Elección en Ecuador: vuelta del “correísmo” afianzaría los vientos progresistas en la región – Por Mladen Yopo

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En su peor contracción económica en un siglo (cerca al 8% en 2020), con unos 40 millones de nuevos pobres (alcanzabdo un 37.7%), un desempleo que puede llegar al 11.8% (se dispara con el trabajo por horas y/o informal), con una pandemia de COVID-19 desatada (Brasil se acerca a los 200 mil muertos y 8 millones de contagios), y un malestar que llegó para quedarse por el arrastre de problemas histórico-estructurales, la región latinoamericana entró de lleno el 2021 en un nutrido año electoral. Así y condicionada por la segunda ola de la pandemia, Ecuador tiene elecciones presidenciales y de Asamblea Nacional el 7 de febrero; Perú, presidenciales el 11 de abril; México, legislativa en junio; Argentina, legislativas en octubre; Chile, elecciones todo el año (incluida su histórica Convención Constitucional) y el 21 de noviembre la presidencial y parlamentaria; Honduras y Nicaragua, presidenciales también en noviembre, entre otras.

Sin desmerecer la enorme relevancia de toda la recargada agenda electoral regional, por la proximidad y la posibilidad de afianzamiento de una tendencia de izquierda tras los triunfos de Alberto Fernández en Argentina y de Luis Arce en Bolivia, la elección ecuatoriana se convierte en simbólica y fortificante de este cambio de vientos tras años de gobiernos empresariales y populistas de derecha.

Al respecto, partamos diciendo que sin bombos o fuegos artificiales, sin actos masivos, solo internet, sin vacaciones, con el bolsillo vacío por el ajuste del presidente Moreno y el temor creciente a una segunda ola de la pandemia, a la ciudanía ecuatoriana le ha constado incorporar plenamente en su agenda la elección presidencial en este en contexto de supervivencia: una encuesta de hace algunas semanas de AtlasIntel, por ejemplo, expresaba que a un 66% le interesaba poco las elecciones (aunque crece mientras se acerca el día 7) y que un 44% decidirá su voto en la soledad de la urna.

Un segundo elemento que se percibe con  nitidez es que el escenario político-electoral todavía esta ordenado por la fractura correísmo vs. anticorreísmo. En este sentido y a pesar de que el expresidente Rafael Correa (2007-2017) está refugiado en Bélgica desde hace unos años, durante este tiempo ha existido una ininterrumpida pero infructuosa persecución en su contra, de su proyecto y de su imagen. Entre otros, ahí están los dos procesos en etapa de juicio (Balda, Sobornos), a lo que habría que añadir alrededor de 30 investigaciones abiertas en forma reservada por la Fiscalía; infinitas portadas y titulares en su contra sin posibilidad de réplica en los principales medios nacionales (TeleamazonasEcuavisaEl ComercioEl Universo); apropiación de las siglas del Movimiento Revolución Ciudadana (MCR) de modo de romper identificaciones con Correa; intentos múltiples de proscripción electoral del nuevo partido Movimiento Fuerza Compromiso Social que reemplazo al MCR eliminado por el Consejo Nacional Electoral con argucias legales, lo que obligó al correísmo a aliarse con el Movimiento Centro Democrático para competir y recién el 12/12/2020 autorizaron la dupla Andrés Arauz-Carlos Rabascal y la Unión por la Esperanza (UNES); y no permitirle que se presente como candidato a ningún cargo y/o cita electoral (iba ir a ser vicepresidente de Andrés Arauz, pero debía inscribirse personalmente y tenía orden de detención).

A pesar de esta persecución, Correa sigue manteniendo una importante adhesión con una imagen positiva de 50% (AtlasIntel) y, en el último tiempo, ha ampliado sus fronteras con la creación de Unión por la Esperanza (UNES), que aglutina a un gran conjunto de organizaciones sociales, campesinas, indígenas (Foro Permanente de Mujeres Ecuatorianas, Confederación de Pueblos y Organizaciones Indígenas Campesinas del Ecuador, Fuerza Rural y Productiva, Coalición Nacional por la Patria, Frente Patriótico Nacional y SurGente). Parte de esto se explica por la fractura societal que padece Ecuador y que Correa –en una entrevista al diario El País– la explica diciendo lo siguiente: “Con los cambios que yo hice el país se polarizó, por eso lo elegimos (Lenin Moreno), por su temperamento afable. Creímos que iba a ser signo de unión, pero el país nunca ha estado tan desunido… solo merece desprecio. Han destrozado mi proyecto vital. El próximo gobierno no va a recibir un país, va a recibir ruinas. Las universidades emblemáticas, los colegios milenio, hospitales, el programa de becas más grande de América Latina no se paga desde hace meses. Tengo un dolor en el alma muy grande”.

En América Latina en las últimas décadas han existido múltiples ejemplos de persecución legal sobre la base de resquicios y montajes comunicacionales falsos a los liderazgos de izquierda con gran respaldo popular y con enormes posibilidades de volver al poder (baste recordar casos como los de Lula, Dilma, Morales, Correa, incluso la propia expresidenta Bachelet). Ecuador no es la excepción y así todos los restantes candidatos a la presidencia a Ecuador (15) y el propio gobierno han coincidido en atacar con persistencia al candidato del expresidente, Andrés Arauz. Quizás eso, más su enorme ventaja en las encuestas por el apoyo popular y los mínimos tiempos para cada uno, expliquen su no asistencia al reciente debate presidencial (solo lo hará en la convocatoria oficial del Consejo Nacional Electoral, que es obligatoria).

En tercer lugar, esta disputa electoral está marcada por una serie de temas como la pandemia con sus más de 225 mil casos de contagio y cerca de 15 mil muertos. Ecuador sufre una catástrofe sanitaria producto de los magros recursos públicos para enfrentar al coronavirus. El gobierno de Moreno dispuso a fines de 2020 acotar las reuniones familiares de fin de año y las salidas de verano para evitar un nuevo colapso hospitalario y así poder contar con camas y respiradores ante la inevitabilidad de una segunda ola antes de que haya inmunidad de rebaño (la OMS descarta que esta se alcance el 2021). A pesar de esta delicada situación, de acuerdo a diversas encuestas, un poco más del 60% de las personas dice estar de acuerdo con la estrategia sanitaria implementada.

La crisis económica es otra variable que se ha visto agravada por la pandemia. Ya en junio de 2020, el presidente Moreno había alertado sobre la fragilidad de la economía, diciendo que se debatía “entre la vida y la muerte y no podemos ponerla en mayor riesgo”, discurso que utilizó para recortar en más de US$ 4 mil millones el gasto público, reajuste que implicó la reducción de la jornada laboral y salarios para miles de trabajadores, y facilitó despidos en el sector privado con indemnizaciones mínimas, mientras se continuó pagando la deuda externa (US$ 1.300 millones). El País de España consignaba, ya en agosto de 2020, que un 83% de los trabajadores ecuatorianos estaba desempleado o tenía condiciones precarias de trabajo, mientras el Banco Central pronostica un decrecimiento cercano al 9% en el 2020, realidad precarizante que ha llevado a la economía al primer lugar en las encuestas con un 39.1%, seguido por el desempleo con un 16%. Más de un 60% de los ecuatorianos piensa que su situación económica ha empeorado en el último tiempo.

Esta situación insegurizante ha allanado otra variable para el camino del cambio. No solo es primera vez que el movimiento Pachakutik es una opción electoral tras el protagonismo del indigenismo en el levantamiento social de 2019, sino que un 78.2% de los ecuatorianos se muestra contrario a suspender las elecciones y, si ello llegara a suceder (opción manejada por el gobierno ante la segunda ola de la pandemia y del bajo apoyo de sus abanderados de la alianza conformada por los partidos de derecha Partido Social Cristiano, Movimiento Creo, cámaras empresariales, banca y grandes de medios de comunicación), un 36.3% de los ciudadanos declara abiertamente que saldría a la calle a protestar.

De acuerdo a la última encuesta de AtlasIntel sobre intención de voto, la dupla Arauz-Rabascal ganaría en primera vuelta si las elecciones se celebraran el día de la encuesta, con el 45,9% de la intención de voto. El banquero Guillermo Lasso aparece en segundo lugar con 32%, seguido por Yaku Pérez del movimiento Pachakutik, también de izquierda, con 4,3% y los votos blancos, nulos, abstenciones e indecisos llegarían al 10,6%. En caso de que ningún candidato alcance el 40% de los votos y una ventaja de 10 puntos porcentuales sobre su más próximo rival, la Ley Orgánica Electoral de Ecuador dispone una segunda vuelta entre las dos primeras mayorías, opción que tendría a Andrés Arauz y al banquero Guillermo Lasso, ganando el candidato de Correa 48,2% a 39,4% al candidato de CREO.

El progresismo no logró concretar una alianza entre movimiento Pachakutik y la Unión por la Esperanza (ambos de izquierda), ya que durante la década pasada el boom de los commodities generó una exacerbación del modelo económico extractivista, al que Correa adhirió, y que precipitó además choques y conflictos entre el Estado y los movimientos sociales e indígenas. A ello se suma el hecho de que el proyecto plurinacional de los pueblos indígenas (anticolonial y antineoliberal) difiere un poco del popular y antineoliberal del correísmo. Sin embargo, los dos bloques mencionados se han acercado en los últimos meses, por lo que aún hay esperanza de acuerdos electorales en el muy hipotético caso de segunda vuelta, pero sobre todo pensando en la gobernabilidad futura en el escenario de una crisis que se prolongará.

Una visión de izquierda

La candidatura de Andrés Arauz (casi 36 años), es una suerte de réplica de la fórmula plateada por Evo Morales en Bolivia cuando promovió como candidato presidencial a su exministro de Economía, Luis Arce. Entre otros cargos, fue ministro y director del Banco Central de Ecuador. Posee un amplio bagaje académico, es Licenciado en Economía y Matemáticas de la Universidad de Michigan, magíster en Economía del Desarrollo en FLACSO y realiza un doctorado en economía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Domina, además de la lengua materna, el inglés, el francés y el ruso. No tiene manchas políticas o judiciales. Es un latinoamericanista moderado y convencido, con vínculos con formaciones y líderes progresistas de todo el mundo. Es miembro del Consejo Ejecutivo de la Internacional Progresista fundada en 2020 por activistas, personalidades y asociaciones de izquierda, como el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera, el exministro de RR.EE. de Brasil Celso Amorin, el propio Rafael Correa, el actor mexicano Gael García Bernal, entre muchos otros.

En una entrevistas a Página12, Arauz dijo que su prioridad es evitar un problema de hambruna en Ecuador, para lo que hay que realizar transferencias directas a las familias (poner dinero en los bolsillos, “dar mil dólares a un millón de familias en la primera semana” de su gobierno) e implementar la vacuna en los sectores críticos y esenciales de la sociedad, como salud y educación, para que la gente pueda retomar la actividad económica y social (habla de 800 mil puestos de trabajo en sus primeros 3 años).

Parte del financiamiento de esto, saldrá de una contribución del 2% de todos los que tengan en su patrimonio más de un millón de dólares. Plantea también la apropiación científica, tecnológica, industrial y ecológica de los recursos naturales. Habla de poner en práctica real el Estado plurinacional e intercultural. Esta dispuesto a abrir el debate en torno al aborto. Espera una rectificación e independencia de la justicia de los poderes fácticos. En términos de política exterior, además de mostrar una actitud pragmática con las potencias sobre la base de preceptos valorados universalmente, cree que la Convención Constitucional en Chile “es trascendental porque pasa de ser paradigma del neoliberalismo a encarar un proceso que busca poner los derechos sociales en el centro del debate”. También aspira a que “no suenen los tambores de guerra en nuestra región, que la solución de las controversias se mantenga en el ámbito de discusión y el diálogo”, y que la presencia de bases militares en nuestra América se vaya desmontando paulatinamente, entre otros puntos.

Muchos analistas ven la crisis de la región como una oportunidad para reformular el contrato social, en lo fundamental para apaciguar ánimos y “evitar el surgimiento de opciones populistas” (términos usado en un sentido peyorativo y reduccionista del término), más aún si tenemos presente que aunque se masifique la vacunación y la región crezca, la pobreza y el empleo tardaran mucho más en mejorar, y detrás de esto hay cuentas políticas, económicas y sociales. La estrategia conservadora de invisibilizar al correísmo no solo no funcionó (Correa sin duda volverá al país igual que lo hizo Evo), sino que además ayudó a transformar a estas fuerzas en un espacio más amplio de “radicalización de la democracia” (anclaje de Ernesto Laclau del populismo) y que con la elección de la dupla Andrés Arauz-Carlos Rabascal puede afianzar la tendencia progresista que ha asomado en la región.

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