EZLN: Una gira por abajo y por la izquierda – Por Raúl Zibechi

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Si hay algo de lo que no se puede acusar al zapatismo, es de no ser coherente. Hace ya mucho tiempo han diseñado una política de alianza entre los de abajo, que ahora desplegarán durante la gira que comenzará en junio en tierras europeas.

La Segunda Declaración de La Realidad por la Humanidad contra el Neoliberalismo, emitida en agosto de 1996, lo dice con claridad y transparencia, cuando declara: «Que haremos una red colectiva de todas nuestras luchas y resistencias particulares. Una red intercontinental de resistencia contra el neoliberalismo, una red intercontinental de resistencia por la humanidad».

El objetivo de esta red es encontrarse con las resistencias del mundo, para apoyarse mutuamente. Y aclaran que la red «no es una estructura organizativa, no tiene centro rector ni decisorio, no tiene mando central ni jerarquías. La red somos todos los que resistimos».

Creo que esta declaración, que ya tiene un cuarto de siglo, ilumina lo que quieren hacer los zapatistas allí donde caminan. Primero lo hicieron en México y fueron tejiendo resistencias de los pueblos originarios que dieron vida al Congreso Nacional Indígena (CNI), formado en 1996, y luego al Concejo Indígena de Gobierno (CIG), que se creó en 2016.

El CNI adoptó los siete principios que definió el EZLN como forma de hacer política: servir y no servirse, construir y no destruir, obedecer y no mandar, proponer y no imponer, convencer y no vencer, bajar y no subir, representar y no suplantar.

El CIG está integrado por 523 comunidades, de 25 estados del país y de 43 pueblos indígenas. Afirman que «nuestra lucha no es por el poder» sino para «fortalecernos en nuestras resistencias y rebeldías, es decir en la defensa de la vida de cada persona, cada familia, colectivo, comunidad o barrio» (https://bit.ly/3rLJeWl).

El norte del EZLN, del CNI y del CIG es la construcción de autonomías que se autogobiernan colectivamente, en base a otra forma de hacer política según los principios mencionados.

Es importante destacar que cuando salen en gira, como lo vienen haciendo siempre, se van a encontrar con colectivos que luchan, sin importar cuántas personas los integran, si aparecen en los grandes medios o si tienen más o menos audiencia. No se trata de hacer grandes actos con un estrado iluminado al que suben personas conocidas y hablan para que la platea escuche. No buscan llenar estadios ni plazas, sino abrir espacios para dialogar entre iguales, para escuchar y aprender, para decir cómo cada quien está resistiendo, no para marcarle rumbos a nadie.

El zapatismo encarna formas nuevas de hacer política, abajo y a la izquierda, modos que no tienen precedentes en los movimientos anti-sistémicos del siglo XX. María de Jesús Patricio, Marichuy, vocera del CIG, suele decir que «cuando estamos juntos, somos asamblea y cuando estamos separados, somos red».

En un encuentro de mujeres en febrero de 2018, Marichuy explicó la campaña de recogida de firmas que estaban realizando, como una excusa para dialogar con los pueblos. «Era necesario crear un espacio, no tanto una organización, para que no hubiera alguien que dirige y alguien que obedece, sino que todos nos sintiéramos como parte de esta casa». El objetivo siempre consiste en organizarse abajo, porque de esa manera «vamos a lograr que se desmonte este poder que tienen los que tienen el poder y el dinero, los del mal gobierno».

Mientras la política tradicional, tanto de la derecha como de la izquierda, se dirige a grandes «masas» (palabra tremenda), a individuos aislados, la política de las y los zapatistas busca anidar en colectivos organizados que resisten el sistema.

Mientras los modos dominantes de hacer política, focalizados en las elecciones, suelen desorganizar a los colectivos existentes, o por lo menos debilitarlos, el EZLN, el CNI y el CIG buscan todo lo contrario: animan a las personas a organizarse como forma de enfrentar en colectivo los males del sistema.

Es una política que mira abajo, no desde arriba, sino en horizontal, abajo con abajo, entre iguales, para compartir, aprender y trazar rumbos, respetando los modos y los ritmos de cada quien.

En la política tradicional, se crean grandes organizaciones jerarquizadas, en las cuales un pequeño grupo manda y el resto obedece. Pirámides en cuya cúspide se instalan, en general, varones formados en academias que hablan pero no escuchan, que toman decisiones sin consular, que dicen hablar en nombre de personas que ni siquiera conocen.

En la política zapatista, cada colectivo habla por su propia voz, nadie los interpreta ni los representa. Las y los que participamos escuchamos, preguntamos e intentamos aprender.

De algún modo, por un lado están los estrados, las redes sociales y las «masas» amontonadas; por el otro, la articulación de colectivos, que encarnan las más diversas opresiones en las más distantes geografías. La visibilidad mediática, que no le mueve un pelo al sistema, frente a la paciente y lenta organización abajo, que apuesta a contener las opresiones para desmontarlas en un plazo indeterminado que, en rigor, ya ha comenzado.

En la historia, a medida que el capitalismo se fue implantando en todos los poros de la sociedad, la cultura política de abajo (que siempre existió como lo demuestra la Comuna de París), fue siendo arrinconada, pero resurge con fuerza cada vez que los pueblos se ponen en pie.

Estoy hablando de las asambleas territoriales de la revuelta de Chile; del parlamento indígena y popular ecuatoriano; de las organizaciones y comunidades mapuche; de los cabildos nasa y misak del sur de Colombia; de las guardias de autodefensa que empiezan a poblar nuestras geografías en los Andes y la Amazonia; de las cientos de escuelas populares, de las ollas comunitarias y puestos de salud que nacen durante la pandemia.

Estos son los colectivos que nos inspiran y de los que aprendemos. Los zapatistas nos proponen enlazarnos y escucharnos para enfrentar juntos al sistema.

Naiz


 

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