Empecemos por reconocer qué hemos hecho mal – Por Julio A. Muriente Pérez

Por Julio A. Muriente Pérez *

Durante los pasados años, diversos gobiernos latinoamericanos de izquierda han sufrido importantes derrotas. Lo que parecía ser un proceso indetenible de carácter ascendente ha sufrido grandes tropiezos que han llevado a los defensores del neocolonialismo y la dependencia a cantar victoria y a los movimientos de izquierda a sumir posiciones efensivas.

El período de tiempo para hacer análisis y llegar a conclusiones en uno u otro sentido comprende apenas 20 años –dos décadas– desde el triunfo electoral de Hugo Chávez Frías en Venezuela, a finales de 1998. De manera que, cantar victoria o cantar derrota podría ser una posición precipitada en cualquier sentido.

Sobre todo, cuando esos procesos han estado sostenidos en eventos electorales que han seguido las reglas de los modelos capitalistas vigentes, y cuando por lo general no se ha tratado de procesos revolucionarios, sino de avances más o menos democráticos, participativos y reivindicadores de derechos esenciales.

Probablemente ha habido de nuestra parte una sobreestimación de lo alcanzado en estas dos décadas. Posiblemente hemos caído en las mismas interpretaciones deterministas del pasado, sustituyendo el análisis riguroso de la realidad concreta por la fe, la ilusión o las falsas expectativas.

En todo caso, escasean las reflexiones genuinamente autocríticas o autoevaluativas que nos permitan entender dónde y porqué hemos errado, y qué debemos hacer para ir recomponiendo nuestras luchas reivindicativas. Echarle la culpa al enemigo es lo más sencillo; y posiblemente lo más cómodo e irresponsable.

Está sobreentendido que el enemigo no descansa, que hará lo indecible por impedir que nuestros procesos de cambio radical avancen, por destruir todo cuanto nosotros queramos construir. Pero precisamente de eso se trata, de demostrar que somos más capaces, más eficaces, más exitosos.

En Brasil, Ecuador, Bolivia, El Salvador, Honduras, Paraguay y Uruguay el enemigo lo ha hecho mejor que nosotros. Por eso al día de hoy prevalece allí. ¿Por qué? ¿Han sido inevitables esas derrotas? Venezuela, Cuba y Nicaragua van enfrentando un arrinconamiento progresivo en un intento del imperialismo estadounidense de rendir por hambre a esos tres países en los que se mantienen las banderas de la transformación social. ¿Tanta impunidad imperial ha tenido que ser así, inevitablemente?

En cada uno de estos países y en otros tantos –como por ejemplo Chile– organizaciones políticas y sociales y amplios sectores de la población se mantienen en pie de lucha. Si el desplome del campo socialista y la desaparición de la Unión Soviética no significó el fin de la historia, lo acontecido en Nuestra América durante los pasados años tampoco.

Ahora bien, la renovación de nuestros respectivos procesos políticos y sociales demanda una efectiva transformación de propósitos, una indiscutida transparencia de nuestras tácticas y estrategias y, antes que nada, una disposición total a reconocer errores, limitaciones e incompetencias. Desde la arrogancia y la soberbia, desde la visión de quien se siente insustituible, desde la temeridad de mirar hacia el otro lado, solo le estaríamos haciendo el juego al enemigo de siempre.

En todo caso, el balance de estos pasados 20 años sigue siendo positivo. Es mucho lo que hemos avanzado, considerando las victorias tan contundentes que había alcanzado el imperialismo en todo el planeta. Antes de 1998 parecía que no había salida. A principios de la década de 1990, cuando se fundó el Foro de São Paulo, imperaban la incertidumbre y la inquietud mayor.

De manera que el llamado no es a flagelarnos ni mucho menos. Es a aprovechar las experiencias acumuladas en estas décadas, para dar grandes pasos de adelanto en nuestros grandes objetivos libertarios, durante las próximas décadas. Las buenas y las malas experiencias. De eso se trata.

* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico


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