Centroamérica: pensando el futuro al borde del precipicio – Por Andrés Mora Ramírez

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Andrés Mora Ramírez *

El horizonte del bicentenario de la independencia, que nos aguarda a la vuelta de la esquina en el año 2021, con su rico simbolismo como parteaguas histórico, ha nutrido en las últimas dos décadas la producción de variopintos imaginarios sobre la Centroamérica posible.

En efecto, organismos internacionales, académicos y varios think tanks europeos y estadounidenses han proyectado sus visiones en torno al bicentenario y sus desafíos, por medio de investigaciones e informes de prospectiva  elaborados con el propósito de formular alternativas para revertir el injusto, desigual y depredador estado de cosas imperante en el istmo en su conjunto.

Así, por ejemplo, en el año 2000, con el auspicio del Instituto de Estudios Iberoamericanos de Hamburgo, el investigador costarricense Luis Guillermo Solís -quien llegaría a ocupar la presidencia del país entre 2014 y 2018- publicó un informe titulado Centroamérica 2020: La integración regional y los desafíos de sus relaciones externas. 

En el documento, que Solís reconocía como “moderadamente optimista”, en un esfuerzo “deliberado por evitar los escenarios catastróficos que proponen la inminencia de grandes descalabros sociales o políticos que serían la antesala de niveles de violencia e ingobernabilidad inmanejables para las frágiles democracias del área”, se dibuja una visión del futuro de la región entrelazada al éxito o fracaso de la integración.

La concreción políticamente profunda y administrativamente eficiente de este proceso, que arrancó en 1960 con la creación del Mercado Común Centroamericano, era considerada “una necesidad imprescindible para Centroamérica”, que “sólo podrá alcanzarse mediante una asociación estratégica y complementaria entre los gobiernos del área y las organizaciones de la sociedad civil”.

Para Solís, “así como paz, democracia y desarrollo fueron la trilogía virtuosa que puso fin a los ciclos históricos de violencia en la década de los años ochenta, así integración, gobernabilidad y crecimiento podrían ser el resorte que haga viable a la región en el mundo del año 2020”.

El futuro dependía de una Centroamérica integrada, unida. Sin embargo, el expresidente advertía que para avanzar en esa dirección se requería enfrentar un obstáculo particularmente delicado: “el predominio en las estructuras de poder de toda la región de élites económicas y políticas históricamente opuestas a la integración, cuyos intereses no se ven beneficiados de manera directa por el Mercado Común y más bien propugnan por el desarrollo de vínculos bilaterales de sus países con contrapartes externas”.

En esta misma línea, en el año 2001, FLACSO Costa Rica publicó Centroamérica 2020: hacia un nuevo modelo de desarrollo regional, un estudio preparado por Víctor Bulmer-Thomas y Douglas Kincaid, con financiamiento de la Comisión Europea, USAID, la Universidad Internacional de La Florida, Diálogo Interamericano  y el Instituto de Estudios Iberoamericanos de Hamburgo.

Este trabajo se presentaba como “resultado de la reactivación del interés en América Central” tras el final del conflicto armado y la firma de los acuerdos de paz, y proponía elementos para “un modelo de desarrollo regional para los próximos dos decenios”.

En la perspectiva de los autores, la Centroamérica del 2020 –una vez más- no podía visualizarse lejos del camino de la integración regional, a la que entendían como “la respuesta más idónea ante la globalización (el desafío externo) y las limitaciones de las estrategias nacionales de desarrollo (el desafío interno)”.

Asimismo, abogaban por “definir nuevos métodos de manejo de los recursos ambientales”, uno de los principales bienes de la región, expuesto ya a importantes procesos de explotación y degradación.

Y,  finalmente, recomendaban elevar “de manera sustancial la inversión en capital social y humano, privilegiando la educación, la salud, el mercado laboral y las comunidades radicadas en el extranjero”, como parte de una estrategia más amplia de “creación de oportunidades para la participación efectiva de todos los sectores sociales” en la vida democrática de las sociedades centroamericanas.

Como se puede apreciar, la creación de condiciones que garantizaran la viabilidad de la región en un contexto global de transformaciones geopolíticas, económicas y ambientales complejas, con bloques regionales que podrían devorar a los pequeños países -como  los gigantes que llevan siete leguas en las botas”, de los que nos habló José Martí en 1891 (1      )- se perfilaba como una importante preocupación intelectual y política, en sentido amplio.

Sin embargo, ese jirón de optimismo al que se aferraban Solís, Bulmer-Thomas y Kincaid, vinculado al imaginario de la paz que todavía tenía fuerza por aquellos años, cedió poco a poco a la construcción de posturas más escépticas y críticas de los escenarios de corto y mediano plazo a los que se podría enfrentar Centroamérica, en caso de  que no se tomaran decisiones para cambiar el curso del desarrollo político, económico y social de nuestros países.

Una prueba de este giro lo encontramos en un texto del año 2012, Brújula Centroamérica 2021. Escenarios y nuevos enfoques de desarrollo, preparado por los investigadores Álvaro Cálix, Lilian González y Marco Zamora, para la Fundación Friedrich Ebert.

Este informe planteaba tres escenarios para el futuro inmediato: uno, que delineaba la posibilidad de que alcanzáramos un nuevo pacto social que permitiera, al celebrar el bicentenario, que Centroamérica pudiera ser vista “en el mundo multipolar de la tercera década del siglo XXI como una región comprometida con los Derechos Humanos, la diversidad cultural y a la sostenibilidad de sus recursos naturales”.

Otro escenario, menos utópico y mucho más cercano a la realidad, daba por sentado que la región mantendría su inercia tendencial, resintiendo “la poca profundidad de las bases de su desarrollo humano”, aferrada a “medidas paliativas” para salvarla del desmembramiento.

El último  era el escenario del “derrumbe: ese en el que Centroamérica “se cae a pedazos”; en que “las oportunidades futuras para el desarrollo sostenible de la región” se encuentran seriamente comprometidas para las siguientes tres décadas; en el que “se ha profundizado la intervención externa en los países del norte y centro de la región.

Todo, en medio de una creciente balcanización de estos territorios”; en el que ya no es posible  “contener los flujos migratorios de los países del norte [Guatemala, Honduras, El Salvador]” y en el que, en definitiva, “más de una década después de la crisis económica global”, prevalece “la desolación, frente al agotamiento del sistema político, la degradación ambiental y el empeoramiento de la exclusión y la inequidad”.

Las visiones asociadas a los últimos dos escenarios del informe de la Fundación Friedrich Ebert son las que mejor describen el panorama centroamericano actual. Una coyuntura nada halagüeña  que moviliza a algunos actores -especialmente de la derecha- a impulsar acciones ante la inminencia del colapso.

Tal es el caso del empresario guatemalteco Dionisio Gutiérrez, presidente de la Fundación Libertad y Desarrollo, quien aseguró que “Centroamérica vive un momento complejo. Han pasado demasiados años y no estamos logrando la tracción suficiente ni la velocidad necesaria ni los resultados esperados.

La economía del mundo demanda cada día más competitividad y eficiencia; algo inalcanzable para economías pequeñas y con frecuencia mal gobernadas frente a amenazas cada vez más inminentes.

El avance del narcotráfico y su capacidad corruptora, la poca atracción de inversión, la insuficiencia de nuestras economías para ofrecer las oportunidades de trabajo que los pueblos demandan y la realidad de Estados sin recursos e instituciones débiles nos hace ser naciones al borde del fracaso permanente”.

Anclada en el imaginario neoliberal y mercadocéntrico, la visión de Gutiérrez, quien convocó a un encuentro ciudadano para el próximo mes de marzo en Ciudad de Guatemala (con pocos ciudadanos, pero sí con muchos políticos, banqueros y chairmans), da cuenta de los intereses y necesidades de los grupos de poder económico, difundidos por sus intelectuales  y opinadores como verdad última en los medios de comunicación.

Frente a los innegables problemas de la región, nuestro futuro pasa –según el guatemalteco- por la creación de una Comunidad Económica Centroamericana (lo que supondría la renuncia al proceso de integración histórico), liderada por los empresarios (quienes ya actúan como bloque regional), y por una mayor “presión política” de Washington (“somos una región que está en los primeros lugares en la lista de geografías que representan una amenaza a la seguridad nacional de EU”) y de Bruselas (“para Europa, una mejor Centroamérica resuelve problemas y abre muchas posibilidades”).

Se trata, pues, de una visión que comulga con el programa de prácticamente  cualquiera  de los dirigentes, partidos políticos o líderes de opinión bien pensantes del istmo, para quienes el destino de Centroamérica está irremediablemente atado a la libertad de los capitales y a la sumisión a la dictados geopolíticos hegemónicos, sin posibilidad de imaginar alternativas distintas, desde otros lugares de enunciación, desde otras racionalidades y atendiendo a las expectativas y anhelos de otros sujetos sociales, hasta ahora excluidos por quienes han detentado el poder.

La visión del empresario Gutiérrez, entonces, sintetiza el pensamiento dominante de una época,  de una manera de comprender el mundo y el lugar de nuestros pueblos en su lógica de opresión y explotación. Pero acaso lo más relevante para nosotros, en el ejercicio de reflexión al que intentan incitar estas líneas, es el hecho de que ilustra la tragedia de un viaje intelectual.

Ésta, a su vez, es el correlato de fenómenos sociales y culturales más profundos-  que partió del optimismo y la esperanza de los albores del siglo XXI, y que parece haber encallado en el pesimismo, la resignación y el egoísmo de quienes hoy, cuando el futuro nos alcanzó, se descubren pensando, al borde del precipicio, ¿qué vamos a hacer ahora?

Nota

(1) Martí, José. “Nuestra América (1891)”, en Hart Dávalos, Armando (editor) (2000). José Martí y el equilibrio del mundo. México DF: Fondo de Cultura Económica. P. 202.

* Académico e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro de Investigación y Docencia en Educación, de la Universidad Nacional de Costa Rica.


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