Colombia: Todos tenemos la llave – Por William Ospina

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Por William Ospina *

Hay momentos muy graves de las sociedades frágiles y amenazadas en que hay que fortalecer a las autoridades, pero hay momentos todavía más graves en que lo que hay que fortalecer es a las comunidades. Claro que se las debió fortalecer desde el comienzo, pero las sociedades señoriales se alzan de hombros, “y cuando llega el bien es poco y tarde”, como escribió Lope de Vega.

Pero ¿de qué fortaleza se trata? Cuando los campesinos del sur del Tolima se negaron a seguir el destino de millones de desplazados que huían de los campos, fortalecerlos habría consistido en reconocer sus necesidades, escuchar sus reclamos, hacerlos sentir parte importante de la sociedad, hacerlos advertir que se los tenía en cuenta, se los cuidaba y se los valoraba. Sobre todo después del innegable maltrato y las penurias de años de violencia.

Pero el centralismo y el desprecio por los pobres, esa idea arrogante de que si los campesinos no suplican sino que exigen hay que darles una lección, le añadió a la ofensa del desamparo la ofensa del castigo, y llovieron las bombas. Todos conocemos el resultado: 40 campesinos maltratados pero orgullosos se convirtieron en 40.000 vengadores, y el Estado castigador sometió a la sociedad a una guerra que aún no termina.

Hubo países donde la destrucción del mundo campesino y su expulsión a las ciudades significó el comienzo de un nuevo modelo económico: la sociedad industrial, el auge del trabajo en las fábricas, la producción masiva, los sindicatos, la formación de una clase trabajadora urbana activa, influyente y luchadora. Pero aquí no había un empresariado dispuesto a industrializar el país, ni un Estado decidido a apoyarlo. Tras una modesta aunque valerosa tentativa industrial, ganaron como siempre los rentistas y los importadores, y el sueño de una industria nacional, entorpecido por la burocracia, traicionado por políticos que solo cuidaban privilegios, frustrado por la falta de interés en un mercado interno, arrojó a las multitudes a la marginalidad, a la informalidad y en casos desesperados a la delincuencia.

Sí. Ya en los años 60 se iban generalizando las palabras carterista, apartamentero, asaltante; ya pasábamos del hurto al robo, del robo al asalto, del raponazo al atraco armado, y se empezaba a hablar de la necesidad de ampliar el pie de fuerza, cuando lo que se necesitaba era trabajo, educación, respeto por la gente humilde, acoger a la comunidad en el relato de una nación generosa, solidaria, fundada en criterios mínimos de igualdad, no en la trampa perversa de los estratos, que nos eternizan en un sistema de castas legitimado por la costumbre.

Qué lección hermosa había sido el gremio cafetero, qué gran soporte fue para el país durante muchos años esa bonanza, la única democráticamente repartida de nuestra historia. Pero ese ejemplo había que replicarlo, y el poder estaba más interesado en fortalecer bonanzas privadas. El poder se manejaba con los amigos y para los amigos. Les parecía mucha gracia decir que pobres habrá siempre, como si la pobreza, unida al menosprecio, no fuera apenas el comienzo de males peores.

No hay que negar que hubo intentos nobles que habrían podido dar grandes frutos. Hubo un Instituto de Fomento Industrial, hubo un Instituto de Mercadeo Agropecuario que fue valiosísimo. Hubo una Caja de Crédito Agrario que mucha gente humilde recuerda con cariño. Hubo un intento de reforma agraria impulsado por Lleras Restrepo en el 68, que pudo haber conjurado a tiempo muchos males, justo en vísperas de la mala hora que hizo nacer el narcotráfico.

Pero ni los dueños de la tierra fueron generosos, ni los poderes fueron comprensivos, ni los políticos fueron persistentes, ni los medios fueron visionarios, y se añadió un fracaso más a la lista, la otra garra del tigre.

Había que fortalecer a la comunidad, había que impulsar la industria, había que crear empleo, había que extender las cooperativas, no los monopolios. Había que apoyar a la pequeña empresa, al comercio, a las tiendas de barrio, que por lo menos fían, que confían en la palabra, crean un clima de confianza, un sentido de comunidad. Pero no: teníamos que ser los Estados Unidos, pero sin factorías, sin respeto por el trabajo, sin salarios justos, sin grandeza para el ciudadano.

Esto no es un memorial de agravios: es la crónica de un derrumbamiento económico que también fue social y moral. Muy pronto, salvo para los privilegiados y para los que tuvieron suerte, solo iba quedando el camino de la ilegalidad.

Del asalto al atraco, del soborno a la extorsión, del chantaje a la vacuna, del secuestro a la pesca milagrosa, del ataque al paseo millonario, del atentado a la masacre. Y hubo quien seguía diciendo que lo que se necesitaba era más pie de fuerza, y hubo más pie de fuerza; más mano dura, y hubo más mano dura; no hablaban del sistema hospitalario, pero se les hacía agua la boca hablando del sistema carcelario.

Era preciso crear y estimular bonanzas legales, aliar la economía con el conocimiento, estudiar los suelos, cuidar las aguas, proteger los ríos, reconocer el territorio, habitarlo con amor, con respeto, creer en los derechos de esos ciudadanos cada vez más desamparados, arrinconados, desesperados. Y como no había estímulos legales, la gente creó bonanzas ilegales, no tenía más remedio, y ahí sí que hubo Estado para agravar las cosas: sostenido por la mezquindad, un Estado criminal puede criminalizar a todo un país.

Y hasta los propietarios egoístas y los empresarios sin visión y sin compromiso terminan permitiendo que el país que les dio todo ya no sea para nadie. Del contrabando al narcotráfico, de la banda a la mafia, de la guerrilla al ejército insurgente, del que se arma para defenderse a las escuadras paramilitares. ¡Qué saga de la barbarie consentida! ¡Qué orientadores de la opinión! ¡Qué liderazgos políticos! ¡Qué estadistas! Y otra vez vuelven a decirnos como siempre que la solución es que medio país odie al otro medio.

Pero donde no hay ciudadanos responsables no hay Estado protector de la familia y del trabajo. Una nación incapaz de unirse, de respetarse a sí misma, de admirarse, de acompañarse con alegría y con sincero afecto, tiene que pasarse la vida buscando al culpable. Elige gentes que la desprecian, vuelve poderosos a sus verdugos, les ofrenda sus desvelos a la corrupción y al cinismo. Y siempre los que no saben ser responsables buscan culpables.

Solo una cosa puede protegernos del horror y del crimen, solo una cosa puede salvar a nuestros líderes sociales, a nuestros niños: que estemos acompañados, que seamos conscientes los unos de los otros, que cuidemos los unos de los otros, que formemos por fin una comunidad.

* Escritor colombiano, autor de ¿Dónde está la franja amarilla?” (1997), En busca de Bolívar (2010), La lámpara maravillosa (2012), Pa que se acabe la vaina (2013), El dibujo secreto de América Latina (2014) y cuatro libros de poemas. Autor de las novelas Ursúa (2005), El país de la canela (2008), La serpiente sin ojos (2012) y El año del verano que nunca llegó (2015). Recibió los premios Nacional de Ensayo 1982, Nacional de Poesía 1992, de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada en Casa de las Américas 2003 y el Premio Rómulo Gallegos 2009.


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