México: Cinco tesis políticas sobre el obradorismo – Por Arsinoé Orihuela Ochoa

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Arsinoé Orihuela Ochoa*

Envueltos en la bandera del obradorismo, desfilan en la tribuna pública toda suerte de disímiles e inverosímiles ejemplares políticos: desde el indócil militante hasta el jurásico saltimbanqui, y todas las estaciones intermedias: experimentados apparatchik, neófitos del espectáculo, intelectuales orgánicos e inorgánicos, luchadores sociales, pueblo raso, entre otros.

Unos blasfeman en su nombre; otros ascienden al paroxismo patriótico; no pocos trepan acomodaticiamente sus enaguas; ninguno es indiferente a sus venturas y desventuras. Parece tan elástico e inescrutable como los accidentados caminos del señor. Y tal cualidad es parcialmente tributaria de la figura a la que debe su inspiración. Dicen los que saben –y los que no también– que Andrés Manuel López Obrador recuerda al peronismo por su extraordinaria capacidad de agrupar a una serie de corrientes tan diversas, a veces antagónicas, sin sacrificar –a pesar de tal talante camaleónico– la coherencia programática y la competitividad electoral.

Sin duda el liderazgo carismático es un aspecto común a los dos movimientos e ideologías políticas. Pero eso es apenas la punta del iceberg (aunque con frecuencia la única variable que consiguen “desentrañar” ciertas producciones analíticas mediocres). Por supuesto, difieren uno del otro por el peso histórico del sindicalismo, columna del peronismo y apenas un actor periférico del obradorismo –si bien es posible conjeturar que ello se debe a la debilidad del movimiento obrero mexicano y no tanto al capricho unipersonal del dirigente–.

Pero más allá del improbable pelaje de la heterogénea militancia obradorista, y de las no menos intricadas indefiniciones del partido-movimiento, el obradorismo es el fenómeno político nacional más importante de nuestra época, y ello nos impone la obligatoriedad de una disección rigurosa. Lejos de los manuscritos de cabecera o los modelos de análisis convencionales, propongo 5 tesis políticas para pensar el obradorismo. Tales proposiciones se suman a las 10 tesis que sobre la elección de 2018 expuse en otro espacio (https://bit.ly/3tyVUlc). Y vendrán más en próximas entregas.

Tesis 1: Los Estados latinoamericanos son esencialmente conservadores: desde sus orígenes, la formación de tales unidades estatales respondió al imperativo de proteger los intereses de las metrópolis de turno, primero, y los privilegios de las clases tradicionales heredadas del coloniaje, después. Desde los insurgentes de la Guerra de Independencia Mexicana hasta Benito Juárez y Francisco I. Madero, el liberalismo asaltó la escena política nacional con altos contenidos de transgresión.

En un sistema de castas como el mexicano, la consigna programática de “primero los pobres”, y la defensa de la igualdad ante la ley del individuo “sin distinción de raza o condición social” configuran, por sí solas, una subversión del status quo. En este sentido, la presidencia de Andrés Manuel López Obrador se inscribe en aquellos paréntesis democratizadores de la historia de México en los que “la acción igualitaria […] desordena el reparto jerárquico de lugares, roles sociales y funciones, abriendo el campo de lo posible y ampliando las definiciones de la vida común” (Rancière).

Tesis 2: En cuanto “campo de lo posible”, el obradorismo naturalmente tiene alcances y limitaciones inmanentes. Por un lado, la relevancia política de ese movimiento radica en que ensancha el campo de la vida común: reconoce e integra a una franja de excluidos –ancianos, jóvenes, indígenas, mujeres–.

Por otro, considera abstractamente al “pueblo de los pobres”. Excluye. Básicamente porque en la visión de subalternidad del Presidente (sí, a veces desactualizada), los reclamos sociales de última generación (feminismo, ambientalismo, autonomismo, etc.) no tienen un sitio asignado en la “verdadera lucha política”: la del pueblo. Vale decir: el obradorismo amplía restrictivamente las definiciones de la vida común. Allí ancla la ambivalencia que, desde ciertas trincheras, y legítimamente, le atribuyen al partido-movimiento.

Tesis 3: Ideológicamente, no es tan fácil de caracterizar al obradorismo. Desde la Revolución Francesa, la política ha gravitado alrededor de tres columnas ideológicas: conservadurismo (derecha), liberalismo (centro) y socialismo (izquierda). En el ocaso del siglo XX, Occidente registró la irrupción de un cuarto programa-ideología: a saber, los movimientos anti-sistémicos (izquierda autogestionaria) representado en México por los neozapatistas.

El ascenso al poder del obradorismo significó el tránsito del conservadurismo al liberalismo, es decir, un deslizamiento de la derecha hacia el centro. Trátase, por consiguiente, de un corrimiento en dirección a la izquierda. Del Estado neoliberal al Welfare State. Sí, es cierto: apenas un modesto desplazamiento dentro del «andamiaje capitalista». Pero no por ello menos trascendente. La condición de posibilidad de un programa más radical pasa por la defensa del «cambio posible» que entraña el obradorismo.

Liberalismo nacional-popular es la coordenada ideológica que mejor representa al movimiento. Y la historia enseña fehacientemente que tal programa es adverso a la naturaleza de nuestras élites políticas poscoloniales.

Tesis 4: El «cambio posible» que encierra el obradorismo –y que ciertos sectores de la izquierda menosprecian a veces muy livianamente– comporta tres momentos cruciales: (i) la repolitización de la política; (ii) la moralización de la política; y (iii) la territorialización de la política.

El obradorismo(i) restaura la centralidad de la política frente a un trasfondo epocal que profetizaba el agotamiento o el destierro de la política (antipolítica); (ii) restaura la dimensión ética de la política en una época marcada a fuego por el realismo de los poderes fácticos, el cinismo, y una amplia gama de nihilismos pasivos; y (iii) restaura la dimensión territorial de la política bajando a ras de suelo al representante ante el auge de la digitalidad remota y la inmemorial brecha entre dirigentes y dirigidos.

El «cambio posible» obradorista es la coronación de 50 años de resistencia política y social (del 68 al 2018), y condensa en esos tres momentos los más sonoros reclamos de la sociedad mexicana. Sí: apenas los más sonoros.

Tesis 5: La gran aportación política del obradorismo a la vida pública del país –y sobre la que casi nadie ha reparado– es la transmutación radical del sistema político: acaso muy tardíamente –en relación con nuestros pares latinoamericanos– el obradorismo selló en México el concepto de «oposición». Hasta 1982, la transmisión de poder se rigió por el dedazo y la elección de Estado. Ya en 1988 –más tarde admitiría el propio Carlos Salinas de Gortari–, el partido único-hegemónico enfrentó los primeros comicios verdaderamente competitivos.

Y, aunque perdió en las urnas, ganó espuriamente en el cómputo oficial. De allí en adelante las elecciones se dirimieron por fraude, concesiones oscuramente negociadas, y alianzas al más alto nivel, incluido el maridaje con el partido de la derecha confesional y los cárteles del narcotráfico. Todo con el propósito de contener la consolidación de una auténtica «oposición». La insurrección electoral del obradorismo en 2018 inaugura una era en la historia política del país: la de la «competencia electoral». Binaria e insuficiente, sin duda. Pero competencia al fin.

En el medio de un océano conservador y minúsculos e invisibilizados archipiélagos de resistencia, el obradorismo trastocó el ecosistema político del país. Pulverizó el consenso neoliberal. Afianzó a la «oposición» ideológico-partidista. Y tales conquistas son irreversibles.

*Periodista, politólogo, investigador de la Universidad Veracruzana México. Maestrando en Ciencias Sociales, Instituto de Investigaciones Histórico Sociales.


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