Feminismo es construir salud – Por Virginia Cardozo

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Las desigualdades de género impactan en la salud de las personas. ¿Cómo abordar esto desde el área de la salud? ¿Cómo incorporarlo en el trabajo desde el Primer Nivel de Atención? Quiero aportar algunos elementos para reflexionar en este sentido sobre el feminismo desde la perspectiva de la intersección de género y clase, y en particular la estrategia de los grupos de mujeres.

¿Cómo influye el género en otros determinantes sociales de la salud? Cuando hablamos de pobreza, tenemos necesariamente que incorporar el aspecto del género; existe una feminización de la pobreza y la brecha salarial sigue siendo importante. Debemos agregar a esto que la población trans se encuentra entre los sectores más pobres de nuestra sociedad. En los barrios donde hay una peor situación socioeconómica están sobrerrepresentadas las familias monoparentales con mujeres jefas de familia con varios hijos/as a cargo, con la sobrecarga de cuidados que eso implica. La pobreza tiene cara de mujer.

Cuando las mujeres se incorporan al trabajo asalariado, no dejan de realizar el trabajo no asalariado vinculado a las tareas reproductivas. En promedio, las mujeres consiguen trabajo en peores condiciones, con peores salarios y más insalubres. Cuando vemos las encuestas de uso del tiempo vemos que los hombres no se incorporan de forma significativa a las tareas del hogar. Para las mujeres más pobres hay un continuum de violencia entre la que reciben en sus trabajos remunerados y la violencia dentro del hogar. Una violencia que llega al extremo de matar: las decenas de femicidios por año nos siguen doliendo e interpelando.

A las cargas ya mencionadas, se suma el trabajo de sostén comunitario que realizan las mujeres (por ejemplo, son quienes sostienen los merenderos barriales). Sufren así una doble opresión, la del capitalismo y la del patriarcado.

Estos aspectos generan una sobrecarga laboral y afectiva que repercute en la salud de las mujeres generando depresión y limitación para desarrollar estilos de vida saludables como el ejercicio físico, entre otros impactos. Tenemos, desde los sistemas de salud, una fuerte tendencia a la medicalización de estos problemas sociales, uno de los elementos que pueden explicar el mayor consumo de psicofármacos y en especial de sedantes como las benzodiacepinas en las mujeres.

En estos tiempos está en boga hablar del concepto “techo de cristal”, de esas barreras invisibles que nos ponen por el hecho de ser mujer. Un claro ejemplo lo tenemos en la Universidad, donde por más que las matrículas de estudiantes están altamente feminizadas, la mayoría de los cargos de decanato están ocupados por hombres. Pero este techo de cristal para las mujeres más pobres es un mito; ellas tienen “suelos pegajosos”, no llegan a despegarse de las situaciones de extrema vulnerabilidad en que viven. Tenemos que lograr un feminismo que piense en todas, en todes, porque no queremos un feminismo que deje afuera a las mujeres más pobres. No queremos un feminismo en que algunas rompan el techo de cristal para que otras mujeres tengan que barrer sus restos.

Un concepto importante que nos aporta el ecofeminismo para pensar la salud desde una perspectiva de género, y que debemos incorporar, es el de “cuerpo-territorio”. Desde el surgimiento del patriarcado, con la creación de la propiedad privada que incluía tanto el territorio como a las mujeres, hay un vínculo entre nuestros cuerpos y el territorio que habitamos, somos dependientes de este hábitat con el que somos una unidad, que nos construye y que nosotros construimos. Es aún más claro en esta etapa del capitalismo de avance feroz sobre la explotación de la naturaleza y también del cuerpo de las mujeres. Desde una perspectiva de clase, toma además otros sentidos: si bien hoy hay mayor movilidad en la ciudadanía, las mujeres que viven en las zonas más pobres tienen una menor movilidad por la ciudad o el país. A mayor vulnerabilidad, menor territorio habitamos. Son lógicas muy territoriales, y en las mujeres, cuanto mayor es la violencia basada en género que viven, menos territorio ocupan; incluso muchas veces su casa es el único territorio por el que circulan. A medida que las mujeres se van empoderando y van logrando salir de las relaciones de violencia basada en género, ocupan mayor territorio. Salir del territorio casa, encontrarse con otras mujeres muchas veces es la primera ruptura con la situación de opresión.

La Diaria