Todos damos clases, algunos enseñan  – Por Carlos Melone

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“Todos damos clases, algunos enseñan” 

Por Carlos Melone

Este 11 de septiembre en que “no llega el beso húmedo y sonoro por confinamientos necesarios”, Carlos Melone, “maestro de trinchera” y formador de docentes rastrea el chispazo de enseñar cuando sucede (sí, aún en tiempos de pandemia)

Cada 11 de Septiembre insiste la figura espectral del temible sanjuanino en convocar una oleada de lugares comunes, reconocimientos burocráticos y algunas emociones tan legítimas como profundas.

El Día del Maestro (un masculino en su enunciado que parece negar la intensa feminización del magisterio) pone en relieve asperezas y aterciopelados

La ferocidad política sarmientina no parece tener un lugar central dentro las convivencias escolares aunque haya eventuales montoneras recorriendo aulas, instituciones, subjetividades.

La palabra Maestro evoca y convoca y detrás de símbolos, estereotipos, disputas de clase y condición, habemus una extensa fauna variopinta que expone la humanización (valga la paradoja) de quienes, en un absurdo social, se espera todo a cambio de poco (o nada).

Lo sacrificial como estigma.

La marca de un oficio que se dice madre de todos e hijo de ninguno.

¿Será por eso que ha sido expulsado del Olimpo?

¿Será por eso que no hay maestros en el Panteón de los héroes?

No se trata de entonar letanías monocordes acerca de la falta de reconocimiento social o salarial. Tampoco su aparente contracara, la evocación mítica de etapas idílicas que, apenas pasada la espátula del análisis, revelan el carácter oculto de esos relatos fantásticos de pasados maravillosos.

Maestros, Docentes, Profes, con título, sin él, andan por pueblos, campos, montañas, barriadas humildes hasta la desesperación, prisiones, casa familiares, hogares de los maltratados por Las Moiras, islas, salares, yungas.

Una suerte de marabunta omnipresente, para alegría y desencanto de plebeyos y nobles.

No se trata de elegías y odas.

Ni apolíneo ni dionisíaco.

¿Entonces?

Todos damos clase.

Algunos enseñan.

No es lo mismo.

No se trata de descubrir el mundo, se trata de decir “aquí, un mundo”.

No se trata de decir como son las cosas sino de empezar a abrir puertas y ventanas para ver las cosas.

Bajo la sombra terrible de Domingo Faustino (parafraseando su propia obra) hay carteros curriculares que llevan y traen noticias, mandatos, prescripciones, burocracias cognitivas, rutinas pedagógicas, cansancios existenciales.

Y bajo esa misma sombra hay otros que, cuando pueden, crean, juegan, recrean, preguntan preguntando, responden sin responder, nadan, vuelan, encuentran, buscan, buscan, buscan, buscan, buscan…

Arquitectos de puentes que jamás construyen solos.

El mejor oficio del mundo aparece cuando el puente se construye, cuando encuentro y asombro estallan en la cara de los protagonistas, tanto de quienes ejercemos la docencia como de quienes nos acompañan, tengan 4 o 60 años. Enseñar es encontrarse.

No se trata de romantizar nada.

La carencia; la dificultad insoluble; el desgarramiento por la injusticia; la condición que permite la sobrevivencia del más fuerte, no de los mejores; la frustración ante lo imposible acechan detrás de cada puerta; de cada pizarrón; de cada mirada. También la incompetencia, el desinterés, la negligencia.

Pero cada tanto, menos de lo que quisiéramos, el soplo divino se produce y entonces…

Entonces, los mundos dentro del mundo.

Antes de la Pandemia, durante la Pandemia y después de ella.

Entonces ocurre aquello de saber que un antiguo legado o una nueva idea se abrieron paso y al abrirse paso, iluminaron un esfuerzo, un talento, una mirada.

Jamás sabemos quién tenemos enfrente. Por más diagnosis y equivalentes que se hagan. Porque la vida nos cambia y los cambia.

Y allí el pulso del artista.

Un oficio que susurra una mayéutica cotidiana; que empuja a la alfarería en la multitud; que alienta los vientos del rigor escéptico de la Ciencia en la marea de opiniones invalidantes.

No ocurre muy seguido porque si no estaríamos en un mundo diferente, más justo, más sensato.

Por eso no se trata de sacralidades ni demonizaciones ni proclamas reivindicativas ni de quema de escuelas.

Aunque esta última no sea tan mala idea. Educar es una cosa mucho más seria que ir a la escuela.

Tal vez sea lo contrario.

Nunca se sabe. Las divinidades disfrutan jugando con nosotros a las escondidas.

Se trata, como cada día del año cuando se apagan las lánguidas celebraciones escolares y no llega el beso húmedo y sonoro por confinamientos necesarios saber qué pasa con los que tratan que algo pase.

Cuando se apaga la pantalla y junto al alivio de la tarea finalizada, queda ese instante de la duda de cómo fueron las cosas.

Queda la rabia por la ausencia de quién pudo estar y se fue, se esfumó en los laberintos de eso que algunos llaman vida.

Queda alguna lágrima atravesada que no se puede compartir.

¿Cómo se comparte una lágrima?

Llega la noche de luces apagadas y silencios vacilantes y surge la pregunta, el no haberse dado cuenta, la idea inoportuna.

Queda el “Seño” o “Profe” de una voz veterana que te abraza y te emponcha ante los mil fríos que te amenazan, cuando el invierno de la vida se acerca y sin embargo, allí, hubo un mundo que se abrió.

“Nos ha nacido un niño” es una expresión religiosa colectiva de alegría cuenta Hanna Arendt. Porque el mundo se reinicia y ese niño es de todos.

Tal vez, solo tal vez, haya allí una clave para entender este oficio.

Tal vez.

Carlos Melone trabajó en todos los niveles educativos (Primaria, Media y Capacitación profesional). Ocupó cargos directivos y de asesoría. Titular de la Cátedra Política Educativa de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. En términos profesionales se define como un “animal de aula”.

Revista Bordes de la Universidad Nacional de José C. Paz


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