Colombia | “Santuario Trans”: la experiencia de un refugio agroproductivo de indígenas trans – Por Diana Carolina Alfonso y Federico Barreña

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“Santuario Trans”: la experiencia de un refugio agroproductivo de indígenas trans

Entrevista a Federico Barreña *

Por Diana Carolina Alfonso **

En 2019 Federico Barreña se abrió paso por las montañas cafeteras del departamento de Risaralda. El objetivo era conocer la historia de un refugio agroproductivo de trabajadoras indígenas trans. En sus manos llevaba una cámara de fotos cargada de secuencias de dramas, alegrías, y resistencias que se cuecen en los cultivos del eje cafetero colombiano. Alejado de los cafetines porteños, otro aroma le insinuaba los abusos de las compañías que producen el café más famoso del mundo. En la región conocida internacionalmente por el nombre -devenido marca- de Juan Valdez, se asientan enormes haciendas cuya producción se encuentra comprometida por las firmas del Tratado de Libre Comercio (TLC), la especulación financiera y el conflicto social y armado.

Aún hoy en los territorios donde la organización indígena se revela como un jaque al poder hegemónico y sus referentes de turno, la violencia por motivos de género se pierde en espesos silencios.

Antes de llegar al eje cafetero Federico se incorporó a diversas comunidades de los territorios kichwa de Pastaza de la mano de la Confederación de Naciones Indígenas del Amazonas (CONFENAIE) en Ecuador. En su condición de fotodocumentalista pudo registrar rituales de senda importancia. «Los conocimientos ancestrales, sobre todo aquellos aplicados a la medicina son valiosísimos», indica. Con todo, la participación en la política, la medicina y demás designios de la comunidad, siguen estando mayoritariamente en manos de los varones. Sin embargo, y como en toda historia, las fatalidades no son totales. La proyección de referencias femeninas desvela un cambio revelador en toda la región. En departamentos como Cauca, Chocó y La Guajira se vienen trenzado, en importantes organizaciones, las manos hermanas de mujeres indígenas que luchan contra el avance depredador de la megaminería y las hidroeléctricas. Tal es el caso de la Organización de Mujeres Indígenas Nasa en el Norte del Cauca y las redes de mujeres waayu que se desplazan desde la Península de la Guajira hasta las entrañas más profundas del Caribe colombiano. Pesa, sin embargo, un silencio sepulcral en torno a la identidad de género. «La heteronormatividad implica un código primordial en las relaciones intercomunitarias» asegura. Cuando le pregunto qué pueden hacer quienes no encajan en la norma, Federico me comenta, conciso, que aquellas personas que no se acoplan al código genérico binomial tienen pocas opciones: o retirarse de la comunidad o padecer castigos públicos que pueden terminar incluso en la muerte.

¿A dónde van y por qué van a donde van?

Tras la apertura económica y el avance de la violencia estatal, la vida cotidiana de las familias campesinas vio ir y venir las olas del desplazamiento forzoso, la apropiación ilegal de tierras y el uso, cada vez más abusivo, de la mano de obra local. El departamento de Risaralda fue testigo de estos fenómenos tanto como los demás departamentos ubicados entre los vergeles casi mágicos de la cordillera central. Entre el 2002 y el 2005 el terrorismo de estado en alianza con los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y los empresarios locales, se encargaron de limpiar la zona. O sea, aniquilaron a las referencias sindicales campesinas por sus supuestos vínculos con las guerrillas. Sin ninguna garantía humanitaria para la organización gremial y política, y peor aún, con la amenaza constante del desplazamiento, miles de familias cafeteras emigraron a las grandes ciudades. La especulación agraria, codirigida por las alianzas estratégicas entre el uribismo y la Federación Nacional de Cefeteros (FNC), deja por saldo una reducción sustancial de la mano de obra local disponible. En la última década el vacío ha sido colmado por un campesinado, aún más pobre, proveniente de las periferias y resguardos indígenas.

Los resguardos son limitados espacios de limitada paz; expuestos siempre a las necesidades de las insurgencias y al revanchismo de los dueños de todo y de todos.  Antes de los acuerdos de paz y casi como efecto inmediato de la desocupación y el hambre, las juventudes de los resguardos se veían arrastradas a la mendicidad en las capitales o al juego de las armas en los distintos ejércitos irregulares. Muchos de ellos y ellas pueden y deben aún regalar su fuerza de trabajo al mejor postor, ni más ni menos que la cara presente de un sistema desigual basado en la explotación de los recursos naturales; el reflejo de una historia colonial que en la actualidad se imbrica con la desregulación laboral, el neocolonialismo, el racismo y la voracidad patriarcal. En esa trama de poderes las mujeres trans de las comunidades indígenas son «corridas de sus territorios», «todas» indica Federico.

En una entrevista a la BBC realizada en el 2019, la consejera de mujer y familia del Consejo Regional Indígena de Risaralda aseguró que el autoreconocimiento de las mujeres transgénero es una enfermedad neocolonial. «Antiguamente, en las personas ancestrales, no se conocían estas enfermedades, porque ellos se alimentaban con cosas típicas de la región. Después de la década de los 70, comenzaron a consumir alimentos transgénicos. Puede que eso haya traído esa ‘enfermedad’».

Santuario trans es el título de una investigación fotodocumental que «retrata de forma íntima la historia de amor de dos trabajadoras trans» en medio de un reconocido cafetal situado en el pueblo de Santuario, en Risaralda. «La caída en picada de los precios del café en los últimos cinco años ha reducido la cotización internacional del grano en un 40%. El campesino local prefiere irse a trabajar a las ciudades antes que hacerlo por un salario de hambre. En cambio los primos se ofrecen a trabajar por muy poco, y sólo piden un biombo dónde dormir y la comida diaria. Por eso el gobierno local, por muy conservador que sea, permite su arribo al pueblo».

-¿Los primos?

– Se les llama los primos porque en las comunidades perdieron su condición de hermanos. Ese apodo deviene de los refugios donde siempre se las reconocen como hombres.

-¿Cómo llegaste a la vida de estas trabajadoras?

 -En principio me llamó la atención el poder de la Federación [Nacional de Cafeteros]. Investigando al respecto, conocí por boca de otro compañero de viaje la historia de las trabajadoras trans en Santuario (…).Ellas salen los sábados a divertirse con el semanal que les dan en las fincas. La gente del pueblo las mira, los hombres [cis] las acosan sexualmente a tal punto que ninguna de ellas anda sola por las calles. Siempre están en grupo. En esos días aprovechan para vestirse con los colores y polleras de sus pueblos originarios.

-¿No te rechazaron por ser un extranjero blanco?

-Claro. Allá están muy prevenidas ante la exotización. Quienes han ido a investigarlas suelen hacer uso y abuso de estereotipos que les vulneran. Además, ese mismo periodismo explota una imagen victimizada del entorno que las pone en lugares de exposición muy riesgosos. A esos turistas pareciera no importarles. Van dos días, sacan fotos, ofrecen dinero y luego no asumen ningún costo. Viven de la miseria.

-Si no fue en los términos del exotismo, ¿cómo pudiste entablar contacto con ellas?

-Hablé con los dueños de la finca. Les ofrecí trabajos como fotografías del proceso de producción de su finca, tomas aéreas sobre los cultivos, etc. Un bajón (ríe) porque los primeros días me vieron llegar en la moto del capataz. Entonces decidí sumarme a las jornadas de recolección para entablar un vínculo más cercano. Después de trabajar en la recolección junto a ellas y casi después de un mes, ya al final de mi estadía, se dio un compartir más profundo.

-En otros entornos suele asociarse el trabajo sexual de las mujeres trans con la expulsión de las comunidades. ¿Viste algo de esto en Santuario?

-Como varón citadino también tenía en la cabeza esa imagen de la trabajadora trans. Sin embargo, en Santuario ninguna de ellas se expone al trabajo callejero. De hecho entiendo que esta es una forma de cuidarse. Como te dije, nunca andan solas. Incluso cuando la productividad en una finca aumenta, ellas suelen moverse inmediatamente en grupo.

-¿No están en una sola finca?

-No. El trabajo está totalmente precarizado. Te diría que ninguna de ellas porta siquiera su documento de identidad. Éstos se los quedan las comunidades. Entonces no tienen contratos de trabajo. Si un día se puede recolectar más café en una finca, por lejos que esté, ellas esa madrugada recogen sus cosas y se van para allá. Se están moviendo constantemente al calor de los ritmos de la producción y la recolección del café.

Federico se fue a media noche de los cafetales. A su partida ya había sido vinculado con las glorias Messi y Maradona. Era El Argentino. Esa noche lo despidieron con un risueño juego de damas, comida y tantas dichas más que hacen al resistir viviendo. Caminando por el valle entre montañas, bajo las estrellas que escarchan el cielo, se preguntó por todo lo que no pudo hacer junto a esas mujeres.

-Me fui con la sensación de que podría haber hecho más junto a ellas.

-¿Como qué?

-No sé. Simplemente más…

De lo que pudo y quiso hacer en su momento, Federico conservó en sus fotos imágenes que desobedecen a las mediocridades del exotismo blanco. Santuario Trans es una galería que nos invita a pensar en los procesos situados y en sus contradicciones sin el premeditado salvacionismo iluminista.

*Fotodocumentalista argentino. Ha trabajado en distintas experiencias comunitarias a lo largo y ancho de América Latina. Santuario Trans y el resto de su obra se encuentra disponible en federicobarreña.com.
**Historiadora y comunicadora colombiana residente en Argentina.

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