La UNA durante la pandemia de COVID-19 – Por Sandra Torlucci

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La UNA durante la pandemia de COVID 19

Por Sandra Torlucci, rectora de la Universidad Nacional de las Artes

La llegada de la pandemia de COVID 19 significó un gran desafío para el mundo que vio conmovidas todas las actividades y nos ofreció la posibilidad de repensar los modos de relacionarnos, de concebir el trabajo y, también, el conocimiento.

La educación, y en particular el sistema universitario argentino, no fueron la excepción. En la Universidad Nacional de las Artes, a la incertidumbre provocadaporel aislamiento social, hubo que sumarlela especificidad disciplinar de las artes, su identidad epistémica y cultural: la enseñanza de las artes requiere, en la mayoría de los casos, prácticas pedagógicas grupales, físicas, colaborativas, presenciales y performáticas, en diferentes modalidades. Sabemos bien que los cuerpos en vinculación presencial producen imágenes y afectos nuevos de manera más eficaz, ya sea tanto en la formación, como en la investigación académica y en la producción artística.

Si bien el ASPO fue necesario para contener el crecimiento exponencial de la pandemia, fue evidente que para una parte de la sociedad, en particular nuestros ancianos y ancianas, este aislamiento generó colateralmente que se vieran inmersos en la soledad, la confusión, el aburrimiento y el entumecimiento físico. Nuestro compromiso social se vio reflejado en la activa participación de los estudiantes voluntarios que se comprometieron con acompañamiento telefónico a esas personas mayores y que fueron el soporte no sólo afectivo sino, también, de motivación para las actividades físicas.

En este mismo sentido la creación de la plataforma de contenidos audiovisuales LasArtesConectan.una.edu.ar fue un espacio clave para la democratización del conocimiento y las actividades que genera la universidad. Allí se estrenaron diversas producciones artísticas, documentales, de entretenimiento y de divulgación científica, conentrevistas y tutoriales realizados por artistas de la UNA. Estos contenidos, que están disponibles de manera libre y gratuita, permitieron formar un lugar de encuentro y comunicación con la comunidad.

Ante la necesidad de las niñas y niños de barrios vulnerables que habían quedado desconectados, construimos junto con otras universidades y el Ministerio de educación nodos de conexión para mantener vivos los vínculos afectados por la pandemia.

Hacia el interior de la UNA, la actualización del trabajo y de la oferta académica a distanciafue clave para reorganizar las actividades de la institución, buscando garantizar la equidad en el acceso a la educación, cuidando los derechos de la comunidad universitaria en todo el territorio. Desde el primer momento quedaron cubiertos el frente sanitario, la adecuación de los calendarios, la garantía de continuidad de actividades formativas por medio de la educación a distancia y el apoyo socioafectivo a la comunidad universitaria y del territorio.

Para ello se creó el Entorno Virtual de Apoyo a la Educación (EVAed) y tanto en grado como en posgrado y extensión, se habilitaron 2.453 cursos, con un total de 22.186 estudiantes. También fue necesario impulsar un Plan de Capacitación para Docentes y un Programa de Capacitación para Nodocentes, llevados adelante en conjunto con los gremios. Adicionalmente, se realizó un relevamiento de conectividad para estudiantes y se entregaron 300 becas, que se sumaron a las de ayuda de mejoramiento tecnológico. Además se creó un dispositivo de trámites en línea, gracias al cual distintas áreas administrativas de la UNA siguen funcionando de manera remota.

Esta realidad convive con la discusión de cómo continuar las clases en el próximo ciclo lectivo: ¿Continuaremos con la modalidad a distancia o volveremos a la presencialidad? ¿Tendremos que darnos una modalidad mixta o semipresencial? En la formación artística, la discusión de “lo práctico” fue protagonista e incluso se hizo extensiva a todas las carreras que comparten con las artes gran cantidad de horas de “taller”. Todavía estamos dando esa discusión: las secretarías Académicas, de Investigación y posgrado, y de Extensión, las autoridades y la planta docente de la UNA, seguimos planteando estas experiencias de pandemia como instancias para replantear nuestras estrategias para un mundo que no va a ser como el que conocíamos. Un mundo transformado requiere de una universidad de artes transformada.

La coyuntura de la pandemia, así como otras transformaciones actuales del mundo, puso en crisis las concepciones basadas en falsas dicotomías, como que la ciencia se ocupa de la salud y las artes del espíritu, o que la razón y la pasión son cosas que deben mantenerse separadas. También permitió poner en discusión ciertas ideas cristalizadas que parecían incuestionables, como ser el posicionamiento de las artes y las culturas en un plano epistemológico. Hoy vemos claramente que las artes desafían las jerarquías de saberes establecidos, estimulan y amplían una mayor comprensión acerca de su papel en la investigación, el desarrollo, las innovaciones sociales y, por tanto, influyen en el bienestar de los pueblos.

Sin embargo, esta realidad todavía no sacudió al modelo epistémico que refuerza la tensión dicotómica entre un saber reflexivo y lógico con un saber práctico y técnico; entre un saber objetivo, inteligible, susceptible de sistematización y evaluación, y el misterio subjetivo de lo sensible y lo emocional. Por eso, pensar las artes y la educación en esta coyuntura nos permite poner en cuestión el sistema establecido de jerarquías disciplinares dentro de las instituciones culturales y educativas aún dominadas por el paradigma moderno de una cultura eminentemente logocéntrica, patriarcal y jerarquizante como la occidental.

Las artes no pueden estar ausentes ni separadas de las ciencias (u otras formas de producción de conocimientos) a la hora de pensar y producir las transformaciones necesarias para romper las estructuras de pensamiento que reproducen un poder injusto y desigual en nuestras sociedades. Sino todo lo contrario, deben considerarse como una parte esencial en el objetivo del buen vivir de nuestros pueblos, la garantía de una sociedad en la que el amor y la igualdad sean la forma visible de la justicia social.


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