Cuba: Democracia, democracia – Por Darío Machado Rodríguez

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Darío Machado Rodríguez *

“Democracia, democracia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”, hay que repetir hoy parafraseando lo exclamado sobre la libertad por la célebre Madame Roland al pie de la guillotina. Y es que la democracia, como cualquier otro asunto humano presenta una distancia entre los principios y objetivos que de ella se proclaman y la realidad.

Si alguien duda de lo anterior, que se fije en lo ocurrido en los EEUU, el país desde el cual más se esgrimen la democracia y la libertad como palabras de pase para cometer cualquier fechoría, sea dentro de su territorio o fuera de él.

Si la democracia en los EEUU no estuviera profundamente enferma, los referentes más importantes de la política no estarían hablando ahora de sus “profundas raíces”, de su “recuperación” como algo ineluctable, en lugar de analizar las causas por las cuales hay tantos ciudadanos ajenos a la participación política, por qué las elecciones en ese país son cada vez más un asunto de marketing y de dinero.

Por qué el sistema no es capaz de impedir que un individuo indiscutiblemente enfermo de egoísmo, egolatría, narcisismo, prepotencia y desequilibrio emocional y mental pueda llegar a ocupar lo que ellos llaman “el trabajo más importante del mundo”, por qué las soluciones de los problemas por la violencia son tan tenebrosamente frecuentes, por qué cientos y miles de personas –no pocas de ellas con armas letales- se sienten en el derecho de imponerse físicamente sin tener siquiera un átomo de razón para su actitud.

A pesar de tantas pruebas fehacientes, no pocos miran a las formulas liberales de la democracia como la mejor opción, la varita mágica que resolverá todos los problemas. En comparación con la sociedad feudal, la democracia liberal alcanzó indiscutiblemente libertades y derechos antes inexistentes. A su vez, las profundas diferencias clasistas le imponen limitaciones tales al pleno ejercicio democrático que con plazos y modos diferentes terminan sacrificándolo en su propio altar.

Mientras en EEUU tirios y troyanos se proponen perdonar nuevamente a su democracia, cabe preguntarse: ¿No ha sido precisamente a nombre de la democracia que Cuba ha sido agredida constantemente por todas las formas posibles, todas injustificadas, durante más de 60 años?

¿Y qué es democracia?

Hoy, en la sociedad de la información y del conocimiento, circulan tantos y tantos estudios, ensayos, definiciones, con diferentes grados de rigor en su formulación y en su entendimiento, y junto con ello miles de artículos, notas informativas, textos en las redes sociales, que tratan de diferentes modos el concepto de democracia, no pocos machacando sobre dos o tres estereotipos procurando naturalizar un patrón reduccionista de su entendimiento, que es quizá cuando más importante resulta formarse un criterio propio a partir de conceptos claramente formulados.

Para quienes de modo superficial y estereotipado entienden los conceptos de democracia y de libertad, los invito a pensar detenidamente en lo sucedido en los EEUU, lo ocurrido el pasado año en Bolivia, lo que está sucediendo en Perú, en Ecuador, en Chile, en Brasil…

Al pronunciarse el término democracia se está verbalizando una palabra, un significante, cuyo reconocimiento y valoración en la práctica social dependen en primer lugar de lo que cada quién se representa en cuanto a su significado, lo que de esa democracia espera y lo que realmente existe en la sociedad.

Y en esa representación entra a jugar un conjunto de factores de orden cultural, tradiciones, estereotipos, sentido común, la experiencia personal, los conocimientos adquiridos.

Eso significa que no porque exista declarada en el papel, en una ley, en la propia Constitución, donde se codifica un ideal positivo de funcionamiento de la democracia, esta ya está asegurada. A cada paso en el devenir social, por disímiles interpretaciones, intereses, comportamientos humanos, situaciones complejas, ese ideal puede estar amenazado. De ahí precisamente la importancia de la educación cívica, de la formación de una ciudadanía consciente de sus deberes y derechos.

En algunas realidades sociohistóricas predomina el reconocimiento y valoración de un sistema político como democrático siempre que existan diferentes partidos políticos, que van a elecciones periódicas, eligen representantes de los votantes y existen tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial y existe la propiedad privada sobre los medios de comunicación social. Si se cumplen esas realidades formales el sistema es por definición democrático. Es el caso del sistema político estadounidense, donde hemos visto lo que ha sucedido.

Quedan fuera de esa representación importantes factores actuantes en la sociedad que constituyen deformaciones estructurales del sistema y responden a las relaciones sociales reales, dominantes: los poderes fácticos, la manipulación mediática, el clientelismo político, la corrupción, el burocratismo, las componendas tras bambalinas, la compra de conciencias, el financiamiento de las campañas electorales a cambio de prebendas, la demagogia, los crímenes políticos, la manipulación mediática para imponer matrices de opinión que favorezcan intereses corporativos, y un largo etcétera.

Ese concepto de democracia tampoco incluye en su importancia y trascendencia otros asuntos fundamentales para su eficacia y funcionalidad social: la participación y protagonismo popular, la consulta a la ciudadanía como componente fundamental del sistema político, la transparencia, la justicia social, la igualdad real de derechos…

Todas esas realidades pasan –como está ocurriendo ahora con las reacciones ante el asalto al Capitolio en Washington- a ser reducidas a problemas que se reconocen en sus manifestaciones específicas, particulares, de modo más o menos profundo, se proclama que deben ser corregidos, pero sin que se cuestionen como falencias crónicas ni se tengan en cuenta los factores subyacentes que los interconectan y que cuando se les llega al fondo aparecen los intereses en pugna y se revelan los núcleos de poder. De ese modo, se evita olímpicamente reconocer el vacío de la democracia y su correlato en la manipulación de la representación que pervive oculta en su pureza imposible, en su pretensa atemporalidad.

El tema de fondo

El tema de fondo al abordar la democracia no se circunscribe simplemente a una disputa de mejores deseos o a un asunto de normas y procedimientos establecidos que, no obstante, pueden funcionar mejor o peor. La profundidad de una democracia no se resuelve en la superestructura política de la sociedad, sino en la naturaleza de la sociedad misma, en sus fundamentos y normas de interacción, en la estructura socioclasista, en la distribución real del poder.

Cuando en una sociedad coexisten en pugna de una parte sectores ricos que dominan los mecanismos de reproducción de la vida social a través de la propiedad privada y su correspondiente correlato político y jurídico, a la par que predominan avasalladoramente en el mundo simbólico y, de otra, una ciudadanía sin esos poderosos medios, existen de facto dos tipos de ciudadanos, por más que se proclame la igualdad política y se hable de derechos civiles.

Esos sectores que detentan los poderes fácticos y defienden sus intereses corporativos tejen sus redes económicas, políticas, clientelares, mediáticas, personales, tornando inevitable la corrupción de la democracia, en tanto gobierno de todos, con todos y para todos.

Como toda obra humana, la democracia es un hecho de orden cultural, se construye. En cualquier sistema político calificado como democrático –repito- existe una diferencia entre lo realmente existente de una parte y, de otra, los principios, misión y objetivos que se proclaman sobre esa democracia.

Cuando se afirma: gobierno de todos, con todos, para todos, hay que tener en cuenta que en ese todos están, las grandes mayorías, los intereses populares. Si estos no están debidamente representados no solo en el entramado jurídico vigente, sino en la política concreta, en las acciones, en la distribución justa del poder en la sociedad y el reconocimiento de los derechos participativos más allá del voto, no puede ser calificada tal democracia de íntegramente democrática.

Por tal razón, cuando un pueblo trabajador consciente y organizado como el cubano construye su democracia, no puede esperarse que construya la democracia típica de las sociedades donde predominan los intereses de los explotadores, construye la propia.

Sobre la democracia en Cuba

Con el triunfo de la revolución se produjeron en Cuba profundos y rápidos avances de la democracia al servicio de las grandes mayorías. A tal punto las formas de democracia directa operaron en la realidad cubana de entonces que el pueblo compartía de idea acerca de lo innecesario en aquel momento histórico de las elecciones, no porque estas fueran per se rechazadas o negativas, sino porque no había contra quien disputarlas y solo se percibían como demora frente a la avalancha transformadora de la revolución.

El empoderamiento del pueblo trabajador era rápido, tenía lugar en las estructuras económicas y políticas de todo el país, la tierra, las empresas, la defensa, la organización ciudadana, la actividad artística cultural, el deporte, la ciencia. En fin, en todos los ámbitos de la vida social.

La revolución socialista cubana al socializar la propiedad y situar el poder económico y político en función directa del beneficio de la sociedad en su conjunto eliminó la mayor parte de las diferencias clasistas y sentó las bases para el ejercicio de una democracia más plena.

Solo cuando la revolución estuvo suficientemente consolidada, luego de enfrentamientos a las constantes agresiones imperialistas, a la par que la ingente revolución cultural iniciada por la campaña de alfabetización alcanzó altos niveles de instrucción y educación de las grandes mayorías que las puso en capacidad de interpretar, entender y defender cabalmente sus derechos, se inició el seguimiento de la institucionalización del proceso revolucionario, pero ya con una dimensión y alcance integrales, y se retomó la práctica del voto político, ahora dignificado, muy distinto al ejercicio electoral pre-revolucionario.

El voto político

El voto político tiene dos dimensiones básicas, una procedimental y otra funcional, relativa a su finalidad social, a sus resultados.

Desde el ángulo procedimental hay normas básicas generales, por ejemplo: un ciudadano – un voto, su carácter secreto, las reglas para validar el voto o anularlo, el principio que establece que el voto de la mayoría prevalece sobre el de la minoría, etc. Pero el conteo de votos no siempre significa otorgar la elección a quienes mayor cantidad de votos obtenga. En los EEUU, como es conocido, tener la mayoría del voto popular no significa ser elegido. Por tal razón pudo ser presidente de ese país un empresario multimillonario, nada eficaz como empresario y totalmente ineficaz como político como resultó ser el desvariado y disparatado Donald Trump.

Desde el ángulo de sus resultados, el voto responde a la sociedad que lo practica. Si compiten tras el lado formal del proceso eleccionario sistemas corporativos que defienden sus intereses, aquello del pleno “gobierno de todos, por todos y para todos” es de hecho algo sistémicamente inalcanzable. De ahí que tales sociedades sean propensas a la práctica de la demagogia. Una cosa es el programa de acción política que se esgrime en las contiendas electorales y otra lo que se hace después.

El voto en la República Socialista de Cuba no decide el programa, decide quiénes son los que representarán a la ciudadanía en los diferentes planos y niveles de la estructura política en la realización práctica del programa. El programa es una construcción y reconstrucción colectiva coordinada por el Partido Comunista de Cuba en su papel de fuerza dirigente superior de la sociedad cubana y del Estado y en el que participa masica, directa y libremente la ciudadanía en las convocatorias de las entidades organizadas en el país.

Por tal razón, el voto en Cuba se concentra en la elección de los ciudadanos y ciudadanas con mayores méritos y capacidades a lo cual tienen derecho todos los electores, y resultan completamente supernumerarios la publicidad, el marketing, la demagogia, la manipulación mediática, el clientelismo, la compra-venta de votos, y otras deformaciones tan frecuentes en los sistemas políticos de la democracia representativa de los países donde domina el sistema capitalista.

En muchos aspectos puede y debe ser mejorado el sistema eleccionario cubano, pero el blindaje ante las deformaciones de la demagogia y el clientelismo está asegurado. La sociedad socialista exige que sus representantes políticos, sus líderes, vivan modestamente, sin ostentaciones, ni privilegios personales o familiares, que cuenten con los recursos necesarios para hacer bien su labor de dirección, rindan cuenta de su actividad y velen siempre por el bienestar colectivo, valores que son impensables en un sociedad en la que predominen la propiedad privada, los intereses corporativos y profundas desigualdades socioclasistas.

La democracia es una construcción

Claro está, que el sistema sea estructural y funcionalmente superior al responder su concepción y expresión jurídica constitucional a los intereses de las grandes mayorías, no significa que tiene garantizada la eficacia. Uno de los obstáculos más comunes es el de los frenos que producen las deformaciones burocráticas que pueden manifestarse y de hecho se manifiestan en cualquier ámbito económico, social, político, cultural.

El burocratismo es inversamente proporcional a la democracia. Si alguna tarea política resulta hoy de la mayor prioridad es la de procurar que se eliminen todos los obstáculos burocráticos a la soluciones de continuidad que demandan hoy las políticas aprobadas. Y junto con ello procurar el saldo educativo en la generación de una nueva mentalidad.

En el desarrollo de la educación, de la formación cultural política de la sociedad, el partido de todos los cubanos debe jugar un papel fundamental no solo impulsando esos propósitos vinculados al logro de una cultura general integral de todos los ciudadanos, sino en el apoyo al derecho a expresar su criterio que se enriquece y diversifica con el enriquecimiento cultural de las individualidades y las minorías.

Una nueva comunicación política

La tarea que se resume en la palabra “ordenamiento” tiene como propósito impulsar la necesaria articulación entre las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa e ideológica política para lograr un funcionamiento eficiente del metabolismo socioeconómico del país y con ello un país mejor.

A ese propósito apuntaron tanto los Lineamientos, como la Conceptualización, el Plan de Desarrollo, y la nueva Constitución de la República. Y como eje transversal, la necesidad de un cambio de mentalidad. Pero es muy importante definir a qué debemos referirnos cuando hablamos de cambio de mentalidad. Habrá obviamente muchas definiciones en el esfuerzo por desambiguar la frase.

El proceso revolucionario y la profunda transformación cultural que desarrolló generó un importante cambio en la mentalidad de la sociedad cubana, instalando el humanismo, la solidaridad, la justicia social, la equidad, el reconocimiento de los derechos compartidos, el concepto fidelista de ser tratados y tratar a los demás como seres humanos, el internacionalismo. Esos valores no deber ser borrados de la mentalidad del cubano y para ello es decisivo no permitir que el mercado imponga su jerarquía. Por tal razón, el necesario cambio de mentalidad no supone una comunicación política que apele solo a argumentos económicos y deje de lado el sentido social de la actividad humana.

La transparencia como elemento insustituible de la comunicación política es una de las más importantes condiciones para la construcción de una democracia estable y duradera. Emplear ese término evoca en algunos el rechazo, dada la experiencia en la desaparecida Unión Soviética. Aquí la vemos como el derecho que tiene toda la ciudadanía a la información veraz, oportuna y suficiente, incluyendo la relativa a los diferentes puntos de vista sobre los asuntos políticos de interés común dentro de lo establecido constitucionalmente.

No se trata solo de un derecho de la ciudadanía, que lo es por principio, sino de su funcionalidad, de su importancia para el devenir democrático y sostenible de la sociedad socialista. La transparencia incluye otro factor también fundamental y es el reconocimiento de la discrepancia, del conflicto y su manejo público. La diferencia de criterios es el resultado de las diferentes visiones de la realidad que tienen las personas y los grupos sociales.

Dado que no hay un único camino para la construcción social de orientación socialista, las fórmulas del desarrollo son múltiples, por lo que la construcción y sistemática reconstrucción del consenso resultan una condición sine que non para avanzar unidos. Y en ese camino no hay un pensamiento único, aunque sí una propósito común y un accionar cohesionado que pauta la orientación socialista de la construcción social anclada en la constitución por voluntad popular y el consenso alcanzado.

Pero el enriquecimiento de la subjetividad, necesita de la confrontación de criterios y esta de su espacio en el mundo simbólico para que se convierta en un hecho compartido, participativo, que dé como resultado un importante caudal de alternativas tanto para elaborar, modificar o suprimir políticas, como para entenderlas y asumirlas.

Se trata entonces no solo de la práctica tradicional y efectiva de las sistemáticas consultas nacionales sobre los principales asuntos del país: congresos, referendos, llamamientos, leyes cuyas conclusiones construyen líneas y normas generales consensuadas, sino de la necesidad de mantener los temas abiertos a los análisis y diferentes puntos de vista. Es en ese intercambio en el que se reafirman, cambian y enriquecen los conceptos. De hecho, no porque esos intercambios no aparezcan ampliamente en el mundo simbólico dejan de existir.

Cuba necesita preservar la cohesión de la nación, no por un banal nacionalismo, ni por patriotería, sino por la relevancia que tiene la preservación de la independencia, de la soberanía nacional y de la identidad cultural. En la medida en que la sociedad vaya alcanzando una calidad tal de la conciencia social capaz de la aceptación universal de la discrepancia dentro de la conciencia acerca de la necesidad de preservar esos valores, se podrá ir alcanzando, como pidió el compañero Raúl Castro –y siempre repetimos- toda la democracia posible.

* Licenciado en Ciencias Políticas y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.


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