Perú | La segunda vuelta en medio de una encrucijada histórica – Por Alvaro Campana Ocampo

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Crisis de múltiples dimensiones y diferentes alcances se anudan en el presente momento de la historia peruana y nos vuelven a poner en una encrucijada que determinará el futuro del país en las próximas décadas. Otro momento similar se vivió a finales de la década de los ochenta, marcada por una crisis económica, una profunda crisis de representación política y por la violencia política y el terrorismo tanto subversivo como de estado. Se ponía entonces en duda incluso la viabilidad del Estado nación ante múltiples escenarios que quedaban abiertos: algunos creyeron entonces en la posibilidad de triunfo del senderismo; una salida autoritaria que impusiera una salida favorable a los grupos dominantes; o una salida profundamente democrática y popular que podían construir sectores sociales organizados que aun estando ya en declive podían abrir un camino diferente.

Sabemos cómo terminó la historia: finalmente con la elección de Alberto Fujimori se terminó imponiendo una salida neoliberal, corrupta y autoritaria, que terminaría favoreciendo la recomposición de los grupos de poder a través de la captura del estado, la privatización de los bienes públicos y la destrucción del tejido social a través de las políticas de ajuste y de miedo. Un régimen cívico militar empresarial terminó imponiendo un nuevo marco constitucional que favorecería procesos de desnacionalización y desdemocratización de la política y la economía, como diría Aníbal Quijano, así como procesos de concentración de poder económico y político bajo una nueva hegemonía. A pesar de la derrota del Fujimorismo a finales de los noventa, tras diez años de ejercicio dictatorial del gobierno, el andamiaje quedó intacto como resultado de la poca voluntad reformista de los liberales que entonces terminarían encausando la transición.

Estos hechos marcaron treinta años de nuestra historia, una historia que puede ahora cambiar debido a las dificultades del régimen político y el modelo económico para reproducirse y legitimarse, lo que muestra su agotamiento, procesos que se han exacerbado con la crisis sanitaria y social acelerando la descomposición y la impugnación creciente de lo establecido. Esta circunstancia histórica coincide con el bicentenario de nuestra independencia mostrando, una vez más, el fracaso del Estado criollo y de quienes lo tienen capturado, para ofrecer la posibilidad de un país que mínimamente pueda garantizar el ejercicio de derechos y que ha arrojado con la pandemia más muertos en dos años que en la década del terror vivida en los ochenta y noventa. Un periodo que con el gobierno de PPK, la cumbre de la modernización neoliberal, parecía anunciar que el Perú iniciaba ya su ingreso al grupo de los países ricos, terminó siendo un periodo de alta letalidad producto de la precariedad, la desigualdad y la corrupción y en la imposibilidad de alcanzar algún tipo de gobernabilidad aún con el cambio de gobierno.

Las recientes elecciones nos van mostrando esto con toda crudeza: una tremenda desafección frente al régimen, un gran malestar y hartazgo social se han expresado, así como profundas divergencias y abismos sociales, territoriales y políticos atraviesan el país. Va quedando claro que un nuevo gobierno, del signo que sea, garantizará de por sí una salida a esta situación y que salidas más de fondo se impondrán. Podríamos decir que estamos ante una suerte de empate catastrófico o de impasse que impide una salida pactada o con algún tipo de consenso, lo que se hizo ya imposible con el fracaso y la estafa de la salida reformista liberal que encarnó Vizcarra y luego la poca voluntad de impulsar cambios de Sagasti que le podría haber dado algún aire al régimen-modelo. Dos salidas parecen ser las más posibles: una salida autoritaria y reaccionaria como en los noventas en la que los grupos de poder, los poderes fácticos se alinean para sostener por la fuerza el actual orden de cosas; o una salida democrática y constituyente que permita construir un nuevo marco político, económico y social. En este escenario, la segunda vuelta puede ser un paso fundamental para facilitar alguno de estos cursos posibles, pero no determinará en si misma esta salida. Los pocos votos obtenidos por las opciones que pasaron a la segunda vuelta, la polarización política y social y la desafección de la política que sienten amplios sectores de la ciudadanía delinean unos próximos años muy conflictivos y de ahondamiento de la crisis. La fragmentación social, política y territorial continuará. Será un desafío para las fuerzas democráticas, las fuerzas de cambio, ser capaces de poder convertir en este escenario este momento destituyente en una voluntad constituyente que se exprese en una nueva mayoría que apueste y sostenga los cambios democráticos que el país exige. Estamos claramente ante una encrucijada que marcará los próximos años.

Nuestro Sur

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