Tensión en El Salvador: el día que Bukele dejó las selfies, militarizó y se puso a rezar

Por César Saravia y Camila Parodi

Fotos: Félix Meléndez desde El Salvador

El Salvador vivió en los últimos días un clima de tensión política sin precedentes desde la
Firma de los Acuerdos de Paz en 1992. El domingo, el centro de San Salvador amaneció militarizado por el gobierno de Nayib Bukele, quien buscaba presionar a los diputados y diputadas del poder legislativo (Asamblea Legislativa) para aprobar un préstamo por 109 millones de dólares con el objetivo de financiar la tercera fase de su política de seguridad, en un intento de autogolpe que consolida un giro autoritario y fundamentalista del presidente millenial.

El dinero del préstamo sería destinado a la compra de equipamiento para modernizar el aparato represivo y de seguridad, que incluye la compra de helicópteros, patrullas, drones, equipo de visión nocturna, un sistema de videovigilancia y un buque para combatir el narcotráfico.

Desde su llegada al poder, la política de seguridad de Bukele se ha caracterizado por la mayor presencia de militares y policías en los barrios más vulnerables. En los últimos meses, la tasa de homicidios en el país se redujo significativamente, pese a que se mantiene como uno de los países más violentos del mundo. Bukele adjudica esta reducción al llamado Plan de Control Territorial, nombre utilizado para nombrar una serie de medidas que no son de acceso público, hecho que ha puesto en duda que esta sea la causa principal. Sin embargo, los números le han permitido vender la reducción como uno de sus principales logros y mantener el apoyo de buena parte de sus votantes a estas medidas.

Durante estos 8 meses de gobierno del “presidente millenial”, su estrategia política se ha centrado en tensionar constantemente con los diputados y diputadas de la Asamblea Legislativa, en donde únicamente cuenta con el respaldo directo del partido que lo llevó al poder, el derechista GANA, ya que su partido Nuevas Ideas, no cuenta con representación legislativa puesto que todavía no participó en elecciones. Un nuevo episodio de confrontación inició el jueves 7 de febrero, cuando el Consejo de Ministros, supuestamente amparados en el artículo 167 de la Constitución, hicieron la convocatoria a una sesión extraordinaria el domingo 9 de febrero. La respuesta de la Asamblea no se hizo esperar y luego de una reunión ésta definió que la convocatoria extraordinaria no estaba fundamentada pues no se trataba de una emergencia.

Frente a la negativa de la Asamblea, Bukele convocó al pueblo a hacer una “insurrección”, y hacer valer el artículo 87, que permite la insurrección popular en caso de que se rompa el orden constitucional, si los diputados y diputadas no se presentaban a sesionar. El escenario se tensionó aún más luego de que tanto la Policía Nacional como el Ejército comunicaron estar “a total disposición del Comandante General”. En redes sociales, los seguidores de Bukele comenzaron a agitar con esta posibilidad, respaldados en un enojo que desde hace años se acumula contra los principales partidos políticos. El escenario para el autogolpe estaba dado.

Nuevas ideas con tinte a los 80

La mañana del domingo inició con la denuncia de varios diputados y diputadas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), partido que gobernó durante los últimos 10 años y del que Bukele fue parte hasta su expulsión en 2018, sobre la presencia de fuerzas de seguridad rondando sus casas como forma de intimidación. Así lo denunciaron las diputadas Nidia Díaz y Dina Argueta en sus cuentas de Twitter. Horas más tarde, en el municipio de San Marcos, en el local donde el FMLN desarrollaría su convención nacional, una de las razones por las que Bukele eligió la fecha, un grupo de militares se hizo presente a las afueras, en un claro caso de intimidación.

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En los alrededores de la Asamblea Legislativa, por otro lado, los edificios se llenaron de francotiradores y helicópteros sobrevolando. La convocatoria, que se esperaba masiva, reunión a un grupo menor de manifestantes que incluía a empleados y empleadas de dependencias públicas y varias personas que llegaron en autobuses desde varios puntos del país. El ejército y la policía tomaron el control de la seguridad del edificio. Las reacciones internacionales no se hicieron esperar y tanto la Unión Europea como Naciones Unidas expresaron su preocupación y llamaron al gobierno a la sensatez. Un mensaje parecido tuvieron organismos internacionales como Amnistía Internacional y Human Watch Rights.

Únicamente Luis Almagro, un infaltable en el último tiempo para legitimar los Golpes de Estado, respaldó abiertamente a Bukele, que se quedaba solo, sin mayor apoyo popular en la calle y con poco apoyo internacional. A eso de las 16:30, en una tarima frente a la Asamblea, Bukele habló para el pequeño grupo de simpatizantes. En su primera intervención se dedicó a atacar a los abogados y abogadas que en redes sociales y programas de televisión señalaron el carácter inconstitucional de sus acciones y acusó a los diputados y diputadas de “sinvergüenzas”.

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Después de eso, se dirigió a la sala donde se realizaría la sesión y dio inicio a la misma, pese a que solo 15 legisladores/as se hicieron presente. La propia diputada por ARENA, Felissa Cristales, aliada de Bukele, se levantó al ver el salón legislativo sitiado por militares. En su cuenta de Twitter, denunció que la seguridad de la Asamblea “nunca debió ser militarizada”.

Ya dentro del salón, Bukele se sentó en la silla que corresponde al presidente de la Asamblea y realizó una oración para pedir a dios consejo. La imagen, rápidamente remitió al estilo de lo realizado por la derecha ultraconservadora boliviana y brasileña en el congreso de esos países, como por ejemplo Jeanine Añez, consolidando un giro autoritario y fundamentalista que representa un retroceso de casi 30 años en un país con una de las democracias más jóvenes. Podemos ver cómo durante los últimos meses el ingreso a los parlamentos con biblias y oraciones se hacen costumbre para quienes no tienen a las mayorías. Después de rezar, y otra vez frente a sus seguidores, Bukele aseguró que “Dios le había pedido paciencia” y dio a los diputados y diputadas una semana para aprobar el préstamo, de lo contrario, se tomarían la Asamblea por la fuerza.

La jornada del fin de semana representa un antes y un después en la política del país
centroamericano. Bukele jugó sus piezas para intentar dar un autogolpe pero no logró generar las condiciones necesarias, pese a contar con altos niveles de popularidad. Sus credenciales democráticas quedaron puestas en cuestión y el rechazo de movimientos sociales, de derechos humanos, tanto nacionales como internacionales fue contundente. Como el perfecto discípulo de Juan Guaidó y Jeanine Añez, el joven mandatario repite la idea de imagen nueva, fresca y despolitizada en contraposición de los grupos que protagonizan procesos históricos y los entrecruza con las peores herramientas de los Estados: la fuerzas militares y la biblia para legitimar medidas que no cuentan con los votos.

Al evitar los mecanismos legales e institucionales a través de la imposición y el uso desmedido de las fuerzas militares, Bukele nos habla de una nueva forma de entender y hacer política que exige una mayor atención. Los próximos días serán claves para resolver el conflicto y para ver en qué medida la oposición logra capitalizar este desgaste. Una torpeza y muestra de fuerza bruta que pone a Bukele en el centro de los gobiernos conservadores de la región, su versión más fresca y juvenil, pero que de nuevo, no tiene nada.

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