Entrevista con el economista Juan Triana | ¿Se acerca el “día cero” de la economía cubana?

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Por Tahimi Arboleya

Un tema recurrente por estos días para la sociedad cubana es la llegada del famoso «día cero», el día en que se elimine una de las dos monedas cubanas que circulan actualmente. Desde el año 2011, cuando se aprobaron los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, en el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, este era uno de los objetivos a alcanzar para la economía cubana. En el documento aprobado se establecía como necesario «Fortalecer los niveles de coordinación de las políticas macroeconómicas y concluir los estudios para la eliminación de la dualidad monetaria y el perfeccionamiento de la política cambiaria». Esta necesidad ha sido refrendada en cada uno de los planes y las estrategias aprobadas posteriormente. Aunque otras veces ha parecido inminente la llegada del «día cero», ahora muchos economistas, estudiosos del tema, coinciden en que todo parece indicar que el CUC (peso cubano convertible) tiene los días contados. Sobre este tema converso con Juan Triana, Doctor en Ciencias Económicas, especialista en temas de la economía cubana, columnista de OnCuba.

¿Crees que al fin le ha llegado la hora a la unificación monetaria? 

Sí, sin dudas, si interpretamos lo reiterado del tema en los medios oficiales. Por eso de que “cuando el río suena es porque algo trae”, pues pareciera que sí. Cierto que no es la primera vez que el río suena; sin embargo, esta vez, al menos yo, percibo una insistencia mayor en la prensa.

Quisiera comenzar diciendo que, sobre los problemas monetarios y cambiarios, hay muchísimos trabajos escritos desde la academia, que se remontan casi al mismo inicio de la dualidad cambiaria y monetaria, incluso con ciertas discrepancias entre ellos respecto a temas específicos de este asunto. Pero lo cierto es que hay un grupo de trabajos que destacan, entre ellos un libro1 y varias tesis de doctorado. También destacan varios autores por su seriedad y por la profundidad con que han tratado el tema, casi todos profesores actuales o exprofesores de la Facultad de Economía de la Universidad de la Habana: Vilma Hidalgo, Yaima Doimeadiós, Pavel Vidal Alejandro, Carlos Pérez-Souto, Carlos Lage Codorniú y Eduardo Hernández. Quiero significar con ello que la academia nunca estuvo ajena a este gran problema de la economía cubana, y casi desde el inicio sistematizó sus características y propuso en más de una ocasión soluciones.  Ya en años más recientes, otros académicos han tratado el tema y han publicado trabajos de valía sobre él. Dentro de ellos deseo destacar artículos de Pedro Monreal y nuevamente Pavel Vidal, Omar Everleny Pérez, Julio Carranza, Mauricio de Miranda y Ricardo Torres. Hay otros economistas cubanos no tan relacionados con la academia que también, a través de las redes, han intercambiado y propuesto sobre este tema. Ahí puedo listar a Joaquín Benavides, Humberto Pérez y Fidel Vascós, por ejemplo, pero la lista es mucho más larga.

La dualidad cambiaria y monetaria fue una de las alternativas —en este caso, la que se tomó— a inicios de los noventa, para intentar generar una dinámica en ciertos sectores que ayudara a la economía cubana a salir de la crisis. Sin dudas, había otras opciones, incluida una devaluación drástica del peso cubano frente al dólar. Hay que entender que en el inicio significó permitir la circulación del dólar en un segmento del mercado de la población y mantener el peso cubano en otro.

Luego apareció el CUC a una tasa de uno a uno con el dólar y con una regla de utilización que no permitía más CUC en la circulación que dólares de respaldo. Y creo que es justo decir que durante un tiempo funcionó.

El dinero, dice un historiador de temas monetarios, es confianza inscrita en un papel. Mientras la regla de no emitir más CUC que dólares de respaldo se cumplió, “los mercados” (esto es, tanto la población como las empresas extranjeras y las nacionales) lo reconocieron tan bueno como el dólar. Luego entre el 2003 y el 2004 se tomaron otras decisiones que atentaron contra esa confianza: la desdolarización parcial y la utilización del CUC en todos los segmentos de mercado, el crecimiento de las operaciones en CUC sin respaldo en dólares y la consiguiente pérdida de confianza en dicha moneda, las reiteradas crisis de pago a suministradores y el surgimiento del famoso CL (certificado de liquidez), que garantizaba que las operaciones tenían respaldo en dólares u otra divisa. Luego también el CL perdió la confianza de “los mercados”. Sin embargo, “gracias” a la segmentación existente, en el mercado de la población se mantuvo relativamente sólido hasta hace unos meses.

Las malas políticas económicas, dijo alguien una vez, generalmente han sido buenas políticas que han durado mucho y, por lo tanto, se han quedado fuera del contexto y lejos de las nuevas realidades. Por eso pienso que aun con todos los riesgos que significa esta vez, es la hora y no debiera seguir posponiéndose.

¿Pudo hacerse antes? ¿Qué crees que ha atrasado tanto esta medida?

Sin dudas. Pienso que en sus inicios fue un recurso de corto plazo entendido como el de menor costo. Luego se prolongó en el tiempo. Nunca ha existido una explicación oficial. Desde mi percepción, ocurrió lo que muchas veces ocurre; la medida dio resultado, la economía empezó a crecer, aunque a tasas modestas. Luego aparecieron apoyos internacionales (Venezuela de un lado y el incremento de las remesas de otro), que permitieron solventar desequilibrios y facilitaron la obtención de ingresos externos.

Ningún momento es verdaderamente oportuno. Cuando en una economía se hace necesaria una reforma monetaria y cambiaria, es exactamente porque está muy lejos de estar bien. Claro que, de existir un grupo de condiciones favorables, los costos de esta medida y de las que la deben acompañar serían menores y pueden ser mejor amortiguados o compensados. Las condiciones ideales serían tener una economía con un sector productivo fuerte y con alta complementariedad, un balance positivo en el comercio de bienes, en la cuenta corriente, la balanza de pagos, una posición en términos de deuda manejable, holgura fiscal suficiente, acceso a fuentes de financiamiento, un prestamista de última instancia y un buen “ambiente de negocios” que haga atractivo el país. Pero en cierto sentido es algo contradictorio, pues si esas fueran las condiciones, entonces lo más probable es que no hiciera falta una reforma cambiaria y monetaria (no digo una devaluación).

Cuba está exactamente en el lado opuesto de esa situación. El entorno internacional no ayuda en lo absoluto: el arreciamiento del bloqueo, una economía mundial en recesión y una pandemia global, con inmensos costos en vidas y en la economía mundial. A ello habría que agregar las dificultades internas. No insistiré en ellas, solo subrayaré que nuestro sistema productivo hoy no está en capacidad de dar una respuesta de corto plazo (hablo de seis meses vista) a los requerimientos que generará la reforma. Ojalá me equivoque.

En estas cosas pasa a veces como en nuestra casa: sabes que debes cambiar algo, pero ese algo no está tan mal y entonces evalúas el costo de oportunidad de no cambiarlo frente al costo de cambiarlo. Acometer un proceso tan complejo es, sin dudas, un gran reto. Las incertidumbres en sus resultados generalmente constituyen la traba mayor para no acometerlo.

Luego debes enfrentar los costos de no hacerlo. Eso es, en parte, lo que estamos enfrentando hoy.

¿Cómo crees que se hará? ¿Cómo crees que debiera hacerse?

Nunca es bueno especular con estas cosas. La información oficial al respecto ha sido bien escueta, como es de esperar, cuando de una reforma cambiaria se trata, aunque en las redes aparecen informaciones no oficiales y hasta listado de precios y posibles escalas salariales.

Las autoridades cubanas han afirmado la existencia de un grupo de personas que por varios años se han dedicado a evaluar cómo llevarla a cabo.

No me gusta hablar de unificación monetaria porque ahora mismo se ha abierto un circuito en dólares que a todas luces permanecerá por un tiempo largo en nuestro país. Cuando ocurra la eliminación del CUC, tendremos dos monedas: el CUP y el dólar estadounidense en un segmento no pequeño del mercado. Por eso prefiero hablar de reforma cambiaria y monetaria.

Espero que sea lo suficientemente profunda para que permita el ajuste necesario. Hoy las condiciones han cambiado drásticamente con respecto a un año atrás, incluso el CUC ha perdido valor frente al dólar. Creo que habrá que tener estas nuevas realidades en cuenta.

Por lo general, se ha preferido preparar a la población para los cambios antes de realizarlos.

¿Cuáles son las consecuencias de esta medida? 

Son múltiples las razones sobre la necesidad y también la importancia de acometer la unificación cambiaria y monetaria. Nuestra prensa, en las últimas semanas, ha hecho énfasis en muchas de ellas. Enumero algunas:

  • Hará más transparente el desempeño de nuestras empresas, en términos de costos y utilidades.
  • Ayudará a mejorar la eficiencia y la productividad de la economía.
  • Mejorará los incentivos de las empresas que exportan y permitirá incrementar las exportaciones.
  • Desincentivará las importaciones.
  • Hará también más transparente las relaciones entre los diferentes actores económicos.

Sin embargo, quiero anticipar que todos los anteriores y otros efectos positivos que pudieran esperarse, se lograrán si y solo si, esa reforma cambiaria y monetaria alcanza la profundidad que la economía requiere, en términos de devaluación de la tasa oficial de cambio, que genere los ajustes microeconómicos y de asignación eficiente de recursos que debe implicar, con los costos que ello conlleva. Esos costos no son solo económicos y, aun cuando exista un plan para amortiguarlos, no podrán ser suprimidos. Hablo de un necesario redimensionamiento empresarial, ajuste en el empleo, incremento de costos y amenaza de procesos inflacionarios, si no existiera una respuesta desde la oferta al incremento de los salarios. Sus efectos positivos perdurarán si y solo si se adopta un régimen cambiario que permita conectar nuestra economía con la economía internacional, en tiempo real, para así evitar que se generen nuevas distorsiones y controles de cambio que transmitan certidumbre a los tenedores de saldos en CUP y otras divisas. En cualquier país es difícil lograrlo, aún más en Cuba, por todas las circunstancias que he mencionado antes. No es automático tampoco que se puedan lograr incrementos en las exportaciones, en la productividad del trabajo o en la eficiencia.

Eliminar la distorsión cambiaria y monetaria es necesario, pero para nada suficiente. La exportación, la productividad y la eficiencia dependen también de otros factores estructurales e institucionales que, si continúan sin resolverse, no permitirán aprovechar plenamente la reforma cambiaria y monetaria.

Desde mi perspectiva, es contraproducente que se generen expectativas en la población. Expectativas que parten de razonamientos simplificadores sobre un proceso tan complejo, cuyas consecuencias no es posible anticiparlas en un 100 %, y no por falta de conocimiento, por superficialidad o por débil preparación o mala aplicación de las medidas, sino simplemente porque en economía generalmente la suma de 1+1 nunca es igual a 2. Esto ocurre no solo en Cuba, quiero dejarlo claro.

¿Por qué es imprescindible para la economía cubana eliminar la dualidad monetaria?

Hay una respuesta muy corta. Si miramos lo que está ocurriendo hoy en nuestra economía, si miramos nuestras cuentas externas, si miramos cuántas veces han fracasado las políticas de sustitución de importaciones, o la gran debilidad de nuestro sector externo, pues tenemos una respuesta.

Pero lo cierto es que seguir prolongando en el tiempo la dualidad cambiaria y monetaria multiplicará los padecimientos de nuestra economía hoy y hará aún mayores las distorsiones que entorpecen los esfuerzos por crecer y desarrollarnos.

El reto es tremendo, porque son las condiciones internas y externas más duras para hacerlo.

¿Quiénes pudieran ser perjudicados? ¿Esta medida abrirá más brechas de desigualdad? ¿Qué otras medidas deben acompañar a esta, para evitarlo?

Como dije anteriormente, las consecuencias serán múltiples, algunas previsibles y otras no tanto. Tampoco se circunscriben al ámbito monetario. Serán mejores o peores en dependencia de la preparación para ellas (llevamos en esta última etapa más de cuatro años de preparación), de la coherencia interna de la reforma, de la consistencia y de la capacidad de manejo del gobierno, especialmente para corregir posibles fallas en su aplicación.

Algunas serán el producto directo de la unificación cambiaria y de la consecuente devaluación de la tasa oficial de cambio que debe producirse. Ello generará obligatoriamente ajuste de costos, precios y salarios, casi de forma automática, pues la tasa de cambio es uno de los precios relativos más importantes de cualquier economía. Debería generar también suficientes incentivos positivos para que empresas y personas estén más estimuladas a trabajar más y mejor. A la vez, suficientes incentivos negativos para desestimular el “desempleo voluntario” (para decirlo en términos neoclásicos) que es muy común en Cuba.

La desigualdad en Cuba trasciende el tema cambiario y monetario, aunque se alimenta de él.

Sin dudas, el programa de unificación deberá incluir aquellos instrumentos que permitirían proteger de los efectos negativos a la población pobre y en situación más crítica. En la historia de estos sesenta años, la protección de las familias y las personas más débiles nunca ha sido un tema olvidado o subvalorado, todo lo contrario. Yo espero que esta vez ocurra lo mismo.

Obviamente, las personas que tienen mejores ingresos, acceso a divisas, etc., deben ser las menos perjudicadas, mientras en el otro extremo están aquellas familias de bajos ingresos y sin acceso a remesas u otras fuentes de recursos.

Hay todo un segmento de empresas cubanas estatales que se verá en una situación bien difícil, especialmente aquellas que en su estructura de costos tienen un por ciento alto de importaciones y carecen de (o tienen escasos) ingresos por exportaciones. Esas empresas deberán redimensionarse, reinventarse.

Preferiría que se hubieran operado otros cambios, antes de acometer la reforma cambiaria, pues podrían ayudar a amplificar sus efectos positivos y reducir los negativos. Entre ellos: la publicación de la ya famosa y condenada a muerte lista negativa de empleo por cuenta propia, la legalización de las micro, pequeñas y medianas empresas, un reclamo del propio general Raúl Castro desde finales de la década pasada, mayores facilidades al capital extranjero y, lógicamente, en el plano de la economía real, una profunda reforma del sistema agropecuario cubano. Lamentablemente, estas otras reformas no han ocurrido y, dado el énfasis que la prensa oficial ha puesto en la divulgación de la unificación cambiaria y monetaria, parece que no llegarán antes.

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Nota:

1 «Políticas macroeconómicas en economías parcialmente dolarizadas», 2011. Vilma Hidalgo y Yaima Doimeadiós.

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