Convivir con el virus: el contagio (y su tratamiento) en primera persona – Por Pablo Solana

El autor se encuentra en pleno proceso de recuperación de la infección por COVID-19. Un relato que va más allá de la experiencia personal: aporta elementos esenciales para comprender lo que viven las personas contagiadas, humanizar el derrotero de la pandemia, conocer de cerca los abordaje médicos y problematizar los protocolos sanitarios.

Por Pablo Solana*

Foto Andrés D´Elía

Finalmente llegó el resultado: positivo. Eso quiere decir que llevo al virus Covid-19 en mi cuerpo. Pedí el test porque después de andar por varios aeropuertos latinoamericanos el contagio era probable. Además, esos bichitos estuvieron haciéndome sentir su presencia. De todos modos estoy bien. Todos los chequeos médicos complementarios me dan bien y las defensas parecen estar altas, preparadas para el asunto. Mi organismo está desde el primer momento en pleno proceso de generación de los anticuerpos que vuelvan inofensivo al virus de ahora en más. Pero antes de seguir contándoles de eso, hay algo que me parece más importante aún comunicar: la preocupación por los contactos que pude haber tenido los días previos, lo que llaman trazabilidad del contagio.

Estuve en cuarentena desde que llegué, pero hay contactos inevitables: en mi caso, el compañero que, aun sabiendo el riesgo, aún con precauciones, se ofreció a recibirme al llegar de viaje, prestarme la casa y ayudarme con las compras necesarias. Si a alguien pude haber contagiado es a él. No haría falta más, en ese único temor se condensa toda la angustia del universo para mí: imagínense perjudicar, sin saber y sin poder evitarlo, a quien más cerca tuyo está en momentos jodidos, a quien más te está ayudando. Pero la culpa y la impotencia no miden en las estimaciones de prevención: que yo haya tenido solamente ese nivel de exposición, con una sola persona, para el plan general de control de la situación es todo un éxito. Para mí, en cambio, si el compa o alguien que esté en contacto con él estuvieran contagiados y tuvieran alguna complicación, sería una tragedia personal del tamaño de la pandemia. Síntomas sociales y psicológicos de la era post coronavirus: con esas contrariedades deberemos aprender a vivir de ahora en más; de esas dolencias espirituales, más que de las orgánicas, deberemos aprender a recuperarnos cuando pase lo peor. Que yo pueda ponerle rostro y nombre a mi preocupación, aún con todo lo angustiante que me resulta, implica que el objetivo de evitar esparcir el virus a más personas se cumplió por la medida de aislamiento que adopté al llegar.

Con esa mezcla insufrible de tranquilidad y angustia transitan mis días de recuperación. Puedo compartirles, entonces, algunos datos con la idea de que resulten útiles.

El contagio

Me contagié, de seguro, durante el periplo que me hizo recorrer durante días los aeropuertos de Bogotá, Santo Domingo, Panamá, Santiago de Chile y Buenos Aires. La cancelación de vuelos en América Latina escaló entre el sábado 14 de marzo, cuando Venezuela empezó a cerrar fronteras, y el martes 17, cuando la mayoría de los países tomaron medidas restrictivas a tono. Precisamente entre esas fechas yo debía ir de Bogotá a Caracas con 20 kg. de libros para, una semana después, regresar a Buenos Aires. No pude mantener el plan y, aunque desde Santo Domingo intenté hacer llegar los libros a Haití, acá estoy con libros y todo. Eso implicó una serie de vuelos no previstos con el objetivo de no quedar varado después de la fecha de cierre de fronteras en cada país. Ya ven, como muchos otros el mío no es un caso de “turismo en fechas de riesgo”: tengo repartida mi vida entre Colombia y Argentina y, aunque viajo mucho, cada pasaje de avión resulta muy caro, cada viaje se planifica con meses de anticipación para que salga más barato, generalmente son pasajes sin cláusula de devolución ante imprevistos y con escalas incómodas, tanto por los destinos como por las horas de espera. A eso se suma que, por la misma precariedad económica y los costos que se manejan en aeropuertos, cuando toca pasar 12 horas de espera, no está en mis posibilidades ir a un hotel: sé dormir en los asientos, incluso en la alfombra cuando alguna sala se ve confortable, y eso no es ningún drama… Salvo en tiempos de pandemia.

La cantidad de personas que nos vimos forzadas a vagar por aeropuertos para no perder pasajes pagos (que igual perdimos) o para llegar a nuestros destinos (cosa que pocos logramos), nos vimos sometidas a horas de exposición a contactos inevitables con superficies infectadas, personas que intercambian billetes, maletas y saludos con viajantes de cualquier destino del mundo sin guantes y mayor preocupación, al menos así era por esos días. Entonces, aquí estamos: confirmando coronavirus en un hospital.

Los síntomas

El mismo martes 17 que llegué ya estaba cumpliendo estricto aislamiento físico en la casa que me prestaron en Buenos Aires. El jueves 19 tuve un poco de tos, al día siguiente algún malestar. En cualquier otro contexto, después de varios días de periplo entre países, cambiando de climas, comiendo mal, durmiendo peor y llegando al inicio del otoño porteño, hubiera sido más que explicable haberme pescado una gripe de esas que nos resultan habituales. Pero en tiempos de pandemia, compré un termómetro (que la farmacia entregó a domicilio con las normas adecuadas de seguridad) y empecé a monitorearme la temperatura. 37.6°. Leo en los flyers de prevención del Gobierno de la Ciudad que la fiebre sintomática en estos casos es de 38°, y me relajo. Al otro día el termómetro amanece marcando 37.8° y encuentro un sitio que me da la luz de preocupación que estaba buscando: fiebre es a partir de esa medida, aún sin llegar a los 38 de rigor. Converso el tema con mis hijos por teléfono, resolvemos que sí debo llamar. 107, SAME. La atención y la activación del protocolo de respuesta fue inmediata.

La persona que atendió mi llamada me habló con total amabilidad. Tomó mis datos, notó que entre la información que yo le daba figuraba el regreso de un país catalogado de riesgo, Chile, y me dijo que me llamarían enseguida de Epidemiología para atender mi caso. Esa llamada no se demoró ni cinco minutos. Otra persona del SAME, igual de amable que la primera, confirmó los síntomas que, en rigor, a ese momento, no eran más que una molesta tos persistente y esas líneas de febrícula que ni llegaban a 38. Pero lo determinante, me hicieron saber, era mi procedencia de país en riesgo. Después de tomar nota de que no tengo cobertura médica, dijeron que entre lo que quedaba de la tarde y el día próximo pasaría por mí una ambulancia para llevarme al hospital más cercano, ya que sólo en hospitales y bajo internación estaban haciendo las pruebas. Desde que llamé para consultar y notificar mi caso hasta que me encontraba ya en un hospital siendo atendido con todos los cuidados y garantías no pasaron más de dos horas.

Es impactante sentirse, de pronto, protagonista de un traslado por infección viral en medio de una pandemia. Ese día aún había vecinxs haciendo compras o paseando perros y noté, con total nitidez, la parálisis de las cuatro personas que quedaron en mi rango visual cuando salí de la casa: estaban viendo a un sujeto con barbijo y guantes, custodiado por dos personas completamente protegidas, como en las películas, sin dejar a la vista más humanidad que su accionar. Vieron cómo me introdujeron en una ambulancia que, aunque tenía su sirena apagada, mantenía girando sus alarmantes luces rojas. En ese breve trayecto de la casa a la ambulancia mi pulso se agitó, aunque no por el virus, sino por la tensión. Sentí la respiración excitada rebotar en el tapabocas: preanuncio del encierro. Las sirenas de la ambulancia no sonaban, las personas que eran parte del cuadro no hablaban, el perro de la vecina no ladraba. La falta de sonido de toda la escena me generaba una parálisis aún mayor. Similar fue la recorrida por el hospital hasta la sala que me tocó: la poca gente que andaba por allí dando pasos acelerados para distanciarse, cerrando puertas a mi paso. Es algo totalmente entendible, incluso recomendable. Sin embargo, además de un poco de virus (aún no confirmado por entonces), lo que avanzaba conmigo eran mis sentidos, mi percepción de ser un sujeto indeseado, al menos en estas circunstancias. En ese transcurso se suceden cientos de emociones por la cabeza, el corazón, la psiquis y cada órgano del cuerpo, incluso los que en ese momento ya estaban entendiéndose con el coronavirus. Pero aún en esa confusión, una sensación se me impuso con total claridad: el agradecimiento a esxs laburantes del sistema de salud de Argentina que me estaban atendiendo con total dedicación, profesionalismo y eficacia desde el primer minuto que llamé, y lo harían (aún lo hacen) hasta el final de mi recuperación. Aún en el contexto difícil, o por eso mismo: no me sentía en manos tan expertas desde los paños fríos para la fiebre que ponía sobre mi frente, cuando era un niño, mi mamá.

Los análisis

Aunque la casa de mi cuarentena estaba en otra punta de la ciudad, por un motivo azaroso me llevan al hospital de mi barrio más querido: La Boca. El pensamiento trágico que me sobrevuela inconsciente desde el inicio de todo esto recién ahora parece encontrar algo de paz para aflorar: si me voy a morir, me voy a morir en el barrio, pienso, casi en un susurro, sabiendo que no voy a morirme aún, pero de todos modos agradezco esa ilusoria tranquilidad. Si no fuera tan ateo agradecería a alguna deidad la deferencia.

Lo primero que me hicieron fue rayos. Una placa de los pulmones, que se vieron limpios (llevo tres años sin fumar). En seguida: presión arterial, pulsaciones, auscultación con el estetoscopio, medición de temperatura, análisis de sangre, conocí el pulsioxímetro (que mide saturación de oxígeno en tejidos). Hasta ahí todo bien. El dato más mirado, la fiebre: había bajado en torno a los 37° desde la primera medición más alta de la mañana, y en los próximos días hasta hoy nunca volvió a subir. Reconstruí mi historial médico en conversación con un médico joven perfectamente pertrechado para tratar con un posible infectado, muy seguro de su desempeño. Entonces tocó el isopado: primero tomaron una muestra de la mucosa nasal, y después de mi tos: aunque el enfermero a cargo de la tarea guardaba la distancia y tenía barbijo, la muestra se toma precisamente tosiendo sin protección sobre un isopo que acercan a mi garganta; tosí, no sin hacer notar la incomodidad por la posibilidad de estar haciendo algo peligroso para ellos. Me tranquilizaron, y llevaron las muestras que derivarían al Malbrán.

Desde entonces (sábado 21 por la tarde) todo se trató de mantener la calma, y los controles médicos frecuentes. La forma de explicar mi estado era relacionándolo con una gripe, así me sentía. No hizo falta en ningún momento que estuviera acostado, ni necesité suero u otro tipo de asistencia más allá de los controles regulares. La falta de fiebre, me decían, y la buena respiración (que nunca se me dificultó) eran los factores alentadores. Así seguí hasta el domingo 22 por la noche, en que me dieron el resultado.

Positivo

Me enteré el domingo a la noche, pero me pareció prudente no avisar aún, ni siquiera a mis hijos y a su madre, pensando en que no cambiaba nada hacerlo al otro día y de ese modo no les perturbaría el sueño con la preocupación. La noche suele ser buen momento para muchas cosas, pero no para dar malas noticias.

Sí me comuniqué aquella misma noche, sin demora, con mi amigo con el que había estado en contacto el primer día, la única opción de contagio posible. Alertamos al SAME, avisé de ese contacto a los médicos y médicas que estuvieron pendientes de mí todo el tiempo y tomaron nota del asunto. Sin embargo, esta vez nos encontramos ante un criterio oficial mucho más estricto: no consideran como “caso de riesgo” el de una persona que, aunque estuvo en contacto directo con un contagiado confirmado como es mi situación, aún no presenta síntomas agravados. Expliqué que yo en ningún momento tuve síntomas graves y aquí estaba, con el virus; fundamentamos que esta persona podía estar en riesgo por otras enfermedades previas (comorbilidades, que le dicen), y aun así se mostraron reticentes en considerar su caso. Él y yo quedamos preocupados, por supuesto, aún asintomático o con síntomas leves su situación es de cuidar. Pero esta vez, a diferencia del proceder conmigo, no encontramos receptividad ante las voces de alerta que transmitimos.

Durante el día siguiente, el lunes 23, nos fuimos informando sobre los posibles porqué de tal situación. Parece ser que el Ministerio de Salud se ajusta a la siguiente definición de lo que considera riesgo por “contacto estrecho”: “Cualquier persona que haya permanecido a una distancia menor a 2 metros (convivientes, visitas, etc.) con un caso probable o confirmado ´mientras el caso presentaba síntomas´”. Esa parte última acota mucho la caracterización de riesgo porque, de hecho, las personas infectadas que presentamos síntomas somos apenas una parte del total; aún sin presentar síntomas, es decir, en la etapa asintomática del virus (por lo general los primeros días), no es descartable que también se pueda contagiar.

El tema es complejo, porque la única forma que tiene el Estado argentino de hacer las pruebas, hasta ahora, es internando a las personas a la espera de los resultados. Son los test PCR, que no son instantáneos (mi resultado tardó día y medio); por lo tanto, en un punto suena lógico que no internen masivamente gente solo para hacer pruebas: se adelantaría el posible colapso del sistema de salud. Pero hay otras preguntas, que hasta ahora no encuentran respuestas de las autoridades: ¿Piensan seguir limitando las pruebas solo a casos con síntomas ya desarrollados? ¿No van a implementar, ni siquiera ahora que el problema sigue siendo mínimo en comparación con lo que se viene, otro tipo de testeo que no requiera internación?

Viviremos y venceremos

Es de esperar que, al cumplirse los 14 días de la fecha probable de exposición al virus, los bichitos hayan extinguido su labor en mi organismo sin secuelas para mi salud (parece que ya quedaría inmunizado, además, aunque eso aún está en estudio). Para quienes tengan dudas por situaciones propias o cercanas, recomiendo tener muy presente ese plazo, que es el que indica la OMS: los estudios por ahora señalan que el promedio de días que tarda el coronavirus en hacerse notar en el organismo es de 5, y que el 98% de los casos manifestaron síntomas antes del día 11. Como en todo lo que tiene que ver con esta nueva pandemia, hay noticias que dicen eso y también lo contrario, porque se trata de un virus aún en estudio. Pero ante tantas versiones, “expertos” y necesidad de amarillismo de los grandes medios de comunicación, lo recomendable es seguir las recomendaciones de la OMS. Entonces, el razonamiento preventivo de autocontrol sería el siguiente: ¿Tenés dudas de contagio, por alguna circunstancia o contacto en particular? La forma más eficiente de anular esa posibilidad es transitar los 14 días de rigor pendientes de los síntomas y sin contacto físico con tercerxs. Sobre la validez o no del reclamo para que se hagan mayores cantidades de test, las respuestas oficiales siempre serán interesadas… está bueno mantener alerta el sentido crítico, la capacidad de cuestionar y, en este caso, también de valorar los trazos gruesos que, creo, en el caso argentino el gobierno viene resolviendo bastante bien.

Ya mencioné mis agradecimientos principales, que después de esta situación se refuerzan como certezas de por vida: a lxs laburantes de mi pueblo, en este caso a lxs trabajadorxs de la salud pública que se están encargando de lo principal. Pero igual de convencido estoy que debemos agradecer a lxs laburantes de los servicios públicos, a lxs de la educación, a lxs trabajadorxs del transporte. También a todxs quienes están laburando para que el sistema de prevención funcione y también quienes no puedan dejar de salir a laburar estos días de riesgo porque no tienen margen para no hacerlo: el futuro será de quienes solo tenemos nuestra fuerza de trabajo para ofrecer, y si hay héroes en esto, son quienes lo están haciendo en medio de la pandemia aun poniendo en riesgo su seguridad.

Pensé mucho estos días en quienes están trabajando en nuestros barrios más jodidos, afectados no todavía por el coronavirus sino por el abandono crónico: aun con todos los cuidados necesarios, corren riesgos quienes sostienen comedores populares para que no falte la comida en los hogares de cientos de miles de familias que no tienen la alimentación garantizada. Es la militancia popular la que está garantizando abastecimiento, redes de contención, a veces desde algunos lugares de gestión estatal y en todos los casos desde lo más profundo de nuestro maltrecho tejido social. Y eso está pasando en Argentina, donde ahora lxs tengo cerca, pero también en Colombia, donde se activaron campañas militantes solidarias para acercar comida y elementos de protección a quienes desatiende el Estado, o en Venezuela, donde la principal acción de prevención y atención se viabiliza a través del tejido comunal. Hoy más vigente que nunca esa potente sentencia: sólo el pueblo salvará al pueblo.

Yo me encamino, si todo sigue bien, a ser uno de los números verdes, es decir, de las personas contagiadas y “recuperadas” o negativizadas después del contagio. Después de esta cuarentena de curación, me tocará otra cuarentena preventiva, lo que me tendrá casi un mes más aislado.

He recibido el cariño de decenas de amistades y compañerxs de militancia, lo que ha sido fundamental para mantener alta las defensas anímicas estos días. De ésta, como ya sabemos de sobra, salimos entre todxs, y saberlxs cerca siempre fue para mí parte de eso. Espero que con este relato se hayan sentido menos distantes.

Viviremos, porque después de todo, si se siguen haciendo las cosas bien, la pandemia puede no ser tan grave. Y Venceremos, eso sí, porque más allá de lo que sea, la voluntad de vencer solo depende de nosotrxs, de nuestra consciencia, organización y solidaridad. Por ahora se trata de atender la emergencia, mañana será la revolución social.

* Editor de la Revista Lanzas y Letras y la Editorial La Fogata (Colombia).


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