, “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Asusta cuando el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad no están plenamente garantizados. O cuando éstos son el precio que algunos están dispuestos a pagar para “recuperar la democracia”. Aterra saber que hay lugares en el mundo donde todavía hay personas sometidas a esclavitud o servidumbre; o son víctimas de tratos crueles, inhumanos y degradantes.

Cuesta entender una democracia sin reconocimiento de la personalidad jurídica de todo ser humano; sin igual protección de la ley; sin procesos justos en los tribunales; sin persecución o arrestos indebidos; o, mucho menos, destierro, sin presunción de inocencia. No es, pues, democrático un país en el que existe persecución y trabas al asilo político; el cual no debiera ser necesario en un Estado de derecho.

Es inevitable sentir que algo está definitivamente mal cuando el derecho a la libertad de expresión se deforma de tal manera que quienes están llamados por ética profesional a defenderlo a capa y espada se ven obligados a callar sus ideas o las de otros, para no correr el riesgo de ser perseguidos y amenazados.

Así, 71 años después del momento cuando la humanidad creía estar dando un paso trascendental en pos de un futuro de paz y armonía, seguimos haciendo votos por que los líderes pongan como base para construir su proyecto, cualquier proyecto, los derechos humanos. Sin ellos, la humanidad tiene poco que esperar del futuro, y esa es la peor perspectiva que se le puede ofrecer a las nuevas generaciones.

La Razón