El Salvador: Balance político de 2019 – Por Luis Armando González

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Luis Armando González *

Como en otros años en los cuales se tuvieron elecciones que llevaron a un relevo en el Ejecutivo, lo característico de 2019 fue la predominancia de lo político tanto en los inicios del año –cuando la campaña electoral entraba en su fase final— como durante la jornada electoral, sus resultados y los reacomodos que han tenido que realizar los dintintos actores políticos una vez que estuvo firme la victoria del ahora Presidente Nayib Bukele.

Estos reacomodos son inevitables, cuanto más si se trata de un relevo presidencial que rompe la continuidad de gestión de un partido. Ello fue evidente cuando ARENA desplazó al PDC, en 1989; cuando el FMLN desplazó a ARENA, en 2014; y ahora, cuando la alianza Nuevas Ideas-GANA forzó la salida del FMLN, en 2019, dando pie a un relevo presidencial de nuevo tipo.

Los relevos al interior de la continuidad partidaria –por ejemplo, los sucedidos en los 20 años de ARENA— también generan cambios en las líneas de acción política gubernamental e invitan a los actores políticos a posicionarse ante ellas, pero estos cambios son más drásticos –lo mismo que los desafíos planteados al resto de actores— cuando el relevo presidencial rompe con aquélla.

Aquí, aunque lo que cabría esperar es una creatividad reflexiva y pragmática por parte de los distintos actores políticos, no es inusual que algunos de ellos –o todos— se desconcierten y, a los derrotados, les cueste no solo asumir su derrota como parte de un proceso en el cual, justamente, algunas veces se gana y otras se pierde, sino reconocer la legitimidad de quienes se alzaron con la victoria.

Así, a ARENA le ha sido casi que imposible recuperarse de las derrotas electorales de 2009 y 2014, y a la de 2019 el partido llegó más fracturado como nunca. Este último evento electoral puso en evidencia las divisiones y conflictos de interés que lo corroen internamente; no hay liderzagos capaces de aglutinar a los distintos grupos de interés ni a figuras que, individualmente, no ocultan su rechazo a quienes, en otros momentos, se veían como los portavoces indiscutidos de los valores y tradiciones areneras.

Las acusaciones y contraacusaciones entre los mismos miembros del partido –por corrupción y por vínculos de algunos de ellos con el crimen pandilleril y organizado— están a la orden del día.

El descrédito del partido es indiscutible; y no sólo por la información relativa al trasiego de fondos hacia las pandillas (algo ciertamente grave), sino por un desempeño político que ha resultado ser de elevados costos para la sociedad en materia de bienestar social, desarrollo económico y calidad educativa. Y, a resultas de todo ello, lo que parecía ser una institución fuerte, ha revelado ser tremendamente frágil.

La fragilidad también caracteriza al FMLN. Un partido muestra su fortaleza no en las victorias, sino en las derrotas, y el partido de izquierda no ha podido encajar con solvencia su reciente revés electoral en las presidenciales de 2019.

Sus dirigentes de mayor presencia mediática e influencia partidaria no han querido entender que un fracaso electoral no significa necesariamente un hundimiento institucional, pero para que éste no se dé se requieren no sólo recambios en las estructuras de mando del partido, sino un proceso de reflexión interna ponderada y realista que permita posicionarse en el nuevo contexto nacional.

Hay quienes en el FMLN, por lo que se ve de su comportamiento y opiniones, se resisten a “volcarse sobre sí mismos” para identificar los fallos cometidos y proceder al cambio de rumbo que sea pertinente, sin seguir culpando a otros por el fracaso o continuar aferrados a interpretaciones ideologizadas que no toman en cuenta ni los números ni la evidencia que fácilmente se puede recabar en quienes le dieron la espalda al partido en 2019.

A los más vehementes en las filas efemelenistas les resulta imposible aceptar la propuesta de que se tiene propiciar una buena gestión por parte del nuevo gobierno, lo cual supone no tomar a priori la postura de estar en contra de todo o, peor aún, la postura de obstaculizar simplemente porque se quiere que el nuevo gobierno fracase.

Nadie en su sano juicio puede obrar para que a una gestión gubernamental le salgan mal las cosas (especialmente las que mejoran la vida de las personas), sino todo lo contrario. Cuando un opositor suma sus esfuerzos al desempeño de un gobierno con el que se tienen discrepancias (y ante el cual se sufrió una derrota) eleva su calidad ética y política, y además se hace un espacio para la crítica legítima y para la negociación y los acuerdos siempre necesarios en las sociedades democráticas.

A algunas figuras del FMLN esto les suena a herejía, cuando no a un ataque proveniente de derechistas neoliberales o de traidores. Es una lástima, pues se trata de un partido que, por su historia e ideales, puede aportar mucho a la edificación de una mejor sociedad. Pero antes debe refundarse. Y decidirse a aportar, junto con otros partidos y otros actores sociales, culturales y económicos, no en exclusiva como si fuera el depositario privilegiado de la igualdad y la justicia.

En cuanto a GANA, obtuvo un aire con la victoria del Presidente Bukele. No es un partido que apunte a conquistar amplios apoyos populares, sino a mantenerse vigente con un caudal que le asegure una presencia clave, en una tercera o cuarta posición, en la Asamblea Legislativa.

Es Nuevas Ideas el partido que puede aspirar a la conquista de esos apoyos populares amplios, quizás relegando al FMLN a un puesto de mucha menor importancia. En el 2021, Nuevas Ideas probará su fuerza electoral por primera vez. Es prematuro anticipar desenlaces, pero nuevas formaciones políticas, competitivas, son necesarias para dinamizar la dinámica democrática de una sociedad.

En el país, formaciones políticas surgidas en la postguerra (o antes del fin del guerra) no han logrado mantenerse vigentes y han terminado por desaparecer. Otras, de más larga data (PDC-PCN), han sobrevivido no sin dificultades y mutando, como el Conciliación Nacional convertido en Concertación Nacional, de forma extraña.

Por último, por el lado del nuevo gobierno, las tareas de asentarse, en la conformación del equipo de conducción del Ejecutivo, han sido cumplidas en lo fundamental. Un giro importante hacia lo que se puede calificar como “realismo pragmático” fue el rasgo más llamativo en el último trimestre del año.

Este giro facilitó la aprobación del Presupuesto y ha llevado al Presidente Bukele a una búsqueda-reafirmación de alianzas internacionales que no se agotan, sin excluirlo, en Estados Unidos. El giro pragmático-realista del Presidente Bukele, de ser correcta esta apreciación, abre una ruta interesante para el diálogo político durante 2020.

Ojalá que los distintos actores políticos –y también sociales y económicos— realicen un giro semejante y se puedan ir creando los marcos de debate y solución de problemas urgentes que afectan el bienestar social, entre los que cabe mencionar la violencia criminal –la cual está siendo tratada, como debe ser, con determinación—, las pensiones, la crisis del agua, los salarios, la migración, el fortalecimiento del sistema de salud y la potenciación de una educación pública de calidad.

* Profesor e investigador universitario


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