Capitalismo y narcotráfico: La gran devastación – Por Víctor M. Quintana

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Víctor M. Quintana*

Cuando la acción del narcotráfico se instala en un suelo marcado por la exclusión multiforme de amplios grupos sociales por el capitalismo dominante, arrasa con la naturaleza y con el tejido social. En México, el estado norteño de Chihuahua, en la frontera con los Estados Unidos, lo está viviendo en la zona serrana y en las ciudades.

Como pocas veces, los incendios forestales se están cebando sobre los muy mermados bosques de la Sierra Tarahumara. A la fecha han sido afectadas ya 10 mil 759 hectáreas, cuando hace un año eran 8 mil 920. Al 16 de abril el número de incendios llegaba a 220.

La sequía explica solo parte del problema. Porque según los testimonios de las comunidades serranas y de los brigadistas que heroicamente combaten los incendios, la acción y la guerra entre los cárteles del narcotráfico son factores clave de la expansión del fuego. Estos queman los predios madereros del cártel rival y amedrentan a los brigadistas para que no intervengan y el bosque se convierta en tierra arrasada.

La tala clandestina se ha convertido en una importante fuente de acumulación para los grupos criminales. Y ya sabemos el círculo vicioso que comienza ahí y viene a redundar en el agravamiento del cambio climático: devastación de los bosques, erosión, sequía, calentamiento global, más sequía, etc. La tala clandestina, el control territorial y el terror inducido por los cárteles desplazan a cientos de familias de la Sierra Tarahumara y destrozan comunidades enteras.

En las zonas urbanas de Chihuahua, si no es tan visible la devastación ambiental, sí lo es la social. Al mes de febrero, Chihuahua tenía una tasa anual de delitos por cien mil habitantes que estaba más arriba de la media nacional; más del doble de la media en homicidios dolosos; el doble en feminicidio; más del 50% del promedio del país en violencia familiar: y, lo que puede explicar mucho de lo anterior, una tasa de delitos por narcomenudeo de 205.1 por cada cien mil habitantes -cuando la media nacional es de 60.37-.

La expansión del consumo de drogas, sobre todo del cristal, es el factor más importante para el incremento de la delictividad en las ciudades del estado. Según datos de la organización FICOSEC, el mercado de la droga en Chihuahua asciende a 3 mil 209 millones de pesos, tomando como base las 100 mil personas que consumieron droga en 2019. Cada una de ellas, según esto, consumiría un promedio de 88 pesos diarios por enervantes. De acuerdo a esta misma institución el 80% de los homicidios dolosos en el estado estarían relacionados con el narcomenudeo.

El consumo del cristal se triplicó en las ciudades chihuahuenses entre 2017 y 2020 y ahora es la droga preferida por el 70% de las personas con adicciones. Por otro lado, la edad en que se prueba la primera droga va a la baja: ya acuden a ellas niños de hasta 10 años y el 75% de los adictos está entre los 13 y los 35 años.

Homicidios dolosos, violaciones, violencia familiar son manifestaciones de la devastación social producida por el narcomenudeo y las adicciones. Una persona con síndrome de abstinencia no se detiene para robar, para asaltar, ni siquiera para golpear a sus padres y así obtener el dinero para una o varias dosis. La inseguridad y el miedo se instalan en las colonias, en los barrios y hasta dentro de los mismos hogares.

Pero esta devastación ambiental y social no es exclusiva de los malandros; ellos aprovechan un suelo social ya debilitado y una inercia devastadora, excluyente y concentradora impulsada por las nuevas formas del capitalismo. Antes y después de los grupos criminales llegaron a devastar los negociantes de la madera y los mineros y aplastaron la resistencia de los pueblos indígenas, arrinconándolos.

En las ciudades el neoliberalismo ha precarizado la vida de las familias trabajadoras, ha desaparecido los cuidados a niñas, niños, adolescentes y jóvenes. Les impide trazarse un proyecto de vida propio y los socializa en el placer inmediato, individual, así los destruya. Entonces, las organizaciones criminales y los narcomenudistas entran “como cuchillo en mantequilla”.

Para el capitalismo dominante son preferibles el silencio y la fuga de las adicciones a la inconformidad, la protesta y la organización de las y los jóvenes. Mejor drogadictos que revolucionarios. Mejor la lucha de cárteles que la lucha de clases.

Por eso no basta el “reseteo” del capitalismo post pandemia para solucionar esta devastación ambiental y social. Es preciso ir cambiando el modelo civilizatorio.

En tanto este proyecto colectivo se va construyendo, no es posible cruzarse de brazos. La devastación de nuestros bosques por la tala clandestina, el desplazamiento de cientos de familias, es ya cuestión de seguridad nacional. Se hace precisa la coordinación operativa in situ de las policías estatales y la Guardia Nacional para recuperar el territorio para las comunidades, para detener la tala, incluso para verificar los camiones madereros.

Se requiere también expandir todas las formas de cuidado a la niñez y a las juventudes. Incluir a las y los jóvenes en la educación, el trabajo, el deporte, las artes, y brindarles atención psicosocial. No sólo para sustraerlos de la violencia, de los cárteles y las adicciones, sino y sobre todo para ayudarles a devenir sujetos de ese cambio civilizatorio que nos urge.

*Miembro del colectivo internacional Sortir de la Violence


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