Gracias Diego – Por Diego Conno

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Ser varón en los 80 y que no te guste el fútbol no podía ser cosa fácil. Caminar por el patio del colegio, darle la vuelta mientras “los pibes” juegan con una tapita, es una obra misteriosa. Insondable. Pero llegó el 86. Y todavía me acuerdo donde estaba contra Inglaterra. No me acuerdo muy bien de haber visto en vivo el primer gol, jugábamos en el cuarto con mi hermana y los hijos de unos amigos de mis viejos, en la casa de mis padrinos, mientras los grandes miraban el partido. Me acuerdo de haber pasado por el living donde estaba la tele y por alguna razón inexplicable detenerme en el momento justo en que Maradona paró la pelota en la mitad de la cancha. Me quedé paralizado con esa jugada eterna, de una belleza y singularidad absoluta, y después de un rato grité gol por primera vez en mi vida. Y lloré. Y me reí. Y volví a llorar sin querer. Y esa experiencia casi milagrosa fue mi primera vez con el fútbol, y con Diego Armando Maradona.

Al otro día me acuerdo de haber ido al colegio y acercarme a “los pibes” que ya no eran solo pibes, estaba todo el colegio jugando a la pelota. Y ya no había una tapita, había miles. Y bollitos de papel y chapitas y medias enrolladas. Y alguna que otra pelota. Porque Diego cambió eso, la forma de jugar a la pelota.

Hoy el fútbol está de luto, se murió Maradona. Lo escribo y no lo creo. Hay un mundo entero que lo llora. Pero nadie siente lo que nosotros porque ayer murió un pedazo de la Argentina. Y con él también morimos un poco todos. Pienso en tantas generaciones de pibes, e imagino también de pibas, que jugamos a ser Maradona. ¿O no es así? ¿Quién no quiso alguna vez ser Maradona?

Maradona entrelazó generaciones, países, naciones, géneros y clases sociales. Su propia vida una obra y su obra un infinito universo. No borra ninguna diferencia ni hace la falsa idea de una humanidad plena y abstracta, sin pliegues, rugosidades ni fisuras. Al contrario, en su barroquismo y complejidad, en su ser contradictorio sitúa la posibilidad de lo común en la historia.

Todos tenemos nuestro Maradona: el del potrero, el de la villa, el cebollita, el bostero, el del Barça, el de Nápoles, el jugador y el técnico, el de la farándula y el de la revolución, el de esas famosas frases que dieron vuelta la lengua: “la pelota no se mancha”. El irreverente, el incorrecto, el eterno anti-burgués. El marido de la Claudia, el papá de la Dalma y la Gianinna. El de Rodrigo y el de Kusturica. El que está junto a Fidel, junto a Néstor y Cristina, junto a Chávez, Evo, Lula y las madres y las abuelas de Plaza de Mayo. Porque en él habita una sensibilidad popular inclaudicable. El que se tatúa al Che Guevara en el brazo y se vuelve un guerrero inmortal. ¡Cuántos Maradonas! Y muchos más. Pero Diego, “el Diego”, solo hay uno y es de todos. Y de todas. Es un trozo de la humanidad hecha cuerpo.

Quizá por eso haya una necesidad tan grande de decir algo sobre él. Y de leer lo que otros escriben. Y escuchar lo que otros dicen. Y dejarse sentir por lo que otros sienten. Porque quizá en esa comunidad de heridos que somos hoy todos nosotros podamos entender un poco más este dolor tan extraño y tan íntimo y tan profundo. Tan compartido. Porque el nombre de Diego es también un modo de indagar sobre nosotros mismos. Sobre lo que somos y podemos llegar a ser. Sobre nuestros éxitos y nuestros fracasos, nuestras miserias y nuestras virtudes, nuestros triunfos y nuestras derrotas.

No hay nada que no sepamos ya sobre lo que significó Diego para millones de personas en todo el planeta. Su nombre quedará como memoria plebeya de un más justo porvenir. Movilizó las pasiones más alegres y peleó cómo un león contra las formas más oscuras de la tristeza. Fue un David contra miles de Goliat. Por eso de todas las maravillas que nos regaló la que más me conmueve es esta: que el pueblo creyó haber encontrado en él una forma de expresión.

Llegará un momento en que celebraremos con fiesta su existencia porque fue una vida plena, una vida que vivió todo lo que podía vivir. Una vida de esas que dan todo sin pedir nada a cambio. ¿Qué más se puede esperar de una vida? Una vida que valió tanto la pena vivirla. Y creo que podemos encontrar ahí lo más parecido a una estética de la existencia.

Por ahora nos quedan los duelos, los abrazos y los llantos que sabemos no nos van a alcanzar para aprender a vivir sin Maradona en esta tierra. Se fue así como vino. Nadie lo esperaba. No estábamos preparados para su llegada, menos para su partida. Vino y se fue sin pedir permiso. Y ahora una parte de nosotros se fue con él. Y otra queda.

Gracias por tanto, hermoso barrilete.

Gracias Diego.

Fuente Revista Bordes de la Universidad Nacional de José C. Paz