La división sexual del trabajo: de adentro hacia afuera

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Antes de la pandemia mi vida era muy diferente. Muy diferente. Entraba los miércoles a la tarde, salía lunes a la tarde y volvía el miércoles. Me iba el lunes a mi casa y bueno, empezar de nuevo, porque como mi marido trabajaba, la casa estaba descuidada, él no podía hacer mucho tampoco porque entraba a las 4 de la mañana y salía a las 8 de la noche (Rita Cabrera).

Rita tiene 70 años y trabaja hace 40 años cuidando adultes mayores. Su trabajo fue considerado esencial desde el inicio de la pandemia. Por miedo a contagiar a su familia pasó los primeros dos meses sin volver a su casa. Aunque trabajó toda su vida, al igual que su esposo, siempre fue Rita la encargada de organizar y garantizar las tareas domésticas: Él no hacía nada, no hacía nada. Ni clavar un clavo. Tuvo que aprender cuando yo salía a trabajar, tuve que enseñarle a hacer tuco, hacer la comida, atender a nuestro hijo(Rita Cabrera).

En Argentina hay alrededor de un millón y medio de trabajadoras de casas particulares (MTEySS, 2020), entre las que se encuentran las cuidadoras, como Rita. Cuidados esenciales, dentro y fuera de la casa propia, recaen desproporcionadamente sobre los cuerpos de las mujeres, lesbianas, travestis y trans.

Al decir de Silvia Federici (2018),el trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir física, emocional y sexualmente a los que ganan el salario. Pamela Cutipa es trabajadora sexual. Las primeras semanas del aislamiento obligatorio se quedó sin posibilidad de salir a trabajar y la desalojaron de la habitación en la que vivía. Fue Margarita, trabajadora de casas particulares, quien le ofreció a Pamela lugar en su casa. La pandemia puso también de relieve más que nunca nuestra interdependencia, más allá de las paredes de las casas. Lo que llamamos familia se construye de muchos modos.

“Yo ya tomé una decisión, ahora depende de vos. Si podés estar ese tiempo con los chicos… Me dijo ‘sí, no hay ningún problema. Yo no voy a trabajar’”(Mariana Rojas). Mariana es trabajadora de la salud y decidió aumentar sus horas de trabajo porque así lo requería la pandemia. Pasó meses viendo a sus hijes solo a través de una ventana en sus caminos de vuelta a la casa:

Mi ex marido no tuvo ningún problema, estuvo todo bárbaro pero a la hora de afrontar colegio, horarios y todo lo demás no supo cómo. Él estuvo siempre abocado a su trabajo, a los recreos, a los permisos y de un momento a otro se encontró con otras cuestiones: ¿qué pasa con los horarios?, ¿las tareas?, ¿por qué me llaman las mamás del colegio? En un momento no pudimos porque todo esto nos colapsaba. Tuvo que intervenir mi madre y todo lo que tienen que ver con tareas colegio los lleva mi madre. Con horarios, con la carga del médico, las tareas cumplidas, las reuniones (Mariana Rojas).

Las divisiones de tareas arraigadas en el tiempo no cambian de un día para otro. Una vecina, una tía, una abuela son las que en general salen al rescate. Sin embargo, para Mariana y su familia, el cambio de roles les hizo cuestionar y hablar sobre lo que hasta hoy se había naturalizado: “Las uniones interfamiliares tendrían que haber sido de otro modo. No ‘yo me ocupo de esto y vos de esto otro’” (Mariana Rojas).

Marta Dillon, lesbiana, periodista y activista feminista cuenta que, a pesar de su facilidad para trabajar desde la casa y de contar con ingresos estables, el aislamiento le resultó complejo porque su espacio doméstico se transformó. Dejó de ser un lugar de encuentro, de fiesta, de mesas grandes para convertirse en una especie de loop, en el que hubo que limitar los vínculos afectivos. “Criar y cuidar es una tarea que se puede emprender de muchas maneras. Necesitamos poder pensar el cuidado de las personas de una manera más colectiva” (Marta Dillon).

Su hijo, Furio, lleva tres apellidos: el de su padre y el de sus dos madres.

Para mí la familia tiene que ver con vínculos de cuidado, de cariño y de afectación mutua. No es algo fijo, es algo que está en permanente movimiento. No es el amor que hace a una familia sino el amor y el cuidado mutuo, la responsabilidad compartida de unes por les otres. Es formar una comunidad de afectación y de responsabilidad mutua. (Marta Dillon)

Cuando los feminismos nos preguntamos por los vínculos que sostienen la vida, al mismo tiempo nos preguntamos ¿qué vidas? El desafío cotidiano es el de construir las relaciones sociales y afectivas que sostengan “otra vida”, no organizada alrededor de las necesidades de un mercado de trabajo ni de las ganancias de unos pocos. Este desafío se plasma en esa consigna que dice que queremos cambiarlo todo “en las calles, en las plazas y en las camas”.

Casa patriarcal, territorio inseguro

A pesar de los cambios en el último medio siglo, la configuración patriarcal del espacio doméstico persiste a lo largo y ancho del mundo. Silvia Federici (2018) utiliza el término “patriarcado del salario” para referirse a la arquitectura social creada con la imposición del salario como contraprestación al trabajo socialmente productivo y la exclusión del trabajo doméstico de dicha relación, y sus consecuencias en el disciplinamiento de las mujeres a la autoridad masculina. Aún cuando las mujeres hayan ingresado masivamente al mercado del trabajo, el salario continúa siendo un privilegio predominantemente masculino sobre el que se asienta la capacidad de mando sobre el resto de les integrantes del hogar que no tienen ingresos o que, si los tienen, son menores.

Esos hogares patriarcales siguen siendo los espacios privilegiados para que suceda la violencia contra mujeres, lesbianas, travestis y trans. En esos casos los lugares seguros se construyen más allá de las paredes de las casas. Se tejen redes que sostienen, acompañan y transforman. Las medidas de aislamiento social limitaron las posibilidades de buscar apoyo por fuera de sus casas cuando estas se revelaron como un territorio inseguro.

La dependencia económica y la falta de un techo propio son condiciones y motivos que resuenan en los relatos de miles de mujeres, lesbianas, travestis y trans. Por eso desde Casa Anfibia —una organización social que se dedica a la construcción de vivienda y de hábitat feminista, a la alimentación y a los cuidados— no dudaron en qué resolución dar a un caso de violencia que tuvieron que acompañar durante la pandemia.

No hay posibilidad de pensar una salida a la violencia de género sino pensamos en una casa, en un hogar, en cómo se constituye ese hogar, en quién me brinda la posibilidad de tener esa casa. En ese momento fuimos las compañeras las que nos organizamos y, con lo que teníamos –que era el capital técnico– y con compañeras del mismo barrio, decidimos montar una casa (Ileana Fusco)


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