Reactivar la CELAC – Por Luis Guillermo Solís Rivera | Especial para NODAL

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Luis Guillermo Solís Rivera (*)

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribenos (CELAC) debe reactivarse. En tiempos de crisis sanitaria, ésta podría no parecer una prioridad para los Estados del subcontinente. No obstante, una lectura más pausada encontraría en ésta una coyuntura favorable para relanzar nuevamente el único foro regional en donde los Estados del área tienen el espacio geopolíticamente determinado para proponer y gestionar una agenda centrada en visiones y prioridades propias.

La CELAC, creada en febrero de 2010, dio continuidad a los esfuerzos de foros políticos multilaterales previos con el propósito de avanzar por medio de un diálogo permanente, “(…) el bienestar social, la calidad de vida, el crecimiento económico y promover nuestro desarrollo independiente y sostenible, sobre la base de la democracia, la equidad y la más amplia justicia social”. Ello, basados en principios y valores comunes que incluyen el respeto al derecho internacional; la igualdad soberana de los Estados; el no uso ni la amenaza del uso de la fuerza; la democracia, los derechos humanos y el medio ambiente, entre otros.

Cuarteada por desaveniencias ideológicas a partir de 2016, y debilitada por su propia incapacidad de poner en práctica sus valores fundacionales, la CELAC es el espacio idóneo para realizar esa tarea al más alto nivel. Y hacerlo con la fuerza y la voluntad política de una región cuya voz en el mundo no se escucha con suficiente claridad desde hace ya demasiado tiempo.  Dotar a América Latina y el Caribe de un ámbito donde el diálogo político sea capaz de superar las visiones particulares, anteponiendo el bienestar hemisférico colectivo a los conflictos existentes, cuya resolución no debería impedir el trabajo conjunto en favor de la gente y sus necesidades básicas, también es urgente.

Desde su creación hasta su crisis, la CELAC gozó de la atención privilegiada de la comunidad internacional. Desde China hasta la Unión Europea se seguía con interés el avance de la CELAC como punto de encuentro multinacional con opinión relevante para la agenda mundial. Y no sólo por su importancia económica sino, y especialmente, debido a su peso geopolítico, que con casi 20.500 millones de km2 y más de 620 millones de habitantes constituye un potente foco de interés mundial. Un mundo donde la globalización y los bloques de poder nuevos y viejos deberían encontrar a la región unida y fuerte, no fragmentada y en conflicto.

Es indudable que existen dificultades que complican una convocatoria a la reactivación de la CELAC en estos momentos. No son pocas ni pequeñas las amenazas que apremian a la democracia y a los sistemas electorales en varios países de la región. Tampoco puede ignorarse la precariedad de los Derechos Humanos, cuyo deplorable estado se mira en los altos índices de violencia que todavía nos insultan ya sea como consecuencia de la acción del crimen organizado -en particular la narcoactividad-, la incapacidad de aceptar la denuncia frente a excesos de poderosos grupos de interés, la violencia contra las mujeres y otros grupos altamente vulnerables, o el resurgimiento del autoritarismo que no es monopolio de ninguna ideología. Se han entronizado nuevas tendencias que pretenden excluir al opositor, desmerecer y reprimir con violencia la crítica social, o abandonar el camino hacia la paz entronizando una vez más el lenguaje de la fuerza allí donde debería imperar el de la razón. Sin embargo, es precisamente por ello y a pesar suyo, que resulta urgente buscar la rearticulación regional en torno a un foro político del más alto nivel, que tenga capacidad de construir acuerdos perdurables y sólidos, no inhibirlos.

Sería esperable que el mundo del post COVID-19 replantee las visiones de desarrollo prevalecientes hasta la fecha. En estas pocas semanas se ha visto la conveniencia de contar con sistemas de salud pública centralizados, universales y solidarios. Se han constatado los perniciosos efectos de la pandemia allí donde se carece de, o se han debilitado, las infraestructuras públicas de salud y la sociedad se encuentra a merced de un mercado que es incapaz de resolver los problemas de acceso y uso de servicios básicos de bienestar. Por otro lado, la obligatoriedad del distanciamiento social y el inevitable uso de tecnologías de la comunicación e información para superarlo, han adelantado lo que ya se veía venir con la Cuarta Revolución Industrial (4RI) y el creciente uso de la inteligencia artificial en el ámbito productivo.  El desempleo resultante hará indispensable un replanteamiento sobre nuevas formas de trabajo que con dificultad escaparan de rupturas en las jornadas laborales, la dificultad de la inspección o la organización de las y los trabajadores, cuyos derechos podrían verse grandemente violentados.  Y por supuesto, el resurgimiento del aislacionismo y del ultranacionalismo, cuyas nefastas consecuencias la historia reciente del mundo da buena cuenta.

En ese marco, la posibilidad de contar de nuevo con una CELAC remozada y vital, abre camino, ofrece luz y permitiría avanzar con algún optimismo. No para resolver todos los problemas, que ello nunca fue uno de sus objetivos, sino para pensar colectivamente en cómo abordarlos con más sentido solidario, con mayor eficiencia y con menos costos sociales.

*Expresidente de la República de Costa Rica.  Fue presidente Pro-Tempore de la CELAC 2014-2015. Actualmente es profesor visitante en la Universidad Internacional de la Florida, Miami, Estados Unidos.