Identificar y desmentir los tres grandes discursos del neoliberalismo – Revista Crisis, Ecuador

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Los discursos del neoliberalismo han permeado con fuerza y en varios niveles a la sociedad ecuatoriana. Se ha desplegado un aparataje ideológico que refuerza el individualismo, la indiferencia, el sacrificio como virtud y la meritocracia. Así como una desligitimación del Estado y un discruso privatizador. Sin embargo, estas no son más que herramientas ideológicas que logran naturalizar las profundas y crecientes desigualdades sociales, propias solamente en el capitalismo salvaje. A partir de la campaña preelectoral del 2021, se han reforzado estas líneas argumentativas de la extrema derecha, las cuales pretenden reconfigurar la relación entre Estado y sociedad. Este abanico ideológico se basa en tres pilares fundamentales: El espíritu emprendedor y la meritocracia, la austeridad y la privatización, y la securitización.

El espíritu emprendedor y la meritocracia

Emprender un negocio desde cero, es ciertamente una de las azañas más duras que una persona puede hacer, sacrificando horas de familia, seguridad social, ingresos fijos y una relación laboral estable. Existe mucho coraje en esto, de eso no hay duda. Sin embargo, el discurso del “espíritu emprendedor” nace de la propaganda estadounidense en los años 50s y se utilizó para instaurar las lógicas del libre mercado en su propio territorio. A diferencia de lo que sucede en la UE y EE.UU, aquí no existe ninguna facilidad crediticia, ni incentivos económicos para la producción local. Todo lo contrario, en el Ecuador y la mayoría de países del Sur global, el discurso del emprendedurismo, se convierte en una precarización de la calidad de vida de la población.

Para quienes emprenden, no existen derechos laborales. Más bien se conforma de un ejército de trabajadores y trabajadoras informales, precarizadxs y sobre expuestxs a todos los peligros del habitar los márgenes de la economía. La resignación a la inseguridad económica, la autoexplotación como realización, las precarias condiciones laborales, la falta de seguridad social y la mayor dificultad a la organización colectiva, colocan a las personas que emprenden en una situación de vulnerabilidad mayor, y el Estado se deslinda de cualquier responsablididad para cuidar esas vidas.

En agosto pasado, el presidente Moreno romantizaba la pobreza y el trabajo infantil: “somos un país de emprendedores. La necesidad obliga, es por eso que ustedes ven en Guayaquil a un monito de 5 años, que ya se ha comprado una cola, unos vasos plásticos y está vendiendo gaseosa en la esquina”. La dura realidad es que es imposible competir con las grandes corporaciones, quienes sostienen a los pequeños emprendimientos de la gente común, son sus redes de afecto: amigxs y familiares que con lo poco que tienen, hacen un gastito regular, o recomendaciones para apoyar. Pero es un engaño macabro, con alguna excepción, la idea de que podemos competir, solo con nuestra fuerza de trabajo, en un mercado de grandes corporaciones. Una vez más, es el pueblo salvando al pueblo.

Una pieza angular de esta doctrina neoliberal, es la promoción del “sueño americano”: la falaz idea de que el esfuerzo, la dedicación y la perseverancia individual puede transformar la realidad socioeconómica de una familia común. Esta utopía capitalista pretende posicionar al individuo como único responsable de su riqueza o carencia material, incitando al odio y criminalización de la pobreza como fracaso personal por falta de virtud emprendedora. Así, la idea de la acumulación por cuenta propia, exime de responsabilidad alguna a las estructuras económicas y sociales. Candidatos como Lasso conjugan esta retórica con la iniciativa de expender créditos personales y productivos, para el obvio enriquecimiento y beneficio de la banca privada.

Austeridad y privatización

Este discurso llama a reducir al Estado, bajo la falacia de la ineficacia y la corrupción. Sin embargo, el desmantelamiento del Estado tiene como fin liberalizar recursos estratégicos, entregándolos a la empresa privada: la Refinería del Pacífico y la concesión de la producción petrolera e hidroeléctrica, que ya tiene una infraestructura desarrollada con inversión pública. Así mismo, se materializó la “Ley humanitaria”, regresiva en términos de derechos laborales. Al mismo tiempo, se promueven los despidos masivos de servidorxs públicxs y recortes estructurales a las áreas de salud y educación, dictado que corresponde directamente con la condicionalidad de austeridad del FMI, BID y BM.

El mantra termina siendo: privatizar todo lo común y doblegar a los sujetos empobrecidos y desorganizados. En tiempos de pandemia, este discurso se refleja en la culpabilización de la tasa de contagio y mortalidad a la población, ignorando el desfalco a los sectores públicos y la responsabilidad estatal en el mal manejo de la emergencia sanitaria. Así, el neoliberalismo promueve que hospitales se encuentren colapsados y las autoridades especulen con insumos médicos, para justificar privatizaciones. El intento de privatizar la seguridad social en el Ecuador corresponde a la lógica expuesta anteriormente. Esta misma estrategia se implementó en las empresas públicas como Correos del Ecuador, TAME, Petroecuador y Petroamazonas, etc.

La derecha, en torno a figuras como Lenín Moreno y Guillermo Lasso, sostiene que la primera fuerza productiva es la empresa privada como la primera generadora de empleo. Sin embargo, la realidad dista significativamente del discurso neoliberal. Los grandes grupos económicos privados son los grandes evasores de impuestos, los que profundizan la precarización laboral y simultáneamente promueven prácticas de explotación y liberalización laboral. Tan sólo el Banco de Guayaquil, brazo financiero de Guillermo Lasso, contabilizó una fuga de capital mayor a los 130 millones USD en 2019. Adicionalmente, en el país se contabiliza una tasa de empleo informal que ronda el 47%, con una tasa de empleo adecuado del 17% y una tasa de desempleo mayor al 13%. En lo que vamos de pandemia, aproximadamente 700.000 personas perdieron el trabajo en Ecuador. Al mismo tiempo, el gobierno actual le obsequió un total de 4.200 millones USD a los grandes grupos económicos y a la banca privada en forma de una amnistía tributaria en 2019. Todo lo contrario al discurso neoliberal, el papel del empleo público es fundamental en nuestro país.

Securitización

Por último pero no menos importante, el discurso del uso de la fuerza para el “necesario” control de la población y para luchar en contra de la inseguridad y el “enemigo interno”, está presente ya desde antes de octubre pasado, pero se ha reforzado en los últimos meses al mando de Romo, Roldán y Jarrín. Este discurso ha manufacturado de un supuesto enemigo interno, ha causado al menos dos eventos que facilitarían el gatillo fácil: el acuerdo ministerial N. 179 referente al permiso para las FFAA del uso letal de la fuerza, y la reforma al COIP que compete en el mismo aspecto a la Policía Nacional.

La salida masiva de policías y militares a las calles, y la inversión descomunal de presupuesto en estas, con el lema de “la lucha contra la delincuencia”, es una pantomima más del desgobierno de Moreno. Pretende legitimar los abusos de las fuerzas represivas del Estado, cómo única posibilidad de sostener la brutalidad de las crecientes desigualdades sociales. Esta política coloca a la ciudadanía en una situación de extrema vulnerabilidad y posibilita el encubrimiento de malos tratos, detenciones y cateos ilegales, persecución política, criminalización de la pobreza, e inclusive tortura y desaparición forzada.

No parece una coincidencia que se tomen estas medidas represivas en medio de un creciente descontento social, en un marco de ajustes promovidos por el FMI y una derecha revitalizada en auge. En agosto pasado, Moreno decía que: “a partir de hoy decimos basta al temor, basta a caminar con miedos por las calles y de vivir con miedo dentro de nuestros hogares”. Mientas que en mayo de este año, declaró una lucha implacable en contra de los medios digitales, primordialmente populares, comunitarios y militantes: “hay un reto aún más fuerte que la pandemia del Covid-19, que es enfrentar la pandemia mediática, contra esta solo cabe su aniquilación y daremos una guerra sin tregua a favor de la verdad”. Este discurso de seguridad, una vez más desconoce tanto las desigualdades estructurales, así como criminaliza la protesta social.

En conclusión, los discursos del neoliberalismo solo justifican y propagan la miseria y la desigualdad, en una concordancia perversa con la justificación de la represión. No podrían ser más explícitos los proyectos de sociedad que se promueven Lasso y compañia para el el 2021: neoliberalismo puro. Contrario a esto se coloca el progresismo de Arauz, el cual propone un proyecto basado en la intervención del Estado para regular la “mano invisible del marcado” y todas sus implicaciones. En estas elecciones, la lucha de clases va a ser evidente, y sin tregua: progresismo o continuidad del neoliberalismo.

Revista Crisis


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