Guatemala | Las banderas blancas están izadas desde hace más de 500 años

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Lucía Ixchíu

Es de conocimiento mundial que Guatemala encabeza los primeros lugares en pobreza extrema. El 60% de la población guatemalteca está de manera impuesta en esta condición y no es una coincidencia que estos porcentajes los encabecen los pueblos y mujeres indígenas; el racismo en esta finca disfraza de país es estructural ha sido política de estado durante décadas: matar a pueblos enteros de hambre y darles trabajos de esclavitud con pagos de 25 centavos para que nunca salgan de esta realidad.

Esto no deja de doler ni un segundo, no deja de indignar ni llenar de frustración. Pues aceptémoslo, no podríamos resolver el hambre de este país como población común, para esto se necesitan años de trabajo conjunto de todos los sectores para resolverlo.

El contexto y la crisis mundial respecto al Covid-19 sin duda ha puesto en jaque a mucha de la población que se sitúa en ese 60%, con los Estados nación y gobiernos decretando encierro y distanciamiento social. Las medidas, sin duda, generan un incremento de la crisis para cientos de familias que desesperadas salen a la calle con banderas blancas a pedir comida. Una de las recomendaciones de la OMS para protegerse del virus es lavarse las manos, pero en Guatemala solo el 21% de la población tiene acceso al agua.

“Acarreados” los llamó el presidente Alejandro Giammattei en una conferencia de prensa a nivel nacional, con cero empatía y sensibilidad. Como médico debería sin duda tener más conocimiento de la realidad de pobreza de este país, o es tanto el cinismo del sector al que protege, que el hambre del pueblo les interesa poco.

Muchas veces hemos querido cambiar este país y esta realidad. Llevamos luchando toda la vida, pero cada vez que pasas cosas como esta me doy cuenta que la estrategia del hambre es una forma de genocidio silencioso, de guerra de baja intensidad para desaparecer a las grandes mayorías.

Si la gente no tiene comida su desarrollo físico y mental se hace mucho más difícil; un día un abuelo me dijo que con hambre no se puede pensar y me costó mucho entender la profundidad de sus palabras. La tierra arrasada fue una de las estrategias militares más brutales

El sector hegemónico ha hecho su riqueza a partir del hambre de pueblos y generaciones enteras. Lo hace en dos sentidos, para que sus empresas de agroindustria puedan tener mano de obra barata en el campo y en la ciudad sus maquilas tengan a empleados obedientes con sueldos casi de esclavitud con jornadas de más de 8 horas y con trabajos que requieran esfuerzo físico grande.

Cuando empezó esta crisis y el confinamiento, empezaban poco a poco a salir muchas de las personas que siempre han vivido al día, esas grandes mayorías que viven en el Puente El Incienso y El Naranjo, en las casas de cartón a las que funcionarios les han puesto luz y colorcitos para suavizar la pobreza. Al día de hoy son ya muchas personas que piden apoyo, muchas iniciativas han surgido desde la mirada paternalista de la caridad y otras desde la solidaridad y el apoyo mutuo.

Este pueblo ha tenido hambre desde hace más de 500 años. ¿De dónde creen que viene todas esas familias sin tierra que habitan en los grandes asentamientos? De los despojos coloniales, liberales.

El genocidio fue implementado además por el odio y racismo, para el despojo de tierras -que aún sucede-. Ahora, desde el tratado de libre comercio con la alianzas público privadas se ha subastado la tierra, los cerros, lagos y ríos, para las empresas nacionales y transnacionales.

Todo ese desplazamiento interno de poblaciones a raíz de desalojos violentos, todos estos fenómenos están conectados no son hechos aislados; el hambre en este país tiene responsables con nombre y apellidos, que han vivido de este como un negocio perfecto.

Sin comida, con una educación que domestica y con medios de comunicación que nos embrutecen, que nos vuelven fanáticos en lugar de informarnos, que nos siembran terror y con las iglesias decretando amnesia y perdón y responsabilizando a la gente de su misma pobreza, tienen el sistema perfecto para funcionar de estar manera hasta el fin de los tiempos.

Son perversos, pues han sido capaces de podrir la comida que ha llegado de donaciones cuando ocurren emergencias, han sido capaces de rechazar apoyos como ocurrió con la emergencia del Volcán de Fuego, con tal de que su sistema siga funcionando.

Por eso cuando bajan de las montañas los cientos de pies descalzos, a luchar por sus derechos, a caminar a la ciudad exigiendo dignidad, siento esperanza, pues incluso con hambre, con su odio y despojo, no han podido secuestrar del todo la dignidad de la gente.

Pedir apoyo es algo muy difícil, me parece valiente la postura de toda la gente que está en estos momentos pidiendo ayuda, pues admitir que se tiene una necesidad no es una cosa fácil en medio de la crisis que nos golpea a todes, pero definitivamente no de la misma manera: las clases pobres y que viven al día con su trabajo son quienes han sostenido el sistema y quienes han enriquecido a los sectores hegemónicos. Como clase media, con otras condiciones y posibilidades, se tiene una responsabilidad de ser solidarias viendo a la gente como nuestros iguales.

Pero esta responsabilidad mayoritariamente es de esas 11 familias, es de esa oligarquía, que lleva durante años, viviendo del hambre de este país. Todas sus donaciones no son ningún favor, es lo mínimo que pueden hacer, es devolver algo de todo lo que se han robado y le han robado a la gente.

Y si ya sé que soy una india resentida por pensar de esta manera.

(*) Soy una mujer indígena urbana, nacida en Totonicapán, me identifico como una mujer postguerra, creo en el arte como una forma de transformar la historia y el mundo, soy gestora cultural desde los 13 años, he trabajo por buscar la democratización de espacios estudiantiles, parte de la agrupación Usac Es Pueblo. Fundadora del espacio Festivales Solidarios donde trabajo desde la investigación y acompañamiento la prisión política.

Nómada