Marginalización y disidencia en Cuba – Por Gisela Arandia Covarrubias

1.939

Por Gisela Arandia Covarrubias *

Desde el discurso de la colonialidad, de manera cuasi histórica ha existido una tendencia a identificar a las personas de origen africano con baja inteligencia, modos de vida marginalizados, fealdad y mal comportamiento.

Permítanme explicarles que esa perspectiva no es real porque se trata de un arquetipo social construido desde el racismo y la discriminación racial como parte de un estereotipo cultural fundamentado en la trayectoria colonial que nos acompaña desde hace siglos.

Lamentablemente, entre fines de noviembre y principios de diciembre algunos reportajes de televisión y prensa escrita han divulgado la triste imagen de personas “negras” con una conducta que apunta al estereotipo de persona fuera del orden social establecido.

Aprovecho para comentar acerca del uso de la palabra negro la cual está entre comillas, pues se trata de una terminología que forma parte de un estereotipo colonizador, trasmisor de una connotación peyorativa que responde a una ideología racista y los pueblos africanos nunca utilizaron.

La marginalización representa un modo de exclusión donde intervienen factores externos e internos que colocan a una comunidad o personas en situación de desventaja socio- económica, profesional o política, pero algo muy importante es que su eje central está determinado por la identidad como hilo conductor, en este caso, en Cuba, se trata de la racialidad como epicentro.

Sus manifestaciones se acompañan de desigualdad social, un currículo profesional deficiente, ausencia de reconocimiento hacia esa realidad, que inciden en una baja participación socio-política y más difícil aun en esferas de dirección del país.

Con frecuencia las necesidades básicas y complementarias de los grupos marginalizados no están satisfechas, por lo cual predomina una economía de tipo informal, con poca o ninguna planificación hacia el futuro inmediato, lo que da paso a una vulnerabilidad no solo personal, sino también familiar.

Esta caracterización que ha contribuido a que en los espacios sociales donde predomina la marginalización cultural se presenten contradicciones culturales y de confianza hacia la autoridad, un comportamiento que transcurre de modo consciente o no y que puede dar paso a una tendencia de violar el orden establecido.

Desde la perspectiva del análisis global, la marginalización se presenta generalmente como antítesis del empoderamiento, lo que se traduce en condiciones de vida con cierta inseguridad, con conductas ocultas o abiertas dentro de una sociedad que considera esta aptitud indeseable. Esto coloca al grupo en espacios sociales preteridos, que en contrapunto se expresan en rechazo al medio ambiente imperante.

Historias poco conocidas

Como una intelectual cubana que ha dedicado más de treinta años al estudio de la racialidad en la isla puedo asegurarles, que las personas de origen africano no son necesariamente marginalizadas. Procedente de una familia de lo que se ha dado en llamar “clase media negra”, puedo explicar, con múltiples evidencias, que se trata de una narrativa mal contada, porque precisamente muchas familias de origen africano en Cuba fueron portadoras de una educación sofisticada caracterizadas por un comportamiento refinado a pesar de las desventajas sociales que tuvieron que enfrentar.

Ocurrió sobre todo desde el siglo XVIII en La Habana, Matanzas y en cierta medida en Santiago de Cuba, donde de manera temprana recibieron un entrenamiento cultural para adentrarse en técnicas y oficios de lo que pudiéramos llamar hoy “el buen vivir”.

Esos grupos establecieron relaciones y trabajaron para aristócratas de origen europeo que trataron de reproducir su modus vivendi y para su disfrute entrenaron a personas afrodescendientes libres o esclavizadas recreando un contexto capaz de satisfacer sus aspiraciones culturales.

Una historia que ya en el siglo XIX se fue consolidando, apoyada por cabildos y otras asociaciones donde no solo predominaba el nivel de instrucción, sino donde la cultura formaba parte de un paradigma de saberes y conducta social con un marcado carácter independentista. En este sentido, la figura más sobresaliente fue Antonio Maceo y Grajales (1845-1896) conocido también como el Titán de Bronce por su enfrentamiento constante a quienes no apoyaban la libertad de Cuba.

Maceo representa el paradigma humanista por excelencia y entre sus hábitos está una elegancia natural. Solía cambiarse de ropa incluso al concluir cada contienda, acompañando su valentía con el impecable atuendo del uniforme blanco clásico del Ejercito Libertador. Portador de una cultura donde junto a un pensamiento político que le permitió no solo diseñar la protesta de Baraguá (1979) sino que fue capaz de realizar la mayor proeza bélica de la historia de Cuba, la invasión de oriente a occidente (1895-1896).

La provincia occidental de Matanzas fue también escenario de movimientos afrodescendientes cultos con un estatus económico solvente, lo cual molestó a las autoridades españolas que organizaron acciones represivas de impacto desastroso como los acontecimientos de la llamada Conspiración de la Escalera (1844) en la cual fueron ejecutados cientos de personas entre ellas figuras como Gabriel de la Concepción Valdés, conocido como el poeta Plácido (1809-1844).

Portadores de cultura

Desafortunadamente se trata de historias poco conocidas que en su gran mayoría no aparecen en los currículos docentes, lo cual dificulta una mayor comprensión de esta temática. Fue en ese proceso de multiculturalización donde personas de origen africano aprendieron las costumbres y hábitos de esa clase social convirtiéndose en exponentes de la cultura más exquisita de la época.

Ellos, a partir de ese aprendizaje desde la experiencia se hicieron portadores de una cultura, que al paso del tiempo sería precisamente la cultura cubana junto a otros grupos y figuras que si han sido bien reconocidas. De esas relaciones de trabajo con esas familias ricas y cultas fueron desarrollándose capacidades y paralelamente posesionándose en aquellos espacios sociales en el que las personas blancas no participaban ya fueran criollos o emigrados españoles.

Pronto esos grupos se convertirían en protagonistas de diversas tareas, con el empleo de técnicas y oficios como albañilería, calafateo, sastrería, modistería, zapatería, ebanistas, cristaleros, joyeros, cocineros, pintores, (como José Antonio Aponte, ejecutado en 1812 y precursor de la independencia), músicos, escritores. La música compuesta e interpretada por artistas afrodescendientes devino parte esencial de la cultura cubana.

Un elemento decisivo fueron las maestras, que hicieron del magisterio una tarea realizada en esa época mayoritariamente por mujeres negras, y prácticas de extracción de sangre conocida como flebotomía, entre otras. Labores que hicieron posible obtener un estatus social que les proporcionó un modo de vida de mayor desenvoltura económica y al mismo tiempo les permitió popularizar esos nuevos saberes.

Muchas de esas personas sobre todo mujeres en la ciudad de La Habana fueron dueñas de pequeños y medianos negocios, como consta en fuentes documentales del Archivo Nacional, testimonios e informaciones que han sido exploradas por escritores como Rogelio Martínez Furé (1937-), José Luciano Franco (1891-1989), Pedro Dechamps Chapeaux (1913-1994), Walterio Carbonell (1920-2008), Manuel Moreno Fraginals (1920-2001), Maria del Carmen Barcia (1939-), Los ilustres apellidos. Ed. Boloña, 2008 y Fernando Martínez Heredia (1939-2017).

Están autores cuya obra ha incidido en transformar la visión del tema desde la literatura como Reynaldo González (1940-), Contra danzas y latigazos. Eliseo Altunaga (1941-) ¿Racismo en Cuba? Ed. C. Sociales, La Habana, 2015 y desde la investigación como Tomás Fernandez Robaina (1941-) El negro en Cuba: 1902-1958. Ed. C. Sociales, La Habana, 1990 y Oilda Hevia (1970-) Mujeres negras y mulatas en la economía de servicio de La Habana colonial, siglos XVI y XVII.

El impacto social de las ventajas obtenidas en ese período histórico permitió incluso que algunas de esas personas compraran mano de obra esclavizada y se conviertan también en moderados dueños de esclavos. Alcanzando un estatus económico que incluso legalizaron a través de testamentos en los que donaban sus bienes a otros familiares o amistades o incluso compraban la libertad de quienes todavía estaban en el estatus de esclavizados.

Mediados del siglo 20

Se trata de grupos sociales que ya en el siglo XX cuentan con una imagen que adquiere relevancia particular en los años 1930 y 1940, como es posible apreciar en periódicos y revistas de la época, mostrando un gusto por el buen vestir que es posible compararlo con los existentes en ciudades sedes de la moda mundial como Nueva York o París. Por cierto, la existencia de una incipiente clase media negra no fue solo un fenómeno cubano, sino que también ocurrió en otras naciones de la diáspora africana.

Permítame recordar el sentimiento patriótico que caracterizó al Ejercito Mambí, donde más de un sesenta por ciento de su membresía era de origen africano, quienes en la mayoría de los casos con un carácter autodidacta hacían gala de un comportamiento ético esmerado.

La masonería, en donde estaban involucrados muchos de ellos también fue portadora de ese comportamiento donde se aunaron el sentimiento independentista y una cultura refinada. Una tradición que llega al siglo XX con la influencia fuerte del Partido Socialista Popular, donde líderes “negros” mostraron su compromiso con la justicia social y con el proyecto de emancipación de la sociedad cubana.

Muchos de ellos con capacidades excepcionales, con figuras como Salvador Garcia Agüero(1907-1965), Lázaro Peña (1911-1974), Jesus Menéndez(1911-1948) y Aracelio Iglesias (1901-1948), quienes lo mismo organizaban una huelga sindical que daban una conferencia en el selecto Liceo de La Habana, sede de la aristocracia más encumbrada.

Diversas personas sienten en este momento que esa imagen histórica de una identidad cultural donde saberes, comportamiento social y educación corre el riesgo de ser desplazada por otra que muestra exactamente lo contrario. Debido a una falta de información acerca de estas historias en la actualidad, no falta quien piensa que la población de origen africano en Cuba se mantuvo esclavizada y sin instrucción y que solo en 1959 apareció por primera vez una oportunidad de avance social.

Esto no significa restarle valor al impacto del proyecto revolucionario, en realidad los logros trascendentes alcanzados formaron parte de la propuesta “iguales oportunidades”. Lo cual si bien contribuyó a un acceso masivo a nuevos espacios sociales, ese programa no tuvo en cuenta la realidad de quienes procedían de estamentos sociales con mayores dificultades para alcanzar sus metas.

Pero los conflictos de la racialidad trascienden a la isla caribeña y se extienden por toda la región.

En el caso de América Latina existe una interconexión con sus peculiaridades culturales, pero entre sí guardan semejanzas, porque son el resultado de una colonización muy bien diseñada donde con frecuencia a las personas de origen africano y también a los pueblos originarios se contrapone la metáfora de una blanquitud, que va más allá del carácter identitario mismo, que se presenta fundamentalmente como el estatus de poder. (La cuestión de la blancura. Ed. Criterio 34, 2003, p. 60-62-63-64).

La agenda estadounidense

Creo que es imprescindible recordar que fue Fidel Castro (1926-2016) en marzo de 1959 a solo tres meses del triunfo revolucionario, quien propuso abordar la discriminación racial como parte del completamiento por la justicia social. Sabemos que en ese momento sus palabras no fueron bien escuchadas y no contó con el consenso requerido para su abordaje.

Durante el Sexto Congreso de la UNEAC que comenzó en 1998 aunque sus sesiones se extendieron hasta el año siguiente, en uno de los encuentros, a una pregunta de Fidel acerca de la marginalidad, tuve la oportunidad de explicarle personalmente la significación de esa categoría de las ciencias sociales donde convergen cultura, economía, política y otras ciencias asociadas.

Pero también es importante tener claro que estas advertencias del líder cubano han representado alertas sobre el comportamiento de quienes amenazan a la revolución.

No hay que olvidar que la cultura de la marginalización con una incidencia en la racialidad ha estado incluida en la matriz de injerencia de Estados Unidos y ha sido un objetivo de larga data, donde el tema de la creación de una disidencia de carácter racial ha estado presente. Un fenómeno que en la actualidad ha formado parte de los intentos de crear y promover un cisma político que contribuya a debilitar pero sobre todo a derrocar el proyecto revolucionario.

La presencia de una disidencia de personas de origen africano para un enfrentamiento a la propuesta social cubana se inscribe en una situación que desde mi perspectiva, forma parte de la agenda promovida desde Estados Unidos para crear ambientes de desestabilización social, aunque esos grupos no son en general representativos de la sociedad cubana en su conjunto.

Una fase de ese programa injerencista dio sus primeros pasos en la década de los años 1980 del pasado siglo con el académico de origen cubano Carlos Moore (1942-), pero cuando el discurso del investigador criticó no solo el racismo en Cuba, sino que incluyó el racismo antinegro histórico de la isla en su trayectoria fundacional, entonces fue inmediatamente eliminado de esa agenda.

Desde el inicio de la década de 1990, Estados Unidos intentó impulsar una disidencia racializada en Cuba, una propuesta que estuvo liderada por el entonces secretario de Estado, Collin Powell (1937-). Ese funcionario estadounidense recibió un apoyo calculado en unos 40 millones de dólares para promover una disidencia “negra” en la isla caribeña, acción plasmada en un documento conocido como informe Powell.

En esa época me encontraba como investigadora asociada del Centro de Estudios sobre Estados Unidos, actualmente denominado Centro de Estudios Hemisféricos sobre Estados Unidos. El entonces director de esa institución académica, Esteban Morales Domínguez, (1942-) informó al Departamento Ideológico del Comité Central, acerca de la urgencia de estudiar y socializar los planes de Estados Unidos en el tema racial.

La propuesta era ir promoviendo una consciencia social que facilitara la urgencia de debatir públicamente el tema y al mismo tiempo crear un consenso para la comprensión del propósito del gobierno de Estados Unidos de utilizar el tema racial para crear enfrentamientos e indisciplina social, como parte de la agenda para derrocar la revolución cubana.

No pretendo escarbar el pasado más inmediato de lo que no se hizo por personas o instituciones, porque comprendo la complejidad que acompaña a la racialidad en Cuba, pero en cierta medida la ausencia de un debate público acerca de la racialidad, como un problema que ha estado huérfano en medio del tratamiento a otras discriminaciones, dejó un vacío que ha tenido una repercusión importante.

Para el liderazgo anticubano de Miami este tema tuvo un punto culminante durante el éxodo por el puerto del Mariel al inicio de los años 1980. Muchas de las personas de origen africano que llegaron a Miami como parte de esa emigración no fueron bien acogidas. En primer lugar carecían de familiares que tuvieran recursos suficientes para asumirlos a todos y solo un grupo pudo permanecer allí.

Quienes no pudieron desembarcar se vieron obligados a continuar hacia otros Estados, entre ellos el área de Oakland en San Francisco, también New Jersey, New York, Texas, etc. Otro grupo de cubanos afrodescendientes que no tuvo en ese momento una contraparte en Miami, fueron encarcelados bajo la rúbrica de antecedentes penales aunque no eran solo ellos los que poseían esa condición.

En 1997 recibí una beca Rockefeller, que me permitió, realizar una investigación en la Universidad Internacional de Florida FIU, donde tuve la oportunidad de realizar entrevistas con diferentes personas acerca de su percepción del racismo antinegro. Entre ellos pude conocer a un grupo de los llamados “marielitos” que no pudieron quedarse en Miami. En ese momento, ese grupo estaba en la ciudad de Oakland San Francisco, como músicos de un lugar llamado Port 23, quienes contaron sus experiencias acerca del rechazo de que fueron víctimas.

Solo en el 2019 se ha hablado por primera vez de asumir este dañino y peligroso asunto con un Programa Gubernamental bajo la dirección del presidente Miguel Díaz-Canel. Luego de sesenta largos años, donde han existido señales del conflicto como durante el llamado Período Especial, en los años 90 del pasado siglo, cuando se evidenciaron las desigualdades sociales con una incidencia marcada en la población de origen africano.

Es importante recordar que la discriminación racial fue una preocupación del propio líder histórico Fidel Castro, como un asunto que no desaparece de modo espontáneo, porque exige de un tratamiento específico. Ahora habría que decir, más vale tarde que nunca, aunque resulta doloroso asumir la realidad de un conflicto social para el cual el país ha contado con mejores condiciones que otras naciones de la región, debido precisamente a sus múltiples logros sociales y a la presencia de una institucionalidad bien articulada.

Es un asunto que también he compartido con diferentes compañeros de instituciones entre ellas del Partido Comunista de Cuba a lo largo de los años, en la medida de mis modestas posibilidades. Como he dicho citando al novelista colombiano Gabriel Garcia Márquez (1927-2014), se trata de una “crónica de una muerte anunciada”.

Una vieja aspiración

En realidad la idea de colocar el tema racial como parte de la agresión contra Cuba para propiciar un cisma político ha sido una vieja aspiración que no pudieron gestar con rapidez, pero en la cual ha estado presente una persistencia que ha continuado hurgando en los ambientes donde está presente una mayoría de origen africano con mayores desigualdades sociales caracterizado por la cultura de marginalización.

Resultaría errado y triste pensar que este fenómeno está asociado a las familias y personas de origen africano en general. Tampoco se trata de propuestas compartidas con los segmentos marginalizados en general, donde como en cualquier espacio de la ciudadanía hay críticas, discrepancias y aceptaciones.

Pero lo cierto es que más allá de las desigualdades existentes, la identidad racial ha marchado en paralelo a los avances sociales del país, en segmentos de la población afrodescendiente que actualmente ocupan espacios de excelencias en todos los ámbitos del país, dígase la cultura, las ciencias, el deporte y también espacios de dirección, acorde con la tradición emancipatoria que les ha caracterizado a lo largo de la historia.

A manera de resumen es preciso recalcar que entre los objetivo de una mayoría de las administraciones de Estados Unidos ha estado presente apoderase de esta isla del Caribe considerada por ellos como parte de su propiedad geográfica y política. Por lo cual, la presencia de una manipulación de carácter racial, sumada a otras matrices de agresión encaminadas a exacerbar la confrontación y la división en la sociedad de la isla ha sido una constante.

La racialidad, por estar referida a un asunto concerniente a la identidad de la nación cubana que no ha gozado de la prioridad política requerida, ha facilitado en cierta medida la manipulación política del tema. De ahí que su utilización para promover conflictos políticos no debería crear una alarma, conociendo que se trata de un tema pendiente que, por seis décadas, no ha tenido el lugar que le correspondería en la agenda social.

En cierta medida la identidad racial ha formado parte de una premisa compleja que incluso fue utilizada por la colonización española, con aquella máxima del “miedo al negro…”. Se trata de una argumentación donde se han articulado el silencio de temas históricos, junto a una baja producción de conocimiento en una combinación nociva que ha propiciado una crítica al tratamiento de este asunto en Cuba, a pesar de importantes logros en la equidad racial obtenida después de 1959. (2021)

* Investigadora y escritora cubana

IPS Cuba


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