Argentina: el rol de la ciencia y los aprendizajes tecnosociales del virus

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Aprendizajes tecnosociales del virus

“Para pintar un rápido panorama: científicos compartiendo conocimiento, makers y hackers realizando distintos tipos de productos con impresoras 3d, falta de respuesta de algunos Estados, empresas privadas que no pueden o no quieren producir según las necesidades, avances sobre la privacidad (en algunos casos) en post de combatir la pandemia, problemática de conectividad, entre otras aristas “tecno-sociales” que pueden ser interesantes de analizar”.

Por Pablo Vannini | Socio fundador de GCOOP. Docente Gestión del Conocimiento UnPaz

Para quienes trabajamos en la creación de tecnología y nos interesa estudiar las formas de producción y la importancia social de las mismas, la crisis mundial provocada por el coronavirus nos permite poner sobre la mesa temas que advertimos desde hace tiempo y que creemos centrales para que esta crisis nos permita sacar algo positivo.

Para pintar un rápido panorama sobre lo que queremos detenernos a reflexionar podemos decir que sobre la mesa tenemos: científicos compartiendo conocimiento, makers y hackers realizando distintos tipos de productos con impresoras 3d, falta de respuesta de algunos Estados, empresas privadas que no pueden o no quieren producir según las necesidades, avances sobre la privacidad (en algunos casos) en post de combatir la pandemia, problemática de conectividad, entre otras aristas “tecno-sociales” que pueden ser interesantes de analizar.

La primera pregunta que nos surge es ¿por qué este virus movilizó a los gobiernos (aunque de distintas formas) y nos movilizó como sociedad mientras que otras enfermedades no? Con esta pregunta no se pretende criticar el accionar contra el Covid-19, en tanto nadie pone en duda actuar contra una enfermedad que por sus características se cobra muchas vidas y pone en peligro cualquier sistema de salud por su índice de contagio y nivel de mortalidad.

Sin embargo es un buen momento para visibilizar que existen enfermedades, muchas de las cuales asolan la Argentina, contra las cuales no logramos actuar de manera similar. Las causas de por qué sucede esto son múltiples (no sólo por la virulencia del coronavirus) pero lo importante es destacar que existen otras enfermedades sobre las que no existe inversión en ciencia y tecnología porque se tratan de “Enfermedades Desatendidas” (el concepto es de la OMS). Sería importante que esta pandemia nos deje como primer enseñanza la importancia de desarrollar conocimiento y tecnologías que sirvan para resolver o morigerar problemas, nuestros problemas, como ser el dengue y el chagas entre otros. En Argentina existen proyectos, investigaciones e investigadores trabajando estos temas, pero que no son tomados estatal y socialmente con la importancia que se merecen.

Se reconoce internacionalmente que los científicos de todo el mundo accionaron rápidamente en la búsqueda de soluciones para combatir la pandemia, un punto obvio, pero no por eso menos destacable. El rol de la ciencia y la tecnología es central, aunque no así la importancia que le dan mandatarios de todo el mundo. En este marco Argentina cuenta con una base de capacidades e instituciones públicas y privadas muy importante que enorgullece, una base sustentada (y golpeada también) en acciones de muchos gobiernos del último siglo.

Es importante rescatar para pensar políticas futuras y no solo de corto plazo (que duren lo que la pandemia), que ante la crisis investigadores de todo el mundo decidieron compartir el conocimiento, abrir sus investigaciones. Esto nos muestra una vez más que el modelo de producción científico – tecnológico colaborativo y abierto es más eficiente que el modelo cerrado. Solo por citar algunos ejemplos: China liberó los datos de la secuenciación del virus, la Unión Europea liberó los documentos de todos los estándares médicos para facilitar la producción de insumos, muchas publicaciones científicas abrieron sus contenidos, propuestas de Estados de liberar patentes entre muchas otras acciones.

Como contracara vemos que lamentablemente la gran industria farmacéutica se lanzó en una carrera por una vacuna en la que la práctica colaborativa que facilita y optimiza el trabajo, fue dejada de lado. La competencia es sustentada por presidentes como Donald Trump, mas preocupados en que la solución salga de su país a que salga rápida y bien (como siempre Adrián Paenza explicó estos puntos de manera brillante en la nota “Socializar el conocimiento”).

Con este marco lo que nos interesa poner en discusión es que muchos de los organismos científicos que hoy día están leyendo publicacione, normas y procedimientos abiertos, acceso a codificaciones genéticas del Covid-19 y a planos de instrumental médico, luego basan su carrera científico tecnológica en la publicación de papers en revistas cerradas o en la publicación de patentes. Si queremos que la ciencia y la tecnología resuelvan problemas sociales y sirvan al desarrollo del país, tendremos que pensar nuevas formas de evaluar a nuestrxs científicxs, tal como nos lo demuestra la pandemia.

Además será necesario a futuro pensar nuevas formas de financiamiento, como la actual línea de créditos para proyectos científicos tecnológicos que actúen contra el Covid-19, que puede replicarse a futuro para líneas estratégicas de desarrollo local.

Otro punto relevante ya mencionado pero no destacado, es el rol protagónico decisivo y fundamental que tiene el Estado como generador y garante de tecnologías. Es destacable la medida adoptada en Argentina para controlar la fabricación de respiradores artificiales, apoyando e interviniendo para mantener la fábrica abierta y centralizando el abastecimiento. Mayor valor toma esta medida si se la compara con Italia donde empresas privadas no llegaban a producir válvulas necesarias para el funcionamiento de los respiradores y además se negaban a compartir la forma de elaborarlas, pese a lo cual Makers (hacedores), Hackers, Doctores y científicos consiguieron en un día realizar las piezas necesarias con impresoras 3d.

Pero debe quedar claro que no estamos diciendo que la pandemia genera una falla de mercado en la que por lo tanto el Estado puede intervenir, como aceptarían los “pensadores” neoliberales. No, nos referimos a un rol central del Estado en la generación de un ecosistema científico – tecnológico y un rol también fundamental en el desarrollo y sostenimiento de empresas de base tecnológica.

Al igual que en el ejemplo italiano, el movimiento de los makers, hackers y voluntarios en general rápidamente se activaron en muchos países del mundo. Este movimiento se dió no solo en los países en los que el Estado no tomó un rol protagónico, nos atrevemos a hipotetizar que es con un Estado activo donde estos movimientos consiguen articular y producir más y mejores materiales.

Lo que nos interesa resaltar es que la producción de ciencia y tecnología en estos momentos visibiliza que el accionar de Makers, Hackers y Científicos va más allá de un trabajo mediado por una relación laboral. Su accionar (basado en el ethos científico) nos lleva por fuera de empresas y universidades para transformarse en una práctica sin fin de intercambio y cooperación a partir de la que se generan desde visualizaciones de datos acerca de la pandemia, proyectos de nuevos respiradores artificiales, Apps de distinto tipo, máscaras y piezas de instrumental médico realizado con impresoras 3D, entre muchas otras acciones que muestran una vez el potencial de la auto organización y de quienes hacen acciones por gusto y pasión, más allá de su “trabajo”. Darle  importancia al accionar de Hackers y Makers que de forma descentralizada pero coordinada (en Argentina hubo más de 10 grupos de Telegram, algunos con más de 500 personas que se sumaban para colaborar en impresoras 3d) trabajan y suman su conocimiento a un ecosistema científico – tecnológico que tiene mucho más de bazar que de catedral (en referencia a un hermoso texto que señala la forma de producción de software).

Lamentablemente la idea de compartir el conocimiento como motor de soluciones, muchas veces no se ve en la práctica. En la construcción de aplicaciones digitales no podemos señalar muchos ejemplos positivos: Madrid fue el primer Municipio de España en contar con una App (Corona Madrid) que permitía realizar un auto test al usuario facilitando que quien tiene sospecha de contagio no circule por la calle. ¿Cuál fue el problema? Se suscitó una polémica por la cantidad de permisos que solicitaba la aplicación, se cuestionó la privacidad de los datos (por la intervención de un conjunto de empresas) y la calidad del código. Y lo más preocupante: Madrid no la compartió con otros Municipios de España, que tenían la misma necesidad y quizás menos recursos.

Este caso se repitió en Argentina, donde el Estado solicitó colaboración de empresas que desarrollaron una App similar (y otro montón de soluciones informáticas) de manera voluntaria, pero la misma no fue liberada ni compartida con otros estados o provincias, de hecho la provincia de Buenos Aires sacó otro portal para hacer un auto test a los pocos días.

La “privacidad” de datos de los ciudadanxs estuvo en la agenda mediática, y diferentes organizaciones pidieron en todo el mundo por el resguardo de datos personales para que la pandemia no sea utilizada para avanzar sobre derechos particulares. En países como el nuestro el Estado tiene falta de herramientas y de materia prima (datos) para trabajar. Es fundamental que nos comencemos a preocupar y a ocupar del uso de datos personales que realizan empresas y también que discutamos si el Estado puede o no restringir ciertas libertades individuales en pos del bien común en momentos de crisis sanitaria.

Por sobre todas las cosas la pandemia nos muestra que es necesario pensar de verdad un proceso de digitalización del Estado, escapando al solucionismo tecnológico que acompañó a la gestión macrista y nos dejó un sinfín de problemas informáticos y dependencia hacia empresas que realmente complican el accionar estatal.

La cuarentena también nos mostró que no todos podemos “salir de casa” por Internet de la misma manera. La falta de conectividad o la conectividad mediada por empresas inescrupulosas y con falta de control dejaron a muchos ciudadanxs con muy pocas posibilidades de sortear la cuarentena con acceso a contenidos y herramientas digitales. Esta falta se visualiza especialmente en algunas provincias (más datos en el ENACOM) y por sobre todas las cosas en la red de telefonía móvil. Se distinguen algunas políticas de apertura de contenidos audiovisuales y el pedido a las empresas prestadoras para no cobrar tráfico de algunos sitios (como por ejemplo Campus de Universidades Públicas). Sin embargo el fondo de la cuestión marca que aún tenemos mucho por hacer para conseguir un país interconectado a la red de redes y por sobre todas las cosas, mejorar nuestras comunicaciones y conectividad móvil (posicionada entre las peores de la región).

Como hemos dicho la enfermedad puso al desnudo muchas problemáticas sociales y también (al menos en algunos países como el nuestro) interesantes acciones sociales y estatales para contrarrestar los desastres del capitalismo financiero. Resta ver si logramos que algunas de la prácticas tecnológicas excepcionales se transformen en políticas a largo plazo para enfrentar otras enfermedades y otras problemáticas urgentes que requieren de nuestra máxima atención y nuestra máxima capacidad productiva y de desarrollo.

Por ejemplo, ¿podremos luego de este confinamiento haber aprendido algo para conseguir  revertir los números acerca de la diferencia en la expectativa de vida en los países ricos y pobres?: “En los países de ingresos altos, más de dos tercios de la población vive más allá de los 70 años y muere a causa de una enfermedad crónica… En los países de ingresos bajos, menos de la cuarta parte de la población llega a los 70 años, y casi un tercio de las muertes se dan entre menores de 14 años.”

Agencia Paco Urondo


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