Quince motivos de dolor – Editorial de El Tiempo, Colombia

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Tres de los flagelos que marcaron el 2020 en Colombia ya se han hecho sentir en lo poco que va del 2021: el asesinato de líderes sociales –tres murieron el pasado fin de semana–, el de líderes ambientales –el asesinato de Gonzalo Cardona tiene conmovido al país– y, con unas dimensiones realmente aterradoras, brutales e inaceptables, el feminicidio.

En apenas 16 días se han registrado 15 casos, según la rigurosa labor de la campaña No Es Hora De Callar. Cuatro de estos han tenido como víctimas a niñas. Entre ellos se encuentran unos que nos sacudieron a todos, toda vez que sus detalles trascendieron: el de Mayra Alejandra Orobio, asesinada en Guapi, Cauca, después de haber padecido violencia sexual, y el de María Ángel Molina, en Aguadas, Caldas, quien fue raptada con su hermanita de apenas 18 meses, luego de que el agresor, un desertor del Ejército, hirió gravemente a la madre de ambas. Indignación ha generado asimismo el testimonio, publicado ayer por este diario, de una sobreviviente, Leticia, quien al conocer el caso de María Ángel se animó a compartir el drama que vivió en compañía de su pequeña, también de 4 años, a causa del machismo brutal de su expareja, quien estuvo a punto de asesinarla el pasado 31 de diciembre.

Las cifras dejan claro que no se trata de casos aislados, sino de un problema enorme con profundas raíces en nuestra cultura y que durante años fue lastimosamente invisible. El año pasado, según No Es Hora De Callar, fueron 253 los feminicidios de mujeres y niñas; 218 de ellos corresponden a mujeres adultas, en hechos en los que hubo violencia previa: intrafamiliar, de pareja o sexual. Las cifras de la Fiscalía dan cuenta de 155. El ente acusador asegura que un 92,9 por ciento de ellos han sido esclarecidos, sin que esto incluya, como debe ser, según la Ley 1257 de 2008, sanción punitiva, reparación y acompañamiento a las víctimas. Hay que subrayar que solo en el 12 por ciento de los 253 feminicidios existe sentencia condenatoria o aceptación de cargos por parte del sindicado.

Bastante se ha dicho sobre todo lo que está mal acá, pero por momentos pareciera que son demasiadas las resistencias para pasar de las condenas, de las cifras y de los diagnósticos a las acciones que permitan transformar una realidad marcada, hay que decirlo con claridad y contundencia, por un machismo tóxico que se asoma para hacer daño a todo nivel, en el momento y en las instancias menos esperadas.

Es desconcertante constatar que no solo en la cotidianidad, sino también en tantas instituciones responsables de este asunto, donde son muchos los funcionarios que podrían ayudar a avanzar, pero que siguen aferrados a pesados lastres patriarcales que terminan revictimizando. Sin desconocer los logros alcanzados, es lamentable que sean muchos todavía los testimonios de mujeres víctimas que al acudir al Estado solo encontraron en quienes las atendieron réplicas de la pesadilla que viven en sus hogares.

Quizás sirva, por lo pronto, entender que las violencias contra las mujeres son parte central de una lógica perversa de odio y deterioro social de la que, a la larga, todos, sin excepción posible, somos víctimas.

El Tiempo


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