Honduras-Guatemala: vida, asedio y muerte de una comunidad LGBTIQ

Vida, asedio y muerte de una comunidad LGBTIQ (y la persecución de un activista gay)

POR KIMBERLY LÓPEZ

Oscar es hondureño y tiene 48 años. En su país era activista y gerente de proyectos de la Comunidad Gay Sampedrana para la Salud Integral, una organización creada en 1992 que se dedicaba a promover el acceso la salud en personas con VIH y a velar por los derechos de la diversidad sexual.

Las organizaciones LGBTIQ hacen un trabajo titánico en un país conservador en donde el Estado niega abiertamente los derechos de la diversidad sexual y la sociedad no se inmuta frente a la persecución de sus integrantes.

Pero el asedio llegó al límite. Y Oscar tuvo que reaccionar cuando su vida estaba en un peligro inminente. Ahora cuenta su historia con la esperanza de abrir una nueva página en su vida.

“Tenés que irte por tu propia seguridad”

Desde hace un año, Oscar reinició su vida. Dejó todo y tomó un bus con rumbo a Guatemala. De no haberlo hecho, quizá hoy su caso estaría entre los 155 asesinatos de gays, lesbianas y transexuales en Honduras registradas en los últimos 5 años.

O bien, formaría parte del grupo de defensores de derechos humanos que fueron atacados por su trabajo a favor de las comunidades LGTBIQ y por su orientación sexual.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), por ejemplo, reportó que solo entre los años de 2015 y 2017, tuvo conocimiento de 8 asesinatos de activistas.

Uno de ellos era René Martínez Izaguirre, presidente de la Comunidad Gay Sampedrana para la Salud Integral. Era jefe y amigo de Oscar. Su cuerpo fue localizado en San Pedro Sula en 2017, con señales de estrangulamiento y tortura.

Con la muerte de René, o Reny, como le decían sus amigos, la Comunidad Sampedrana perdió a una de sus pilares fundamentales. Además, sus integrantes se paralizaron de miedo ante la posibilidad de que los crímenes alcanzarán al resto de los activistas y defensores.

Oscar prefiere no dar el nombre de la persona que ocupó el cargo de René, pero recuerda que fue él quien le recomendó huir: “Me dijo: tenés que irte por tu propia seguridad”.

¿Por tu propia seguridad?

— Sí. Nosotros le exigimos al gobierno la investigación de crímenes de odio y eso, en Honduras, es motivo para que te maten. El último crimen fue el de una compañera lesbiana, una amiga cercana. La mataron en la calle. Todo mundo vio pero nadie quiere hablar, nadie dice nada, cuenta Oscar, ahora, desde la ciudad de Guatemala.

Oscar se refiere al asesinato de Denia Paniagua, ocurrido en septiembre de 2017.

Ni los medios, ni las autoridades hondureñas le dieron mucha importancia a los dos hombres que le dispararon, una noche mientras regresaba a su casa. Tampoco le prestaron atención a la desaparición de la pareja sentimental de Denia, que sigue sin ser ubicada.

“ ¿Querés que te pase lo que le pasó a la marimacha?” 

Según el Comisionado de Derechos Humanos (CONADEH), más de 90% de los crímenes contra la comunidad LGTBI permanecen impunes en Honduras. Pero ni Oscar, ni el resto de miembros de la comunidad se resignaban a seguir contando muertes, sin exigir que la justicia tomara cartas en el asunto.

Como organización, empezaron a exigir acciones al Gobierno, a las instituciones judiciales, a buscar testigos de esos ataques, pedirles que testificaran, a denunciar públicamente los crímenes de odio y señalar a las autoridades policiales como responsables. Ahí fue cuando comenzó su martirio. Así es como él lo describe.

—Era 2018. Yo voy saliendo del trabajo tranquilo, me monto en un taxi y me bajo en la entrada de la colonia donde vivía. Cerca se para un carro doble cabina. Yo pensé que me iban a asaltar pero se bajaron dos personas del auto, la otra quedó al timón. Empezaron a tocarme. Yo pensé que era un asalto. Me sacaron el celular, lo revisaron, lo tiraron. Me estaban insultando. Me decían “maricón”, “culero”, “deja esa mierda así si no querés que te pase lo mismo”, “o querés que te pase lo que le pasó a la marimacha”. Uno no puede preguntar nada cuando te están atacando. Yo solo decía: “no he hecho nada, no dije nada, llevate todo. Me tiraron al piso, me dieron unas patadas”.

Oscar cree que de manera despectiva,  los policías se referían a Denia. O quizá a la novia, que desapareció días después.

El miedo creció la siguiente semana. A donde Oscar iba, lo seguía un vehículo extraño. Lo perseguían, lo insultaban y a veces lo golpeaban.

Mientras lo relata, se lleva una  mano hacia el costado izquierdo de su cabeza y lo señala.  “Una vez me pegaron con una pistola, todavía tengo la marca”, dice.

Oscar se integró a la Comunidad Sampedrana en 1999. Y desde los primeros años, el activismo que ejercían ya resultaba incómodo para los grupos conservadores, las autoridades policiales, las autoridades de gobierno que se declararon abiertamente en contra de la homosexualidad.  El acoso, hostigamiento y violencia no eran un problema nuevo, pero sí aumentaba cada vez más.

Ser gay, lesbiana o transgénero, con nacionalidad hondureña es un atentado. Los riesgos de la comunidad LGTBI en Honduras son conocidos dentro y fuera del país. Las denuncias han llegado hasta la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y ha habido pronunciamientos internacionales para pedir a las autoridades que tomen medidas al respecto.

No hay respuesta.

La pasividad del gobierno no sorprende. Especialmente porque se trata de un país que no reconoce a las personas LGBTI como sujetos de derecho en igualdad de condiciones que las personas heterosexuales. Ni el presidente, ni el parlamento están dispuestos a aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo, por respeto a principios religiosos.

Líderes de iglesias cristianas se oponen totalmente a que heterosexuales compartan los mismos derechos que gays, lesbianas y trans. Incluso, existen debates para permitir, o no, el ingresos de celebridades con una orientación sexual distinta.

En 2003 Oscar solicitó medidas cautelares a la CIDH. Se las otorgaron, al igual que a otros cuatro colegas de su organización. Uno de ellos había recibido amenazas de muerte que pretendían convencerlo de no rendir testimonio contra dos miembros de la Policía involucrados en la muerte de Erick David Yáñez, otro miembro de la comunidad, de 19 años de edad, ocurrida el 15 de julio de 2003 en San Pedro Sula.

—Ya eran tantos los ataques que mi jefe me recomendó poner una denuncia. Presenté la denuncia, expliqué los detalles de los ataques, que eran tres hombres, que era un carro gris, de doble cabina, etc. Luego me pidieron que hiciera una extensión de la denuncia en la Fiscalía de Derechos Humanos. Pero no me la aceptaron. Me dijeron: “ustedes tienen una fiscalía especial para los asuntos de ustedes, para los problemas de ustedes”.

¿Ustedes?

Así, refiriéndose despectivamente a mi orientación sexual.

Oscar fue de fiscalía en fiscalía buscando protección. Pasó por la Fiscalía de Derechos Humanos,  de Crímenes comunes, Crímenes Especializados y ninguna le tomó la denuncia.

“Al final me dijeron que tenía que denunciar en el Departamento de Policía de Investigación. Ese fue el error más grande que hice, intentar poner la denuncia en la policía”.

Después de eso, ya no lo seguía solamente un vehículo de doble cabina, sino también una patrulla. Pero jamás intervenía cuando alguien lo amenazaba o golpeaba.

El último informe de la CIDH, sobre la situación de derechos humanos en Honduras, relata que los defensores derechos humanos son vulnerables a sufrir actos de violencia debido a la combinación de factores relacionados con la percepción de su orientación sexual e identidad de género, su rol de defensa y los temas que defienden y en los que trabajan. Algunos optan por el desplazamiento forzado, interno o internacional.

— Ya no toleré más, me mudé 4 veces dentro de Honduras. Me hice el fuerte durante un tiempo pero al fin tomé la decisión de salir hacia Guatemala, relata.

“Éramos un grupo de gays con ganas de abrir el paso” 

Ahora no queda casi nada de la  Comunidad Gay Sampedrana. Las intimidaciones, los ataques y los asesinatos hicieron efecto. Actualmente opera como una organización de respuesta, pero sin sede, sin apoyo presupuestario y sin ejecución de proyectos.

— Nosotros nacimos con la idea de tener un espacio para la defensa de los derechos humanos. Éramos un grupo de gays con ganas de abrir el paso. Éramos amigos. Pero nadie apoyaba los derechos de las personas gays. Quién va a querer apoyar maricones. La única manera para poder abrirnos un espacio era en prevención de VIH porque para eso sí había apoyo, así con esa excusa empezamos a ejecutar proyectos, esa fue nuestra estrategia, cuenta.

En medio de la violencia y la hostilidad hondureña, la organización se abrió un espacio y abogó por causas que garantizaran el cumplimiento de los derechos más básicos. Organizaron los primeros desfiles del orgullo gay en Honduras, denunciaron el trato inhumano de las fuerzas armadas que realizaban redadas en bares gay y exigieron justicia por los asesinatos que quedaban en impunidad. Pero se cansaron de llorar muertes.

— Nos eliminaron como organización. Todos nos fuimos. Una amiga está en Canadá, otra en España, en calidad de refugiadas. Yo estoy en proceso de ser refugiado, cerca de Honduras, por cualquier cosa, dice.

Oscar recibió el apoyo del colectivo Lambda  y la fundación Avina. Fue así como llegó a Guatemala e inició el proceso para legalizar su situación en el país.

Después de un año, aún no tiene trabajo. Ser gay, tener 48 años y una nacionalidad hondureña le han dificultado posicionarse en el mercado laboral guatemalteco. No le faltan amigos que lo ayudan económicamente pero eso no ha sido suficiente.

Tiene la esperanza de que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) lo tome en cuenta en un programa de emprendimiento. Y todos los días hace voluntariado en la Casa del Migrante, en donde le brindan alimentación diaria.

—Todavía tengo miedo,  procuro nunca salir en la noche. Es duro, es duro. A veces voy caminando y me digo: ¿qué hago acá?

¿Creés que en algún futuro exista un ambiente seguro para vos? 

— Yo les pido a Dios que sí, no solo para nosotros sino para todos los hondureños. Lo veo lejano, por lo menos ahora. Hablo con gente y me cuentan que la cosa cada vez está peor. Mataron a fulano, mataron a otro, a mis conocidos. El gobierno no hace nada. A una compañera casi la matan brutalmente, la agarraron a pedradas. Lo positivo es que estoy vivo, puedo contarlo y le puede servir a alguien que tenga una historia incluso más cruda o más dura que la mía.

La Comunidad Gay Sampedrana dejó de funcionar. Como dice Oscar, “los eliminaron” como organización. Varios de sus miembros están solicitando refugio en otros países. En Honduras, pocas organizaciones son las que se dedican a pelear los derechos de las personas LGTBIQ. La Asociación LGTB Arcoíris y la organización Cattrachas continúan operando y registrando los ataques contra activistas y miembros de la comunidad.

Nómada