El castrochavismo ataca en Estados Unidos – Por Rafael Cuevas Molina

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Rafael Cuevas Molina

Lo inimaginable, lo nunca pensado: el castrochavismo, ese engendro excretado desde esos “agujeros de mierda” que se encuentran en algún rincón de América Latina, ha penetrado subrepticiamente, al amparo de la oscuridad (como suele hacerlo), en los Estados Unidos, y ha puesto sus manos sucias en el impoluto sistema electoral estadounidense.

Rudy Giuliani (que hasta nombre de gánster tiene), abogado de Donald Trump, aseguró que la compañía cuyas máquinas de votación son utilizadas en las elecciones de Venezuela, había proporcionado las utilizadas en distintas regiones de su país, y eso era seguro una señal de intromisión y posibilidad de fraude.

 ¡Santo asalto al paraíso! diría Robin, el inseparable joven compañero de Batman, paladín de la justicia de esa emulación de Nueva York que es Ciudad Gótica. Hasta los súper héroes deben estar aterrados: nunca pensaron que los atacarían tan arteramente desde ese lugar del mundo, borroso e incierto, que se encuentra al sur del Río Bravo, corrompiendo las herramientas de su democracia ejemplar, poniendo sus manos sucias sobre las impecables papeletas que transportan la voluntad bien intencionada y desprevenida del votante norteamericano.

Vaya y pase que esto suceda en alguno de esos estados fallidos que florecen como hongos en su patio trasero, ese sitio plagado de “países mexicanos” rebosantes de asesinos que lo único que saben hacer es tratar de llegar al paraíso norteamericano para poner en jaque a sus buenos ciudadanos, pero que hayan podido llegar hasta la eficiente maquinaria del corazón del imperio, al centro que resplandece, es signo de que algo huele a podrido en Dinamarca.

Rudy Giuliani teme, y se pone de puntillas tras el estrado en el que dice su discurso, que la gran democracia del norte se trasforme en otra Venezuela, lo que es igual a decir, según su diccionario de sinónimos, que Maduro la transforme en un satélite de Caracas, ese lugar tan feo en el que, en estos días, por cierto, se está realizando una ejemplar feria del libro a pesar del bloqueo feroz al que la tienen sometida.

Dice Giuliani que tiene pruebas irrefutables de lo que dice: las mismas máquinas, con el mismo software, operado por la misma compañía, fueron utilizadas en Argentina cuando Mauricio Macri fue vapuleado por el Frente de Todos en las elecciones pasadas. No hay más que ver lo bien que lo estaba haciendo Macri, dice su impecable razonamiento, acababa de llegar a un súper acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y los argentinos depositaban incontrovertiblemente su confianza en él.

Pero llegaron las máquinas malditas, las castrochavistamente manipuladas y manipuladoras, y echaron todo a perder.

Eso mismo pasa en los Estados Unidos; lo demuestran las multitudinarias marchas de esa promisoria juventud de neofachos que desfilan con fusiles de asalto terciado sobre el pecho; las “Karen”, que ventilan su horror a los afroamericanos y a los migrantes “oscuros” cada vez que encuentran la oportunidad; los pastores, quienes, de pie en el púlpito, profetizan con los ojos en blanco que la alternativa a la victoria de Trump es el apocalipsis. Hasta la angelicalmente rubia Ivanka lo dice, ella que es el equilibrio andante, la estadista de talla mundial a la que solo por el desconocimiento del resto de líderes mundiales no le dan pelota en las reuniones en donde se deciden los destinos del mundo.

El castrochavismo es la peor de las amenazas a la democracia occidental. No hay elección en cualquier país del mundo en el que no aparezca como el fantasma presto a echar a perder todo. El que, cuando las cosas van mal, asoma su cabezota de fantoche y ayuda a que, para no caer en su mundo caótico, nos claven impuestos, recorten pensiones, criminalicen a las organizaciones de trabajadores, restrinjan el derecho a la protesta y nos garroteen si no entendemos.

Y lo peor de lo peor, el culmen de la desdicha, ¡ha llegado a los Estados Unidos! ¡Dios nos agarre confesados! No cabe duda que corren tiempos en los que necesitamos a alguien como Donald Trump, preclaro estadista internacional, para que haga recular todo esto.

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